Lerner, Roberto

Peligros van, peligros vienen

"Al ritmo de esos temores es que nuestros  comportamientos cambian, nuestra concepciones se modifican, aparecen y desaparecen modas."

Los peligros no dejan de serlo. Es nuestra percepción sobre ellos la que cambia. Por razones valederas, o no, dejamos de tenerles miedo. Quizá disminuye su frecuencia, cambia su geografía,  se inventa algo que los neutraliza o previene. Nos olvidamos de ello, dejan de ser relevantes. Al ritmo de esos temores es que nuestros  comportamientos cambian, nuestra concepciones se modifican, aparecen y desaparecen modas.

Nos acercamos al tercer año de pandemia. El virus, bueno, las variantes del original, sigue entre nosotros. Sabemos bastante más, aunque los misterios siguen siendo numerosos. Contagios, enfermedad, hospitalización y muerte, coexisten con vacunas, precauciones conductuales e intervenciones médicas. Pero nuestra percepción de peligro es muy distinta. Aunque todos hemos interiorizado nuestra fragilidad frente a una realidad viral que siempre estuvo presente y que no nos dejará, la angustia frente al Covid está fuera del radar.

Quienes fueron jóvenes en la primera mitad de los ochenta seguramente recuerdan la tormenta que produjo el SIDA. Cambió, sin duda alguna las actitudes frente y las costumbres alrededor de la sexualidad. Y aunque ese virus siguió y sigue matando en muchos lugares, los antirretrovirales y, más recientemente, la PEP, una suerte de píldora del día siguiente si hay sospecha de exposición al patógeno, han sacado de la mente colectiva e individual el miedo a lo que hace unas décadas era una sentencia de muerte.

 

Pero hay otros olvidados agentes de enfermedad que insinúan, de acuerdo a datos recogidos en todo el mundo, un regreso que quizá vuelva a cambiar emociones y reglas de juego. En efecto, se han prendido alarmas alrededor de la sífilis, gonorrea y clamidia. En los más variados observatorios y servicios de bacteriología, los casos de pacientes con esas dolencias han dejado de ser ocurrencias más o menos anecdóticas, para convertirse en estadísticas preocupantes. En este caso se trata de viejos conocidos que sabemos tratar, aunque el fenómeno de la resistencia a los antibióticos oscurece el horizonte.

Obviamente no estamos hablando solamente de virus, bacterias, medicamentos, vacunas y sistemas de salud. Hay un juego complejo entre la biología, las creencias y representaciones, las conductas, la sociología y la ciencia. El éxito de la anticoncepción —incluyendo la píldora del día siguiente—, las batallas —no la guerra— ganadas contra el SIDA, la derrota de la disfunción eréctil, la sexualidad activa durante todo el ciclo vital, las plataformas de citas y encuentros, la tolerancia social y legal frente a la diversidad sexual, son elementos importantes en esta historia.

Son piezas en un rompecabezas apasionante cuya configuración, independientemente de nuestros deseos, gustos y convicciones, nunca es definitiva. Ha cambiado muchas veces y seguirá cambiando, enfrentándonos con nuestra poca relevancia y la precariedad de los resultados de muchas de nuestras luchas.

Claro que muchos usan los datos mencionados como armas para sus cruzadas condenatorias y sus discursos excluyentes, así como otros los desconocen aduciendo que han sido inventados por conspiradores reaccionarios. Es inevitable, más aún en tiempos de tanta polarización.

Sigo pensando que una mirada curiosa y humilde, que distingue lo que me gusta de lo que es, que acepta la complejidad, es la que aporta mejor al diseño de políticas que concilian el placer con el bienestar común.

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