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Perdón Azul

"¿Qué más tiene que pasar en el Perú para que subamos el peldaño de país primario en materia de respeto a los derechos de las minorías LGTBI+ y de las mujeres? ¿Qué tiene que suceder para que una mujer, un gay o una persona trans pueda caminar por las calles sin temor?"

Mil campanas suenan en mi corazón

Qué difícil es pedir perdón…

(Alaska y Dinamara)

La noticia rebotó en los diarios, pero llegó poco a la televisión. A los sectores que dominan los medios, o a algunos de ellos, en el fondo todavía les molesta que algo así haya sucedido en el Perú: pero sucedió.

El pasado 3 de noviembre, tras sentencia de la Corte Internacional de derechos Humanos (Corte IDH), la mujer trans, Azul Rojas Marín, recibió públicas disculpas luego de que, en 2008, cuando era un hombre gay, fuese detenida, violada y torturada por agentes de la PNP debido a su orientación sexual.

La historia, además de dramática y brutal es triste, en la ceremonia de perdón con presencia de la ministra de la mujer, de Justicia y derechos humanos, y de altos mandos policiales, Azul prendió una vela en memoria de su madre quien murió en 2017 sin ver que la justicia llegase a su hija trans.  

Las reflexiones y emociones son muchas. Pero centrémonos en las primeras. ¿Qué más tiene que pasar en el Perú para que subamos el peldaño de país primario en materia de respeto a los derechos de las minorías LGTBI+ y de las mujeres? ¿Qué tiene que suceder para que una mujer, un gay o una persona trans pueda caminar por las calles sin temor? Y he dicho sin temor a qué porque la lista en realidad es larga, abarca desde el improperio obsceno hasta el asesinato, o por considerársele la propiedad de alguien o por la orientación sexual que la naturaleza le otorgó. 

Es una pena, porque existen focos desde los cuales estas ideas se difunden masivamente principalmente desde las iglesias católica, cristianas y evangélicas, las que presentan a las personas LGTBI+ como pecadoras y anormales.

Independientemente de la libertad de ideas en el Perú existe un orden constitucional que instituye que nadie puede ser discriminado por razones de sexo y ya es hora de contar con gobiernos que, así como defienden férreamente la libertad religiosa, defiendan al mismo tiempo el derecho a la libertad de las personas y a gozar y llevar con dignidad, honor, y, sobre todo, con absoluta normalidad, la orientación sexual que hayan elegido para ser tratadas como iguales no solo porque lo mande la constitución sino en tanto que comunidad solidaria.

Los otros perdones

El perdón a Azul no debe tomarse como un hecho aislado dirigido a una persona en particular. Su simbolismo va mucho más allá. Deja un mensaje: es inaceptable que la policía nacional torture y viole a un ciudadano peruano en virtud de su orientación sexual nos rebaja a los niveles se las más implacables y oscuras dictaduras latinoamericanas del siglo XX, a aquellas salas de terror donde se aplicaba electricidad a los genitales hasta de mujeres embarazadas con tal de hacerles decir lo que ignoraban. La civilización, la era de los derechos debe prevalecer esa es la consigna que Azul debe ayudarnos a hacer prevalecer.

En otras notas he planteado el perdón estatal a los mundos Andino y Amazónico por todos los abusos, servidumbre y semi-esclavitud padecidos en tiempos republicanos, hasta bien entrado el siglo XX y hasta ahora si consideramos la ausencia o precariedad de los servicios estatales en las zonas rurales.

El perdón, per se, es simbólico, pero tiene la cualidad, como en el caso de Azul, de reconocer como propio a quien siempre se tuvo como al otro, el perdón incluye, integra, cierra viejas heridas y puede sentar las bases para forjar finalmente, lo que nos falta para forjar la auténtica comunidad nacional, esa que no forja un ricachón repartiendo dinero, en una magra manifestación, subido sobre un moderno monociclo rodante.

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