Tomas Cortez

Ir al súper

"A la entrada se nos presentó una imagen surrealista, parecía sacada de una película de Fellini. Las quince cajas registradoras tenían filas kilométricas de gente con cochecitos rebalsando de productos varios"

UNO

– Trae el paraguas le pedí a mi hijo

-Ya pasará, me contestó

Eran las 11:04 am

Cruzamos la calle con la intención de tomar el colectivo. Esperamos en la parada respectiva, unos 5 minutos, luego 10 minutos; por último, nos aburrimos y, decidimos continuar a pie. En ese instante, comenzó a llover copiosamente. Corriendo, nos refugiamos en la bodega más próxima. Habría que indicar que no habíamos desayunado, por lo que el hambre comenzó a arreciar.

En la pulpería se ofrecía empanadas y unas pizzas personales, a un módico precio, y ambas tenían buena cara.

– ¿Te compro algo?

– Ni loco como aquí, me contestó David.

Había olvidado la condición de sibarita del flaco.

Para mal de males comenzó a llover más furiosamente. En ese preciso momento, apareció, de la nada, un taxi, el cual abordamos inmediatamente.

Rostro avinagrado, edad indescifrable y con una manchita arriba de sus labios: ¿eso es bigote? Sin inmutarse, por el calor asfixiante, avanzaba con su Mercedes modelo 81, lentamente. Adentro, los asientos rechinaban a cada movimiento y la música cumbiera invadía el móvil y martillaba nuestros oídos.

Llegamos sudorosos. Raudamente ingresamos al Super, a guarecernos de la lluvia.

A la entrada se nos presentó una imagen surrealista, parecía sacada de una película de Fellini. Las quince cajas registradoras tenían filas kilométricas de gente con cochecitos rebalsando de productos varios. Era domingo de descuento -del 30%- pagando con una tarjeta de crédito que yo, para mi mala suerte, no tenía.

Fuimos a buscar los carritos y cosa insólita, no había ninguno. Todos estaban ocupados. Aprovechando el descuento, venían también aquellos que tenían negocio de abarrotes y usaban 3 a 4 carritos. Tuve que esperar, más de 10 minutos, en conseguir uno.

DOS

La primera parada fue la sección de verdulería. Ahí dimos a conocer nuestra nulidad en lo que respecta a compras de vegetales. Mientras David buscaba repollo, yo escogía los tomates, no había mucho para elegir, opté por los menos machucados. De repente, mi hijo vino con un repollo enorme.

– ¿Eso te pidió tu mama? pregunté

-Me pidió que lleve la mitad, ¿lo cortamos?

Mientras me rascaba la cabeza, una señora se compadeció de nosotros.

-Ahí, al fondo a la izquierda, hay repollos en trozos más pequeños.

Luego fui a la sección de carnes y compré 12 muslos a un buen precio. Mientras David escogía un papel higiénico doble hoja y de procedencia extranjera. Hizo lo mismo, en la fiambrería escogiendo el queso más caro (incluso exigió una probadita) y cuando solicitaba un kilo de salame de marca; lo saqué, rápidamente, de allí.

Las últimas compras fueron genéricas y sin complicaciones. Nos esforzamos en demorarnos, para evitar las largas colas que aun persistían. Sin embargo, al llegar a las cajas, estas continuaban. El flaco me llamó a una, menos larga. Al instalarme allí, con nuestro carrito, observé que la fila se mantenía incólume. No se movía en absoluto. Miré, detenidamente, a los que estaban primeras en la cola. Eran 3 viejecitas que conversaban animadamente, mientras la cajera se destacaba por su ausencia.

-¿Dónde carajo esta la cajera? Inquirió mi hijo

Con un gesto, le indiqué que lo ignoraba.

Al poco rato, la vimos retomar su labor. Pero la fila continuaba sin moverse. El motivo era que las viejitas tenían, cada una, carritos llenos de productos de los más variopintos. Y pasaban, con toda la paciencia del mundo, los mismos. Repentinamente, una de ellas se había olvidado de pesar la bolsa de pan. Salió de la fila, con pasos morosos, e ir a la sección panadería. Luego de unos 12 minutos eternos -David los cronometró- la octogenaria volvió, con una sonrisita estampada en su rostro (¡apura vieja de mierda!). Mientras, las otras dos sostenían una alegre tertulia con la cajera.

Delante de mí, estaba un enorme gordinflón, con una bolsa de panes. Vestía una remera, apócrifa del Liverpool y un short, ridículamente chico (atisbaba la raya de su culo). Al ver, que las abuelitas prácticamente se iban, pensé que era mi hora, por fin. En ese momento, apareció de la nada, la mujer del obeso gigantón, con una nena a cuestas, y un carrito llenecito.

-¡No es mi día, mierda!

Esperando a que el gordo terminará -de pasar sus productos- su nena empezó a berrear sin parar. David y yo nos miramos y entendimos el término migraña, en toda su extensión. Para colmo, comenzamos a escuchar los compases o mejor el chirrido que emanaba de los parlantes. Había sido que el gerente del super, era fanático de la cumbia villera y, en especial, del seudo cantante denominado, Monchi Papa (el cual es muy famoso en Asunción y con un talento inversamente proporcional a su gordura). Un tostón insufrible.

Al llegar a caja, demolido psicológicamente y exhausto por la espera, ni hablar de David que estaba famélico. No era para menos, eran las 2:41 pm. La cajera, una blonda veinteañera, que no estaba nada mal, me miró y con toda la alegría del mundo preguntó.

-Necesita factura señor

-No, gracias, contesté

Seguía pasando los productos y me volvió a preguntar lo mismo. Le volví a responder que no.

En tanto, la cuenta crecía invariablemente en la pantalla de su ordenador. Al terminar, el monto alcanzó la suma de todos los fines de semana y realice el pago respectivo. No sin antes, volverme a preguntar si necesitaba factura.

-¡No, carajo!

Había traído a David para que cargue las bolsas. Así se lo dije.

-¿Yo por qué? reclamó.

-¿Te di una buena propina el sábado pasado, te olvidas? Una con otra. Además, no me gustan los quejones, vamos.

Mientras el muchacho, encargado de llevar las bolsas, viendo que se quedaba sin nada, me mentó la madre con los ojos.

TRES

Al llegar a casa, nuevamente en taxi, introduje la mano en mi bolsillo derecho y no encontré la llave de la casa. Súbitamente, recordé que lo había dejado en el velador.

-Tócale el timbre a tu mamá

-No está, se fue temprano donde su amiga Lorena, contestó el flaco

-Carajo, no es mi día

Mientras mi hijo se sentaba, resignadamente en la vereda, esperando una solución al tema. Yo elucubraba.

Y aconteció algo, que me sucede generalmente 2 veces al año, se me encendió el foquito de 20 watts que tengo,

-Ya sé cómo entrar a la casa, hijo

-¿Cómo? preguntó.

En ese momento me desperté.

 

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