Acabo de terminar mi sesión de historia en la PUCP, tocaba el primer gobierno de Alan García, para muchos el gobierno maldito, el peor de todos los tiempos, el que mayor griterío provoca de la derecha, aún peor que con Velasco. A este último le reconocen a regañadientes que a los gamonales se les había acabado el tiempo y que fue la historia la que los dejó atrás.

De Alan, en cambio, dicen que es el socialista a destiempo, el progre desfasado, quien leyó el Antimperialismo y el APRA, debiendo haber leído Treinta Años de Aprismo: “imperdonable, no aprendió de su viejo y sabio maestro”. Lo que pocos recuerdan es que más allá de su heterodoxa postura de destinar el 10% del valor de las exportaciones para pagar la deuda externa y de la obsoleta subvención de precios para aliviar la economía de las familias peruanas, Alan García buscó a la derecha para reactivar la economía a mediados de la década de 1980.

El joven líder aprista se reunió con los 12 hombres más ricos del Perú, encabezados por Dionisio Romero, tan dueño del BCP como su homónimo hijo, el del maletín con los tres millones de dólares para Keiko Fujimori, y acordaron crear un dólar más barato, el recordado dólar MUC, para el empresariado si este se invertía en insumos industriales y colocaban sus ganancias en el Perú. La apuesta era clara: el capital extranjero no llegaría jamás a un país con terrorismo, había que animar al empresariado local y García lo hacía así, de la manera más irresponsable posible pues, sin adecuados mecanismos de fiscalización, el resultado era previsible.

Además, había que conocer un poco la historia del Perú para vaticinar fácilmente el final, los 12 apóstoles no reinvirtieron nada, difícil pedirle al escorpión que no muerda a la rana, e imposible pretender vocación de desarrollo en una clase económica cuyo pingüe negocio, a través de los tiempos, no hemos sido otros sino nosotros. De esta manera, las reservas del Estado, vía dólar MUC, fueron a parar por miles de millones a cuentas privadas en bancos suizos y no volvimos a verlas jamás.

Pero si en algo se equivocó el joven Haya, fue en pensar que las clases medias podían formar parte de un frente revolucionario. De hecho, a la sangría de millones del MUC, se sumaron perro, pericote y gato, y no hacía falta apellidarse Romero para cambiar 4X5 las divisas de la nación. El resultado: para 1987 el Perú se quedó sin reservas y llegaron el caos, la hiperinflación y la nacionalización de la banca. El país estaba quebrado.

Por eso, cuando veo la blanquirroja peruana asociada a una candidata, solo puedo colegir que se trata de los de siempre, de los que gritaron “libertad” a los cuatro vientos cuando les quitaron sus bancos después de que nos dejaron sin un duro, los mismos cuyo negocio somos nosotros y que ahora, una vez más, quieren confundir sus intereses con los de toda la nación. Yo no sé si el hombre del sombrero es una alternativa, pero sí sé distinguir una garrapata cuando la veo.

 

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Alan García, Historia, Perú

No me sorprende que en el Perú no hayamos reparado que el pasado 29 de abril, Joe Biden, Presidente de los Estados Unidos de América, pronunció, ante la sesión conjunta del Congreso de la Unión, un histórico discurso que posiblemente represente el puntillazo final al neoliberalismo a ultranza que ha normado las relaciones económicas en el mundo desde su advenimiento a principios de la década de 1980. 

Para entonces las condiciones estaban dadas, la crisis del embargo del petróleo de la OPEP de 1973 había magullado las economías occidentales, pero, al mismo tiempo, había sumido en una crisis sin retorno a sus símiles socialistas. Los resultados no tardaron en llegar. Para 1987, Mijaíl Gorbachov, nuevo presidente de la URSS, ya negociaba con sus antiguos archienemigos la inyección de capitales frescos para el bloque oriental, pero era tarde: bajo el transparente empuje de la glasnost, el socialismo real estalló en pedazos ante los ojos atónicos del mundo, al punto que en 1991 no quedaba ya casi nada de él. 

