[CASITA DE CARTÓN] Esta Casita de cartón abre sus puertas escuchando una canción del cantautor español, Julio Iglesias, quién hace pocos días festejaba un onomástico, ‘Me olvidé de vivir’, canción que siempre consideré como retrato de mi vida, por más desenfrenada y delirante que ésta haya sido en distintas etapas. Ya que desde siempre he sentido esa sensación que en sus letras se emana, un canto a la nostalgia, una oda al pasado. Pero a su vez, también se podría llevar a la vida de otro romántico decadente (quien también se celebró su natalicio), de aquella generación de estirpe de artistas, “hermosos y malditos”, como su obra y su propia vida fuera, y que lo acompañaría hasta el final de sus días. Hablo del autor de la gran novela norteamericana, Scott Fitzgerald.

De esto se puede extrapolar estas letras de la canción: ‘De tanto cantarle al amor y la vida/ me quedé sin amor una noche de un día’. Como deben saber mis lectores, soy un trasnochado creyente del amor para estos tiempos, un ser trágicamente sensible, que en las obras de arte encuentra la fuente de suspiros como en el amor. Por esa razón, me puse tempranamente a releer algunos libros de Fitzgerald, entre ellos, ‘The crack up’, y no pude evitar soltar unas lágrimas sinceras. Libro imprescindible para entender la naturaleza del hombre que alguna vez toca las puertas del cielo y al otro amanecer, como vaivén natural del destino, las puertas del infierno, pues así fue la vida de este hoy en día laureado escritor. Quien tenía en esos años universitarios en Princeton a Keats como poeta favorito. Y del que tomaría un verso de uno de sus poemas más conocidos, ‘Oda a un Ruiseñor’, para su novela probablemente más autobiográfica y de las más memorables, ‘Suave es la noches’. Incluso, por aquellos años trataría de ser un vate, pero prontamente se daría cuenta que la poesía estaba al otro rincón de su arte.

Se encaminaría a la narración, donde sería descubierto por un mítico editor, Max Perkins, que también descubriría a otras plumas legendarias como Thomas Wolfe o Hemingway, y del que con este último formarían un lazo de amistad, sincera por parte de Fitzgerald pero no del todo, por el ‘buen’ Ernest.

Muéstrame un héroe y te escribiré una tragedia.

Escribiría Scott, como así diera muestra de su vida. Del héroe de los años locos, la era del jazz, siendo la estrella infaltable en cada fiesta con su esposa Zelda, los míticos ‘Fitzgerald’, a lo que voz populi se diría: ‘no hay fiesta si no están presente los Fitzgeralds’. Cuando rebosaba de dinero, más que todo por sus cuentos, que su momento llegaron a pagarle 4 mil dólares, suma estratosférica, que para esta época sería como 30 mil dólares. Y todo lo despilfarraría por la vida ostentosa que viviría en América y el viejo continente, en hoteles y gourmets A1, en compañía de aquella clase social que amaría por muchos años y que al final de su vida aborrecería.

Porque él sería héroe que perdería el vuelo con sus alas, en su tragedia irreparable como señalaría Hemingway, en, quizás, la mejor definición sobre su vida: ‘Su talento era tan natural como el dibujo que forma el polvillo en un ala de mariposa. Hubo un tiempo en que él no se entendía a sí mismo como no se entiende una mariposa, y no se daba cuenta cuando su talento estaba magullado o estropeado. Más tarde tomó conciencia de sus vulneradas alas y de cómo estaban hechas, y aprendió a pensar pero no supo ya volar, porque había perdido el amor al vuelo y no sabía hacer más que recordar los tiempos en que volaba sin esfuerzo’.

La vida es un proceso de demolición.

Así define el existir en un capítulo del Crack Up, y es que como el mismo sentenciaría sus últimos años: «Si Ernest (Hemingway) habla con la fuerza del éxito, yo hablo con la autoridad que da el fracaso». Llegado los 30, la vejez llegaba, y con eso la demolición triste y paulatina.

Esta casita de cartón cierra sus puertas entendiendo que aquel que osa tocar las puertas del cielo prematuramente tiene que atenerse a llegar a las puertas del infierno próximamente. Por eso, entre una de sus cartas que daría a ese ‘amigo’, quien lo vilipendiaría en Las nieves del Kilimanjaro, y la cual dejaría en evidencia su tormentosa relación con el alcohol, que era el motor y motivo de su vida, y la soledad que lo asfixiaba: “Mi última tendencia es derrumbarme alrededor de las 11 y, con lágrimas en los ojos y la ginebra derramándose, ponerme a contar que no tengo un solo amigo en el mundo”. El hombre que escribió la gran novela norteamericana del siglo XX se suicidó lentamente. Sumido en la depresión y el alcoholismo, como lo hacen muchas bellas almas que viven entre el delirio y la tristeza. Y en la nostalgia, claro está, como su epitafio reza: ‘Y así seguimos adelante, botes contra la corriente, empujados incesantemente hacia el pasado’. Como pudo haber sido las letras de ese himno titulado, ‘Me olvidé de vivir’.

