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Corrupción, militarismo e informalidad: Tres tradiciones antirrepublicanas

"¿Podemos construir la Republica si para hacerlo podríamos amputarle enormes trozos al alma nacional? Esta parece la capciosa pregunta de un examen de ingreso universitario, que pena que no sea solo eso. Vamos por partes."

¿Por qué 201 años después de la Independencia diese la impresión de que estamos en el partidor? Esta, en realidad, no es solo una sensación. Estamos en el partidor, solo que en un partidor distinto al de 1821. Este último punto de partida, el de 2022, se ha construido durante los últimos 201 años y se sostiene en tres grandes tradiciones antirrepublicanas, enraizadas, consuetudinarias, que ya son parte del alma nacional: la corrupción, el militarismo y la informalidad.

¿Podemos construir la Republica si para hacerlo podríamos amputarle enormes trozos al alma nacional? Esta parece la capciosa pregunta de un examen de ingreso universitario, que pena que no sea solo eso. Vamos por partes:

Me he cansado de decir que el acto simbólico que inauguró la corrupción en el Perú fue el desfalco de Francisco Pizarro al Estado Inca. Lo lamento por la extendida hinchada que tiene el Marqués Conquistador en el país y por mis colegas que apelan al manido recurso de la mentalidad de época para justificarlo, no solo a él, sino a toda la corrupción de los funcionarios coloniales. ¿No sabían estos que apropiarse ilícitamente de la Real Hacienda de Su Majestad era delito? ¿No conocían la desesperación de la Monarquía Española por el descenso de la recaudación de las colonias que llevó a los borbones a aplicar sus célebres y muy resistidas reformas en el siglo XVIII? ¿nunca entendieron que el Juicio de Residencia, ese que, de cuando en cuando, algún líder de opinión reclama para nuestros políticos contemporáneos, cumplía la finalidad de fiscalizar la gestión de los más altos funcionarios de la Corona, al culminar su periodo, para establecer si habían incurrido en corrupción?

Pero más allá de los esfuerzos de la Corona Española por evitar tanto desfalco, lo cierto es que a miles de miles de kilómetros de distancia y con un océano de por medio, los españoles que llegaron a estas tierras encontraron El Dorado a su manera. No hubo una ciudad de Oro perdida, lo que hubo fue indígenas, que por ser tales, debían tributarle al Estado, en moneda desde que el Virrey Francisco de Toledo organizase el Virreinato. ¡Ahí estaba el oro! Y así, junto al enorme contrabando que propició el inútil monopolio comercial establecido por España para sus colonias, el que propició un espectacular contrabando del que todo el mundo quería participar, o contrabandeando o dejando contrabandear a cambio de una coima, se creó nuestra alegre sociedad del “como es” y del “cuanto hay”. Y durante la república nadie jamás hizo nada por cambiar esas leyes no escritas. ¿Se imaginan lo que habría que hacer para cambiar aquello que está en el ADN del 95% de autoridades del Estado? ¿cuánto del alma nacional se nos iría en esa amputación?

Después está el militarismo. Hoy no lo vemos tanto, porque vivimos una cadavérica primavera democrática que va a cumplir 21 años, pero esta democracia es una estropeada carreta con las ruedas rotas y con una mula muy vieja tirándola apenas por un camino pedregoso y rodeado de profundos precipicios en cuyo fondo yacen mafias de todos los hedores, monstros de todas las formas, podredumbres inimaginables y aterradoras, paisajes desolados sobrevolados por rastreras aves de rapiña.

Pero aquí no se construyó la República porque el militarismo lo impidió. Es posible, y digo, solo posible, que el sigo XIX, tenga algún tipo de justificación, no lo sé. Lo cierto es que entonces ni siquiera había una clase civil lo suficientemente nucleada para hacerse cargo del gobierno de la naciente democracia. Sin embargo, me pregunto si era necesario quedarse cincuenta años consecutivos, caudillo militar, tras caudillo militar, y dejar el poder recién en 1872, con el triste saldo de los cuerpos de los hermanos Gutiérrez colgando de las torres de la Catedral de Lima, pues la casta militar, cincuenta años después de la Independencia, se negaba a entender que eran los civiles quienes debían llevar las riendas de la República. No lo digo yo, lo dicen todas las constituciones liberales que se han escrito.

