Jorge-Luis-Tineo

Ben-Hur: Una banda sonora impresionante

 

Todos nosotros hemos visto, por lo menos una vez -y la mayoría, más de una- esta película, basada en el libro Ben-Hur: A tale of the Christ, escrito en 1880 por el general norteamericano Lew Wallace (1827-1905) y que fuera considerada como la novela religiosa más influyente del siglo XIX. Pero ¿cuántas veces hemos prestado real atención a su banda sonora? Pocas, en realidad, lo cual es privarse de una experiencia musical que es, en sí misma, tan grandiosa y subyugante como el galardonado largometraje, que cada año es programado durante Semana Santa, para beneplácito de unos (y desagrado de otros). 

De hecho, uno de los once Oscar que recibió, en 1959, la historia del ficticio príncipe y comerciante hebreo Judá Ben-Hur fue a Mejor Música Original, convirtiéndose de esta forma en la primera banda sonora del cine épico-religioso en obtener la preciada estatuilla, en la época dorada de Hollywood. Su compositor, el húngaro Miklós Rózsa (1907-1995), construyó una suite tan larga que la Metro Goldwyn Meyer tuvo que lanzar tres LP para contener las casi cuatro horas de música grabadas por la Orquesta Sinfónica de la MGM (más de 100 músicos), bajo la dirección del mismo Rózsa, quien había recibido el encargo de parte del director de la película, el alemán William Wyler (1902-1981). 

La familia de Rózsa llevaba el arte en las venas. Su madre era pianista clásica y su padre, un empresario apasionado por el folklore de Hungría, país de Europa Oriental que ha dado al mundo luminarias de diferentes periodos de la música académica como Franz Liszt (1811-1886), Béla Bartók (1881-1945) o György Ligeti (1926-2003). Realizó sus estudios en Budapest, primero, y en Leipzig (Alemania), después, aprendiendo a tocar violín, viola y piano. Antes de dedicarse a componer bandas sonoras, inició su camino con obras propias -tríos para cuerdas, conciertos para piano, serenatas, sinfonías- en las que rescataba los sonidos tradicionales de su nación. Su llegada al cine fue una suerte de salvavidas que le alcanzó un buen amigo y colega suyo, Arthur Honegger, de nacionalidad suiza, puesto que el trabajo como compositor no le daba muchas satisfacciones económicas. 

Al principio reticente a reemplazar los formatos clásicos por lo que consideraba una industria popular y demasiado simple para cumplir sus sueños y motivaciones artísticas, Rósza fue convenciéndose de que hacer música para películas no solo pagaba las cuentas, sino que además le permitía escribir partituras valiosas y, sobre todo, investigar con libertad y buenos presupuestos. Así, fue colaborando primero con sus compatriotas Alexander y Zoltan Korda -prominentemente en la famosa The thief of Baghdad (El ladrón de Bagdad, 1940), que le valió su primera nominación al Oscar- y, luego, ganó prestigio como compositor de varias películas del cine negro, trabajando para directores como Billy Wilder, George Cukor o Alfred Hitchcock, antes de iniciar la ruta del cine épico, desde la cual alcanzaría el éxito entre críticos y el público.

Para cuando Wyler contactó a Rósza, el autor húngaro ya tenía experiencia en filmes de corte histórico y religioso como Quo Vadis? (Mervyn LeRoy, 1951), la inolvidable película de los conflictos entre el Imperio Romano y los primeros cristianos, durante la época de Nerón, alrededor de la sexta década de nuestra era; o Ivanhoe (Richard Thorpe, 1952), basada en la clásica obra caballeresca del escocés Walter Scott. Rósza organizó y encabezó, para escribir el soundtrack de Ben-Hur, un equipo de expertos para investigar más a fondo la música ancestral griega y romana (como en Fertility dance), para conseguir el efecto arcaico, y a la vez moderno, de sus principales piezas. Los coros majestuosos, las fanfarrias sinfónicas y la grandilocuencia que se percibe a lo largo del film, particularmente en los segmentos de marchas triunfales (Gratus entry to Jerusalem, Fanfare to Prelude), con intenso trabajo de las secciones de metales y percusiones, contrastan con los finos desarrollos de cuerdas que Rózsa escribió para los momentos más agónicos, tristes o románticos (Love theme, Valley of lepers). 

Hay secuencias clásicas de Ben-Hur, como las escenas iniciales (Overture), el progresivo aumento de velocidad en las galeras, durante el cual una decena de esclavos remeros desfallecen a causa del esfuerzo sobrehumano y el látigo (The galley); o la inolvidable y culminante carrera final, en que el tribuno Messala y Judá Ben-Hur deciden definitivamente sus destinos (Parade of the charioteers); que se apoyan poderosamente en la música compuesta por Rózsa, que se convierte en la principal fuente de emoción de las mismas, estimulando las sensaciones de angustia, peligro y desesperación que tan bien presenta el trabajo de edición del largometraje. 

