Giancarla Di Laura 2

De escritores y puñaladas

"La literatura es capaz de imaginar y crear otras realidades, sitios y recintos utópicos o distópicos, realidades similares a las que vivimos, pero no se puede tomar como una verdad absoluta."

La noticia corrió como fuego en pólvora en los medios periodísticos y literarios este viernes 12 de agosto: un joven de 24 años arremetió a puñaladas contra el famoso escritor Salman Rushdie mientras este se preparaba para dictar una conferencia en Nueva York.

Rushdie, de nacionalidad indio-británica, estaba por disertar sobre el tema “Estados Unidos, un recinto de exilio para escritores perseguidos» en el Chautauqua Institute de la Gran Manzana. A las 11 de la mañana, un hombre de nombre Hadi Matar (suena terrible en castellano, ¿verdad?), subió al escenario y le propinó al escritor unas quince puñaladas, así como a otras personas que se encontraban en el panel. El salvaje ataque fue sobre todo al rostro y el abdomen. Rushdie podría perder uno de sus ojos y tiene serios daños en el hígado. El novelista se encuentra en estado crítico, pero es posible que sobreviva, según fuentes extraoficiales. No se sabe la causa exacta del ataque del joven Matar, pero se especula que es por razones religiosas.

Salman Rushdie es ampliamente conocido por sus novelas históricas, entre las que sobresalen Hijos de medianoche (1981) y, sobre todo, Los versos satánicos (1988). En esta última, ficcionaliza la vida de Mahoma basándose en un pasaje del Corán en que aparecen unos «versos satánicos» supuestamente compuestos por tres deidades anteriores a la aparición del Islam. Mahoma, bajo el nombre de Mahound, vive en un mundo contemporáneo y tiene visiones y transfiguraciones en el arcángel Gabriel, lo que es característico del estilo de Rushdie, generalmente equiparado al realismo mágico latinoamericano, aunque con tintes mucho más cargados.

El tratamiento burlesco y desenfadado del profeta despertó furia entre los musulmanes y la novela se prohibió inmediatamente en Irán, donde el supremo líder ayatolá Rujolá Jomeinini emitió una «fatwa» o sentencia de muerte en 1989, por lo que Rushdie ha tenido que vivir bajo extremas medidas de precaución con la protección del gobierno británico, pero sin abandonar su vocación literaria y de crítica todo tipo de pensamiento único y totalitario.

La literatura es capaz de imaginar y crear otras realidades, sitios y recintos utópicos o distópicos, realidades similares a las que vivimos, pero no se puede tomar como una verdad absoluta. Cuando esto ocurre, los límites entre ficción e historia se hacen borrosos y el pensamiento se somete a la imposición de dogmas generalmente opresivos.

El atentado contra Rushdie me hace recordar la opinión que él mismo emitió sobre su primer encuentro con un libro de nuestro autor argentino Jorge Luis Borges. Cito:

«Siendo estudiante universitario fui una vez a una librería en Cambridge y encontré una copia de Ficciones de Jorge Luis Borges. Era la única copia disponible en inglés. Levanté el libro de la mesa y después de una hora seguía leyendo allí de pie, no podía parar de leer. Fue como si alguien hubiera abierto unas puertas mágicas en mi mente y pude visitar lugares adonde no pensaba que fuera posible ir. De repente el vendedor se acercó y me preguntó: «¿Va a comprar el libro?». En realidad estaba pensando en robarlo, pero lo compré. Si tienes suerte, a veces los libros abren puertas mágicas en tu mente y te llevan a lugares nuevos. Borges pudo hacer eso conmigo porque su voz solo le pertenecía a él, a nadie más. Era una voz única, distinta, poderosa y sorprendente, que es lo que queremos de nuestros escritores. Queremos que sean ellos mismos y no los sirvientes de alguien más».

Este encuentro con Borges explica muy bien una de las grandes virtudes de la literatura: abrir la mente, comprender otros mundos, imaginar realidades mejores, no la simple repetición de consignas y lugares comunes, que a la larga momifican.

Mientras en Lima se aplican otras formas de censura (el ninguneo o el meme cobardemente anónimo son los más comunes), al menos los escritores no se han agarrado a puñaladas (todavía). Hay muchos autores y capillas, y las envidias crecen como enredaderas, pero la sangre menos mal no corre. El pensamiento único de las argollas oficiales carece de fanáticos como Matar.

Lo que nos deja como lección el atentado contra Rushdie es que ningún tipo de censura es bueno, que la creación debe ser respetada aunque ofenda a algunos. Ahora bien, si los creyentes en algún dogma se lo toman a pecho, les queda la maledicencia, pero esta nunca debe transmutarse en daño físico o destrucción de la integridad física o moral de las personas.

Como dice el poeta y ensayista costarricense Álvaro Mata Guillé, «Los fundamentalismos –ideológicos, religiosos, morales, los políticamente correctos o los económicos, los que provienen del resentimiento o el odio– cimentan una verdad única que excluye la ironía de la otra voz, la burla del disidente o la multiplicidad de lo plural, buscando subyugar, someter, callar, linchar, exterminar. Los absolutismos totalitarios excluyen el que podamos decir NO: no al dictador o al corrupto, no al abusador o a la sin razón del absurdo, no al matón, al misógino, al que acosa y censura; no al que pretende someternos a una sola risa, un solo deseo o una sola creencia. Decir «no», es parte de la condición humana, en ello radica tanto nuestra libertad y como la dignidad, permite que seamos posibles, que la sociedad sea plural y democrática. En los fundamentalismos totalitarios, no se construye un lenguaje, se le momifica, enemigos de lo singular y sus manifestaciones, son también enemigos de la novela y la poesía, cuando en ellas se logra conjugar aquello que somos: lo bello y lo ominoso, el extrañamiento y la pregunta, el saber que no sabemos y la incertidumbre, cuando logramos desnudarnos ante la inmensidad y nos reímos de ello».

Estemos atentos al totalitarismo de los medios masivos y del «establishment» cultural.

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