El siglo XX fue todavía peor, los dictadores militares, que son una versión mucho más represiva, autoritaria y tenebrosa que la de sus homólogos caudillos del XIX, no gobernaron ante la ausencia de una clase civil, sino para impedir que se consolidase el gobierno civil, para impedir que finalmente se afincase la modernidad política en el Perú. De allí la alianza oligárquica-militar en contra del APRA y después en contra de cualquiera que afectase sus intereses. Después vino el docenio militar 1968 – 1980, haciendo reformas que supuestamente no habían hecho los civiles y dejando por herencia un Estado ultra propietario incapaz de sostenerse por sí mismo. También dejó más igualdad social, hay que decirlo. Después vino la dictadura fujimorista, so pretexto de atender una crisis económica que igual hubiese atendido el candidato opositor, el único nobel de literatura que ha parido la historia del Perú, y so pretexto de derrotar al terrorismo, cuando era cuestión de meses que el GEIN capturase a la cúpula de Sendero. En pocas palabras, una dictadura absolutamente innecesaria, pero que nos dejó, una vez más, sin democracia y sin partidos, hasta el día de hoy, cuando apenas sostenemos una democracia errática, desde el presidente hacia abajo.

¿Qué sería del siglo XX si Leguía nos hubiese dejado transitar de la República Aristocrática a la República Democrática como dice Pedro Planas? ¿O si el ejército y la oligárquica hubiesen dejado al APRA joven hacer las reformas que había que hacer y a partir de allí aparecer a otras fuerzas políticas y escribir la historia de una democracia que no fue? Pero, precisamente por lo que no fue, el día que partió Morales Bermúdez nos pusimos a discutir su heroísmo democrático y cada 28 discutimos el heroísmo democrático de los comandos de Chavín de Huántar. Cuando pensamos en héroes de la democracia, pensamos en engalonados y ametralladoras. ¡Qué triste! ¿no?

¿Qué pasa con la informalidad? Yo no soy un enemigo conservador de la informalidad. Soy el convencido de la que economía informal nos salvó del hambre y del terrorismo en la década de 1980. El pueblo peruano migrante del campo a la ciudad eligió su otro sendero, como magistralmente Hernando de Soto, nombró a su libro. No se eligió la violencia terrorista a pesar de faltar todo, se eligió el trabajo, y en sus propios términos, puesto que ni el Estado, ni el sector formal estaban en capacidad de captar esa gigantesca oferta laboral.

Pero me temo, que si más del 70 por ciento de nuestra economía, y, en general, de nuestras vidas, se van a manejar en esos términos, lo que implica, además, la manera como pensamos y nos relacionamos con las instituciones públicas, difícilmente vamos a poder iniciar la construcción de una República que realmente alcance el objetivo de perseguir y brindar el bien común a la ciudadanía. ¿Se puede brindar jubilación universal, como ha dicho el presidente Castillo, cuando el 75% de los peruanos no tributa? ¿tiene el Estado la capacidad para asumir ese enorme desafío? ¿o nos pasaría lo que a Argentina? Argentina es un país inmensamente rico, pero quebrado, que vive sin reservas estatales, recibe divisas y gasta, recibe divisas y gasta, su brecha fiscal es enorme y su inflación incontenible. Este tema se lo dejo a los estadistas: ¡imaginación! El Perú informal es parte del alma nacional, pero de alguna manera tiene que encontrarse con la República, con el Estado y con la tributación, así coadyuvaría a la construcción de un proyecto nacional. ¿Será esto posible o es apenas un sueño de opio?

¿Quién dijo sí para asumir el desafío de construir una República en este país que, como hace 201 años, todavía no la tiene? Los demás, pueden parapetarse en un cargo público de buena remuneración, o pueden hacer muchas cosas más por debajo de la mesa, Francisco Pizarro dio el ejemplo. ¿Se acuerdan de esa pantomima del juicio a Atahualpa? ¡Levanten la mano los que quieren hacer Patria!

 

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corrupción, Informalidad, militarismo

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