Era la hora del neoliberalismo, el economista John Williamson se apresuró, en 1989, en llamar Consenso de Washington a las 10 recetas con las cuales el FMI, el Banco Mundial y el Departamento del Tesoro Americano impusieron un nuevo orden económico basado en la desregulación y la semi eliminación de la participación del estado en la economía. Había llegado la hora del mercado cómo supremo juez de las relaciones comerciales y como gestor de la estabilidad macroeconómica. 

Casi cuarenta años después de los tiempos en que Reagan y Thatcher  diesen los primeros pasos en la implantación de un nuevo orden mundial basado en un renovado laissez-faire, Joe Biden gira las tuercas en la dirección contraria con una energía que casi nos hace recordar los amables tiempos de George Marshall con Europa Occidental en la post Segunda Guerra Mundial: sustancial alza en los salarios, importante reducción en el precio de las medicinas, salud universal, sindicalización universal para una gran nación construida por sus trust de obreros y sus clases medias, y no por los hombres de Wall Street. 

El designio no puede ser más claro, la pelota ha cambiado de dueño en un país, y en un mundo, en el que las ganancias del capital crecen, como diría Thomas Piketty, en su célebre El Capital del siglo XX, a un ritmo mucho mayor que el del resto de la economía, y en el que la acumulación de la riqueza no se relaciona, ni por asomo, con su distribución(1). En este aspecto, la libertad del mercado fracasó estrepitosamente en el encargo de generar bienestar por lo que el Estado tendrá que invertir casi con tanta energía que en los aciagos tiempos de la New Deal de Franklin Delano Roosevelt, tras el Crack de 1929. 

América Latina 

No quisiera prolongar demasiado estas líneas. El mercado como regulador de la economía no existe. En su remplazo existen las grandes corporaciones multinacionales o internacionales y, para el caso de nuestros países, sus intermediarias, las grandes burguesías nativas. Suena a manual de marxismo para principiantes, pero funciona en la realidad, al punto de que por eso estalló Chile en 2019, donde las tesis de Thomas Piketty funcionaron a la perfección. Allí el dogmatismo del ortodoxo piloto automático fue tan extremo que bastó que una mañana unos jóvenes se negasen a pagan la tarifa del transporte público: el país estalló en llamas. La riqueza estaba demasiado mal distribuida, ni que hablar del acceso a los servicios de salud y educación. 

En caso colombiano parece más irreal. Tras la pandemia del COVID, la clase política, personificada en su presidente, ha pretendido recuperar lo perdido, una vez más, a costas de aumentar la carga tributaria sobre las clases medias y trabajadoras obteniendo el mismo resultado, otro país convulso, lo que me remite al título de este artículo: el presidente del uno por ciento, que es la idea central del discurso de Joe Biden ante el Congreso de la Unión. Dijo Biden que el pueblo ya estaba pagando suficiente, que ahora le tocaba a ese 1% que concentra casi toda la riqueza hacer el esfuerzo de pagar más impuestos para nivelar las cosas. 

El Perú: retrato de un país surrealista

Si algo pudiese preguntarle a nuestro nobel Mario Vargas Llosa es por qué le creyó a Ollanta Humala y no a Pedro Castillo. Ojo que Castillo acaba de firmar las mismas garantías democráticas que Humala, y Castillo, que yo sepa, no ha sido financiado por el Hugo Chávez de sus mejores tiempos, ni proviene de una formación castrense que pudiese amenazar el orden constitucional, al contrario, es un ex-rondero y maestro de escuela rural.  Pensando el tema, comienza a latirme que Vargas Llosa se sitúa, si acaso no lo estuvo siempre, entre quienes sostienen el modelo hasta las últimas consecuencias, y comienza a latirme también que lo que está en juego, lejos de la manida disyuntiva democracia vs comunismo es neoliberalismo autoritario vs democracia con reformas sociales las que, muy probablemente, deban pasar por profundos cambios constitucionales. 

