Martin Scheuch

La plausibilidad del horror en un hogar infantil

"El denunciante, a quien llamaremos Viktor, había sufrido maltratos y abuso sexual entre 1963 y 1975 en un hogar infantil católico en Espira y luego en el centro donde realizó su formación laboral. El tribunal no se pronunció sobre la veracidad de los hechos mismos, difíciles de ser corroborados por el tiempo transcurrido y por falta de pruebas, sino sobre su plausibilidad"

Vivo en Alemania en una pequeña localidad rural en el estado federado de Renania-Palatinado, a unos 22 kilómetros de la ciudad de Espira (en alemán: Speyer), a cuya circunscripción eclesiástica pertenezco como católico. Espira está situada a orillas del Rin y cuenta con la catedral románica medieval más grande del mundo. Pero a sólo 150 metros de ese símbolo imponente del catolicismo se encuentra el hogar infantil de la Engelsgasse (literalmente: Pasaje de los Ángeles), donde habrían ocurrido hechos espeluznantes que uno no puede narrar sin sentirse profundamente perturbado. Pues, siguiendo un patrón que se repite a nivel mundial, también en Espira se perpetraron abusos sexuales en perjuicio de menores de edad. Y los que se habrían dado en ese albergue de niños sobrepasan en perversidad la imaginación de cualquiera.

La historia es como sigue.

En diciembre de 2020 se filtró a la prensa alemana una sentencia del 12 mayo de 2020, emitida por la 5ta. Sala del Tribunal de Seguridad Social de Darmstadt, mediante la cual se obligaba al estado de Renania-Palatinado a reconocer el síndrome de estrés postraumático del denunciante así como sus consecuencias debido a abusos sufridos en su infancia y adolescencia, y a garantizarle asistencia y sustento mensual, además de correr con todos los gastos judiciales en que hubiera incurrido. El denunciante, a quien llamaremos Viktor, había sufrido maltratos y abuso sexual entre 1963 y 1975 en un hogar infantil católico en Espira y luego en el centro donde realizó su formación laboral. El tribunal no se pronunció sobre la veracidad de los hechos mismos, difíciles de ser corroborados por el tiempo transcurrido y por falta de pruebas, sino sobre su plausibilidad —es decir, sobre la posibilidad de que efectivamente hubieran ocurrido— y sobre el perjuicio personal causado en Viktor, atestiguado por un peritaje psicológico.

Viktor habría mantenido en silencio durante décadas lo que le había ocurrido, pero en el año 2010, cuando se iniciaron los destapes de abusos sexuales en Alemania, algo se removió en su interior, sobre todo al conocer los abusos en el internado laico conocido como la Escuela de Odenwald. El 21 de septiembre de 2011 en la Jefatura de Policía de Ludwigshafen detalló lo sucedido ante el encargado de la diócesis de Espira, la cual le otorgaría la suma de 15,000 euros como compensación en “reconocimiento del sufrimiento padecido”. En abril de 2012 Viktor elevó denuncia penal ante las Fiscalías de Frankenthal y Maguncia, pero el caso fue archivado en septiembre de 2012 por el mismo motivo por el que se archivan casos similares en otras regiones y países: los delitos habían prescrito. Finalmente, el 24 de abril de 2015 hizo llegar a la Oficina Social de Renania-Palatinado una solicitud de manutención para personas dañadas según la Ley de Reparación de Víctimas, solicitud que fue rechazada en el año 2017. ¿Los motivos? Los hechos causantes del perjuicio, el perjuicio mismo y sus consecuencias debían ser debidamente probados. Sin pruebas no tendría derecho a ninguna reparación de parte del estado. Viktor apeló y su caso llegó a los tribunales, en un proceso que concluyó con la sentencia mencionada.

¿Pero cuáles fueron los hechos que le ocasionaron a Viktor un trauma permanente y perjuicios a su salud?

Es de advertir que su relato, aunque vívido y lleno de detalles, no deja de tener a veces contradicciones e inconsistencias, cosa que ocurre frecuentemente cuando un testigo trata de reconstruir a partir de su memoria hechos ocurridos hace décadas.

