Carlos Trelles - Sudaca.Pe

El BCR del auto-golpe (o el gendarme más velado del modelo)

No sorprende que el BCR admita y hasta colabore, por medio de las declaraciones de su presidente,  con el chantaje cambiario del que somos víctimas. Como todos los bancos centrales del liberalismo económico contemporáneo, el actual BCR fue creado para garantizar el contexto macro-económico que más conviene a los grandes conglomerados empresariales.

 

Obviamente, el BCR no hace su trabajo por medio de la fuerza o la ilegalidad, pues para eso hay otros. Lo lleva a cabo aprovechando (y reforzando) un sentido común mayoritario que lo ve como una institución técnica que toma decisiones utilizando fórmulas indiscutibles y superiores, y como un actor neutral sin voluntad política ni intereses. Ambas cosas son falsas, y más en una ciencia social que estudia complejidades. Si la realidad fuera una máquina o un objeto, entonces sí bastarían los técnicos que la entiendan, modelen y controlen para que se haga lo correcto. Está a la vista que no es así, y en consecuencia la política es una disputa de sentidos comunes fundamentalmente económicos, donde toda propuesta defiende una subjetividad, protege a los propios y combate opositores. Sin embargo, el absurdo pasa por cierto gracias a un esfuerzo ideológico, mediático y académico de dimensiones globales, impulsado por el gran capital. Es claro que no se trata de un programa explícito u oficial, sino más bien de una cultura corporativa intergeneracional – previa incluso al capitalismo decimonónico – que privilegia la acumulación oligopólica sin límites, y soslaya el abuso, el crimen y la corrupción. Algunos de ellos – los más poderosos – son conscientes de la estrategia desleal, y el resto mayoritario se cree el cuento liberal. Todos, sin distinción, repiten las fábulas del modelo.

 

Como no existe la neutralidad técnica, el BCR es por fuerza un proyecto con carga política, más si recordamos sus orígenes. Nuestra banco central es un proyecto del liberalismo mundialmente triunfante y predatorio de los noventa, y del gobierno  ladrón y criminal de Alberto Fujimori. La ley orgánica que crea el BCR fue aprobada el 29 de diciembre de 1992, en pleno auto-golpe. La norma no pasó por el congreso, y empezó a funcionar el 1 de enero de 1993. Luego fue adoptada por la pobre y liberaloide constitución vigente. No fue lo único que aseguraron en la ilegalidad política: inventaron las AFP e Indecopi, y “reorganizaron” las instituciones judiciales, el tribunal constitucional y la contraloría. Puede parecer forzado hasta aquí – porque no he dicho casi nada todavía -, pero es un clásico de la derecha mundial aprovechar las depresiones graves para arremeter con sus recetas económicas, préstamos chantajistas y mecánicas de influencia. La mega-crisis del gobierno aprista ayudó mucho a que no hubiera resistencia frente a todo lo que sonara a liberal y moderno desde 1990, y el empresariado nacional – con el gran capital extranjero a la sombra – aprovechó la ausencia de controles para asegurar una institucionalidad funcional a sus intereses, que empezara a enraizar el nuevo liberalismo económico peruano. Nada destacable, en términos de desarrollo y progreso sostenible, nos ha traído este embuste que lleva treinta años.

 

Dentro del modelo, el BCR cumple dos grandes funciones: formalmente, diseña y ejecuta la política monetaria conveniente al gran capital, aplicando la teoría económica convencional. E informalmente, utiliza su inmerecido prestigio de independencia política y neutralidad técnica para promover los mitos del liberalismo económico, con ánimo de gurú y explicaciones poco comprensibles incluso para las élites más informadas. No entender las políticas monetarias, gracias a la incapacidad didáctica de la academia económica, es la razón por la que casi nadie nota que la función de los bancos centrales de la ortodoxia noventera incluye una acción política e ideológica permanente, en favor del modelo y sus mayores beneficiarios. Comprendiendo lo monetario, la denuncia que parece conspiranoide se vuelve lógica y explícita.

