Carlos Trelles - Sudaca.Pe

Por un programa político en ciencia y tecnología

"Estamos cada vez más lejos del desarrollo y accedemos a las migajas del modelo global, que siempre son escenarios de precariedad mayoritaria y de subdesarrollo."

Tal como el capitalismo occidental en el que florece, el sistema mundial de ciencia y tecnología es degenerativo para los países subdesarrollados. Es decir, a medida que pasa el tiempo, las economías desarrolladas avanzan en inventos muy sofisticados – veloz y acumulativamente – y nosotros seguimos prácticamente estancados, dando pasos de pigmeo o retrocediendo. Esto es consecuencia de la tendencia natural a la concentración que tiene el mercado capitalista, y de la histórica división mundial del trabajo, donde los que deciden nos han sujetado – por las buenas o las malas – a labores primario-exportadoras y de bajo valor agregado, desde hace 500 años. Mientras tanto, ellos acumulan, hacen infraestructura moderna e innovan tecnología. La escala de esta brecha – cinco siglos de degeneratividad -, nos saca de carrera en automático, y nos imposibilita de acceder al progreso tecno-científico globalmente competitivo, pues esto demanda un enorme esfuerzo financiero y gubernamental –  de largo plazo – del que no somos capaces (¿alguien lo duda a estas alturas?). Es verdad que a veces avanzamos, inercial y nocivamente durante las bonanzas falaces, o con músculo en medio de algunos esfuerzos desarrollistas, pero los progresos son casi nada en relación a los niveles de mejora de quienes nos subordinan económicamente.

En este orden estamos condenados a vivir en el rezago tecnológico con precariedad mayoritaria, y es ilógico pretender lo contrario desde nuestra capacidad económica y productiva. Nada como el mercado de la tecnología para saber que el disparate aquel de que la riqueza se crea, y está al alcance de todos, es otro de los lugares comunes propagandísticos y chapuceros del liberalismo, que prenden rápidamente en nuestras cabezas esnobistas y todavía colonizadas. En los rankings internacionales de producción tecnológica siempre están arriba los mismos: Estados Unidos, Alemania, los países nórdicos y, en las últimas décadas, Asia, con autoritarismo, mano de obra barata y sustitución de importaciones. Casi todo lo que consumimos, y nos resulta indispensable, lo producen ellos (tecnología informática, medicinas, maquinaria productiva, telecomunicaciones), sin contar que acá llegan sus productos de segundo nivel. Nosotros no sólo no producimos ni exportamos, sino que importamos poca y mediana innovación. Sino miren las polémicas vacunas: las menos malas se quedaron allá. No producir los bienes y la maquinaria que necesitamos hace que seamos presa fácil de la dictadura internacional del tipo de cambio y sus especuladores, y que nuestra producción pague muy elevados costos por importación de tecnología. Nos hunde cada vez más la degeneratividad productiva.

Las cifras hablan, pero hay que saber preguntar. El oficialismo económico mundial observa tendenciosamente, siempre, porque eso es parte del velo. Qué hacemos, por ejemplo, comparándonos con las economías desarrolladas en cuanto a porcentajes del PBI dedicados desarrollo tecnológico. Es seguir en la trampa de querer emular otras escalas y realidades productivas. Veamos las cifras en absoluto, los montos donde está la realidad radicalmente asimétrica. Según Cepal, en el 2012 Estados Unidos invirtió (entre Estado y privados) un aproximado 400,000 millones de dólares en ciencia y tecnología. El PBI peruano de ese año fue 192,000 millones de dólares. El presupuesto peruano (porque de eso dependemos inicialmente) fue de alrededor de 30,000 millones de dólares. Las distancias, en un año, están a la vista. Calcula brecha de siglos. De acuerdo al ex-presidente Sagasti, hacia 1910 la academia norteamericana había titulado a 2,500 doctores. En 1908, según Marcos Cueto, el Perú tenía 167 médicos, cerca de 100 ingenieros y alrededor de 30 personas con título de especialidad científica del extranjero (o profesionales que profundizaban en algunas de las líneas experimentales de su carrera). Son sólo ejemplos de esta realidad general: en cualquiera de los elementos de un ecosistema científico-tecnológico que pretendamos compararnos (facultades, centros de investigación, gasto privado, patentes, instituciones públicas, publicaciones científicas, y otros) veremos crecientes, históricas e insuperables brechas. Estamos cada vez más lejos del desarrollo y accedemos a las migajas del modelo global, que siempre son escenarios de precariedad mayoritaria y de subdesarrollo. 