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[CASITA DE CARTÓN] Esta casita de cartón abre sus puertas con la fiebre alta de las eliminatorias, que han comenzado y con esto otro sueño mundialista al 2026. Y escribe con un ojo en su ordenador y otro en el partido de Perú vs Brasil en un estadio Nacional que revienta de público y cánticos.  Y es que cuando la ‘blanquirroja’ entra al campo de juego, nos acordamos que todos somos peruanos y nos tratamos como hermanos, cantando el himno y celebrando los goles como si fuera la última vez que lo hiciéramos. Y en esos minutos que duran el partido nos olvidamos de todo, hasta de las deudas o que nos dejó nuestra pareja, no existe nada salvo esos hombres detrás de una pelota. ¿Pero qué es este deporte que es capaz de hacernos vender hasta nuestras casas, autos o hasta divorciarnos como sucedió con innumerables personas, para poder viajar al mundial de Rusia?

Odio

Alguna vez, la sabiduría en palabra y ser, según la concepción de occidente sobre este término, Jorge Luis Borges, se refirió sobre este deporte, fiel a su estilo, de esta manera: ‘la idiotez es popular por eso el fútbol es popular’. Como también le preguntaron en los tiempos donde Maradona era más amado que el mismo Dios por estas latitudes: ‘¿De qué equipo es, maestro?’. Y con su deleitosa y sapiente ironía, respondería: ‘Disculpe mi ignorancia’. Alguna vez se le inventó un mito popular, del que fuera hincha del equipo de Messi, Newell’s Old Boys, pero todo quedó en eso, un mito cuya asidero era la ficción.

Amor

También ha habido artistas e intelectuales que han estado en la trinchera contraria, y han amado mucho al ‘deporte rey’, como el autor de ‘Lolita’, Nabokov, quien era un guardameta y señalaba jovialmente que el arquero es el ‘guardián de los sueños’, o el Premio Nobel de Literatura 1957, Albert Camus, quien también era un ‘guardián de los sueños’ y que manifestaría sobre este deporte que amó: ‘Todo lo que sé de moral y obligaciones del hombre se lo debo al futbol”. Y de esto toma este columnista para señalar su amor por River Plate, del que ha sido hincha desde que tuvo uso de razón, desde aquellos años en aquella entrañable quinta de Enrique Palacios, donde lo que siempre rebosaba era felicidad y alegría. Y donde veía infaltablemente los partidos de River, ya que no tenía cable, en el restaurante de los ‘Huachanos’ con una jarrita de limonada o de chicha. Como los partidos de copa, en la época del Boca de Bianchi que eliminó a River en dos ocasiones, o en el que por primera vez un equipo peruano ganara un torneo internacional, justamente ante River, Cienciano, en aquella dramática final en el estadio de la UNSA, en Arequipa, con gol de tiro libre del paraguayo Lugo. Y en donde en ambas ocasiones saldría con la mirada baja, entre lágrimas, y con el consuelo de mi gran amigo, el mesero Gastón, el ‘huachano’, con su frase que me diría y recordaría siempre al irme triste por alguna derrota del ‘millo’: ‘Tranquilo, Renzo, ya vendrán épocas felices para River, y llorarás pero de alegría. Ya verás’. Y dicho y hecho, en estos casi diez años que he vivido en este país, probablemente se vivió la época más gloriosa del equipo Núñez, consagrada con la eterna final de Madrid ante el rival de toda la vida, Boca, en el Bernabéu. Recuerdo muy bien que por aquellos años vestía mi primera camiseta de River, de 10 solsitos, con la 10 de Gallardo, que sería el mejor regalo que me dieran en la vida y del que orgullosamente cada vez que jugaba al fútbol con mis amigos lo vestía.

Entre el amor y el odio

A su vez, ha habido otras mentes brillantes que le han disfrutado entre el limbo del amor y el odio, como el gran Umberto Eco, quien señalaría: ‘No odio al fútbol, odio a sus hinchas’. O como el dandi y el poeta de las flores, el vino y la elegancia, Oscar Wilde, quien acotaría con su magistral y fina ironía: ‘El fútbol es un juego de caballeros jugados por bárbaros’.

Hay textos inmortalizados sobre esta inconfundible pasión, como del escritor Nick Hornby, quien escribiera en ‘Fiebre en la gradas’, un libro del que se respira en todas sus páginas fanatismo y locura, y en este caso por los ‘cañoneros’ del Norte del Londres, el Arsenal. Aquel equipo ‘gunner’, que estaba muy lejos de ser la ‘sinfónica de Londres’, que deslumbraba a muchos de esta generación, ya que esa tradición del toque – toque llegaría recién a mediados de los noventa con  el ‘profesor’ Arsène Wenger, sino de un estilo rústico, de pelotazos. Y a su vez, ha habido grandes jugadores, como el ex campeón el mundo y ex jugador del Real Madrid, Jorge Valdano, quien ha confesado su afición por la lectura, e incluso a escrito libros sobre el tema o el ex técnico de la Juventus, campeón del Calcio, Maurizio Sarri, voraz lector del viejo indecente de Bukowski. Lo cierto es que este deporte paraliza millones de corazones en el mundo y nos hermana más que las guerras y las religiones, y así como la corriente va quizás llegue el momento que se cumpla la profecía de nuestro nobel, MVLL: ‘¿El próximo año le darán el Premio Nobel a un futbolista?’. Tal vez el tan controvertido nobel de la paz.