 

La política monetaria de un país tiene como objetivo definir la cantidad de dinero (efectivos, activos financieros, billetes bancarios) que hay en su economía. Este volumen de numerario debe corresponder a la capacidad productiva real (bienes y servicios) de los agentes económicos. Si hay una cantidad de dinero cuya suma es superior a todo lo que se puede producir, los consumidores querrán comprar más de lo que es capaz de ofrecerles el empresariado. Y cuando los productos son muy pedidos, y hay pocos de ellos en venta, suben de precio. Se trata de una situación escasez debido a un exceso de demanda. Una inflación y del tipo más temido, porque si permanece el exceso de dinero que la origina, crece cada vez más rápido la tendencia alcista y se termina en descalabros inflacionarios. Pero ésta es sólo la mitad de la dinámica monetaria. Cuando en una economía el dinero es insuficiente para pagar todas las posibles transacciones (compras, salarios, inversiones, otros), hay capacidad productiva ociosa en ese mercado, por tanto se está produciendo menos de lo que se puede, lo que implica más desempleo, o menos empleo del posible. Los periodos en los que hay capacidad instalada ociosa son llamados corto plazo, y aquellos en los que se ha agotado dicha capacidad, se les denomina de largo plazo. En este último, sólo se crece más con aumentos de productividad, que es resultado de la competencia relativamente libre y meritocrática entre los agentes económicos, y de su educación profesional. Intentar crecer con intervención estatal (monetaria o fiscal) en el largo plazo, incluso controlando la inflación, desincentiva y dificulta que los agentes económicos se expandan todo lo posible.

 

Ni el corto plazo ni el largo plazo son tiempos cronológicos, sino situaciones mutuamente excluyentes dentro de un sistema. Determinar cuándo se acaba el corto plazo no es sencillo, porque es imposible saber con precisión cuál es la mayor capacidad productiva posible de una economía. Lo que se hace – en los bancos centrales – es un mega-cálculo aproximado, una proyección en base a indicadores actuales, al que la teoría llama PBI potencial. Cuando la producción (el PBI) no llega al PBI potencial, el banco central puede aumentar la masa monetaria sin peligro de inflación, porque hay capacidad productiva ociosa pasible de ser dinamizada. Cuando la producción se acerca al PBI potencial, y da la impresión de que lo va a pasar, la cantidad de dinero debe disminuirse, porque se está acabando el corto plazo y hay peligro de inflación. ¿Como quita o aumenta dinero un banco central? La herramienta principal es la tasa de interés bancaria. Si sube la tasa de interés, la gente mete el dinero a los bancos para aprovechar los retornos ofrecidos, y por tanto hay menos billetes y monedas en la calle. Si baja la tasa de interés, el efecto es contrario, porque conviene más invertir en bienes y servicios, lo que dinamiza la economía y el empleo. Hay otras herramientas, pero están en la misma lógica de decidir si queremos meter o retirar dinero del mercado.

 

El esquema descrito junta dos grandes escuelas económicas. El largo plazo liberal, con su postura de no intervención en lo monetario, que viene desde Hume. Y el corto plazo de Keynes, quien cavilando sobre cómo superar la gran depresión de 1929, postula – en 1936 – que en el corto plazo puede haber intervención (monetaria y también fiscal) sin peligro de inflación. Keynes fue un genio heterodoxo, de amplia y flexible sistémica, al que la ortodoxia de los noventa (con Estados Unidos a la cabeza) desterró de las políticas económicas, incluidas las monetarias. Filtraron la idea de que el exceso de gasto e intervención, en los estados de bienestar desarrollados, había ocasionado la crisis mundial de los setenta, la famosa crisis del petróleo. Nada de eso había, el cambio tecnológico y las caídas cíclicas del capitalismo auto-destructivo (la respuesta estaba en Marx) fue la razón de fondo. Los argumentos de la academia neoclásica también fueron débiles. Uno, muy intrigante, fue decir que es más beneficioso, en términos de crecimiento acumulado, trabajar para el largo plazo que reactivar el corto plazo. No concluyeron que nunca más habría expansión monetaria en el corto plazo – porque eso no tiene defensa frente a lectores universitarios exigentes – simplemente investigaron y confirmaron tesis que parecen decir lo que ellos quieren, y las envolvieron para dárselas a políticos liberales desinformados. Otro argumento débil fue que todo nivel de inflación es un peligro apocalíptico, porque en cualquier momento al asunto se vuelve incontrolable y termina en dramáticos ajustes económicos. Tampoco es verdad. Es largo el tema y quizá sea presentado en otra columna, pero la inflación se controla con la sola decisión política. No se asegura dejando en la miseria a la gente (mano de obra barata para los grandes empresarios), sino con credibilidad de gobierno para modificar expectativas económicas. Los economistas pueden encontrar esta verdad en las explicaciones anexas de varios de los manuales académicos con que aprenden sus modelos en el bachillerato. Lo que buscaban y buscan los liberales monetaristas, al desterrar a Keynes y su corto plazo, es que nada interrumpa el crecimiento del bendito largo plazo, porque ahí está la riqueza de los grandes empresarios, que invierten millones para instalarse en un país por décadas. Un estado activo, en el corto plazo, provoca un tiempo en el que aumenta la calidad de vida, pero no ofrece tanta velocidad económica de largo plazo. Por ello los grandes millonarios del mundo, sus políticos, y una economía provinciana en su occidentalismo y su matematización, decidieron que no existía más el corto plazo.