No hacemos ni exportamos inventos en el Perú porque aquí no casi no existe la ciencia aplicada. No hay espacios institucionales dedicados a buscar nuevas soluciones tecnológicas a partir de premisas científicas, salvo algunas entidades públicas de poco volumen. Lo que tenemos es una reducida cantidad de investigación universitaria, que generalmente es observación de casos que busca validar, ampliar o retar a la teoría científica aceptada. Los países fabricantes de alta tecnología, cuyas economías inventan constantemente, lo hacen desde la neurociencia, la física cuántica, la genética, la informática y sus cruces. En nuestro subdesarrollo, todas son especializaciones académicas que apenas existen, sin capacidad de incidencia alguna. 

No todos los sentidos comunes que opinan sobre ciencia y tecnología en el Perú tienen la misma parada frente a la degeneratividad que padecemos. Pero, ciertamente, la gran mayoría es bastante conservadora y despistada. El progresismo que necesitamos apenas empieza a levantar la voz, según lo visto por el suscrito. Para la mayor parte de opinantes con registro e influencia en redes – de consumo relativamente comparable al de las clases medias acomodadas del primer mundo – estamos donde estamos por nuestras pobres capacidades y desempeños, la ciencia y su deriva tecnológica son neutrales, y los perdedores del sistema mundial podrían ser ganadores si estuvieran a la altura y se gobernaran como corresponde. No ven, desde sus entornos, que hay una asimetría radical entre ellos y la gran mayoría del país, y que competimos en el mercado mundial con la capacidad productiva de toda la nación, no con la de algunos distritos capitalinos. Todos ellos son víctimas del mito de la ciencia emisora de verdad definitiva y respuesta superior en cualquier contexto, lo que le da derecho a la opacidad y a la imposición de soluciones. Las vacunas son un caso elocuente. Más allá de su dudosa calidad y de la descarada voluntad de imponerlas sin explicación, es obvio que la mayoría las defiende – y agrede en su nombre – sin conocerlas. Lo dice la ciencia, suele ser el argumento final, cuando ésta se equivoca, tiene intereses millonarios y miente como cualquier colectivo humano. A este público le parece conspiranoico pensar que hay arreglos internacionales entre poderosos para hacer que las cosas sigan como están sin evidenciar voluntad interesada, o ver peligro en que las trasnacionales vinculadas a la creación científica tengan más poder que la mayoría de estados del mundo, y que con eso puedan bloquear a todo nuevo país que intenta competir en el mercado millonario de las tecnologías de punta, o escapar de él.

Luego está el grupo de los científicos y especialistas peruanos en asuntos de tecnología y ciencia. Muchos de ellos piensan exactamente igual a la mayoría de nuestras élites opinantes, en cuanto a su concepción de ciencia y en cuanto a su desinformación sobre el hecho tangible de que hay un norte productivamente sofisticado y de permanente mejora, y un sur tecnológicamente degenerativo. Llama la atención que, a pesar de estar familiarizados con una metodología hecha  para enfrentar la duda trascendental y permanente, terminen creyendo que dicho protocolo no tiene premisas contextuales, que es tan universal como sus resultados, y que si arroja resultados imperfectos, éstos se van superando en camino ascendente por obra del método. La ciencia, y toda institución canónica que se impone desde una centralidad y con mitos de pretensión absoluta, comete atrocidades en nombre de sus principios y del orden que les da primacía. Son también así el Estado, los grandes grupos políticos y la religión. La verdad de la institución científica es diferente a la de estos núcleos, pasa por diferentes exigencias, pero es igual de subjetiva, potencialmente política y débil frente al perfil de perfección del que vive. Y hoy más que nunca – con las redes sociales y su transparencia – dejan ver sus interiores. No digo nada nuevo: hace décadas que hay epistemólogos comentando estas verdades, que todavía tienen poca tribuna entre nuestra opinión pública más activa.

