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Def Leppard y Mötley Crüe: Larga vida al hard-rock

La noche del pasado martes 28 de febrero salieron a las calles las masas, esta vez no para pedir que Dina Boluarte, su gabinete y su congreso se larguen sino para hacer un viaje en el tiempo. Frente a las puertas de San Marcos, violadas recientemente por las depresivas y oscuras tanquetas de un gobierno que solo produce indignación e insultos, miles íbamos al encuentro de dos exultantes y luminosas bandas de hard-rock de los ochenta: Mötley Crüe y Def Leppard...

Cada vez que se da un concierto como estos en Lima, ocurre lo mismo. Esa sensación de camaradería, de hermandad rockera que une a personas de diversas generaciones, solitarias, en parejas o en grupos, que avanzan, sin cruzar palabras entre sí pero hablando todos de lo mismo y compartiendo códigos -de vestimenta, de actitud hacia las cosas- rumbo a una catarsis de volumen y electricidad. La noche del pasado martes 28 de febrero salieron a las calles las masas, esta vez no para pedir que Dina Boluarte, su gabinete y su congreso se larguen -ojalá lo hagan pronto-, sino para hacer un viaje en el tiempo. Frente a las puertas de San Marcos, violadas recientemente por las depresivas y oscuras tanquetas de un gobierno que solo produce indignación e insultos, miles íbamos al encuentro de dos exultantes y luminosas bandas de hard-rock de los ochenta: Mötley Crüe y Def Leppard.

En los últimos años se han hecho muy comunes, en el circuito mundial, estas giras en las que dos y a veces hasta tres grandes bandas de exitosas trayectorias y copioso pasado se juntan, a diferencia de la dinámica antigua del artista de peso que llevaba consigo a algún grupo emergente, para que se vaya fogueando, como telonero. Por ejemplo, Billy Joel y Elton John se embarcaron varias veces en un tour llamado Face to Face, entre 1994 y 2010. Lo propio sucedió con Sting y Peter Gabriel, quienes unieron fuerzas hace unos años (2016), con espectaculares shows en EE.UU. y Europa. También hicieron esto Chicago y Earth Wind & Fire, en las temporadas de 2004 y 2015-2016. En el terreno del hard-rock o el llamado “arena rock” esta práctica ha generado inolvidables tours múltiples con tándems que te aseguraban, como mínimo, tres horas continuas de excelente rock: Aerosmith-Kiss, Journey-Toto, REO Speedwagon-Styx, y así por el estilo.

En el caso de Mötley Crüe y Def Leppard, ambos grupos llegaron a Sudamérica la última semana como parte de The World Tour que, en su primera fase por Norteamérica, denominada The Stadium Tour, incluyó a otros dos destacados colegas, Poison y Joan Jett. Luego de hacer dos fechas en México y una en Colombia, las bandas y sus sofisticados equipos de luces, pantallas LED y sonido, llegaron a Lima con dos o tres días de anticipación. Estamos hablando de un combo fundamental para entender el tránsito que dio el hard-rock, de ser un género que convocaba multitudes sectarias y marginales a uno capaz de llenar estadios con públicos convencionales y masivos.

Mötley Crüe -banda que debe ser muy conocida para la generación Netflix, gracias a la película The dirt (2019), basada en el libro autobiográfico del mismo título, publicado en 2001-, con sus excesos dentro y fuera del escenario, se convirtió entre 1981 y 1989 en el sinónimo del mantra “sexo, drogas y rock and roll” que estigmatizó a todo lo que venía del Sunset Strip norteamericano. Alguna vez teloneros de Ozzy Osbourne y eternos amigos-y-rivales de los Guns N’ Roses, el irreverente y promiscuo cuarteto conquistó el mercado del “glam metal” -también llamado ”hair metal” por su uso desmedido de peinados alborotados y maquillaje andrógino- con álbumes de buena factura como Too fast for love (1981), Shout at the devil (1983) o Girls girls girls (1987). Por su parte, Def Leppard arrancó su carrera en aquel movimiento conocido como NWOBHM -New Wave Of British Heavy Metal-, del cual también surgieron bandas como Iron Maiden, Judas Priest, Diamond Head o Saxon pero, con el correr de los años, fue virando hacia un sonido más accesible sin abandonar la fuerza de sus guitarras y una impresionante presencia escénica. En la cálida noche sanmarquina del pasado martes, ambos hicieron lo suyo de manera contundente.