Esta casita de cartón cierra sus puertas con la tristeza de jugar como nunca y perder como siempre de nuestra selección ante Brasil. Que como muchas veces sucede en el amor, entregamos todo y al final siempre terminan dejándonos. Cuando estuvimos a punto de llamar a nuestras ex si ganábamos (en alusión al meme que se hizo viral si Perú ganaba), o hasta con el empate milagroso bastaba, como habíamos quedado con la Hermandad de los Bohemios Rotos. Ahora las cartas, las flores, los vídeos de Tik Tok con dedicación, y las palabras a flor de piel… ¿dónde nos lo vamos a meter? Nos queda esperar 4 años más o hasta que Perú vaya a otro mundial. Y es que el futbol remueve tantas pasiones inexplicables como el amor, que tiene razones que la razón nunca entenderá. ¿Y en qué lugar habrá consuelo para esta locura? En una cancha de fútbol, con el grito sagrado de ¡¡¡goooolll!!!

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[CASITA DE CARTÓN] Esta casita de cartón abre su puerta un 26 de agosto, un día en el que naciera el que ahora escribe años atrás como también el recordado escritor del jazz y de las rayuelas literarias de nuestro idioma, Julio Cortázar. Por eso mismo, este último sábado me levanté muy temprano para ir el café y restaurante, el ‘London City’, en pleno corazón del centro porteño, donde fuera un asiduo visitante el escritor en los días en que radicó en la ciudad que amó, odió y que le provocaba tanta nostalgia cuando estuviera con otros ‘muchachitos’ que cambiarían los párrafos de las letras mundiales, como Gabriel García Márquez o Mario Vargas Llosa entre otros grandes, cuando París todavía destellaba con honores el rótulo de ‘Ciudad de la luz’. Y como a muchos artistas que emigran en busca de nuevos aires e inspiraciones, descubrimientos como aprendizajes para sus obras, Cortázar lo haría a Francia, pero del que, por más que quisiera, sus pasos siempre estarían marcados por las huellas de Buenos Aires, y del que nunca pudo alejarse de él, en sí de la misma Argentina, por eso mucho de su obra, así estando lejos, bebe de estas latitudes como a la vez sus personajes están engullidos en estas geografías y costumbres, y he de aquí a una confrontación ya histórica con José María Arguedas, pero esa es historia aparte. Y como alguna vez Hemingway mencionara sobre su París que alguna vez pisó de joven como otras grandiosas plumas o artistas monumentales, como Fitzgerald o Picasso en los tiempos en que París era una fiesta, y de esto florece esta frase: ‘Si tienes la suerte de haber vivido en París de joven, entonces donde sea que vayas por el resto de tu vida, se queda contigo, ya que París es una fiesta’. En este caso, para los artistas latinoamericanos que hemos pisamos este país, Argentina, nunca lo olvidaremos, siempre quedará algún rastro de sus vientos como su insuperable y única pasión con nosotros por el resto de nuestros días.

En este café un hay una estatua del insigne escritor, sentado, que parece pensar mientras mira el panorama, casi existencial, para inspirarse a escribir, con un cigarro en la mano y unos lentes estilo intelectual y un libro, como tenía que ser, al costado. Así como innumerables fotografías en las paredes, como una tocando la trompeta. De la que no me sorprendería, y que allí mismo haya escrito algún cuento (hay varios) donde estuviera presente la atmósfera de su género musical favorito, el jazz, envuelto en los sonidos estridentes de Charlie Parker, escribiendo bajo esa frenesí envolvente, revoloteando las letras, ya que decía que escribía y trataba de caldear esas notas en la escritura, algo así como haría Kerouac.

Es curioso, pero al ver mucho de las fotos en estos tiempos de las redes sociales, hay una frase que normalmente es parte de la descripción de muchas fotos. Y que para sus lectores, no es de sorprenderse por su precisión y belleza, escrito en su obra más conocida, que sería parte del ‘boom’, Rayuela, de 1963: «Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos». Majestuosa y hermosa, ¿no? Pero más hermoso es saberlo y poder decir a la persona que realmente lo merece, pero eso enseña los años, los pasajes y los ojos y lo cuánto se ha caminado. Y entre mi retrospección, alguna vez le oyera esa dedicación de mi amiga de la escuela, Perla Ballona, a su pareja de aquellos tiempos, otro amigo, Jefri. Pero aduciendo que la frase era de ¡¡¡Cancerbero!!! A lo que yo irremediablemente di mi grito al cielo diciéndole, es de ¡¡¡Julio Cortázar!!! Sucede que el rapero venezolano, por ese entonces muy oído, lo menciona al inicio de su canción, ‘Querer querernos’ y es por eso que muchos de mi generación erróneamente le atribuyen como autor y que aún hoy pasa al leer las descripciones de las fotos.