También hay un grupo reformista entre quienes tratan estos temas. Tienen algunas miradas interesantes hoy consensuales, pero niegan la carga política del tema. Uno de ellos es el congresista Edward Málaga, otro es el ex-presidente Francisco Sagasti. El primero dijo incluso que la ciencia podría desideologizar la acción política, porque trabaja con evidencias. Hoy no estamos seguros de si hay universo o multiversos cuánticos alrededor nuestro, y el congresista asegura que nuestros sentidos dicen verdad final, pues pueden encontrar evidencias indiscutibles en la realidad, y en la social. El segundo no llega tan lejos, pero sostiene que izquierdas y derechas son esquemas mentales, y que debemos enfocarnos en los grandes asuntos nacionales por medio de buenos gobiernos. Como si tomar adecuadas decisiones de Estado fuera una ecuación que arroja números, un modelo ingenieril, y no una elección entre poderes asimétricos y asumir las consecuencias. Argumentó, cuando era presidente, que algunos temas de su despacho (sobre todo los más polémicos y pro-empresariales) no tenían su respuesta rápida – por semanas – porque pasaban por el equipo de ministros y un protocolo que aseguraba el carácter técnico de la postura final. Como si se necesitara análisis técnico decidir, por ejemplo, si el gobierno eleva una denuncia constitucional para defender a las AFP que nos estafan. Se viene una tragedia financiera, dijeron, ya llega la demanda amenazaron. Cuando el congreso asestó el golpe y obligó a las AFP a aceptar los retiros, parece que las “razones técnicas” indicaron que ya no era necesario seguir metiendo miedo al país. No hubo más mención del asunto ni amago de ir al Tribunal Constitucional. La jerga tecnocrática había sido usada políticamente, para decirlo con eufemismo.

Durante el gobierno de Juan Velasco Alvarado – el que más ha hecho en este terreno – el ex-presidente fue una de las cabezas del proyecto de desarrollo tecnológico, y por entonces escribía de las relaciones norte-sur en el asimétrico mercado tecnológico, y hablaba de un desarrollo autónomo y endógeno para el tercer mundo, denunciaba la concentración de la oferta y la innovación tecnológica, y el uso subdesarrollante – en contra nuestra – que se da a este inmenso poder. Seguramente Francisco Sagasti tiene copiosos y pesados argumentos para explicar su cambio de perspectiva, y para deducir que no estamos impedidos de desarrollar tecnologías con este esquema internacional y bajo este modelo económico subordinante, pero no entiendo cómo ni desde cuándo la discusión y dinámica sobre los grandes temas nacionales – entre otros la producción y la tecnología – se volvió apolítica y exenta de intereses dominantes. No puede ser apolítica aquella realidad donde lo que es privilegio excluyente de algunas sociedades (la tecnología de punta) explica lo central del desarrollo de los pueblos. Al final no puede ser apolítico nada donde haya subjetividad, porque ahí se debe decidir por mayorías o por imposición de poder. Sí, por supuesto que todo es subjetivo y potencialmente político, sobre todo lo económico, donde hay un norte reducido y un sur interminable, y por tanto izquierdas y derechas, entendiblemente irreconciliables en el polarizante subdesarrollo. 

