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Precisemos los conceptos

"El Perú es de centro, o de centro izquierda, podría apoyar a un centro derechista también, pero podría volcarse hacia un antisistémico radical si no encontrase a nadie que encajase en las primeras tres opciones. Sin embargo, no hay ni partidos, ni caudillos, ni de centro, ni de centro izquierda, ni de centro derecha que asomen en el horizonte. ¿Con quién nos encontraremos al final del camino?"

La derecha conservadora peruana quiere colocar todo lo que existe en nuestra política en dos grandes grupos: ella y todos los demás. Estos últimos constituyen un enorme cajón de sastre a cuyo variopinto contenido ha concedido subdividir en dos subgrupos más: terrucos y caviares. Fuera de esto no existe otra cosa. Por otro lado, todas las especies políticas que yacen en el cajón de sastre mencionado se han defendido colocándole a la derecha conservadora su propio epíteto, la de bruta y achorada (DBA). De esta manera, nuestro espectro político se divide en DBAs, caviares y terrucos ¡cuánta variedad!

Por ello es importante voltear la mirada a Chile y observar, no solo su sólida partidocracia sino su extendido espectro ideológico, a ver si recomenzamos, como hacíamos hasta antes de Fujimori, a hacer política de la política, a ver si comenzamos a conformar partidos políticos de verdad, de esos que hace décadas no vemos desenvolverse a lo largo y ancho del territorio nacional.

Un primer punto son las diferencias dentro de la izquierda. En Chile hay comunistas que son comunistas, que se llaman comunistas y que actúan como comunistas sin que nadie se escandalice.  Luego existe, y el término me lo tomo prestado del historiador peruano Augusto Ruiz Zevallos, las vanguardias de izquierda “contrahegemónicas”, que vendrían a ser las izquierdas culturales o del siglo XXI, que son las que aquí hemos denostado con el epíteto “caviar” y cuya agenda gira entorno a la ampliación de los derechos de la mujer, los colectivos LGTBIQ+, las minorías étnicas, etc.

A su derecha se sitúa la centroizquierda, que es donde posiblemente se ubique la mayoría de los chilenos (y de los peruanos) y que le otorga prioridad a la ampliación de los derechos sociales entendidos como las prestaciones del Estado, o su abaratamiento, o el acceso a servicios educativos lejos de su alcance debido a su alto costo, a los de transporte, la jubilación etc. y que fueron el real detonante de las movilizaciones chilenas de 2019 y antes de 2011 y 2006.  Tras el espectro de la centroizquierda nos encontramos con la centroderecha que es muy distinta a las derechas conservadoras de hoy. La centroderecha es proderechos civiles, pero hasta cierto punto; es liberal y le otorga mayor gravedad al mercado que al Estado en ese siempre difícil equilibrio  que muchas veces depende más del estado de la sociedad que de la teoría económica.

Finalmente merece párrafo aparte la tradicional e histórica derecha conservadora que en Chile goza de personalidad propia pues se asocia con los sectores pinochetistas. Esto marca su expansión y al mismo tiempo sus límites, así como su área de influencia. A esta derecha se le han sumado los nuevos tópicos del conservadurismo como la defensa de la vida, la oposición al matrimonio LGTBI+, a las políticas paritarias etc. pero en todo caso, no parece colocarse a la cabeza en el sentido común dominante en el triunfo del rechazo, por más que se lo pretenda adjudicar.

Derecha conservadora, centro derecha, centro izquierda, vanguardia de izquierda “contrahegemónica” e izquierda comunista son los cinco bloques principales del espectro político-ideológico chileno que se han visibilizado claramente tras la victoria del “rechazo” en el plebiscito de salida de su trascendental proceso constituyente. La batuta en la Convención Constitucional la tomaron las vanguardias “contrahegemónicas”, pero acaban de constatar que esa no es la izquierda que quiere Chile. El vecino país  busca que los servicios del Estado se acerquen a la gente. Otras reivindicaciones como las relativas a los pueblos originarios deberán incluirse en un texto constitucional que deberá redactarse de nuevo pero con un enfoque distinto. Ese ha sido el mandato del pueblo chileno el pasado domingo 4 de septiembre.

En el Perú, la situación de Chile debe ser seguida con atención pues vivimos una enorme paradoja. Si más del 80% de los peruanos apoyó la caída de Manuel Merino hace dos años fue porque nuestro sentido común es bien parecido al de Chile. Es decir, contamos con una mayoría de centro o centro izquierda que cree en la democracia y quiere que los servicios del Estado satisfagan sus necesidades, a esto se suma el hartazgo por la farra perenne de las arcas estatales que explica el espectacular recibimiento a Antauro Humala en Andahuaylas. Sin embargo, solo hay representación política para la derecha conservadora y la izquierda radical antisistémica. Esta última, originalísima expresión de la peruanidad, y ausente en el espectro político chileno, cuenta con ribetes de conservadurismo arcaico que la hacen aún más sui generis.

El Perú es de centro, o de centro izquierda, podría apoyar a un centro derechista también, pero podría volcarse hacia un antisistémico radical si no encontrase a nadie que encajase en las primeras tres opciones. Sin embargo, no hay ni partidos, ni caudillos, ni de centro, ni de centro izquierda, ni de centro derecha que asomen en el horizonte. ¿Con quién nos encontraremos al final del camino?

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