Víktor nació el 26 de julio de 1957 en Maguncia, tercer hijo de una mujer de vida promiscua que frecuentaba a soldados estadounidenses, la cual terminaría perdiendo la custodia de sus tres hijos por incapacidad para mantenerlos y educarlos. Desde la edad de 2 años Viktor viviría en varias instituciones para niños desamparados, ingresando al hogar infantil de la Engelsgasse en Espira el 21 de marzo de 1963, a la edad de 5 años, como se puede verificar mediante registros de la época.

Viktor declaró una vez que los abusos sexuales habrían comenzado cuando tenía 11 años de edad, pero luego en otro ocasión señala que habrían comenzado antes. Lo cierto es que fue acólito personal del Vicario General Rudolf Motzenbäcker —el cual, por motivos legales, aparece en la sentencia dada a conocer a la opinión pública con otro nombre—, cuyo domicilio quedaba cerca del hogar infantil.

A la edad de 6 años habrían ocurrido los primeros tocamientos y a partir de los 8 años hubo violaciones sistemáticas hasta que con 14 ó 15 años de edad abandonó el hogar infantil. Con el pretexto de que debía ayudarle en trabajos en la casa o en el jardín, Motzenbäcker pedía que se lo trajeran a su domicilio, y si se negaba, las monjas lo obligaban, ya sea con golpes o llevándolo a la fuerza. Esto ocurría entre una a tres veces a la semana. Con el vicario hubo sexo oral y anal, muy doloroso según recuerda Viktor. Tenía que colocarse de rodillas en el reclinatorio. De esta manera el vicario podía penetrarlo más fácilmente. Era su postura preferida, siendo Viktor mantenido a la fuerza en esa posición. En varias ocasiones habría sangrado debido a desgarramientos anales. Primero abusó de él Motzenbäcker, luego habría estado otro hombre presente, en otra ocasión tres sacerdotes habrían abusado de él oral y analmente en la misma ocasión. Llegó un momento en que Viktor dejó de resistirse y simplemente permitió que Motzenbäcker hiciera con él lo que le viniera en gana. Su voluntad había sido quebrada.

Finalmente la cosa se agravó con las “fiestas sexuales”. Éstas se llevaban a cabo cada tres o cuatro meses en casa del Vicario General. Normalmente coincidían con una festividad o también con acontecimientos políticos como, por ejemplo, un cambio de gobierno regional. Había violaciones en grupo y estaban también presentes otros muchachos y muchachas. Había una habitación en la cual los caballeros eran agasajados con comida y bebida por las monjas, en la otra esquina los niños eran violados. Las monjas habrían obtenido un beneficio, pues los caballeros habrían hecho después generosas donaciones. La mayoría de las veces estaban presentes dos chicos y una chica. La mayoría de los hombres participantes habrían tenido inclinaciones homosexuales, por lo cual se solía traer más varones que mujeres. Pero si uno quería una niña, entonces la obtenía. Las niñas tenían entre 8 y 12 años. Hasta ahora Viktor no se puede sacar de la cabeza sus gritos. Se habrían preparado camas con sábanas de lino. Cuando todo había terminado, las sábanas acababan manchadas de sangre por los desgarramientos en los órganos sexuales de los niños. A veces eran tres, otras veces cinco o incluso siete los caballeros de entre 40 y 60 años que participaban de esas fiestas. También podía haber contacto sexual de varios hombres con un solo niño, al cual se le practicaba sexo anal y oral a la vez. La mayoría de los niños que estuvieron en esas fiestas sexuales ya habrían fallecido. Varios se suicidaron, como Hannes, el mejor amigo de Viktor.

Durante las “fiestas sexuales” conoció a una muchacha, que tendría entonces entre 10 y 11 años de edad, un año menor que él. Cuando ella tenía 12 y él 13, descubrió que estaba embarazada. Viktor trató de ayudarla, y se fue con ella donde la policía para denunciar lo que ocurría en casa de Motzenbäcker. No les hicieron caso y los tacharon de mentirosos. Catorce días después ella desapareció. Viktor notó su ausencia durante la cena, por lo cual la buscó por todas partes. La encontró muerta, colgada en el desván. Se trata de una imagen que todavía persiste en la mente de Viktor, quien recuerda la paz de su rostro sin vida. No cree que haya sido suicidio, pues dice que no encontró ningún medio —una escalera de mano, por ejemplo— por el cual ella haya podido subir a esa altura. Sospecha que la muchacha sabía demasiado, quizás el nombre del caballero que la había embarazado. Viktor estaba horrorizado e interiormente quebrado. Como consecuencia de ello, se volvió más agresivo, lo cual sólo le acarreó más golpes de parte de las monjas, que agarraban lo que tuvieran a mano para maltratar físicamente a los niños. Incluso llegaron en ocasiones a azotarlo con barras de metal y golpearle la cabeza contra la pared. Viktor guarda el recuerdo de roturas de brazos y fisuras anales.

