Tomas Cortez

LOS CASINELLI Y EL APRA – 1985

Era 1985 y tenía 19 años. Había rebotado, por 15 puntos, mi ingreso a la Universidad Católica. Ni siquiera recuerdo porque había elegido la carrera de Economía. Estaba perdido. No sabía lo que quería, ni tenia empleo y menos enamorada. De lo único que estaba seguro, era de mi fanatismo futbolero y musical (rock y solo rock).

UNO

Era 1985 y tenía 19 años. Había rebotado, por 15 puntos, mi ingreso a la Universidad Católica. Ni siquiera recuerdo porque había elegido la carrera de Economía. Estaba perdido. No sabía lo que quería, ni tenia empleo y menos enamorada. De lo único que estaba seguro, era de mi fanatismo futbolero y musical (rock y solo rock).  Vivía pegado a la radio transistores. Los finde escuchaba, religiosamente, a Pocho Rospigliosi – su Ovación, un Perú en Sintonía – y los partidos del extinto Descentralizado.

Vivía en el distrito inabarcable de Ventanilla, que estaba lejos de todo. Recuerdo que teníamos una enorme antena para la captar las señales de los canales de Lima. Con las justas podíamos ver tres de ellos.

Mi abuela paterna, vivía con nosotros. Sin embargo, enfermó y al poco tiempo falleció. Justo el día en que el APRA ganó las elecciones presidenciales. Odiaba ese partido, se fue como diciendo.

  • Los detesto, prefiero la muerte antes de vivir en un gobierno aprista. 

Al día siguiente de su entierro, mi viejo me indicó que su compadre quería hablar conmigo.

Como no teníamos, aun, teléfono en casa, fui a un teléfono público, dizque su número de laburo y pregunté por él. Al rato, una voz ronca me contestó.

  • Vente a trabajar conmigo, te espero mañana.

Era Don Eduardo Málaga un compinche de mi padre desde la infancia. Se habían reencontrado hacia un tiempo y nunca más volvieron a perder el contacto. Fue una amistad de hierro que duró toda una vida. Su Compadrito era padrino de mi hermano mayor – continuamente estuvo atento (todos estos años) en que mi padre estaba viviendo en el exterior. En su enfermedad, también estuvo ahí, presto para cualquier cosa que necesitara su amigo.

Y a principios de mayo, comencé a laburar en la fábrica Cassinelli.

DOS

El Alcalde de Lima, en aquel tiempo, era Barrantes. Y no lo hacía nada mal. Por el contrario, creó el Programa del vaso de leche. Ese fue su legado. El Teniente Alcalde -ósea su mano derecha- era un joven político (promisorio) llamado Henry Pease. En tanto, en las elecciones presidenciales, Alan García mostraba su radiante carisma. Joven y verborrágico. Imposible para toda una generación de jóvenes no sentirse atraídos por el personaje. La Derecha había quedado en evidencia total -ante el mal manejo de la economía- en el gobierno de Belaunde. La mayoría pensó que era el momento del APRA. Ninguneados y satanizados por la oligarquía y militares, en cuestión, a lo largo de las décadas. Huérfanos de su líder, Haya de la Torre, fue García quien tomó el cetro.

Y ganó las elecciones.

Fue como ventarrón de aire fresco. Teníamos un Presidente que se ponía delante de cualquiera. Lo más importante: Le creíamos. Decidió solo pagar el 10% de la Deuda Externa y todos lo apoyaron, los de la Izquierda miraban incrédulos. En el primer año llegó a tener una aprobación del 90%. La inflación bajó y el país comenzó un crecimiento económico inusitado. Como nunca.

TRES

El Chuncho Alvarado era el portero de la fábrica. Era pequeño, edad indescifrable (entre 50 y 70 años), rostro avinagrado y con un gorro, que ocultaba una incipiente calvicie. A toda consulta, contestaba con gruñidos o palabrotas. Llevaba puesto un uniforme caqui y continuamente solícito con los jefes. Al taller donde estaba, se acercaba muy raramente. Sin embargo, era imposible ignorarlo al entrar o salir de la fábrica.

La Fábrica Cassinelli era enorme. La curtiembre ocupaba el mayor espacio. Lo demás, estaba dividido entre oficinas y talleres.