Pedro Castillo usa poncho y sombrero, pero lo que verdaderamente aterra a nuestra derecha neoliberal es que su discurso lo acerca demasiado al programa reformista de ese apacible gringo llamado Joe Biden, a la sazón presidente de los Estados Unidos de América, no vaya a ser que arruine la fiesta, aquí en la tierra del sol.  Otra vez el Perú, y sus fuerzas económicas, remando contra la historia. La idea es salvar el kiosko, no importa si se incendia el barrio. 

(1) Andreu Missé. Biden, la utopía útil de Piketty. https://elpais.com/economia/2021-05-03/biden-la-utopia-util-de-piketty.html

Corría la segunda mitad del año 2011, Ollanta Humala recién había asumido la Presidencia de la República y el flamante canciller, Rafael Roncagliolo, me convocó a su despacho en Torre Tagle. El ministro de exteriores lucía inquieto, tenía dos metas que, sobre la mesa, parecían irreconciliables: de una parte, buscaba defender la posición peruana en el litigio contra Chile ante La Haya, para lo cual requería de una vocería de prensa, esto es periodistas y analistas que, fuera del sector exteriores, difundiesen homogéneamente la postura oficial peruana. De la otra, que el proceso no se descarrile y que la larga historia de exabruptos nacionalistas de ambos lados no terminase con alguno de los dos países pateando el tablero para quedarnos sin fallo, sin mar y con todas las especies marinas que pudiesen navegar bajo el extremo sur de nuestro litoral chapoteando en la arena. 

La segunda vía, que estaba intrínsecamente vinculada con la primera, abría además la posibilidad de desarrollar aspectos de la relación bilateral en las que ya hacía algún tiempo yo me encontraba particularmente interesado. Es este tema de la reconciliación binacional, asunto en el que, valgan verdades, no me han hecho mucho caso, o tal vez sí, pero sin alcanzar a convertirlo en política de estado, que es lo que considero prudente y necesario. En todo caso, esta es materia para otra discusión.  

Para organizar la vocería de prensa, Rafo Roncagliolo trabajó de la mano con estupendos diplomáticos, como los embajadores Gustavo Meza Cuadra y Claudio de la Puente, pero requería también de los servicios de un viejo zorro de la prensa, de alguien capaz de lograr que los convocados consensuemos. Vaya si no aprendí en Torre Tagle el valor de las relaciones humanas en el éxito o fracaso de las políticas de los estados, en el estallido de las guerras y el advenimiento de largos periodos de paz. Ese hombre fue Santiago Pedraglio, y desde entonces se dio el peruanísimo milagro (porque en el Perú rara vez ocurre) de que nuestro país contó con dos docenas de voceros de las más diversas procedencias políticas, ideológicas, profesionales, y que todos insistíamos, en cuanto medio de prensa visitamos, en que la declaración de Santiago de 1952 no constituía un tratado de límites y que, por consiguiente, correspondía al prestigioso jurado holandés establecer la línea equidistante entre los mares del Perú y Chile en nuestra frontera marítima sur. Supimos también que el Tratado de Libre Pesca de 1954, a pesar de no ser limítrofe, se nos presentaba más complicado pues mencionaba en alguna parte que el paralelo geográfico era la frontera marítima, aunque no decía que tan hacia el fondo del mar se extendía ese paralelo y por eso la corte lo fijó en 80 millas, obteniendo el Perú un ganancial de 120 millas respecto del estatus quo vigente hasta ese momento que era hasta las 200 millas náuticas. 

Los dos milagros

Alguna vez, entrevistado por Augusto Álvarez Rodrich, señalé que el mejor fallo sería el fallo acatado. Es que, más allá del voluntarismo victorioso de ambas partes, el verdadero triunfo cívico e integracionista solo se lograría el día en que las marinas del Perú y Chile tracen la nueva frontera establecida por la CIJ, en el marco del derecho internacional, y superando de este modo, la sempiterna desconfianza mutua, que hasta el día de hoy habita en algunos sectores de nuestras sociedades. Y ese milagro se produjo apenas dos meses después de conocida la sentencia, en marzo de 2014. 