Luego, en la tarde la pasaría en una exposición de arte con dos grandes amigos artistas, Jairo Tokumine y su noble y tierna compañera, Jin Ju. Después de esa reflexiva e introspectiva charla en un bar de San Telmo sobre la función del artista y sobre la vida, comprendería de que lo que ‘natura no da, Salamanca no presta’, y a su vez, que uno puede escuchar a los vientos removerse, como el síncopas de una canción de jazz, pero de que no vuelve a rozar la misma brisa del mar, que para estos ojos de poeta, es la eternidad. Y luego iríamos a rockanrolear con mi siempre amigo y hermano, Bruno Raitzin, en una noche llena de bohemia y festividad, delirio y carnaval, como suele pasarnos cada vez que nos juntamos por nuestro querido River Plate, en Palermo. Para al día siguiente continuarla como se debe, en la cancha (5-1 ganó River) y en otra noche más de locura. Esta casita de cartón cierra su puerta con lo que entendió ese día al cumplir un año menos: que la vida no es más que una página escrita a medias, una parte que ya está escrita antes que naciera y la otra que está para escribirla hasta que el destino quiera.

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[CASITA DE CARTÓN] Esta casita de cartón abre sus puertas escribiendo en estado de pánico ante la subida del dólar a raudales. En este preciso momento, el dólar sigue está en 720 y la tensión que ya ha pasado a paranoia social invade el país, que ya no es el país de la furia sino de la ¡¡desesperación!! Y esto se debe en medida al resultado electoral de las Paso, que ha dejado a más de uno boca abierto o como con Condorito, en estado de ¡¡¡Plop!!! Pero al presente columnista no le sorprende, ante un país con 110 % de inflación y con 38% de pobreza, era más que evidente este canto de cisne, y uno muy entonado.

Que el oficialismo tenga de candidato al Ministro de Economía de un gobierno fracasado (pareciera hasta una broma de mal gusto) como a una oposición que ha endeudado a este país con cifras records, inviables de saldar, iba a dar pie a este derrotero y que nazca este tipo de personajes. De este cansino bipartidismo, alguna vez el pueblo, bien o mal, tenía que responder y estas son las consecuencias. Este gobierno timorato y con la cuerda floja de Alberto (que vale subrayar, tuvo la carga pesada del Covid), tibio ante tiempos que no son para viejos, como el título la obra del maestro Cormac McCarthy (No es país para viejos). Es decir, vivir de ensueños de la “época ganada”, porque la población no cesa su hambre con suspiros. Porque con su ineptitud pareciera haberse quedado en el tiempo en pleno cambios mundiales, geopolíticos (BRICS), de nacionalismos contra el globalismo. Y a esto, ¿cómo puede ser que la derecha enarbole la bandera de la revolución social, de masas? ¿En qué horror cósmico de Lovecraft se puede tomar esto como real? Pero existe, y ya desde hace un tiempo viene asentándose, y ahora en las urnas han reflejado su poderío.

Por eso mismo, el domingo me encaminé a la sede donde estarían esperando los resultados los partidarios de la agrupación de La Libertad avanza, que es el partido de Milei. Quería presenciar al nuevo mesías de la política argentina, aquel hombre con chaqueta y con la melena deshilachada y que dice (según el reciente libro autobiográfico sobre él) que Dios le encomendó la misión de ser presidente. Quería descubrir por qué mueve a tanta gente y en especial los jóvenes, así que no desaproveché mi estadía en este país. Llegaría casi a las 8 de la noche, ya había un mar de gente, con cánticos y uñas dispersadas en los suelos por los nervios, pero a su vez ya se podía sentir el frenesí que terminaría de estallar una vez mostrado los resultados, la explosión y la algarabía rebosaba, y no era para menos, cuando todos los pronósticos daban que quedaría tercero, la pantalla lo mostraba primero. Presencié su discurso atentamente ante todas las efervescentes personas que no paraban de cantar, y que han encontrado en él una esperanza ante su gran hartazgo y desilusión social. Después me tomaría un tiempo para preguntarles en torno a muchas propuestas, como la dolarización, la venta de órganos y demás. Y la verdad, en sus respuestas encontré muchos puntos que dan mucho que desear. Salí particularmente sorprendido, era medianoche y con los gritos que se oía hasta cuadras colindantes: “la casta tiene miedo”.

La medida que alguna vez impulsara el Kichnerismo, el voto de los 16 años (opcional) el domingo le dio una bala a traición. Uno puedo ver en esta juventud, o como algunos llaman, “la generación de cristal”, espantados de su realidad, y que encuentran como responsables en gran medida al peronismo (es la peor elección registrada en su historia), narrativa empleada por el candidato ganador hasta saciar, pero además de eso, el de votar por un discurso como extraído de libros de autoayuda pero dentro del idioma político, es decir, lo que la gente quiere oír una y otra vez, pero el fondo es tan amplio que no alcanza las manos a tocar como esas ideas de realizar muy probablemente, dentro de un facilismo programático, muy acorde al cantar demagógico que se viste de libertad en estos últimos años pero que llevan tras de sí intereses extranjeros importantes, sin importar el pendón político. No por algo el candidato ya definió los países a los que iría a la mañana siguiente en caso ganase las elecciones. Esta elección ha dejado como lección la importancia que tiene y tendrá para las elecciones venideras las redes sociales. Su factor transcendental como el poder que tiene, el inmediatismo cibernético y la clarificación que entrega: un ‘like’  y unas palabras que queremos oír, o que refleje nuestro desencanto, basta para marcar un voto.

