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La próxima Segunda vuelta

Recién coloqué en mi muro de Facebook un post no desprovisto de sarcasmo, en el que señalé que “las próximas elecciones presidenciales peruanas se definirán entre Martín Vizcarra y Antauro Humala. Por Vizcarra votarán los de siempre: “DBA” + “caviares”, unidos en defensa del status quo. Por Humala votarán todos los demás”.

Yo no tengo alma de adivino, ni cosa por el estilo, muchas otras parejas de políticos podrían protagonizar una segunda vuelta el próximo año, el 2024, el 2025 o el 2026. Se me ocurrió ponerlos a ellos dos juntos por una razón muy sencilla: uno acaba de ser rehabilitado por un juez y el otro, por buena conducta, ha recuperado la libertad. Hace unas semanas no estaban en el radar político, ahora sí y, aunque zapateen los sectores conservadores completitos, y buena parte de los demás también, lo cierto es que se cuentan entre los políticos más populares. Están entre los contaditos que podrían romper la dispersión del voto que se produjo en las presidenciales pasadas.

Vamos más allá, sin el APRA y sin Haya de la Torre, sin un Acción Popular impulsando el “populismo” de Fernando Belaúnde, ese concepto que sólo él comprendía, sin el PPC del tucán Luis Bedoya o las izquierdas verdaderamente marxistas de Hugo Blanco, Genaro Ledesma y Ricardo Napurí, solo nos quedan caudillos civiles. Contamos con una variopinta colección de “nicolases” de Piérola para escoger, cuyo denominador común es que ninguno le llega al hombro al célebre califa.

Luego, las ideologías están, se dividen en dos grandes grupos, igual que en el siglo XIX: conservadores vs liberales. Entre los conservadores, se cuentan la llamada DBA, están los López-aliaguistas y fujimoristas, más cristianos los primeros, más populistas los segundos, pero también se cuenta la izquierda radical de Perú Libre cuyos seguidores, de la sierra rural andina la mayoría, se adhieren a propuestas que responden a tres agendas fundamentales: la identidad cultural, el conservadurismo (misoginia, anti-matrimonio igualitario, pro vida), la denuncia del centralismo limeño y el abandono del Estado. En la ecuación de la izquierda conservadora, Marx, Lenin y los demás barbudos, apenas aparecen en la foto.

Después están los liberales. El concepto hay que expandirlo. Abarca desde derechistas liberales, esos que creen en el combo liberalismo económico + agenda pro-derechos, hasta feministas radicales, con el centro sagastiniano bien acomodado en el medio. Todo bien mientras no seas ni comunista, ni facho.

Pero también hay combinaciones. No olvidemos ese enorme partido no inscrito, pero muy militante, que es el antifujimorismo, y hay antifujimoristas en los dos bandos antes señalados: por eso el fujimorismo no gana, a pesar de ser conservador y a pesar de que los conservadores son más, lo que nos lleva al último bando.

El último bando es el bando institucionalista anticorrupción. Alguien podría decirme que es lo mismo que el bando liberal, pero no es necesariamente así. A ver, casi todos los que forman parte del bando liberal también son parte del bando institucionalista anticorrupción, pero muchos de los que conforman este último bando pueden ser profundamente conservadores, ya sea porque detestan todo lo que se parezca al comunismo, ya sea porque son cristianos o católicos que se oponen frenéticamente a la agenda de género, al aborto o al matrimonio igualitario.

Sin embargo, por encima de todo lo señalado están hartos de la estafa eterna, que es el manejo descaradamente corrupto de las arcas del Estado en el Perú. Por eso no ganan los conservadores las elecciones, a pesar de ser mayoría, porque gran parte del electorado asocia a sus candidatos con la corrupción. Allí se les caen los votos (no en los conteos) y se emparejan los escenarios electorales.

Vizcarra contra Antauro es un escenario posible, en la medida en que puedan o los dejen postular en unas futuras elecciones presidenciales. No veo, la verdad, candidatos con más arrastre, el uno por carismático, y el otro por anti-sistémico. El tema es que posiblemente estaríamos eligiendo entre dos caudillos populistas y no necesariamente un proyecto político partidario bien estructurado, que nos ofrezca una alternativa para el desarrollo sostenido del país, aunque el primero de ambos cuenta con la ventaja de una previa experiencia en la Casa de Pizarro.

Es en estos términos que deberíamos evaluar los escenarios, en lugar de preocuparnos anticipadamente por Keiko, López Aliaga o alguno de los Cerrón, cuando se plantea una hipótesis como esta. Hacerlo supone pensar tradicionalmente, caudillistamente y aquello nunca ha contribuido, siquiera, para lucubrar el país en términos de desarrollo sostenible e institucional.

 

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