Pero el otro milagro, que se dividió en varios pequeños, fue la eclosión integracionista de la sociedad civil para generar un efecto cojín frente al fallo por venir. Recuerdo la pareja de cantantes binacional, Dámaris y Américo, y su canción a la integración; las ediciones de El Comercio-El Mercurio y La República-La Tercera que compartieron días previos a la sentencia las versiones del otro país en sus páginas centrales, pues conocerse es el primer paso para desterrar la desconfianza. Ciertamente, muchas de estas medidas fueron la continuación de las dos vías iniciadas por Rafo Roncagliolo, en los tiempos de su sucesora, la primera canciller mujer del Perú, Sra. Eda Rivas, también de destacada labor. Días antes del fallo, tres decenas de historiadores binacionales publicaron Las Historias que Nos Unen, compilación que tuvo por finalidad mostrar a nuestros pueblos que no solo nos une –o separa- una guerra fratricida. 

Mucho trecho queda por recorrer. A  poco de anunciarse el fallo, un problema de espionaje nos obligó a retroceder abruptamente mucho de lo avanzado durante el periodo de las dos vías del canciller. Pero la semilla estaba sembrada, recuerdo que tiempo después me avisaron que, tras el lío de los espías, ya los embajadores habían retornada cada cual a su embajada sin que nos enteremos el común de los mortales. El litigio les había enseñado a los diplomáticos de ambos países a trabajar en silencio en un nivel de coordinación y de confianza que hoy es la base para pasos futuros que son indispensables para mirar el porvenir como una esperanza compartida. En esa mirada, Rafael Roncagliolo fue sin duda un estadista que señaló un camino de integración para el siglo XXI. Ojalá sepamos transitarlo. 

“Vieja y mojigata Lima, devaluada bella durmiente siempre de espaldas al país ¿ya te diste cuenta de que Pedro Castillo es el outsider de esta elección y que probablemente será tu próximo Alberto Fujimori aunque sabe Dios bajo qué premisas?” 

 

El Epígrafe Sarcástico de esta nota lo posteé el 4 de abril, Pedro Castillo recién asomaba la cabeza y nadie daba ni medio por él. De hecho, me dijeron que el profesor tacabambino jamás llegaría a la segunda vuelta pero llegó. 31 años atrás, inmersos en la mayor crisis de la historia del Perú, las cosas estaban mucho más claras para los peruanos, al menos eso creíamos, pero no entendimos que entonces, en 1990, hablar de los peruanos no era lo mismo aquí que allá. Ahora tampoco lo es.

Un par de días después de la segunda vuelta escuché a Lourdes Flores hacer pésimas matemáticas en un audio, para obtener como resultado que los peruanos de acá eran más que los de allá, por lo que Keiko era fija para la segunda vuelta. Yo pensé, mas bien, que la bola de nieve de Castillo recién se había echado a andar y que se trataba más de multiplicar que de sumar, hasta que finalmente culmine su imparable recorrido. Mencioné que estas elecciones, como tantas otras en el Perú, serían más sociales, o socioculturales, que ideológicas.

Es que a la mayoría de peruanos eso del modelo económico les importa un comino, lo mismo que el enfoque de género o los derechos LGTBI. Yo los defiendo, como no, pero las masas secularmente postergadas buscan alguien que las mire, que las reconozca, que las humanice. Lo que quieren es precisamente al Estado, a sus servicios, a la educación, a la salud y el trabajo, y algo muy importante, a la reivindicación de su cultura pero en sus términos.  

Podría funcionar en otro lugar, pero en un país con identidad propia, cuya historia de postergación se remonta cinco siglos atrás, la revolución, la izquierda y hasta la democracia solo pueden entenderse desde sus raíces. Lo dijo tan claramente Hugo Neira: pensamos que ser república -ha señalado el intelectual abancaíno- consistía en dejar de tener un rey, y que el debate republicano lo habían zanjado Jefferson, Hamilton, Rousseau y Voltaire; y por la flojera de no pensar nuestra patria desde sus costumbres fabricamos tiranos a repetición que conducen reiteradamente a Tartarias y Satrapías (parafraseo). Hoy sucede exactamente lo mismo y por eso tenemos que escoger entre dos proyectos autoritarios, uno corrupto y el otro peruano, o pensado desde una peruanidad que se siente secularmente postergada. 