En lo que a mi refiere, mis ideas están muy lejos de ser parte de lo que pregonan el “Mileismo”. Pero está claro decir, en la arena política, este ‘outsider’ está mejor parado ad portas de octubre. ¿Será que llegará al sillón de Rivadavia? Me quedo con estas máximas ante este particular panorama: nadie comprende el dolor ajeno hasta que nos sucede como nadie aprende en cabeza ajena. Esta casita de cartón cierra sus puertas con el dólar rozando los 800 pesos. Terminado las elecciones, ¿a cuánto estará? Como diría Evita Perón: “No llores por mí, Argentina”.

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[CASITA DE CARTÓN] Esta Casita de Cartón abre sus puertas con un caso que ha conmocionado a la población argentina. Como saben mis lectores, me encuentro en la tierra del tango y la pasión, pero no por eso ausente de la realidad que acontece en nuestro país. Por eso haré de esto cierto paralelismo, pues no estamos para nada exento del narcotráfico, motivo (según los indicios) de tal macabro asesinato que ha horrorizado a la población ‘gaucha’. Hablo sobre el caso del influencer y empresario, Fernando Pérez Algaba de 41 años, más conocido como ‘Lechuga’, que fue encontrado día atrás descuartizado en un arroyo de Ingeniero Budge, por unos niños que jugaban a la pelota. Todo hace indicar que se encontraba entre las  turbulentas y sucias mareas del narcotráfico, así como de la estafa, los Bitcoin, y que su muerte ha sido un ‘mensaje’, más allá de un ajuste de cuentas. Aún la investigación se encuentra en curso, hay mucha tela por cortar, donde está involucrado un barrabrava de Boca de la primera línea, una persona trans como distintas amenazas por estafas, sobre todo en la venta de autos, que había recibido el perecido.

Pero de lo sustancial de este hecho, podemos extrapolarlo al terreno local, donde la lucha contra el narcotráfico está lejos de ser real, por los menos las pruebas empíricas así lo demuestran. Las autoridades se hacen de la vista gorda, que en vez de lucharlo frontalmente parecieran mantener una tregua. El narcotráfico es desde hace mucho tiempo el caudal de dinero más fuerte que se mueve entre las sombras de nuestro país. O como alguna vez un estudioso del tema dijera sobre los países de la región: ‘es el sostén de nuestras economías’. Como menciona el notable escritor italiano, Roberto Saviano, custodiado 24/7 hace más de una década después de denunciar con su obra ‘Gomorra’ a la temida mafia de la Camorra italiana, al tener un precio su cabeza: ‘Los talibanes, junto a los sudamericanos, son los narcotraficantes más poderosos del mundo’. Y es que llevándolo a nuestro día a día, esa lucha que tanto se ventila pareciera ser más mito que realidad. Que tiene más de romanticismo, como una novela o cuento de Fitzgerald o como unos versos encandiladores de trovadores, ya que con los militares que tenemos y el equipamiento militar que en este último desfile hicieron gala, ¿cómo no pueden contra 50 narcos en el Vraem? De qué sirve tanta suntuosidad si es inútil. Asimismo, ir contra los residuos de sendero  y contra la temida camarada Vilma. Ese juego sediento, el maniqueísmo cansino, tiene poco o nada de soporte ante la razón. No se puede entender como un país sin carteles como el nuestro sea el mayor o de los mayores exportadores de cocaína en el mundo. Esa ‘ayuda’ del país del norte, con la DEA, es totalmente ineficiente y hasta irrisoria. Es que esto es la vida real, no una miniserie televisiva con trama extraída de Hollywood donde los buenos siempre son los mismos, los ‘defensores de la humanidad o la libertad’, cuando ya esa narrativa está muy malgastada. Esta no una película de los Vengadores; y si lo son, son de los fracasados.

Ahora tenemos que lidiar con el tren de Aragua como distintas mafias extranjeras que han hecho de Lima su ‘patio’ para sus negocios siniestros, desde el narcotráfico, la trata de personas, la extorsión, el sicariato… Los antiguas mafias peruanos están siendo desalojadas de sus zonas o sino, en acto de sobrevivencia, se unen a esos grupos delictivos. Si continuamos en este derrotero ya no seremos de los primeros países del mundo exportando cocaína sin cárteles, sino que tendremos cárteles regados por todas partes, si es que realmente no se va contra las cabezas y no con los pececillos para las cámaras, aunque pareciera una utopía. Qué se puede esperar realmente si estos mismos financian candidatos con millonarias sumas de dinero, no solo en distintas localidades sino hasta presidenciales, y del que el Poder Judicial se encarga religiosamente en archivar. Hay tanto por descreer como nación, sociedad, deconstruir, tanto por cambiar… Esta Casita de Cartón cierra sus puertas asqueado de la realidad política, pero más aún, de la hipocresía social. De todas las jerarquías, pero sobre todo de las que llevan las riendas del país. Los que bailan sobre las tumbas.

