Lerner, Roberto

Sistemas de desplazamiento

"Lo que en este caso es oro no es el tiempo, sino la seguridad de que todos de alguna manera  cuidan el sistema, aunque sí compiten por algunas cosas (cupos, preferencias, turnos)."

Estaba observando un vehículo detenido en una intersección poco importante. Por el cruce peatonal no cesaba el flujo de viandantes. Sin ningún letrero ni señal que así lo estipule, el chófer del carro debió esperar hasta que el paso de zebra estuviera libre para poder seguir su camino. Hay algo de injusticia en ese privilegio de los pies frente a las ruedas, pero así es.

Decidí dejar los circuitos monumentales, los museos y otras atracciones turísticas, para vivir una jornada de ociosa observación participante en el sistema que permite ir de un lugar a otro de la ciudad. Y eso que las circunstancias no eran las habituales. Tuve la mala suerte de haber coincidido, felizmente un solo día, con una cima de presidentes y primeros ministros. Por lo tanto, inevitablemente me gané con desvíos de tránsito, calles cerradas y caravanas oficiales ruidosas.

Me tocó estar en casi todos los papeles del sistema —transeúnte, conductor, pasajero—, en todos los espacios y modalidades —público, privado, personal, colectivo—, vivir las múltiples condiciones anímicas —despreocupado, apurado, aburrido, excitado— que los pueden acompañar, y los estados —fluido, en pausa, detenido, retenido— que definen los desplazamientos ciudadanos.

Una sensación con la que quedé es que nadie parece invertir demasiada energía en la comprensión y análisis del sistema, ni en utilizarlas para aprovecharse de él, en detrimento de otros. Debe haber decenas de atajos, qué duda cabe, pero sale más a cuenta vivir y gozar la fluidez promedio que pensar cómo se gana minutos. Lo que en este caso es oro no es el tiempo, sino la seguridad de que todos de alguna manera  cuidan el sistema, aunque sí compiten por algunas cosas (cupos, preferencias, turnos).

¿Es eso importante? Pues, sí, mucho. Los radares de detección de peligro y las alarmas que desencadenan están en segundo plano, liberando la mente para que acoja y procese un balance entre lo estable y lo inesperado, pueda asimilar lo conocido y rutinario sin dejar de acomodarse a lo novedoso. El estrés disminuye notablemente, aunque sus niveles son suficientes para que en caso de amenaza, se produzcan respuestas coordinadas, como podemos constatarlo en la manera que se hace espacio al paso de una ambulancia o se producen evacuaciones ordenadas.

Otra impresión es que la gente se desenvuelve con un alto nivel de confianza. Está en lo suyo, como que va con los ojos entrecerrados, asumiendo que su seguridad es parte de la realidad, no una ocurrencia extraordinaria, resultado de privilegios o de una actitud de agresividad permanente. Uno actúa como si estuviera en una incubadora acogedora y amigable para ciertas cosas, que nos exime de estar negociando permanentemente  cada permiso, guerreando sin pausa por cada milímetro que recorremos, pero que nos libera para construir, crear, explorar, gozar y arriesgar.

¿Lo anterior garantiza que todos lleguen a buen puerto y que nadie quede en el camino por un accidente trágico? Para nada, ni en lo personal ni lo colectivo. Es una manera en que se organizan los entornos productivos, los sistemas que aseguran libertad y orden. Y, sobre todo, que minimizan la convicción de que cada paso que avanza el prójimo es una distancia que nos arrebató y que el que damos nosotros es en fin de cuentas una venganza.

¿Estoy hablando de un sistema moralmente superior? No sé. De lo que sí estoy seguro es que es mucho más práctico.

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Gobierno, Tiempo

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