[CIUDADANO DE A PIE] En nuestra nota anterior desarrollamos la idea de un “cristianismo de pobres”, construido alrededor de la figura vulnerable del Jesús abatido y tembloroso de Getsemaní, tal como nos lo presenta el Evangelio de Marcos. Esta absoluta vulnerabilidad humana —remarcada por el estudioso norteamericano Louis A. Ruprecht— nos sirvió de apoyo para proponer una lectura eminentemente social de la fe cristiana. Recurriendo a textos muy explícitos del Nuevo Testamento, planteamos la existencia de un cristianismo que observa el mundo “desde abajo”, nada condescendiente con la acumulación indolente de riquezas. Pero, además, Ruprecht considera que el Evangelio de Juan, al mostrarnos un Jesús estrechamente asociado con imágenes de soberanía, triunfo y poder, corrompe el corazón mismo del mensaje cristiano original. Es justamente con ese polémico planteamiento que iniciamos nuestra reflexión.
El Jesús soberano de Juan
Según el relato del Evangelio de Juan, cuando quienes vienen a detener a Jesús llegan al huerto, es él mismo quien, “sabiendo todas las cosas que le habían de sobrevenir”, sale al encuentro de sus captores y les pregunta a quién buscan. “A Jesús nazareno”, responden. A su breve respuesta “Yo soy” sucede algo extraordinario: los que habían venido armados para prenderlo retroceden y caen al suelo (Juan 18:4-6). Esta inversión narrativa, con respecto a Marcos, resulta impresionante. Jesús es igualmente arrestado, torturado y ejecutado, pero no aparece interiormente a merced de los acontecimientos. Conoce lo que va a ocurrir, toma la iniciativa y, durante un instante, son sus propios captores quienes parecen sometidos a su autoridad. Como reo ante Pilato no calla, sino que afirma solemnemente que este no tendría ningún poder sobre él “si no le fuera dado desde arriba” (Juan 19:11) y que su reino no pertenece a este mundo (Juan 18:36). Sus últimas palabras en la cruz no traducen sentimientos de derrota ni abandono como en Marcos, sino expresan la culminación consciente de una misión: “Todo está cumplido” (Juan 19:30).
El Jesús de este cuarto evangelio no aparece como una víctima abatida: es la encarnación del Logos preexistente, presente junto a Dios desde la Creación misma y que finalmente “se hizo carne y habitó entre nosotros” (Juan 1:1-14). Y es aquí donde, para Ruprecht, ocurre una transformación fundamental del cristianismo. El Jesús que en Marcos comparte hasta el extremo nuestra vulnerabilidad aparece en Juan revestido de una soberanía que ni siquiera la cruz logra poner en cuestión. Su libro lleva esta interpretación hasta una conclusión deliberadamente provocadora: Juan habría “corrompido el corazón del cristianismo”, convirtiendo al profeta sufriente de un pueblo marginal en un Rey/Logos majestuoso, una imagen mucho más compatible con las estructuras de poder que con la perspectiva de los oprimidos.
La tesis de Ruprecht es ciertamente provocadora, pero también verosímil. Las diferencias entre Marcos y Juan son demasiado visibles como para ignorarlas. Es comprensible, entonces, que Ruprecht vea allí el tránsito desde un Jesús vulnerable hacia un Cristo soberano. El problema, a nuestro entender, es que su interpretación deja fuera un rasgo esencial del propio Juan, pues es precisamente en este evangelio donde se registra una de las escenas más subversivas frente a las jerarquías humanas: el Señor y Maestro se quita el manto, se ciñe una toalla y lava los pies de sus discípulos, para ordenarles después hacer lo mismo unos con otros (Juan 13:1-17). Y es igualmente en este evangelio donde la glorificación de Jesús alcanza su culminación cuando es levantado en la cruz (Juan 12:32-33), mostrando que su gloria no se modela sobre la gloria del dominio, sino que se revela precisamente en la humillación, el servicio y la entrega. Juan mantiene unidos al Señor y al siervo, la gloria y la cruz, la autoridad y la entrega. Esto demuestra una vez más algo tan antiguo como la propia escritura: un mismo texto puede ser interpretado de formas diferentes e incluso contradictorias.
Escándalo y locura
La cruz era uno de los instrumentos de ejecución más atroces e infamantes de Roma, utilizado contra esclavos, rebeldes y delincuentes considerados particularmente peligrosos. Sin embargo, a escasos años de la muerte de Jesús en el Gólgota, Pablo de Tarso ya predicaba a un Mesías crucificado, una muerte que, a la luz de la Ley judía, podía asociarse con la maldición divina del que cuelga de un madero (Deuteronomio 21:23). “Escándalo para los judíos y locura para los gentiles”, reconocía el propio tarsiota en su primera carta a la Iglesia de Corinto (1 Corintios 1:23). A los miembros de esta iglesia, fundada por él, les recordaba también que entre ellos no había muchos sabios, poderosos o nobles según los criterios del mundo, porque Dios había escogido “lo débil del mundo” para avergonzar a lo fuerte (1 Corintios 1:26-27).