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[CASITA DE CARTÓN] Este columnista no puede dejar de estar atento y a su vez entristecido ante la lamentable situación social que atravesamos, con un congreso y ejecutivo cada vez más desprestigiados y aferrados a la mamadera del estado, y con un repudio cada vez más grande y abrumador que el sol que aún acompañan por las tardes en este invierno triste y raro. Pero no solo eso me aqueja, sino también el penoso conflicto social que yace entre nosotros, los mismos peruanos, cada vez más divididos y sectorizados, como enemistados a muerte. Y justamente de esto, toma parte la exposición de Mary Ann Agurto, gestora cultural, cronista y poeta, entre otras facetas relacionadas al mundo del arte, y que viene de ganar merecidamente por su contenido e innovación en su trabajo, Estímulos Económicos otorgados por el Ministerio de Cultura.

Esta obra que, como su título lo señala, busca la trascendencia de nuestra memoria, es decir, trasladar del pasado al presente y a las siguientes generaciones el patrimonio cultural que vive en cada uno de los peruanos. La memoria de nuestra cultura, que mucho obviamos o lo dejamos al margen al estar ensimismados en nuestros quehaceres, engullidos en nuestra monotonía, pero que está presente hasta con el saludo o el “pe” clásico, entre otros distintivos que nos diferencia como sociedad y que nos acompañarán para todos lados, sea el país o vientos en que nos encontremos. De esto también refiere esta exposición que está dividida en tres partes.

Callao: Comienza con el barrio de la alegría y la salsa. Ya que ella es chalaca y de pura cepa, ya que nació por las arenas de nuestra ciudad portuaria. La autora ve este pasaje desde los lentes de una arqueóloga, que es lo que estudia en la Decana de América, aplicando el método transfer, y vemos la geografía en donde se dan los primeros pasos en su lugar en el mundo, que puede ser como el de cualquiera otro, el lugar donde naciste y que vas forjando, inevitablemente, tu identidad, con la familia, el barrio, los amigos, las calles, las tienditas y los vecinos, todo lo que comprende el cimiento de nuestro árbol social.

2016: Es la segunda etapa y se manifiesta dentro del derrotero de la artista en la sociedad, ya dejado su nidito y su familia y volando por otras latitudes. Estos números en mención son del año en que se murieron muchas personas cercanas a ellas, entre ellos artistas de la talla de Javier Salazar o Rodolfo Hinostroza (de los que decide hacerles un homenaje), grandes amigos de la fotógrafa. “Cada semana o mes presenciaba un funeral, no tenía fin”, cuenta. De la misma manera, es en aquel año donde decide romper con la vorágine cotidiana que llevaba para encaminarse de lleno en el arduo y duro oficio del arte, que es a donde pertenece y del lugar del que nunca se irá. Es allí que su identidad es sucumbida por esa nueva gente que conoce y que forma parte de su nueva obra, su nueva vida, y ese descubrimiento al ejercer día a día lo que lo apasiona.

¿Realmente quieres hacerme daño?: La tercera y no por eso menos atrapante. Acá ya es donde se interioriza en la sociedad dentro de la labor del artista y con una semblanza profunda, basado en la memoria y en relación a dos fenómenos que nos involucran como sociedad. Con una gráfica interesante de fotos, llegamos al capítulo más reflexivo: el conflicto armado interno y el feminicidio.  De aquel periodo aciago, trae una experiencia vivencial con el gran poeta Domingo de Ramos, en Ayacucho, y en relación a un residente de allá, que le “dolía recordar ese pasado”, mostrando el grado en el que aún hoy está vigente aquella herida social y que muchas veces no queremos hablar, o si se hace es con fines políticos como sucede en la política actual. Y en torno al feminicidio y la complejidad de la mujer en una sociedad violenta en la que estamos, con una estructura social donde las injusticias priman. Es aquí donde percibimos claramente que la violencia está dentro de la memoria colectiva y la identidad de uno, lastimosamente forjado por una sociedad enferma.

Detalle no menor, y es que no es casualidad que Sarita Colonia esté presente en la portada de la obra. “Sarita es mi memoria, mi casa casa, mi familia, mi barrio. Mi patrimonio ante el mundo y las siguientes generaciones”, detalla conmovida. “Y las urnas, como las que en donde depositamos el futuro de nuestro país o las urnas funerarias, como donde reposa mi padre, todo lo que hizo en este mundo, sus sueños, y todo, terminó en una caja”.

Mary Ann nos demuestra que la memoria es parte intrínseca de cada uno, nuestro primordial tesoro, donde están inexorablemente envueltos nuestros recuerdos que son parte de nuestro porvenir. Entendemos en relación al conjunto del taller, la memorable frase del filósofo existencialista Jean Paul Sartre: “Cada hombre es lo que hace con lo que hicieron de él”.  Y de la misma manera aceptar lo ya acaecido. La memoria no debería doler, ya que si sucede buscamos naturalmente negarlo y con eso nos estamos condenándonos a que vuelvan a suceder en algún momento, ya que no hay fin ni comienzo, sino un perecedero andar si no lo asimilamos.