 

Como si el largo plazo, el crecimiento sin fricción, fuera la panacea. ¿Qué pasa si al mismo tiempo que se crece se genera concentración y exclusión, que es la historia del capitalismo y más en el subdesarrollo? ¿Qué pasa si dada su brecha histórica el país en cuestión no tiene condiciones para llegar a un mínimo de desarrollo inclusivo y sostenible en el “largo plazo”, como ocurre con la mayoría de naciones? ¿No sería razonable tratar ese largo plazo de otra manera, digamos menos liberal y más proactiva desde el Estado? ¿No sería racional aceptar un poco menos de crecimiento para favorecer a todos? ¿Es mejor crecimiento masivamente precario que la sostenibilidad austera con calidad de vida en aumento? La ortodoxia neoliberal siempre prefiere el crecimiento, por las razones ya dichas, y sólo admite una política monetaria expansiva, en el corto plazo, cuando está frente a colapsos de tal profundidad que incluso quiebran la mínima capacidad de compra de los consumidores, lo que no les conviene y puede traer violencia caótica en las calles. Recién entonces Keynes deja de ser un innombrable. Si ese extremo no llega, y por lo tanto ellos no se ven perdiendo, puede aumentar la pobreza, elevarse el desempleo y haber más precariedad sin que se inmuten en lo más, porque “el largo plazo es lo más beneficioso”, para sus bolsillos, claro está.

 

Es ese el BCR que trajo el fujimorismo con el auto-golpe, el del consenso de Washington, el ortodoxo neoliberal que desterró a Keynes, el que juega sin pudor para los grandes capitales, el que asegura las políticas monetarias de largo plazo, con la autonomía (en realidad protección política) que las leyes del modelo le dan a su directorio. Es casi imposible vacar al presidente, o a un director del BCR, durante los cincos años de su gestión. Ni el presidente de la república ni el MEF, ni nadie, les puede pedir la renuncia. Menos los opinantes organizados, porque no los entienden, dado que no saben ni quieren explicar sus decisiones con claridad. Son los dueños absolutos de la política monetaria nacional. Hoy, por supuesto, el BCR sí hace política monetaria expansiva de corto plazo, porque el descalabro pandémico es tan letal que ha puesto en peligro al modelo mismo, lo que no les conviene. Como en casi todo el mundo, este BCR  trajo crecimiento desde los noventa, a un costo altísimo en términos sociales: el shock, las quiebras inducidas de la industria nacional, la mano de obra barata al alcance, las leyes pro-empresariales, y muchos otros, fueron los regalos perversos del gobierno a los empresarios. Las grandes inversiones extranjeras no podían tener mejor escenario a su favor. El BCR dirá que todos estos costos los decidió el MEF y otros ministerios, porque no son asuntos de política monetaria. Y es cierto, salvo que todo es parte de un mismo paquete económico conservador, y que nunca se les ha escuchado preocupación o postura frente a estos terribles males propios del modelo ortodoxo neoliberal, y que su política monetaria apuntala y refuerza. Sí levantan la voz, por supuesto, cuando un presidente soberano manifiesta querer cambiar las cosas que históricamente no funcionan.

