Lerner, Roberto

Suicidas asesinos

"Ser padre de escolares o escolar en los Estados Unidos debe ser particularmente estresante: ve nomás hijito, haz tu vida normal, felizmente ya tienes un sistema inmunológico a prueba de Covid. Pero, ¿hay vacuna que proteja de las balas?"

Hay conductas radicales, espantosas, que cuando combinan grandes dimensiones y mucha atención, son socialmente transmisibles, literalmente contagiosas: otras parecidas van a acontecer.

Ser padre de escolares o escolar en los Estados Unidos debe ser particularmente estresante: ve nomás hijito, haz tu vida normal, felizmente ya tienes un sistema inmunológico a prueba de Covid. Pero, ¿hay vacuna que proteja de las balas?

En el umbral del tercer milenio la escuela de Columbine (Colorado) marcó a una generación, pero fue ampliamente superada. Vendrían otras escuelas: Sandy Hook (Connecticut) y Marjory Stoneman Douglass (Florida), durante la segunda década de este siglo. Y ahora, cuando nos lamemos las heridas de la peste, Robb (Texas). Más familias desangradas. Una sociedad que no sabe si lo que mata es la enfermedad mental o las armas. 

Muchas veces se trata de una persona que está transitando entre la adolescencia y la adultez con una historia de trauma temprano —violencia familiar, molestamiento sexual, acoso escolar sostenido— e intensos sentimientos de desesperanza, soledad, muy baja autoestima, que se siente rechazado, injustamente tratado y con una enorme rabia hirviendo en el alma.

Muy frecuentemente ha hablado de acabar con su vida, ha pensado en hacerlo, quizá ha intentado hacerlo y lo ha compartido con alguna persona cercana, un familiar, un amigo, un maestro. Y, de repente, los medios y las redes sociales revientan con una noticia de matanza. Alguien muy parecido salta a la fama junto con su historia, los relatos de quienes lo conocieron y los desgarradores testimonios de sobrevivientes o deudos de sus víctimas. 

¿Por qué pasar de una vida irrelevante a una muerte anónima?, ¿y si el veneno que corre hace tanto por sus venas emponzoñara de manera terminal a los indiferentes y a los torturadores?, ¿acaso no es mejor morir matando en el centro de una trama con la que ninguna de las series extra holiwudianas que nos entretienen puede competir, y ante un público universalmente hipnotizado?

La receta está a la vista, en el mundo de la ficción, el mundo documental o el mundo real.  Fuera de todos los porqués de la subjetividad, hay que añadir a la lista de los ingredientes aquel que pone la eficacia, la multiplicación del daño, la posibilidad de superar la valla dejada por el protagonista de la temporada precedente. Vaya usted a una armería y compre el instrumento letal que permitan su bolsillo y fantasías. Destruye de lejos, elimina a muchos con solo mantener apretado un gatillo. 

De esa manera, el suicidio —porque de eso se trata, no hay que olvidarlo, de suicidas— converge con el homicidio, una macabra mistura que encontramos en Sansón, los kamikases o los hombres bomba, entre otros. Solo que en lugar de yo me sacrifico para obtener la victoria, es yo los sacrifico para consumar mi derrota.

¿Es un problema de salud mental y una excusa para comprender y eximir de responsabilidad a monstruos al mismo tiempo que financiar la vida de especialistas?, ¿es un asunto de regulación y control de instrumentos de muerte convertidos en mercancías enormemente rentables?, ¿es un inevitable efecto secundario extremo de gamificar nuestra vida colectiva?

Probablemente todos los anteriores, pero no se ve a nadie haciendo nada en serio, salvo buscar ganar puntos en la polarización que cada vez afecta a más sociedades.

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EE. UU., suicidios, Tiroteo

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