muertes en Juliaca

¿Cuántas muertes más podremos callar?

"Esto trasciende el sentido político, cala hasta las venas abiertas humanas. ¿Cuántas muertes serán suficientes para decir ya basta?"

Ya son 47 muertos oficiales hasta el día de hoy y un policía. Casi medio centenar. Entre ellos menores de edad, cuyos sueños, ¿quiénes los devolverá? Como también de un interno de medicina, casi médico que solo buscaba enaltecer el sentido humano de su noble profesión, ayudando a los manifestantes caídos. Y aún así recibió la muerte por un impacto de bala. Y según testigos, porque ayudaba a heridos. Ante este panorama lo peor que se puede hacer es ignorar o asegurar que todos son partidarios de grupos sectarios o radicales. Puede haber grupos infiltrados o intereses, como de la minería ilegal, pero no todos siguen en pie de lucha por eso. Y enmarcar su frustración o desmerecerla, es lo que provoca más indignación y molestia. ¿Acaso ellos no sienten, aman, lloran y sufren como cualquier otra persona? ¿Acaso su voz de protesta no vale nada? Nada justifica la masacre que nos enluta el día hoy y que debería llevarnos profundamente a reflexionar sobre lo que somos como país. Justo en el bicentenario, época simbólica, donde para muchos de ellos por primera vez llegaba alguien al que los representaba, y que en el tiempo en el que estuvo en sillón de Pizarro, defraudó. Y en el que ahora pareciéramos estar en los albores de una guerra civil si no hay una pronta solución.

Comienzo la columna con el reconocimiento a las muertes de los civiles y policía. Esta masacre debe parar. Porque esto trasciende el sentido político, cala hasta las venas abiertas humanas. ¿Cuántas muertes serán suficientes para decir ya basta? ¿Cuántos mares de sangres derramadas serán necesarios para llegar a las orillas de Lima, y así saber que existen otros compatriotas cuyas carencias y necesidades necesitan ser atendidas? Ese centralismo no solo político sino también ideológico ha contribuido también a que se incendie la pradera. En sí, esto es una consecuencia de un todo, es decir, que nadie está exonerado de culpa. Ni el nefasto Congreso, ni Castillo, ni parte de la prensa, y mucho menos los poderes fácticos como los que negociaban a espaldas del pueblo en su momento con Odebrecht.

Ahora el temor de este inescrupuloso gabinete es que llegue a Lima la protesta. Que la represión y las muertes sigan en el interior. Desafiante y confrontativo ha sido su mensaje del primer ministro, Alberto Otárola. Las costas limeñas no deben de recibir a esa “horda de salvajes”, pareciera decir en pocas palabras. Es que pareciera para aquellos impresentables, como alguna vez escribiera Ribeyro, que “la piel del indio no cuesta cara”, o Scorza, “en el mundo hay cuatro estaciones; en los Andes, cinco: primavera, verano, otoño, invierno y masacre”.

Tanto los jóvenes como los artistas también tenemos mucho por decir. La juventud, que es ahora donde nos urge mostrarnos y también todo aquellos músicos y hasta chefs que han hecho su fama, vanagloriando lo importante de la culinaria como de la fructífera cultura del ande pero que ahora brillan por su ausencia con sus silencios ensordecedores. Al parecer solo explotaron la imagen para su propósito propagandístico. Qué penoso actuar.  

El derecho a la protesta está plasmado en la constitución. Puede haber saqueos, por infiltrados como vándalos, rateros, pero para eso está la policía para intervenir, en flagrancia, y no asesinar como ha sucedido hasta ahora. Y debería tomarse el ejemplo donde hubo protestas masivas en estas últimas semanas como en Francia, Brasil, en donde tomaron el Congreso o en Santa Cruz en Bolivia con el encarcelamiento de Camacho. Ninguna muerte hasta ahora. Se debe entender que ninguna propiedad privada es superior a la vida humana.

Termino la columna con una insondable pena que recorre febrilmente en cada punzada que le doy al teclado al escribir. El Perú está de luto. Y lo anticipé, lo que vendría no tendría porque tomarnos de sorpresa, solo es la consecuencia de una indiferencia general de muchos años. Esta puerta que está abierta no se cerrará si seguimos haciéndonos los ciegos, sordos y mudos. ¿Si acercamos sus demandas, acaso no podría ser el primer paso para llegar a un consenso? Recuerdo que de niño escuchaba jugando con mis carritos en la quinta donde crecí, Enrique Palacios, canciones de trova, como “Coplas de mi País” de Piero, o huaynos, cumbias, rock, hasta Chopin. Oía sin saber las connotaciones letrísticas o políticas que podían tener. Ahora, ya siendo un joven casi adulto, con muchos golpes y experiencias vividas, pero aún con la latente alma de ese niño. Y con la sutil diferencia que ahora entiende su realidad social y que vuelve a escuchar después de casi dos décadas “Coplas de mi País” una noche después del fatídico 9 de enero del 2023, y al que le es imposible no botar algunas lágrimas al acabar esta columna.


*Fotografía perteneciente a un tercero

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