 

El punto es que el esquema monetario que impusieron les resultó eficaz hasta los primeros años del siglo XXI. El velo capitalista es un enemigo sigiloso y retrechero, que utiliza el consumo masivo barato y sus medios de comunicación para distraernos y hacernos olvidar las miserias colectivas. El crecimiento de largo plazo, además, es una política económica fácil, porque es un “dejar hacer, dejar pasar que el mundo camina solo”. Es decir: dejemos a la jungla que muera y se mate, siempre que trabajen y consuman. En realidad, lo difícil y meritorio, en términos de política económica, está en construir desarrollo, algo que contados países del mundo conocen, y no por su liberalismo económico, sino por su capitalismo internacionalmente predatorio, construido a partir de una ventaja colonial de siglos, que supieron usufructuar los más audaces y prepotentes.

 

Sin embargo, esta fiesta macabra fue mucho más corta de lo que esperaban, porque la globalización y sus tecnologías también eran parte del proyecto que empezó en los noventa, y por tanto todas las economías del mundo se hicieron mucho más interdependientes: las distancias geográficas se estaban pulverizaron con la ingeniería informática y sus inventos de comunicación interpersonal, y el mercado mundial se consolidó. Desde el cinismo liberal del cambio de siglo, ésta era una oportunidad de emprendimiento masivo; desde la realidad económica y geopolítica, significó un aumento de las asimetrías entre personas y países. Nada nuevo bajo el sol del darwinismo liberal, salvo el pequeño detalle de que ahora cualquier crisis de una economía grande afecta al mundo entero, y de que hay varios gigantes queriendo hacer caer el orden actual, diseñado por y para Estados Unidos. De ello, influyen deliberadamente – antes y durante las emergencias – para que éstas perjudiquen más de lo debido. Como esto ocurre con cada vez mayor frecuencia, y a veces por razones no económicas – como la pandemia -, no hay largo plazo en la práctica, sino recuperaciones, despegues y caídas, lo que impide el crecimiento desmedido e irracional que buscan, y los obliga a apelar a las recetas keynesianas que rechazan compulsivamente. Ni el liberalismo económico clásico ni ninguna de las corrientes de su academia contemporánea tienen una política monetaria con capacidad de predecir estos escenarios y cortar las fuerzas de su arribo, que es lo que hacían con la inflación, por medio de la disminución de la masa monetaria. No exagero en lo más mínimo, pueden preguntarlo: no hay un sólo economista mínimamente enterado que niegue que la economía actual se ha vuelto altamente vulnerable, de manera incontrolable hasta este momento. Desde luego, las economías subdesarrolladas lo padecen mucho, pues están cada vez más subordinadas y disminuidas en el orden global, y por tanto no sólo sufren con las caídas de los gigantes, sino que son chantajeadas con la dictadura de los capitales financieros golondrinos, que ante el menor signo de que algún presidente quiere pensar distinto, se van apretando un botón, y trastornan bruscamente el tipo de cambio. Con este golpe, ponen rápidamente en vereda al atrevido. Sus razones nunca santas son irrelevantes, el problema es la posibilidad de boicot sistémico que tienen a la mano, contra nosotros los peruanos.

 

Cuál es la estrategia del BCR de Julio Velarde. En este momento, las herramientas tradicionales (operaciones en el mercado financiero para paliar la brusquedad del cambio), son infértiles frente al chantaje cambiario, porque nuestras voluminosas y subdesarrolladas reservas jamás van a poder contrarrestar todos los retiros que son capaces de hacer los capitales golondrinos. Por ello, el BCR ha concluido que lo mejor es ser el más aplicado de los vasallos: la más baja inflación del continente, el mayor PBI de las economías emergentes, la mayor reserva de las región, el menor déficit fiscal de tales o cuales años, la mayor capacidad de ahorro entre los descalabrados, y así. Esos logros dudosos y fáciles de conseguir, implican costos para la mayoría, como se ha indicado arriba. Pero no les importa, porque el objetivo mediocre y servil es ahorrar todo lo posible para resistir mejor las terribles crisis e inevitables, y sobre todo tener los mejores indicadores previos al colapso, para que los préstamos e inversiones – que siempre nos condicionan – lleguen rápido. Con eso, y muchas oraciones para que las grandes economías se recuperen, se saldría del bache. Y luego, con las próximas crisis que de todas maneras se vienen, se irá viendo.