Esa condición de marginalidad constituía la identidad misma del movimiento. Los “pobres” de la comunidad de los primeros seguidores de Jesús en Jerusalén (Romanos 15:26) no lo eran solamente en sentido material. Su condición enlazaba con la antigua espiritualidad judía de los anawim, los humildes y desposeídos que, carentes de riqueza y protección terrenal, depositaban su confianza en Dios. La pobreza adquiría así una dignidad religiosa y alimentaba la esperanza de que finalmente la justicia divina reivindicaría a los humillados y desposeídos. No puede sorprender que en el seno de las primeras comunidades cristianas se entonara el himno litúrgico que retrata a Jesús despojándose de todo rango para tomar forma de siervo y humillarse hasta el suplicio de la cruz (Filipenses 2:5-11).
Pero aquella pobreza dejó de caracterizar por sí sola la composición social del movimiento. Durante los tres siglos siguientes, el cristianismo creció extraordinariamente y penetró progresivamente en todos los estratos de la sociedad romana. A las comunidades se incorporaron personas acomodadas, funcionarios, propietarios e incluso miembros de las élites urbanas. La humilde comunidad jerosolimitana de los primeros tiempos pertenecía ya a un mundo muy distante de aquella Iglesia extendida por el Imperio.
Del Gólgota al trono imperial
Aunque el cristianismo incorporaba ya a sectores pudientes e influyentes de la sociedad romana, la Iglesia aún sufría persecuciones imperiales. La cruz seguía siendo el estigma de una fe proscrita y periódicamente perseguida, centrada en un pobre artesano galileo ajusticiado en una provincia remota, y no una enseña de prestigio ni un emblema de poder terrenal. Esa situación comenzaría a cambiar de forma abrupta y casi legendaria el 28 de octubre del año 312, el día en que el emperador Constantino se enfrentó a su rival Majencio por el control de la parte occidental del Imperio en lo que la historia conoce como la batalla del Puente Milvio.
Según Lactancio, escritor cristiano contemporáneo de los acontecimientos y cercano a la familia imperial, la noche anterior a la batalla, el emperador recibió en sueños la orden divina de marcar los escudos de sus soldados con el crismón, el signo compuesto por las dos primeras letras griegas del nombre de Cristo. Años después, el obispo Eusebio de Cesarea ofrecería una versión mucho más grandiosa del episodio: una visión, presenciada a pleno día por Constantino y todo su ejército, de una cruz luminosa sobre el sol con las palabras “Con este signo vencerás”. Más allá de cuánto haya de historia o elaboración en estos relatos, su significado resulta difícil de exagerar. Constantino venció, y desde ese momento el símbolo de un hombre ajusticiado por Roma comenzó a marchar delante de sus ejércitos como emblema de victoria.
La persecución dio paso, primero, a la tolerancia —consolidada por el llamado Edicto de Milán del año 313— y rápidamente al patrocinio. El propio Constantino intervino en los asuntos internos de la Iglesia, restituyó propiedades confiscadas y mandó construir basílicas monumentales a lo largo y ancho de su imperio. El cristianismo entraba de lleno en los espacios de poder y sus obispos adquirían una relevancia pública desconocida hasta entonces. La relación entre el poder imperial y la Iglesia resultaba mutuamente beneficiosa: el primero ofrecía protección, recursos, prestigio y capacidad de expansión; la Iglesia podía aportar cohesión y legitimidad. Y fue precisamente Eusebio quien proporcionó la justificación religiosa de esta simbiosis: el gobierno del emperador debía ser contemplado como el reflejo terrenal de un orden celestial presidido por Dios. Ya no se afirmaba, como antaño, que el emperador fuese divino. Ahora se proclamaba que su autoridad formaba parte de un orden establecido por Dios.
Soberanía divina y soberanía imperial comenzaban a hablar el mismo idioma y, con ello, ciertas imágenes cristianas pasaron a ocupar un primer plano por resultar más compatibles con las categorías humanas de majestad, jerarquía, soberanía y triunfo.
Con el tiempo, Cristo en su trono celestial como soberano del universo (Pantocrátor) resultaba mucho más reconocible desde palacios, cortes y jerarquías que el Maestro arrodillado con una toalla alrededor de la cintura lavando los pies de sus discípulos. La gloria del Evangelio de Juan permanecía intacta; lo que había cambiado era el lugar desde el que se la miraba.
El persistente llamado del Gólgota
Con el paso de los siglos, la convivencia entre la Cruz y el poder se volvió parte natural del paisaje cristiano: reyes coronados en ceremonias sagradas, obispos convertidos en grandes señores, extensas propiedades eclesiásticas, monasterios ricos y una Iglesia capaz de ejercer simultáneamente autoridad espiritual, económica y política. Cruz, corona, riqueza y poder convivían de una manera que habría resultado imposible de concebir para los primeros cristianos.
Pero dentro de aquella misma Iglesia, y a lo largo de los siglos hasta nuestros días, surgirían una y otra vez hombres y movimientos empeñados en recordar una verdad incómoda que muchos aún hoy prefieren soslayar: que el Jesús al que veneraban había nacido pobre, vivido entre los humildes, lavado los pies de sus discípulos y muerto desnudo en un patíbulo. Algunos renunciarían a toda propiedad; otros desafiarían a papas y obispos; otros volverían a proclamar que Dios debía buscarse precisamente en la debilidad del Crucificado.
A algunos de esos cristianos que nunca olvidaron el llamado del Gólgota dedicaremos nuestra próxima nota.







