[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS] La democracia se merece héroes que provengan desde dentro de sí misma y no desde fuera de ella.
El problema, en realidad, se remonta a los tiempos de la Independencia. Somos una República militarista, además de centralista, pero nadie se ha atrevido a decirlo suficientemente en esos términos. Pensamos militarmente. Los desfiles militares son quizá la mayor efeméride republicana. ¿No es acaso un enorme oxímoron que un ritual militar constituya una de las principales celebraciones de una República que, por definición, debería encontrar su sustancia en la ciudadanía?
Pienso en los desfiles que se reproducen año a año en los pequeños y alejados distritos del país: los dos colegios del pueblo dando una y otra vuelta a la plaza para que el desfile, que congrega a las máximas autoridades locales, no concluya demasiado pronto; ese entre ingenuo y folclórico aire de marcialidad; la pequeña banda que nunca termina de acertar con los acordes del himno; el ritual que, una y otra vez, todos los años, sigue languideciendo sin terminar de languidecer. Así se escenifica la patria.
Pero volvamos a la Independencia:
En el mejor de los casos, Bernardo O’Higgins —militar que merece todo mi respeto— respaldó a José de San Martín en el gran proyecto de independizar primero la Capitanía General de Chile y, después, el Perú. Chile apoyó, Chile participó y hasta cierto punto alcanzó a ser protagonista de su propia independencia. El problema es que nosotros también, pero lo ignoramos
Y para probarlo me referiré, esta vez, solo a los héroes militares peruanos de la Independencia, para no hablar de los civiles a quienes dedicaré mis próximas columnas. Uno de ellos fue José de la Mar, fundamental en la victoria patriota de Ayacucho y, por orden de Simón Bolívar, meses antes encargado de organizar en Trujillo el primer Ejército del Perú. Pero ¿qué lástima?, ¿no? Nació en Cuenca, cuando esta ciudad formaba parte del espacio político del Virreinato del Perú, y entonces, como suele desenvolverse nuestro nacionalismo obtuso y barato, José de la Mar deja súbitamente de peruano.
Una verdadera lástima, porque fue un hombre admirable: liberal, republicano y, sobre todo, ajeno a toda ambición política entendida como búsqueda del poder personal. Su horizonte fue, en buena medida, el bien común.
Otro fue Andrés Rázuri. Este sí no tiene que enfrentar nuestros absurdos chauvinismos: nació en San Pedro de Lloc, en la actual región de La Libertad, cerca del límite con Lambayeque.
En la batalla de Junín, el 6 de julio de 1824, en aquella singular lid de honor que se libró a espada y sin armas de fuego, Rázuri, al frente de los Húsares del Perú, tomó una decisión que cambiaría el curso del combate. Desobedeciendo la orden recibida, lanzó a sus hombres contra el flanco realista de Canterac y convirtió en victoria una derrota que parecía segura.
Nos queda Agustín Gamarra, uno de los militares peruanos de mayor importancia durante la Independencia y los primeros años republicanos. Su conocimiento del terreno y su participación en la disposición de las posiciones patriotas antes de Ayacucho fueron decisivas para la victoria.
Sin embargo, Antonio José de Sucre, en el parte de la victoria enviado a Simón Bolívar, no reconoció suficientemente el papel desempeñado por Gamarra. Aquello contribuyó a sus posteriores desavenencias con los grancolombianos y, más ampliamente, a una relación cada vez más conflictiva entre los militares peruanos y el proyecto político de la Gran Colombia.
Y, sin embargo, cuando uno mira el espacio público que rodea al Congreso de la República, no encuentra allí las estatuas ecuestres de José de la Mar, Andrés Rázuri o Agustín Gamarra: el que está es Simón Bolívar.
Simón Bolívar, adorna el frontis del Congreso de la República del Perú, y lanza el mensaje de que fuimos independizados por extranjeros.
No tengo nada contra Bolívar. Su papel en la independencia sudamericana es notable y su presencia en nuestra historia es indiscutible. Pero una cosa es reconocer a Bolívar y otra, muy distinta, es construir una memoria republicana en la que el libertador extranjero termine ocupando el lugar simbólico que, por decir lo menos, debería compartir con quienes, desde el Perú, lucharon por nuestra independencia y por la construcción de nuestra República.
Y aquí aparece, quizás, la diferencia más reveladora con Chile. En la Plaza de la Ciudadanía, frente al Palacio de La Moneda, en Santiago de Chile, una reluciente estatua ecuestre de Bernardo O’Higgins recuerda a todos sus ciudadanos —comenzando por los más pequeños— que Chile tuvo su propio libertador.
Bernardo O´Higgins en la plaza de la Ciudadanía, encarna la Independencia de Chile
Por eso, si en Chile preguntáramos:
—Niño, ¿quién te independizó?
Probablemente respondería:
—El Libertador O’Higgins, señor.
Y si hiciéramos la misma pregunta en el Perú, probablemente escucharíamos:
—El Libertador Bolívar, señor.
Quizá ha llegado el momento de formular una pregunta distinta:
¿Cuándo comenzaremos a reconocernos como protagonistas de nuestra propia independencia?









