Si revisamos viejos periódicos de tan sólo cincuenta años atrás, las fotografías de presidentes rodeados de sus ministros nos mostraban un mundo totalmente masculino. Era en aquel entonces, lo natural. Veinte años antes, en Perú, las mujeres tampoco votábamos y era normal que las más pobres no supieran leer ni escribir. Todo ello estaba legislado o vetado en la norma para facilitarlo. Por esos mismos años, también era normal (estaba normado) que en el sur de Estados Unidos las personas afrodescendientes no compartieron los mismos espacios públicos con las personas blancas, incluidos buses, escuelas o la universidad.

Existe otra acepción de lo normal en una sociedad, ya noentendida como lo normado por escrito, con principios,reglas y leyes, sino como lo acostumbrado: una forma más “ejemplar” que siguen las personas, imitando y modelandosus hábitos, siguiendo las conductas aprobadas odesaprobadas por su sociedad. De esta normalización se suele hacer cargo la escuela, el gobierno, las religiones. También podemos ir más allá e imaginar la normalización como parte de nuestra condición animal vinculada a la supervivencia: sea donde estemos y como estemos, nuestra especie se tendrá que adaptar. Así, la normalización formaría parte del complejo proceso etológico o de comportamiento de la población estudiada por la Biología. Para las Ciencias Sociales, la normalización se produce cuando una sociedad o un gran sector de la población acepta o tolera actos violentos y los convierte en parte de la vida cotidiana. Buen ejemplo de ello fue cuando durante la guerra contra Sendero Luminoso, normalizamos la falta de luz eléctrica. La canción más popular de aquel entonces, llegó a ser una que hasta ahora canturreamos, “un elefante/ se balanceaba/ sobre una torre derrumbada… Frente a la amenaza del terrorismo senderista que buscaba mantenernos en la oscuridad para cometer sus abusos y ajusticiamientos, creció el mercado de velas, reemplazado después por los grupos electrógenos, necesarios también para la distribución del agua potable, los servicios sanitarios y muchos otros. Mientras tanto, Alan García imponía normas económicas que nos llevaron a la escasez de alimentos y a una inflación de mil por ciento anual. Con el Perú en quiebra, incapaz de pagar deudas internas y peor aún la externa, normalizamos la leche en polvo y las colas para conseguir alimentos, la emisión de billetes de corta duración con más y más ceros, los cúmulos de basura en las vías públicas y hasta tener un carnet del partido aprista. Naturalizamos vivir bajo toque de queda y soportamos la corrupción de los dólares MUC. Convivimos en las ciudades de la costa y más aún en Lima con cientos de miles de vendedores ambulantes y con pocos buses reventando de gente. Muchos se preguntan cómo conseguimos hacerlo. Simple y llanamente, se normalizó.

Se tornó natural enterarnos de las matanzas que los gobiernos y Sendero Luminoso cometían; fue común tener un amigo o familiar desaparecido y vivir con el vidrio de las ventanas protegido por cintas adhesivas para disminuir el impacto de las explosiones. Normalizamos nuestra convivencia con Vladimiro Montesinos y el Congreso Constituyente. Con los comedores populares y las combis. Con visionar en la televisión al presidente del país después de su divorcio, habitando con sus hijos el Cuartel General del Ejército.

La peor consecuencia de vivir bajo amenaza, sea de guerra, de alimentación, de vivienda, de odio, de corrupción es que tarde o muy temprano lo normalizaremos. Ahora el mundo se encuentra bajo grandes amenazas desatadas por Donald Trump y su gobierno en Estados Unidos. Amenaza con anexarse los territorios poblados o no que le convengan para susfuentes de energía. Ha arranchado del subempleo a los latinos y nos ha lanzado detrás de un muro. Y ha desnormalizado (en los dos sentidos del término) las políticas para reducir las brechas que separan a las minorías por género y raza.

Dicen las encuestas que la mitad de su país celebra sus decretos y normas amenazantes y es que gracias a ellas es que finalmente se puede visibilizar la ansiada normalidadcon la que siempre se aplaud el invasionismo, se grita el racismo, se criminaliza a los latinos y se condena la homosexualidad. Una mitad que en sintonía con la Biología, está lista para adaptarse y defender a su especie, y que siente, como todo animal, que ha de estar con el más fuerte.