También es justo decir que este grupo es una de las fuerzas responsables de que nuestra actual normativa sobre desarrollo tecnológico – el Plan Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación 2006-2021 y la reciente Ley 31250 que regula y cohesiona el sistema en mención – contemple elementos progresistas, como cierta sensibilidad frente al potencial de las tecnologías pre-hispánicas para nuestro desarrollo, y sobre todo conciencia frente al hecho de que nuestro enfoque de innovación tecnológica debe partir de la realidad de nuestro territorio y sus necesidades, de nuestra escala productiva. Pero casi nada se ha avanzado en 20 años – más bien retrocedemos desde 1975 -, porque pese a lo que dice la norma, se sigue mirando el patrón de desarrollo occidental como norte, sin considerar la imposibilidad de alcanzarlo. La norma y la literatura especializada definen las elocuciones, pero al momento de las decisiones estratégicas y los arreglos institucionales, puede más la sujeción mental a los formatos y la creencias de procedencia europea, porque no se conoce de cerca a la mayor parte de nuestra realidad productiva, que es micro-empresarial, precaria y de subsistencia. También, en cuanto a sus resultados, los reformistas suelen ser víctimas del carácter apolítico del se enorgullecen, que es letal para reformar en sociedades convulsivas por alta demanda social. El punto es que siempre, entre sus propuestas concretas, se cuela el sueño del imposible aspiracional: el hallazgo sofisticado para el salto a la gran escala mundial; pretender aplicar conocimiento proveniente de especializaciones que casi no tenemos; promover más publicaciones académicas bajo estándares internacionales excluyentes, reduccionistas, disfuncionales para nuestros fines, y promotores de miradas conservadoras que no necesitamos; elevar el gasto según porcentajes y proporciones de otras realidades; crear la gran institución responsable que cuente  con la protección política necesaria y sea escuchada por el ejecutivo central (bajo orden del presidente). No sorprende esta última caricatura, piensan que la ciencia (la occidental que conocen) ofrece herramientas y contenidos para llegar a la verdad universal y así eliminar el motivo de conflicto en la acción política.

Y hay un tercer grupo multidisciplinario y joven, mucho más progresista, que asoma en las redes y que empieza a aproximarse a la inevitable politización que el tema demanda. En ese núcleo reflexivo-hacedor se empieza a sugerir que las ciencias naturales no tienen el monopolio de la verdad ni superioridad alguna sobre ningún otro saber, que las tecnologías no tienen por qué ser tema, actividad o decisión de ninguna élite política – pues son asuntos de sentido común perfectamente divulgables -, y que en nuestros planes de desarrollo tecnológico deben ser protagonistas las industrias tradicionales donde podemos competir (textilería, alimentación, bebidas, cuero, papel, lo que tenemos desde hace un siglo). Este germen regenerativo debe crecer y consolidarse en el camino elegido, lo que implica tener racionalidad política y postura económica explícita, porque construir demanda – y más en el subdesarrollo – disputar poderes y sentidos comunes hegemónicos. No hay cambio sin lograr el retiro del velo. Todo el mundo debe saber que pretender lo que no podemos nos degenera productivamente, y que hay poderes buscando que sigamos empeorando. También que el cambio traerá inevitables sacrificios de consumo, porque el desarrollo de nuestra oferta tecnológica e industrial demanda obligarnos a comprar lo que producimos aquí, en desmedro de lo importado. Lo han hecho así todas las potencias del mundo, aunque repitan y repitan el cuento del liberalismo para que caigamos en su mejor escenario: ellos se protegen y se fomentan millonariamente y, nosotros abrimos nuestro mercado a sus productos y maquinarias, y quebramos a nuestros productores. Los interesados en ver cómo nos mienten sin el menor rubor histórico pueden googlear a Ha-Joon Chang. No hay camino sin un gobierno nacionalista y promotor, muy pro-activo en ello. Antes y durante la primera revolución industrial, que fue inglesa, Reino Unido tenía los aranceles a la importación más altos del mundo. También prohibió la entrada de bienes que su mercado podía fabricar, para impulsar al productor local. Estados Unidos hizo lo mismo, en la segunda revolución industrial que encabezó. Para el resto del mundo, incluidos nosotros, recomendaron liberalismo y extorsionaron por ello, conscientes del extranjerismo colonial de nuestra opinión pública. Heraclio Bonilla y Pablo Macera lo han descrito, sus textos están en las redes sociales. No hay que tomar en serio a los políticos liberales con acceso medios, las sandeces económicos que les hacen hablar sus ventrílocuos son sólo propaganda para clases medias distraídas en su consumo. Y tampoco hay que creer que existe un camino republicano-regulador para el subdesarrollo capitalista, donde no hay riqueza limpia de origen. El millonario que se siente superior jamás va a aceptar límites en lo que considera su chacra, no hay que ser ingenuos como veedores ciudadanos.