Cuando indiqué que la bola de nieve no había dejado aún de rodar, señalé también que la palabra la tenía el Perú informal, el que desciende del serrano. Aquel no ha detectado aún a Pedro Castillo, pero, si lo integra a su narrativa como lo han hecho ya todas las regiones andinas del Perú, entonces no habrá quien pare al profesor del lapicito. Y vendrán la desesperación y el terruqueo, que fue lo que hicieron con el “chino Fujimori” en 1990, cuando la Lima del “Palais Concert” comprendió que ni con todo el dinero de Confiep podría vencer al outsider japonés, y que hoy sueña con su heredera en Palacio. 

La primera encuesta de Ipsos, le da a Pedro Castillo 9 puntos sobre Keiko Fujimori ¿tan terruco será el profesor? ¿o ha llegado el momento de dialogar y estrechar puentes? Quizá sea llegada la hora de pensar y hacer realidad el desarrollo, esa palabra maldita que tanta flojera y ojeriza le produce a nuestras élites económica y política, tan fácil que ha resultado vivir del Estado, desde hace un Bicentenario.      

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Alberto Fujimori, Pedro Castillo

Hoy perderemos las elecciones, o, de algún modo, las ganaremos. El punto es, en el fondo, el mismo. Este proceso electoral comenzó sin una clase política que sustentase las candidaturas presidenciales y a las pseudo organizaciones que las secundan. Bajo esa premisa ¿qué resultado podríamos esperar?

 

Es por eso que a los candidatos se les ha complicado tanto pasar el 10% en las encuestas. Antes teníamos caudillos que encandilaban a las multitudes y que simulaban llenar el enorme vacío institucional de una república de papel; hoy esos caudillos no están más. Y en el fango de la impresentable catadura moral de sus émulos, cada quien decidió mostrarse como es y con absoluto desenfado ¿podría entonces esperarse otra reacción ciudadana?

 

Sin embargo, dentro de este esquema hay quienes jugaron sus cartas con inteligencia. Los tres candidatos alrededor del fujimorismo fueron una magnífica estrategia electoral, juntos aglutinarán alrededor del 30% de las preferencias y es posible que al 40% de la representación congresal o un poco más, nada mal. La idea es llevar a Keiko Fujimori a segunda vuelta, pero no importa tanto si quien la alcanza es Jhonny Lescano de Acción Popular, independientemente de las intenciones del semi-carismático político puneño. Lo cierto es que su bancada será sinérgica a sus tres análogas fujimoristas y, de esta manera, obtendrán la mayoría congresal y, muy probablemente, la presidencia del Perú. Era cuestión de marketing político, no de tumbarse presidentes, aprendieron en el camino.

 

Del otro lado de la vereda, la izquierda se ha convertido en dos izquierdas; la convencional y limeña, a pesar de su candidata cusqueña, y la antisistémica, contestataria e invertebrada. La más genuina en el fondo, y no por izquierda, sino por expresar el visceral rechazo a todo lo que hemos visto los últimos cinco años, a congresistas y políticos defender y blindar la corrupción, y sin mascarilla, a pesar del Covid. Pedro Castillo es cuestión del azar, no la indignación tras él.

 

Al medio no sabemos qué pasará, de momento prefiero hablar de los extremos y sus significados. Parece que finalmente quienes tanto han buscado la “estabilidad de la corrupción” están a un paso de obtener el preciado botín estatal y esta vez sin disparar una bala, ni cegarle la vida a ningún joven al que le sobraban los principios. La alternativa es que, para la segunda vuelta, la indignación sea tal que supere en número a los que mañana saldrán gritando acalorados que “si gana Castillo me voy del país” y acabemos con él en Palacio el 28 de Julio, con una bancada importante con el apoyo de Juntos por el Perú, y eventualmente el de otras centristas, pero muy probablemente sin alcanzar la mayoría.

