Juan Carlos Tafur

¿El papel de víctima aguanta todo?

“Le ha servido a Castillo la mezcla de populismo y victimización -fórmula eficaz para mejorar en las encuestas-, y la mediocridad de la oposición, pero su sustento es frágil y presto a derrumbarse ante la menor adversidad”

Castillo y su entorno de adulones cometerían el más grave error de sus vidas si acaso creyesen que la subida en la aprobación presidencial que las encuestas muestran, es signo de que la gente está percibiendo, entre la bruma de los medios cizañeros, las bondades del buen gobierno que están desplegando.

El régimen está llevando al Estado a ser una ruina. No hay una sola política pública que pueda decirse que ha mejorado en este último año. No hay una sola institución cuyos estándares de calidad hayan ido para mejor en los últimos doce meses. Todo es mediocridad e ineptitud y, especialmente, corrupción por doquier.

Le ha servido a Castillo la mezcla de populismo y victimización -fórmula eficaz para mejorar en las encuestas-, y la mediocridad de la oposición, pero su sustento es frágil y presto a derrumbarse ante la menor adversidad que rompa las burbujas sobre las que se sostiene.

El menor error (atrévanse, por ejemplo, a expulsar al coronel Harvey Colchado de la policía) o la sumatoria de evidencias cada vez más claras de que la corrupción se ha organizado alrededor del presidente y con él como figura cómplice, y no bastará el rostro “inocente” de la hija-cuñada para causar solidaridad inmediata de un sector de la población.

No hay duda de la eficacia de la dualidad populismo-victimización -el taimado Vizcarra la empleó con gran éxito-, pero la contundencia de la realidad, la inapelabilidad de lo concreto, hará que poco a poco se abra paso la verdad y la gente que, ilusamente, aún puede querer conservar expectativas en este régimen, las termine de descartar por completo y a la postre, ojalá, pueda saltar hacia un activismo militante de oposición.

No llega aún a los niveles destructivos del velascato o del primer Alan García, pero Castillo, al paso que va, puede entregarnos un país llano para el desmán aventurero, ser el preámbulo de la desgracia mayúscula de un país que, a pesar de la incompletud y medianía de las medidas tomadas, en los últimos treinta años logró avances que nunca antes en su historia republicana había logrado.

No hay nadie más iracundo que un decepcionado. Y peor aún, alguien doblemente decepcionado, como lo serán aquellos que en los últimos dos meses le han vuelto a entregar su confianza a un presidente mediocre, torpe, sin visión de país y, probablemente -según indicios que se acumulan-, muy corrupto.

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Estado, Gobierno

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