 

Pero como se dijo al inicio de este texto inevitablemente largo. Hay otra función que el BCR cumple diligentemente, y que se ha visto con claridad en estos días en los que por elegir de presidente a Pedro Castillo, discutir sobre una nueva constitución y plantear la renegociación del Gas de Camisea, hemos sido víctimas de una fuga chantajista de capitales que ha elevado el tipo de cambio. Una salida de inversiones financieras tan subordinante, que apenas se hace lo que esperan los empresarios los capitales retornan al país y logran que el dólar valga menos. En ese trayecto, Julio Velarde no sólo ha persistido en sus convicciones ortodoxas de política monetaria, las que pasea en todas sus entrevistas y presentaciones, sino que ha operado políticamente, cumpliendo su función velada. No en vano es un tecnócrata experimentado y prestigioso, y un hábil político de instituciones doradas e inimputables. Primero, aprovechó la vulnerabilidad del momento – y el apoyo de los empresarios y sus medios que sembraban terror – para venderse como indispensable por sus conocimientos, cuando en todo caso lo es por sus contactos y perfil: el banquero más acomedido de la región, frente a los ojos de los verdaderos jefes que reparten la torta del salvataje. En segundo lugar, ha criticado al presidente Castillo antes y después de que éste confirme su nombramiento. Lo culpó de la subida del dólar, pidió explícitamente que el gobierno deje más claro que no perseguía el cambio de constitución, y acaba de decir que la reciente decisión presidencial de retomar la renegociación de Camisea afectará las expectativas empresariales (o sea, vuelve el chantaje). Por supuesto, exigió un directorio del BCR con convicciones ortodoxas, aunque se trate de economistas algo más propensos al keynesianismo monetario. Es decir, cedió políticamente en lo que consideró poco relevante (la tasa de interés ya está en el piso), y aseguró que lo esencial su estrategia sea respetada: ser los más cumplidos y disciplinados de la región. ¿Qué protege Velarde, y qué defiende con tanta vehemencia? ¿Su estrategia servil que no soluciona nada y nos sigue haciendo vulnerables? ¿Está aplicando modelos y cumpliendo sus funciones con neutralidad política?¿Hay algo de técnico en su acción pública reciente? Claro que no, en lo más mínimo. Está presionando al gobierno para que éste no se salga de las recetas fracasadas del modelo, y no sólo en lo monetario. Quiere impedir que el presidente busque una renegociación con una mega-empresa que nos debería rendir mucho más en cuanto a desarrollo. Velarde es aliado y representante político del capitalismo nacional e internacional, no cabe duda. Y en este entorno de poder se cuecen habas, inevitablemente como nos lo muestra la historia.

 

Para terminar, no se vaya a creer que no hay salida frente al colonialismo financiero que impone el modelo muy eficazmente. Claro que la hay, cómo no. Es cosa de cortar con decisión lo que produce el problema, que en este caso específico es la tiranía del dólar, consecuencia de depender de las importaciones, debido a que Fujimori quebró la industria nacional que había empezado a crecer desde mediados del siglo XX. Debemos consumir producto local – sobre todo alimentos – para no estar sujetos al dólar. Hay que apostar por la manufactura local, lo que demanda reintroducir el cooperativismo, el fomento y la intervención estatal, porque las brechas a superar son enormes y sólo pueden enfrentarse juntando esfuerzos. Hay que hacer una revolución pacífica, lo que tarde o temprano termina en un cambio de constitución por convicción mayoritaria. Es claro que éste no es un camino fácil y que el actual gobierno no puede plantearlo, porque carece de liderazgo proactivo en su primera jefatura, y de mayorías en el congreso. Pero sí puede insistir con lo que anunciado hasta hoy, que es apenas un poco de atención a las mayorías siempre olvidadas – que son los campesinos y los micro-empresarios que viven al límite de precariedad -, y buscar obtener mayores beneficios de las empresas extractivas extranjeras, sobre todo de las que este año ganarán muchísimo. Sumado a ello, se debe invertir en salidas concretas para la gente, no sólo en bonos, sino también en fomentos y facilidades para cambiar hábitos de consumo, privilegiando lo nacional y la seguridad alimentaria, lo que se ha anunciado. Por hacer sólo aquello, nada grave o insuperable nos va a pasar, y empezaremos a empujar el coche de la patria en la dirección correcta. Lo que sí es indispensable, y de una buena vez, es que demos cara al abuso, y evidenciemos con diplomacia la dictadura de los capitales financieros internacionales. Así, al menos, no seremos hijos de la indignidad y la sumisión, y estaremos trabajando lealmente para nuestro propio bienestar y desarrollo.

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BCR, Julio Velarde, Pedro Castillo

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