Esta casita de Cartón cierra sus puertas con los versos del eterno poeta, Antonio Machado: “Todo pasa y todo queda, / pero lo nuestro es pasar, /pasar haciendo caminos, / caminos sobre el mar”. Y me pregunto: ¿qué son las memorias sino el legado ante los vientos que dejamos? La rama familiar, mis sueños, mi vida. A su vez, ¿qué son nuestros recuerdos y memorias sino nuestro patrimonio único como personas? Todo esto me ha producido esta solemne obra que tendrá su cierra este Lunes 24 a las 7 pm en la Galería Kapulí, en Barranco. No vendría nada mal para comenzar la semana de manera reflexiva y pensar, algo que necesitamos imperantemente en estos tiempos, sobre nuestra realidad no solo personal sino social, porque si no entendemos las cosas a profundidad que nos conciernen estamos condenándonos a que vuelvan a suceder. No falten.

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[CASITA DE CARTÓN] No sé la razón ni en qué momento pasó, pero la palabra muerto ya estaba escrita en esta hoja antes de empezar a escribir esta columna. Acabo de entrar al Inicio de Facebook. Dicen que murió un padre. Alguien quien lo fuera cuando mi padre brillaba por su ausencia y negligencia, porque muchas veces la presencia no quiere decir presencia como la ausencia tampoco ausencia. Ha muerto, dicen los estados de la gente. Ha muerto, un lunes 26 de junio. Todos se lamentan con mucho penar. Pero cuando estaba con vida, ¿qué tanto lo valoraron como apreciaron?

Me desconozco ahora, me veo en el espejo. Soy un hombre frívolo, otro miserable. Pero yo no era así, en qué momento me convertí en esto… Las gentes transcurren, acaban de bajar decenas de personas en la 9 de julio. Caminan siguiendo su paso. Parece una pintura que alguna vez vi, la gente desfilando dentro de sus pasos cotidianos cuando alguien en un costado horrorizado los ve. Ese reflejo soy yo. Ese ser horrorizado, espantado y triste soy yo.

Dicen estación “Catedral, final del recorrido”. De nuevo soy yo bajando y caminando por el desfiladero donde todas las animas van. Una comparsa hermosa de tristeza en el desfiladero de la humanidad. Ahora soy yo el que va con ellos. Me han encaminado. No vivo. Así iré a parar al Cocito… con una moneda al infierno.

Aborrezco los pésames, son tantas veces las palabras básicas de la hipocresía. No pondré un pendón ritualistico de muerte. Seré sincero conmigo y con él. Y me pondré a oír las cumbias, rock o huaynos que me lleven a esos días en que íbamos hablando sobre fútbol a su casa. En esas noches en que desde su kiosco nos íbamos hacía los Olivos, allí esperan mis primos. Y que en noches tan desoladas como ésta, cuánto quisiera tener la dicha de volver a oírlas.

Porqué será que la muerte no tiene tiempo, se sostiene  entre los vientos de un pasado que pareciera ayer. Ayer, hoy y mañana. El presente eterno.

Por estos días estoy leyendo Pedro Paramo. Y sé que estoy yendo en paso lento a Comala. No sé si lo veré a él, pero mañana iré al Monumental y gritaré un gol y lloraré, probablemente. Porque parte de este fanatismo futbolero nacieron de esos días.

“Me retraía a los años en la casa del tío Tomás, que quedaba al límite de San Martín de Porres y Los Olivos, a pocas cuadras del cruce entre las avenidas Alisos y Universitaria. Cada vez que llegábamos se levantaban las arenas como centenares de escarchas al voltear por el jirón Los Jaspes, dejando atrás hoteles con luces de neón y ventanas sombreadas, las cuales siempre me causan nostalgia al pasar por alguna avenida con hoteles de la Lima profunda. Es un poco raro, quizá, pero cierto. Y en menos de dos minutos llegábamos a su pacífica casa. Eran la familia ejemplar. En su vivienda, de piso y medio de construido, esperaba mi tía Meche con una amabilidad beatifica, y con mis primos Robert, Abel y Junior.  Por esos años me acogían todos los fines de semana como en vacaciones. Eran mi segunda familia, después de mis amigos de la quinta”. **

Hoy acabo de descubrir que la muerte vence al amor. La hace polvo, piedras, arena. El vivir cuesta una vida, pero el morir no. El amor, que hasta ayer sentía, ha muerto.