El primero en entrar fue Mötley Crüe, con un setlist que incluyó clásicos de heavy metal ochentero, himnos de nightclubs californianos, como Looks that kill (Shout at the devil, 1983), Wild side (Girls girls firls, 1987), Primal scream (Decade of decadence, 1991) y cinco de los seis singles de su quinto álbum Dr. Feelgood (1989), el más vendido de su discografía (solo faltó la power ballad Without you). Conocidos por sus comportamientos despatarrados y salvajes, los integrantes originales Nikki Sixx (bajo, coros, 63), Vince Neil (voz, 61), y Tommy Lee (batería, coros, 60) exhiben todavía esa fibra que los hizo famosos, aunque el paso de los años es tan evidente que por momentos terminan pareciéndose demasiado a la imitación que, de ellos, realiza el quinteto mexicano Moderatto.

La novedad en su concierto fue la presencia del extraordinario shredder John 5 (52) -alias de John William Lowery-, como reemplazo del guitarrista Mick Mars (71), quien anunció recientemente su retiro debido a una enfermedad que afecta sus articulaciones. Su agresivo estilo apareció en canciones de aquel laureado disco de 1989 como Dr. Feelgood, Same ol’ situation o la cerradora Kickstart my heart, inspirada en uno de los tantos colapsos por sobredosis que padeció su autor, el bajista Nikki Sixx, un verdadero sobreviviente del extremo estilo de vida al que se sometió desde muy joven. Pero donde realmente se lució John 5 fue en un segmento solista en que la ex guitarra de Marilyn Manson y Rob Zombie atacó un medley donde se encontraron los Beatles (Helter skelter), los Ramones (Blitzkrieg bop), los Sex Pistols (Anarchy in the UK) y Eddie Van Halen (Eruption). Aunque se trata de un ilustre colaborador, me quedó la sensación de que el grupo no le dio el suficiente protagonismo que merecía. Durante Home sweet home (Theater of pain, 1985), otra de sus recordadas baladas, el baterista de origen griego Tommy Lee dejó un momento las baquetas para sentarse al piano, no sin antes saludar al público limeño, fiel a su estilo, lanzando una retahíla de vulgaridades que sus más fieles seguidores celebraron a rabiar.

Pero el gran triunfador de la noche fue, de lejos, Def Leppard. Sólido y técnicamente impecable -a diferencia de los Crüe que mostraron algunas deficiencias de sonido y los problemas vocales que Vince Neil presenta desde hace algunos años-, el quinteto de Sheffield ofreció una cátedra de ese hard-rock melódico y ondulante que, en la segunda mitad de los ochenta, los hizo una de las bandas más importantes y exitosas de este estilo. El vocalista Joe Elliott (63) mantuvo una comunicación constante con el público, con estentóreos y muy bien pronunciados “¡Muchas gracias, Lima!” que hacían rugir a los miles de asistentes a este esperado show. El primer tramo de su setlist estuvo cargado de éxitos como Let’s get rocked (Adrenalize, 1992), Foolin’ (Pyromania, 1983) y Animal (Hysteria, 1987), una de las más saltadas de la noche.