Por otra parte, aunque el personaje principal es el interpretado por Charlton Heston, uno de los hilos conductores de la trama es el nacimiento de Jesús, el inicio de su vida pública y su muerte en la cruz, un paralelismo que también es parte del texto original de Wallace, para situar las dificultades y pruebas que Ben-Hur atraviesa en un ambiente fuertemente influenciado por el ministerio del Mesías. En una decisión magistral del guion, durante las casi cuatro horas del film no se ve el rostro de Jesucristo, solo sus manos, espalda y parte trasera de la cabeza. Para identificarlo, Rózsa usa como leitmotiv -secuencia de notas que se repite a intervalos y variaciones durante una composición musical- una sobrecogedora y emotiva melodía de violines que puede escucharse, ya de forma amplia y celestial, en los créditos finales (The Christ theme). 

Star of Bethlehem/Adoration of the Magi, un cautivante arrullo de coros celestiales y cuerdas grandiosas es, probablemente, la obra más conocida de la suite y ha ingresado, a través de las décadas, al canon de música religiosa contemporánea. Aquí podemos escuchar a la orquesta de André Rieu interpretando esta fantástica composición, que musicaliza la escena en que los Reyes Magos ven, por primera vez, aquella señal que los iba a guiar hasta el lugar de nacimiento de Jesús, el inicio de la leyenda cuyos oscuros días finales se recuerdan esta semana. 

A partir del éxito de Ben-Hur, el prestigio de Miklós Rósza como autor de bandas sonoras creció exponencialmente. Su nombre aparece en otros famosos títulos del género histórico como Rey de reyes y El Cid (ambas de 1961), El viaje fantástico de Sinbad (1973), entre muchas otras. En todas ellas, Rósza aplicó diligentemente su meticuloso método de trabajo, que combina investigación musicológica con esa inspiración sinfónica influenciada por sus principales referentes, Richard Wagner y Franz Liszt. Paralelamente a su trabajo para la MGM, Rósza no dejó nunca de componer sus propias obras, como la Serenata húngara Op. 25 (1952), el Concierto para cello, Op. 32 (1968) o la Sonata para Ondas Martenot Op. 45 (1989). Aquejado por problemas de salud, Miklós Rósza se retiró en la década de los noventa para vivir en California, donde falleció en 1995 a los 88 años.  

Luego del primer álbum de tres discos de vinilo que se lanzó en paralelo al estreno de la película, han aparecido infinidad de versiones, algunas de ellas supervisadas por el mismo Rózsa. Casi tres décadas y medias después de su creación, ya en la era del disco compacto, comenzaron a aparecer registros remasterizados y compendios. Los primeros lanzamientos en este formato los hizo Sony Music Records, con un CD de la serie Hollywood Collection, publicado en 1991. Posteriormente, fue el turno de Rhino Records, un sello especializado en lanzamientos de colección, que se encargó de editar la primera versión «completa» en formato digital, en 1996, un álbum doble titulado Ben-Hur (Original Motion Picture Soundtrack). Hace una década, en el año 2012 apareció una caja con cinco discos compactos y un amplio folleto en el que se explica la partitura, tema por tema, gracias al sello especializado Film Score Monthly (FSM Records). El boxset, Ben-Hur: Complete Soundtrack Collection, incluye todas las sesiones de grabación, tomas alternas, composiciones que no encontraron su lugar en la edición final y, por supuesto, la banda sonora tal y como se publicó en su momento.

Más de seis décadas después de su estreno, Ben-Hur es, de lejos, la mejor de todas las adaptaciones fílmicas -son cinco en total- que se han hecho de la novela de Wallace, incluyendo el sobreproducido y megapublicitado remake estrenado el año 2016 que está entre los fracasos taquilleros más estrepitosos de lo que va del siglo XXI. Esa vigencia del Ben-Hur de William Wyler y Charlton Heston no solo se debe a la espectacularidad de sus escenas, la majestuosidad de sus planos generales, la calidad de sus actuaciones y el manejo de efectos especiales, en una época en que eran solo herramientas para recrear situaciones y no la recargada explosión de ruidoso y violento hiperrealismo que la tecnología digital con estética de videojuego impone a la cinematografía de tiempos modernos, sino también por la potencia emotiva de la partitura ensamblada y estudiada al detalle por Miklós Rósza, orquestador de las atmósferas sonoras precisas para esta historia, una de las preferidas de la temporada de Semana Santa.

 

 

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Ben Hur, Cin, Cultura, Música

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