 

Y entonces de nuevo la danza del “corre que te vaco” pero con ribetes de guerra civil, o a lo mejor hoy voten menos del 50% y posterguemos todo para más adelante, e inclusive posterguemos el Bicentenario. Mejor el 9 de diciembre de 2024, 200 años de Ayacucho. Tal vez y entonces finalmente habremos parido una república o algo que mediamente se le parezca; o sencillamente, habremos aplazado para más tarde el mismo desenlace.

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11 de abril, Daniel Parodi, Elecciones 2021

En un sintonizado programa de entrevistas políticas, el destacado periodista César Hildebrandt señaló que, de resultar electa Keiko Fujimori en segunda vuelta, el límite de su poder sería su propia voluntad, debido a la vocación de metástasis del movimiento fujimorista, cuyo afán de copamiento institucional se evidenció tanto durante el decenio de Alberto Fujimori (1990 – 2000) como durante el actual quinquenio, al menos mientras la citada lideresa tuvo control sobre 73 parlamentarios. De hecho, la dramática crisis política por la que hoy atraviesa el país es en gran parte el resultado del sitio desplegado por la mayoría naranja al Poder Ejecutivo desde el 28 de julio de 2016, de allí las vacancias y las renuncias presidenciales, dos de ellas, en plena pandemia.

 

La lectura del experimentado periodista contradice la que proviene de círculos fujimoristas y que difunde, en las redes sociales, la narrativa de que la eventual elección de la candidata de Fuerza Popular supondría garantizar la vigencia del orden democrático pues, sin mayores sobresaltos, en 2026, asistiríamos a un nuevo recambio constitucional. Al contrario, Pedro Castillo, con su programa socialista-nacionalista, representaría la amenaza de la interrupción democrática y su reemplazo por un esquema autoritario semejante al de la revolución bolivariana de Venezuela.

 

En realidad, todos los precedentes validan la interpretación de César Hildebrandt sobre Keiko Fujimori. También lo hacen las fuerzas representadas en el Congreso. Al respecto, no veo que a la candidata de derecha se le dificulte demasiado establecer alianzas políticas con grupos parlamentarios tales como Renovación Popular, Avanza País, Alianza Para el Progreso, Acción Popular y Podemos. La mayoría de los congresistas que conforman dichas bancadas, y que sobrepasan largamente la mitad de la representación nacional, se mueven bajo la misma lógica populista clientelar que el fujimorismo. Así que es cuestión de ponerse a negociar prebendas y cuotas de poder. Con Keiko podríamos llegar a lo que he denominado la estabilidad de la corrupción, pero, por ese mismo camino, también corremos el riesgo de alcanzar el imperio de la corrupción.

 

 

De esta manera, el fujimorismo paulatinamente irá copando todas las instituciones del Estado, incluido las judiciales y electorales, transgrediendo la independencia de poderes, al mismo tiempo que irá fidelizando congresistas a través de diversas metodologías que ya probó exitosamente y de sobra durante el gobierno de Alberto y, no sería de extrañar que inclusive congresistas de Perú Libre pudiesen llegar a ser captados dentro del esquema fujimontesinista que se echará a andar de nuevo, tras dos décadas de cauta espera.

 

Finalmente, luego de un par de años de populismo a ultranza y de masas agradecidísimas con Keiko, por haber restituido el vínculo sagrado entre su padre Alberto y las masas, las condiciones estarán dadas.  Vía referéndum constitucional, o modificación constitucional con 87 votos, la bancada fujimorista y sus aliadas presentarán al Congreso el proyecto de ley modificatorio de la Carta Magna que le permitirá la reelección a su lideresa el 2026 y con todo el aparato estatal a su servicio.

 

Es cierto que al cruzar la vereda naranja nos encontramos con Pedro Castillo, un hombre de muchos talantes sin que ninguno de ellos, hasta hoy, nos parezca democrático. Pero no nos equivoquemos, si Keiko llega al poder es para quedarse, luego de arrasar la precarísima institucionalidad republicana que hemos edificado tras 20 años de república de papel. La disyuntiva es básicamente dramática.

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Daniel Parodi, Fuerza Popular
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