Desde que ingresó a Def Leppard en 1992, el irlandés Vivian Campbell (60) -histórico integrante fundador de la banda del recordado Ronnie James Dio, con quien grabó álbumes básicos del heavy metal ochentero como Holy diver (1983) o The last in line (1984)-, en reemplazo de Steven Clarke, fallecido tempranamente a los 31 años en 1991, de sobredosis de alcohol y pastillas, se adaptó de inmediato al sonido del quinteto y sus contenidos solos de raigambre bluesera le dieron contrapeso al ataque más agresivo y electrizante de Phil Collen (64), extraordinario guitarrista que, la noche de San Marcos, brilló con luz propia en medio de ese trabajo en equipo de esta escuadra que debutó en el firmamento del naciente glam metal con dos excelentes y poco difundidos álbumes, On through the night (1980) y High ‘n’ dry (1981), antes de conocer el éxito masivo a nivel mundial con su tercer LP, Pyromania (1983).

La columna vertebral de Def Leppard es el bajista Rick Savage (61), quien fundó el grupo en 1976. La imponente presencia de sus profundas notas arma y sostiene cada uno de los éxitos que interpretaron, como los clásicos Armageddon it, la power ballad Love bites (Hysteria, 1987) o Bringin’ on the heartbreak (High ‘n’ dry, 1981). Savage, Collen y Campbell unen sus voces para los agudos y roncos coros que caracterizan a estas y otras canciones como Rocket, Pour some sugar on me o Hysteria, tema-título del álbum más famoso de su discografía. La banda no perdió ocasión de presentarnos tres canciones de su más reciente producción, Diamond star halos (2022), entre las que destaca This guitar, canción que grabaron a dúo con la estrella de country Alison Krauss y que es una oda a la guitarra como icono de libertad y consuelo. La noche se cerró con una extraordinaria versión de Photograph (Pyromania, 1983), esa canción que todos dedicamos a aquella mujer que nos quita el sueño, y que los colocó en primer plano en una época donde la competencia era por demostrar quién era más solvente y efectivo en esto de emocionar al público a través de interpretaciones musicales diestras, intensas y auténticas.

El caso del baterista Rick Allen (59) parece haber sido normalizado por el público pero es, en realidad, uno de los más sorprendentes e inspiradores de superación personal ante la adversidad, no solo del rock sino de la vida en general. En 1984, cuando Rick tenía solo 21 años y en medio del éxito obtenido con los tres primeros discos de Def Leppard, sufrió un grave accidente mientras manejaba a toda velocidad, el cual tuvo como consecuencia la amputación completa del brazo izquierdo. Lejos de deprimirse, el músico se sumergió en extenuantes terapias físicas y psicológicas para, con el apoyo de su familia y sus compañeros, comenzar a practicar una técnica para tocar baterías electrónicas y pedaleras que le permitieran reemplazar, con los pies, las funciones del brazo faltante. Después de dos años, Allen reapareció con Def Leppard en el festival Monsters Of Rock de 1986. Desde entonces, nunca ha abandonado el puesto. Sus seguidores lo conocen como “The Thunder God”. Escucharlo y verlo lanzar en vivo, atronadores bombazos en el instrumental Switch 625 (High ‘n’ dry, 1981), justifica el apelativo.

Cuando uno se encuentra con estas bandas, que han pasado más de cuarenta años viviendo al borde la cornisa, subiendo y bajando de aviones, superando adicciones, enfermedades y tragedias, realizando conciertos uno tras otro sin descanso, produciendo música fantástica y ejecutando a la perfección composiciones propias como si se tratara de un juego, no puede evitarse esa nostalgia por aquellos tiempos en que la música de las radios nos conmovía e ilusionaba, nos sacudía el cuerpo y elevaba el alma. Mötley Crüe y Def Leppard hicieron realidad esa magia otra vez, para quienes dudan de la vigencia del hard-rock en estos tiempos de sonidos melosos y simplones.

POST-DATA: Otro grande de la música partió esta semana. Wayne Shorter, legendario saxofonista de jazz que trabajó con Art Blakey, Miles Davis, Weather Report -donde coincidió con nuestro compatriota Álex Acuña-, Joni Mitchell, Steely Dan y muchísimos otros, falleció el 2 de marzo, a los 89. Más sobre él, la próxima semana…

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Conciertos en Lima, Def Leppard, Estadio de San Marcos, John 5, Mötley Crüe, Rick Allen

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