Don Málaga era el jefe del taller de carteras y correas. Había un subjefe de la sección de carteras. Un voluminoso cincuentón de tez blanca y bigote mexicano. Se referían a él como Maestro Zuta. Ambos jefes, elaboraban las plantillas de los modelos, que los dueños le traían de revistas de moda. Eran sumamente diestros dibujando.

Mi trabajo consistía en pintar el borde de las correas con una maquina verde y que tenía sus años. Trataba de poder realizar mi labor sin el menor perjuicio posible, lo lograba a duras penas. Era intrínsecamente torpe para dichas labores.

Ahí conocí a Watanabe, inconfundible personaje del taller. Conspicuo bebedor y jodón de primera línea. Era una de aquellas personas que tenía la precisa en la punta de la lengua. De un metro sesenta cinco, ojos achinados, pelo negro, bordeaba la treintena y de complexión fuerte. Lunes era típico que llegara tarde. Irremediablemente. En más de una ocasión recibió reprimendas. Sin embargo, todo cambio cuando pasó a trabajar a destajo. Si bien, no llegaba a primera hora, trabajaba hasta bien tarde, para cumplir con el objetivo. Le convenía.

CUATRO

El Apra, tanto había esperado para estar en el poder, que se acostumbró a ser oposición. Y si eso significaba arruinar al gobierno de turno, no había problemas. Sucedió con Bustamante y con el primer gobierno de Belaunde. Al segundo, le llegaron a censurar 5 gabinetes. Si, el propósito era joder a FBT. Nunca les importó que así –también- jodían al país. Tal como haría Keiko con PPK, décadas después.

Cuando le tocó gobernar, pues no estaba preparada para tal efecto. Increíble.

El año 87 fue el inicio del fin. Alan García se propuso privatizar los bancos y financieras, ante el asombro de todos (incluidos izquierdistas). Nunca pensó que esto ocasionaría una crisis mayúscula.

La economía es el imperio de las realidades. Tarde o temprano. Ante la decisión –demagoga- de solo pagar el 10% de la deuda externa, pues el FMI declaró al país como inelegible. Para 1987 las reservas se estaban agotando. Y la Hiperinflación esperaba agazapada.

CINCO

En una ocasión se organizó un torneo de fulbito en la fábrica. El taller participó y ganamos. Fue la única vez que salí campeón de algo. No, no era el 9 del equipo, era el arquero. Incluso, para mi suerte, llegué atajar un penal decisivo. Teníamos buenos players: Apaza era uno de los mejores: calladito y flaco, pero fino con la pelota y diestro con la cuchilla para cortar el cuero. Otro llamado Fajardo, junto a Watanabe eran los puntales en la ofensiva. Empero, el ídolo era Joselo, el hijo mayor del compadre Málaga.

Muchas veces al salir del trabajo, pasaba por la calle Francisco Pizarro. Y era un universo en sí mismo. Llenas de bullicio, tugurios y huariques.  Donde la reina y señora era la música criolla. Miraba muchos veces curioso e intrigado al proletariado, caminar presuroso; o a las prostitutas pintarrajeadas y viejas rondar, siendo vigiladas por sus cafichos; o gente de a pie, sin apuros discutiendo o compartiendo un vaso de cerveza y jugando cartas. Los huariques ofrecían comida de lo más diversa y para todos los bolsillos.

Siempre pensé que ese 85 fue un año olvidable y dolorosamente grisáceo. Ese microcosmos terminó en mayo de 1986, cuando renuncié y tomé otros rumbos. Me costó tiempo entender que era el inicio de un aprendizaje. Estaba empezando mi vida adulta. Las vivencias iban a ser de lo más diversas. En eso consiste la vida, ¿no? Cuanto mayores experiencias tiene uno, es mucho mejor. Tu aprendizaje es más completo. De ahí mi agradecimiento a Don Eduardo Málaga, por darme la oportunidad de trabajar junto a él. Si bien no le serví de mucha ayuda.

En ese ínterin, el país iniciaba una crisis, la cual tendría su punto más deprimente en los años 89-90.  Pero el que suscribe estaba transitando – una impostergable – etapa de madurez.

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Apra, Casinelli, Opinión

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