[La columna deca(n)dente] El sábado pasado, los estudiantes del octavo ciclo de Artes Escénicas de la PUCP culminaron una breve temporada de «Incendios», la obra de Wajdi Mouawad, con una soberbia y conmovedora puesta en escena. Incendios es un poderoso testimonio sobre las consecuencias de la guerra y la importancia de la memoria y la búsqueda de la verdad. A través de la historia de Nawal y sus hijos, Jeanne y Simon, el texto explora cómo los conflictos armados no solo destruyen vidas, sino que también fracturan identidades y dejan cicatrices que atraviesan generaciones.

La trama comienza con un legado póstumo: Nawal, una mujer que huyó de un país en guerra, deja a sus hijos dos cartas que deben entregar a un padre que creían muerto y a un hermano del que nunca supieron. Este encargo desencadena un viaje físico, emocional y moral para Jeanne y Simon, quienes se ven obligados a adentrarse en un pasado marcado por la violencia, la traición y el sufrimiento. La pieza teatral plantea una pregunta incómoda pero necesaria: ¿es mejor dejar el pasado enterrado o es imperativo desenterrarlo, por doloroso que sea?

Mouawad no presenta soluciones sencillas. En cambio, muestra que la búsqueda de la verdad, aunque dolorosa, es esencial para sanar las heridas del pasado. Nawal, como personaje central, encarna esta lucha, pero también la resistencia y las cicatrices que deja la guerra. A través de su historia, la obra nos recuerda que la memoria no es solo un acto individual, sino colectivo. Los conflictos armados, internos o externos, no solo afectan a quienes las viven directamente; sus consecuencias se extienden a las generaciones futuras, que heredan el trauma y la responsabilidad de recordar.

Sin embargo, la memoria no es un acto pasivo. En Incendios, la verdad no se revela de manera fácil o lineal. Jeanne y Simon deben reconstruir la historia de su madre a partir de fragmentos, testimonios y documentos. Este proceso refleja la dificultad de acceder a la verdad en contextos de violencia y opresión, donde los registros históricos suelen ser incompletos o manipulados. La obra nos recuerda que la memoria es un acto de resistencia contra el olvido y la deshumanización que traen consigo los conflictos armados.

Pero la búsqueda de la verdad también tiene un costo emocional. Para Jeanne y Simon, descubrir el pasado de su madre significa enfrentarse a realidades que desafían su comprensión del mundo y de sí mismos. Mouawad nos confronta con otra pregunta crucial: ¿estamos preparados para asumir las consecuencias de conocer la verdad? El texto sugiere que, aunque el conocimiento puede ser doloroso, es preferible a vivir en la ignorancia. La verdad, por dura que sea, nos permite entender quiénes somos y de dónde venimos.

En un mundo donde las guerras siguen siendo una realidad, Incendios adquiere una relevancia particular. La obra nos recuerda que la memoria no es solo un ejercicio de nostalgia, sino una herramienta para evitar que los errores del pasado se repitan. Al recordar a las víctimas de los conflictos armados y al confrontar las verdades incómodas, honramos su legado y construimos un futuro más consciente y compasivo.

Por último, la poeta Wislawa Szymborska nos recuerda en “Fin y principio” que con el tiempo, la memoria de lo ocurrido se desvanece: «Aquellos que sabían / de qué iba aquí la cosa / tendrán que dejar su lugar / a los que saben poco. / Y menos que poco. / E incluso prácticamente nada”. En Incendios, la memoria es un acto de resistencia contra el olvido. Wajdi Mouawad nos muestra que, si no se confronta el pasado, las generaciones futuras perderán la comprensión de lo que ocurrió, perpetuando el ciclo de trauma y deshumanización.