A los 15 años pasó a una panadería de Espira para aprender el oficio de panadero. Allí vivió hasta los 17 años. Su cama estaba en un dormitorio de paso al dormitorio de Jonny, un camarada de oficio 10 años mayor que él que también estado en el hogar infantil de la Engelsgasse. La primera noche, medio borracho, lo asaltó sexualmente, y así ocurrió cada dos días durante dos años, hasta que en un momento Viktor tuvo el valor de defenderse y termino dándole una paliza. Sólo entonces terminó el abuso. Pero Viktor llevaría las huellas de lo sucedido en su cuerpo y en su alma durante el resto de su vida. Angustia, depresiones, falta de concentración, sobrepeso, presión sanguínea alta y diabetes son los males que lo aquejaron, además del fracaso de su matrimonio. Viktor se convirtió en una persona incapaz de soportar la tensión normal que requiere un puesto de trabajo a tiempo completo.

Posteriormente presentó copia de un documento donde estarían listados los nombres de varios niños del hogar infantil y cuánto habían recibido las monjas de los caballeros por cada niño que era violado. Parecía ser una prueba de los abusos sufridos. Lamentablemente, un peritaje concluyó que el documento era una burda falsificación, por lo cual un periodist que entrevistó a Viktor para un documental del Mannheimer Morgen se preguntaba si este hombre de vida arruinada había decidido mentir en su desesperación por disipar toda duda sobre los abusos vividos, o si alguien le habría suministrado el documento con la mala intención de desacreditarlo.

Aún así, los criterios del Tribunal de Seguridad Social para considerar plausible el relato de Viktor se mantienen en pie. En la diócesis de Espira se presentaron 63 casos sospechosos de abuso, de los cuales 31 fueron reconocidos como plausibles y recibieron compensaciones económicas. Además, hubo dos denuncias posteriores, que acusaban al prelado Rudolf Motzenbäcker de abusos, aunque no mencionaban el detalle de las “fiestas sexuales”. Una investigación judicial ya no era posible, dado que Motzenbäcker, tras ser Vicario General de 1959 a 1968 y supremo jurista canónico de 1969 a 1995 en la diócesis de Espira, había fallecido en 1995.

Además, Viktor mostraba reacciones emocionales como miedo, odio y repugnancia cuando hacía un recuento, rico en detalles, de los abusos sufridos. Todo esto hace improbable que la historia sea un mero producto ficticio de su imaginación.

Viktor indicó también que personalmente ya no podía visitar Espira. La última vez que lo hizo se derrumbó. Tampoco puede soportar ver una misa por televisión. Asimismo, a Viktor le fue muy difícil y le tomó mucho tiempo llegar a contar lo sucedido. Todo ello habla de sinceridad y autenticidad en lo que relata, lo cual convenció al tribunal de que Viktor había sufrido fuertes maltratos físicos y psicológicos durante su estadía en Espira, y también en gran medida abusos sexuales, aunque los detalles no podían ser corroborados con pruebas, ni tampoco había la certeza absoluta de que todo hubiera ocurrido exactamente tal como él lo contaba. Los testimonios de varias monjas asegurando que no vieron nada sospechoso no anulan lo narrado por Viktor.

Finalmente, el caso llegó a la prensa sólo gracias a la sentencia de un tribunal civil, casi diez años después de que hubiera sido denunciado ante una autoridad eclesiástica. Y esta sentencia es a la vez un informe minucioso del abuso, que rara vez encontramos en los informes elaborados por instancias eclesiásticas. Por eso mismo, resulta evidente que la Iglesia es incompetente para investigarse a sí misma y son las instancias civiles las que deben asumir esta tarea sin piedad para que se pueda llegar a la verdad completa sobre los abusos. Casi todas las demás declaraciones de intenciones de las altas autoridades eclesiásticas suelen ser puros cantos de sirenas.

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