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La educación sentimental

La escritora colombiana Pilar Quintana, reciente ganadora del Premio Alfaguara con la novela Los abismos (2021) consolida, con una obra breve, que incluye algunos cuentos y la magnífica nouvelle La perra, un estilo en el que brillan la economía del lenguaje, una habilidad para hablar sin tapujos de tabúes diversos (hay días en que se agradece la incorrección) y una mirada sobre las relaciones de género que se enfoca, sobre todo, en la experiencia cotidiana. Los abismos es, en esencia, una narración cuyo tema es el paulatino desgaste de una familia pequeña (padre, madre e hija) y su cada vez más amenazante disfuncionalidad. Lo interesante es que buena parte de la novela recoge el punto de vista de la niña –Claudia, igual que su madre–, quien adquiere conciencia precoz de las varias fisuras y medias verdades que conforman el mundo de los adultos.

En cierto sentido, esto podría configurar el relato del aprendizaje de Claudia (hija), a partir del resquebrajamiento de la inocencia, perfectamente simbolizada en una escena en la cual arroja su muñeca, llamada Paulina, por un barranco, y luego cuando le preguntan por ella responde con una perturbadora tranquilidad que la muñeca de ha suicidado. También se presenta el relato de Claudia (madre), una mujer castigada por el hastío, el desamor y la soledad, heridas que cura parcialmente con algunas aventuras extramatrimoniales y dosis excesivas de whisky. El padre, en tanto, es un ser absorbido por la rutina de su negocio, que acaso termina convirtiéndose en una especie de refugio personal.

La novela se articula en torno de una trama de secretos familiares y problemas intestinos que intentan ocultarse bajo el ropaje de las apariencias, cosas que la niña Claudia advierte, con una inteligencia clara que tarde o temprano empezará a intoxicarse de adultez. Su lenguaje es extremadamente económico, es incisivo y preciso, dando forma a un engañoso efecto de sencillez que oculta un arduo trabajo narrativo. A eso hay que sumar otro aspecto de interés: el punto de vista narrativo, que descansa mayormente en la mirada de Claudia (hija). Son los ojos de la niña los que nos guían por el abismo (los abismos, debiera decir) que los adultos construyen cotidianamente. Ella es testigo, es verdad, pero también le cabe el rol de protagonista. El relato de la debacle familiar recae fundamentalmente en ella.

Los temas de fondo no son menos interesantes: una niña en tránsito a ver la debacle que se cierne sobre su infancia –cada vez más privada de afectos– y un mundo adulto lleno de distorsiones y medias verdades, una familia que se va desintegrando entre un padre adicto al trabajo y una madre con problemas alcohol y aislamiento, que escapa del mundo enterrándose en la lectura de revistas frívolas. No hay una idealización de la familia sino un retrato crudo, irónico y mordaz. Si hiciéramos la analogía con un cuerpo, la familia en Los abismos estaría, digamos, a punto de descomponerse: huele mal, ha llegado a un grado muy alto de agotamiento y sus posibilidades de genuino afecto son esporádicas o, en todo caso, se reducen a escasos momentos. Una familia que vive, como si fuera un país a escala, una crisis diaria.

Los abismos. Bogotá: Alfaguara, 2021.

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Lenguaje, Los abismos, Pilar Quintana

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