También debemos introducir en el imaginario de la gente la enorme ventaja competitiva que puede significar aprovechar nuestro legado pre-hispánico. Hay, en el suelo rural peruano, un enorme tramado tecnológico agrícola, alimentario y de salud, a la espera de ser recuperado y puesto en práctica. No como complemento de la “tecnología moderna”, como dice la Ley 31250 recién aprobada, sino como fuente protagónica de nuestro contexto, cuyo contenido civilizatorio es accesible y muy útil para la mayoritaria agricultura familiar y de comunidades que hay en el Perú. Las recetas tecnológicas de nuestros ancestros podrían ser de gran utilidad para masificar el derecho a la salud y a la alimentación de alta calidad, lo que no hemos podido hacer en 200 años. También para conservar entornos naturales únicos en el mundo, y detener el deterioro del territorio peruano, refugio nuestro y codiciado entorno planetario dentro de pocas décadas. Nuestros camayoc, o innovadores andinos vivos, están llenos de soluciones ingenieriles funcionales a la sostenibilidad productiva. Siempre se está buscando hacer globalmente competitivos a los campesinos, pensando en que logren grandes volúmenes de exportación. La opinión pública debe saber que casi ninguno cuenta con dichas capacidades productivas, y que ese tipo de agricultura – de monocultivo – deteriora la riqueza naturalmente diversa de la sierra. Es en su universo cultural, con su epistemología, su escala y sus fines, que se les debe repotenciar, recuperando su tejido socio-económico para que, desde ahí, encuentren sus fusiones y caminos competitivos. 

De otro lado, la cosmovisión pre-hispánica tiene una perspectiva de ciencia y tecnología que podría servirnos de paradigma referencial; es tan increíble como triste que no se enseñe en las escuelas. Se trata de una mirada distinta del asunto tecnológico, propia de geografías adversas con temporadas de escasez, donde el razonamiento inventivo es parte de la vida cotidiana y el acervo de soluciones es de libre acceso, pues nadie quiere romper con cierta paridad de riqueza o hacerse glorioso con el aporte disruptivo, porque lo cooperativo es el patrón lógico frente a la inmensidad inescapable de la naturaleza. Esta concepción nos viene muy bien, porque aún con el mayor de sus esfuerzos, el Estado no puede sacarnos adelante solo, y debemos sumar entre todos. Cada civilización tiene su ciencia, no demos desperdiciar la nuestra, ni desaprovechar nuestra aporte civilizatorio al mundo entero. La ciencia de ellos piensa para ellos, obviamente, y es insensible a las desgracias que nos generan y a nuestras particularidades productivas. La nuestra – si la recuperáramos – es capaz de mirar como un sistema de innovación válido al entramado tecnológico micro-productivo que practica el 95% de nuestra estructura empresarial, donde está el emporio Gamarra, el parque industrial de Villa El Salvador, o la aglomeración El Porvenir de Trujillo. Desde ese barro hay construir. Nuestra filosofía de la ciencia originaria es mucho más útil frente un contexto donde no hay laboratorios ni universidades, sino maquinaria importada de segunda mano y ajustes artesanales permanentes. Nuestra cosmovisión pre-hispánica sostiene que ha habido ciencia desde que el hombre inventó su primer instrumento de piedra a partir premisas relativas a la realidad física, y divulgó la explicación ingenieril de su hallazgo entre los suyos. Nada de halos para ningún terrícola, todos somos humanamente iguales. A diferencia de la lógica privada, gratuitamente competitiva y ultra-autoral de la ciencia-tecnología occidental, nuestra narrativa constituyente más tradicional no empuja al mundo hacia una división entre pocos ricos hi-tec y ultra-especializados y muchos pobres precarios, porque no aspira a otra cosa que no sea la calidad de vida generalizada y la sostenibilidad del entorno, respetando diferencias culturales y, sobre todo, considerando escalas propias y ecologías. 