“Y en el que no pudo evitar soltar unas lágrimas al despedirnos. Él fue como un padre, y me veía ahora con veintidós años encima. Recordaría seguramente cuando iba a repartir los periódicos de niño. Cuando sacaba y empalmaba a regañadientes cuando El Comercio salía grueso (como así le decíamos los canillas cuando llegaba con varias publicidades). Cómo aborrecía en esos momentos este oficio como a ese diario, ya que eran muy pesados llevarlos. Una y otra vez se tenía que regresar, y peor en épocas de lloviznas, por lo friolento que eran esas cuadras en las madrugadas”. **

Espero que mañana su Sporting Cristal le dé una alegría en el cielo, porque allá debe de estar. Porque él creía en ese Dios y porque Dios debe darle por obligación y por un mínimo de misericordia ante tanto sufrimiento que le hizo pasar en esta vida, una última alegría. Ojalá que ganen, ojalá para darle un poco de emoción a la vida. Te amo, tío. Y perdón.

 

*Esta columna fue escrita el lunes 26 de junio.

**Párrafos de la novela Generación Equivocada del presente autor.

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Generación Equivocada, los Olivos, muerte, Pedro Paramo, Sporting Cristal

Pero también en otra novela crearía un protagonista así de intimidante y legendario. Y ese sería en “Meridiano de sangre”, una novela western, apocalíptica, cuyo personaje, el juez Holden, un ser maquiavélico, de dos metros y 50 kilos, albino y a su vez políglota e imponente por su sapiencia y sabiduría, le daría un sitial privilegiado en las letras norteamericanas, por el reconocido crítico literario, Harold Bloom, al considerarla como la figura más terrorífica de toda la literatura estadunidense. De la misma forma, Meridiano de sangre, le daría un espacio en el sagrado parnaso literario, al lado de otros otros grandes escritores que le influenciaron, como Melville, Hemingway o Faulkner. Del que entendió bien la lección que dejara para todo escritor comprometido con su arte: 99% de talento, 99% de disciplina y 99% de trabajo.

Pero su apetito literario no quedaría allí, tendría todavía guardado para sus miles de seguidores otro interesantísimo proyecto, y que sería publicado lustros después con el nombre de “La Carretera”. Texto de ciencia ficción, distópica, de prosa parca y minimalista, como en alusión de los restos que quedaba en ese mundo destruido, de paisajes devastados como la naturaleza alrededor. Todo es tan sombrío como hasta las conversaciones de sus personajes, que continúan por la inercia sin alma ni esperanzas. Estáticos. Inhóspitos. Fiel reflejo de lo que queda de ese mundo desgraciado y monótono. Esta obra, merecidamente, lo volvería conocido a nivel mundial y a su vez le daría el prestigioso Premio Pulitzer.

Al terminar de escribir esta columna, se me aparece un párrafo leído en Meridiano de sangre, que retrata el determinismo en varios de sus personajes, como la vida, nosotros, y el azar y su derrotero que muchas veces no tiene sentido común pero que existe y del que siempre estamos determinados: “Cuando los corderos se pierden en el monte se les oye llorar. Unas veces acude la madre. Otras el lobo”. Se va una pluma que deja un legado importante. Justo un 13 de junio, fecha en qué se celebra el día del escritor, y sin duda, Cormac McCarthy encaja perfecto con esta celebración. Nos vemos en la carretera, maestro.

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Meridiano de sangre, Stephen King

Pero volviendo a la fuente con la cual se escribe nuestra legado. El Perú no está con los ojos abiertos teniendo presente su historia. Por el contrario, lo cierra para negarlo. Lejano, próximo, no importa. Entre menos presente esté, el futuro es esperanzador, parece decir. El “exceso de positividad” (Byung-Chul Han, dixit) se ha arraigado bien con el común de peruanos con el sistema en que vivimos, engullidos en la monotonía y la pobre visión como mentalidad que tenemos como nación hasta, penosamente, como humanos.

Han pasado más de un siglo, pero las palabras del extraordinario pensador que tuviéramos, Manuel González Prada, abrazan nuestra realidad de una manera tan asombrosa como terrorífica por su exactitud, que pareciera haberse escrito recientemente: “En resumen, hoy el Perú es organismo enfermo: donde se aplica el dedo brota pus”. O lo escrito en “Nuestros Indios” para entender a profundidad la diferencia racial que hay en nuestro país.

El peruano es un beodo que dormita por lo que no quiere ver ni reconocer, pero que cuando despierte y quiera desplegar sus alas, caerán con él, una vez más, caerán, y dirán: “nosotros somos los culpables”. El devenir no avizora nada esperanzador. Se aproxima otro levantamiento, y los rostros con tinta y maquillaje dirán: “son terroristas”. Otra vez se matará y se limpiarán las manos. Pero para cuando vuelvan los vientos de “plena democracia”, oh sorpresa, dirán: “eran nuestros muertos”. Esta Casita de Cartón cierra su puerta con este verso que profiriera el insigne vate alemán, Bertolt Brecht, en modo de definición de gran parte de nuestra historia: “A tantas historias, tantas preguntas”. Como con el verso con que cierra el poema, “Los nueve monstruos”, nuestro poeta nacional, César Vallejo, el mismo que la historia se ha encargado con bajeza y esmero de encubrir su compromiso social que lo llevara hasta el último de sus días: “Hay, hermanos, muchísimo que hacer”. Y hay tanto…

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Diferencias sociales, identidad, Perú, peruanos, Racismo, Sociedad peruana
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