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[El dedo en la llaga] El MVC, o Movimiento de Vida Cristiana, fundado en 1985 por Luis Fernando Figari y aprobado en 1994 como asociación internacional de fieles de derecho pontificio por el ahora extinto Pontificio Consejo para los Laicos. Desde septiembre de 2016 hasta su supresión en enero de 2025, el MVC dependió del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida. De las asociaciones fundadas por Luis Fernando Figari, todas ellas suprimidas por la Santa Sede por falta de carisma fundacional, el MVC era la más numerosa, pues para pertenecer al MVC el único requisito era participar de sus actividades, repartidas en diferentes grupos asociados: Agrupaciones Marianas, Familia de Nazaret (para parejas de esposos), Betania (para mujeres adultas), Emaús (para varones adultos), Simeón y Ana (para personas de edad avanzada), iniciativas de acción social como Solidaridad en Marcha,  Pan para mi Hermano, Christ in the City, y otras asociaciones diversas.

Poco se ha sabido de abusos cometidos en el MVC, pues durante un tiempo, después de la publicación del libro reportaje “Mitad monjes, mitad soldados” de Pedro Salinas y Paola Ugaz en octubre de 2015, se creyó que los abusos se restringían al Sodalicio de Vida Cristiana, una sociedad de vida apostólica integrada por laicos consagrados y sacerdotes que vivían en comunidades pequeñas. Sin embargo, en febrero de 2016 me llegó el testimonio de un exmiembro del MVC, que detallaba abusos cometidos en su mayoría por emevecistas. La víctima no quería en ese momento perjudicar al MVC haciendo público su testimonio, no obstante los abusos sufridos. Pero dado que el MVC ha sido suprimido junto con el Sodalicio de Vida Cristiana, ese reparo carece actualmente de objeto. Se respeta el deseo de la víctima, proveniente de un estrato social de clase media baja, de permanecer anónima. Asimismo, para evitar que se la identifique, se han cambiado los nombres de la mayoría de las personas implicadas en esta historia. Los lugares mencionados son todos localidades ubicadas dentro de Lima metropolitana. 

* * *

Tuve una gran excusa, en mi caso, para no adquirir el libro “Mitad monjes, mitad soldados”: la cuestión económica. Además —esto era lo más importante—, consideraba que lo “poco” revelado del libro en los medios me bastaba para iniciar y culminar un proceso de sanación interior. Pero casualmente lo vi en Lince en versión pirata y creo que también, por la vergüenza de verlo expuesto, lo adquirí. Mis disculpas a Pedro Salinas y a todos los implicados en la edición.

Todos los testimonios apuntan a lo mismo. Incluso el único testimonio positivo trata de un sistema que procuró el sometimiento, que atentó contra la libertad, hizo daño y perjudicó en el tiempo la vida de muchas personas, siendo las primeras víctimas los mismos miembros. Y aunque hubo diferencias respecto al MVC, ¿acaso no hubo también victimas allí?

En 1994, cuando yo 15 años de edad y ya tenía dos años de agrupado mariano, conocí en la Urbanización Apolo al P. Antonio Santarsiero, quien llegaría a ser obispo de Huacho, en ese entonces rector del seminario “Casa de San José”. Yo iba a rezar de vez en cuando a la capilla que tenían allí. Él conocía a Germán Doig. Conversamos varias veces, incluso me propuso crear una agrupación con los acólitos (menores que yo), además de ver lo de mi vocación religiosa, pues desde niño he tenido una inquietud religiosa, y no sabría decir si en ese entonces era por una cuestión intelectual, espiritual o quizá psicológica, ya que no he vivido con mi padre y siempre esperaba que regresara a casa.

En esa época yo iba al Centro Apostólico San Juan Apóstol en La Victoria. Emocionado por lo de formar una agrupación, se lo comenté a César Salazar y él, a su vez, a Humberto del Castillo, quien opinó que no era algo prudente. César me lo dijo y asumí que tenía que dejar las cosas tal como estaban. No volví a ir a la capilla. Antes busqué a JQ, quien hacía poco había dejado de ser mi animador, y le conté sobre el P. Santarsiero y lo de mi inquietud religiosa. Me dijo que yo era muy joven y que no me preocupara todavía.