Sólo desde la desubicación histórica y geopolítica – que promueve la concepción científico-tecnológico occidental – se puede entender que el sector textil – potencia regional y competidor mundial alguna vez – no esté seleccionado como ámbito prioritario en el plan nacional de tecnología e innovación vigente. Más cuando tenemos un algodón de calidad mundial en la costa norte. No me hablen de CITEs raquíticas, sin oferta de financiamiento ni capacidad de afectar a más 1% superior del universo micro-empresarial. Por favor dejemos la jerga y la escala cosmopolita por un rato, y pensemos sin complejos desde nuestra austeridad: ¿qué gobierno cooperativiza Gamarra por medio de un esquema de propiedad mixta temporal, invierte en su productividad y su capital fijo, la hace mínimamente competitiva y reproduce el modelo a nivel nacional, para que nuestra textilería produzca en cantidad y calidad de protagonista mundial? ¿Qué gestión eslabona a nuestros micro-empresarios con los productores del muy buen algodón que tenemos, con precios preferenciales para que podamos penetrar el mundo con bienes baratos y de calidad? ¿Qué gobierno plantea fomento para empezar a producir nuestras propias maquinarias e impulsa los programas de capacitación técnica necesarios? ¿Qué política económica eleva al límite los aranceles para la importación de productos textiles, para que consumamos lo nuestro (quién lo hará si no)? Miles y hasta millones de empleos podría haber tras este esfuerzo, y para todos, porque la industria textil es de tecnología simple, y por lo tanto cualquiera puede aprenderla con algo de capacitación básica o experiencia. Y casualmente esto es lo que desanima a los gobiernos conservadores que hemos tenido, pues a sus “empresarios consultivos” no les resulta atractivo apostar por un mercado que, ciertamente, no es de los más importantes en términos de acumulación millonaria – como lo fue en el siglo XIX -, pero puede dar mucho empleo de mínima calidad a un país que tiene cerca del 75% de informalidad laboral. Pero resulta que así lo hizo no sólo Reino Unido en su periodo más imperial, sino todas las potencias textileras que han tomado el liderazgo mundial del sector, incluido el gigante chino que hoy lo encabeza. Obviamente, todos estos países valoraron la cantidad de empleo en juego cuando decidieron apoyar a esta industria hoy tradicional. Nadie dice que sea sencillo, pero éste es el único tipo de camino industrialista y micro-productivo que nos puede resultar factible, pues no necesita de laboratorios ni de grandes sistemas institucionales para andar, sino sólo de un ejecutivo que tenga claridad en relación al sistema científico tecnológico mundial y local, que cuente con mayorías congresales, y sepa legitimar el camino explicando sus necesidades y grandes objetivos sociales.

Esto, para terminar, debería ser paralelo al esfuerzo de crear una cultura científica nacional donde se fusionen las dos fuentes que explican nuestro código social, desterrando lo nocivo y retardatario del conservadurismo científico occidental. Lo básico es que el proyecto educativo escolar recupere y haga permanente la curiosidad libre y proactiva del inventor cotidiano, lo que se dice fácil. Y que nuestras universidades tengan claro que si nuestros científicos no son epistemólogos no nos sirven de mucho en el subdesarrollo. Eso sí que se puede hacer relativamente rápido. Además necesitamos que el MINCUL se convenza de que las tecnologías y sus explicaciones son también cultura a divulgar, y que debe asegurarse su oferta, porque es muy valiosa en términos de desarrollo. Es un largo aliento, como todas las cosas valiosas que necesitamos construir, pero la parte micro-productiva del proyecto está al alcance, y debería ser su primer ariete.

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