Mi primer animador estuvo discerniendo tres años en una “casa” para ser consagrado emevecista o sodálite. Cabe mencionar que no era ni blanco, ni alto ni tenía plata. Mis referentes eran también Miguel Saravia, Santiago Garcés y Francisco Almonte, el primero por ser alguien cercano, el segundo por ser radical y el tercero, porque me parecía místico. Por lo mismo, yo quería ser consagrado del MVC, sin saber que en realidad las cosas no estaban definidas. Esperaba con ansias terminar la educación secundaria y empezar a discernir en aquellas “casas”.

En 1996, ya con 17 años le comunico a LFLL, mi animador en ese tiempo, que quería discernir. Se alegró, se lo comunicó supongo que a VP, quien quería que yo fuera sodálite, y fue éste último, no mi animador, quien me dijo que la instancia en el MVC para el tema de discernimiento era Miguel Saravia. Yo esperaba un cambio de grupo, no porque quisiera separarme de mis hermanos de agrupación, sino porque me parecía lo adecuado, pues ninguno más quería renunciar a ser casado, por decirlo de algún modo, y después ir a vivir a una de esas “casas”.

Empecé a conversar con Miguel. Al año siguiente ingresé al Instituto Superior Pedagógico Catequético (ISPEC) para ser profesor de religión. También empiezo a hacer apostolado, primero en la parroquia y luego en un barrio. Es allí donde me presentan a quien ahora es mi esposa. Pasados unos meses, nos hicimos enamorados. Yo lo veía como algo también querido por Dios, pues sólo conversaba con Miguel y me encontré con ella haciendo apostolado.

Sucedió que hubo en mi casa un problema grave y mi madre ya no pudo seguir ayudándome a pagar las pensiones del ISPEC, de modo que tuve que retirarme. José Pablo del Nogal, quien era entonces mi nuevo animador, iba a vender libros de la editorial Vida y Espiritualidad (VE) al ISPEC. Al enterarse de mi salida, habla con Alan Patroni, quien entonces era director del instituto, y éste ofrece ayudarme. Yo tenía buenas notas y también era delegado del salón, y creo que le caía bien a la Hna. Julia, directora de estudios del ISPEC. José Pablo del Nogal me avisa y me dice que regrese y vaya al ISPEC, Alan Patroni incluso era mi profesor. Al tercer día me llama la secretaria donde la Hna. Julia y ésta me reclama gritándome que por qué estaba allí si yo mismo había pedido mi retiro (pues fue a ella a quien le había contado del grave problema en mi casa) y además que quién se cree el sodali (así llamaba a los sodálites y José Pablo del Nogal usaba barba [aunque era sólo emevecista]), que aquí mando yo y ni siquiera el cardenal se puede meter. Sorprendido y triste, me retiré. Se lo conté a José Pablo y se molestó, así que volví otro día a hablar con el mismo Patroni. Él, con un poco de vergüenza o malestar, me dijo que no podía hacer nada y que las cosas dependían de la Hna. Julia. José Pablo le dijo a todos los de mi agrupación que yo era un quedado, que la monja me puso mala cara y que yo me fui. Esta fue la primera vez de muchas que él manifestó un prejuicio hacia mí.

Al poco tiempo me encuentro con el P. Santarsiero en la parroquia. Habían pasado tres años desde nuestra ultima conversación. Así que en la sacristía, después de Misa, nos pusimos a conversar y me da trabajo en el seminario. Tuve una fuerte experiencia de oración, pues el trato era que me presentara una hora antes para rezar. Le conté lo del ISPEC y también que tenía enamorada. Conversé mucho con él y otra vez me propuso lo del discernimiento. Yo no sabía qué decidir, qué hacer y se lo preguntaba a Dios. ¿Y el MVC? Porque yo creía que Él me había llamado al Movimiento. Y así pasaron los días y algunas semanas, hasta que decidí terminar con mi enamorada y luego conversar con mi animador José Pablo. Éste me dijo que el Padre me estaba manipulando, ofreciéndome cosas y que tú te tienes que quedar con nosotros, que Dios te ha llamado aquí, etcétera, etcétera. Así que el Padre era el malo de la película, e incluso le envié una carta perdonándolo por haberme manipulado.

José Pablo no se lo consultó a nadie, lo decidió en el momento en el que nos encontramos. El Padre fue prudente al decirme lo siguiente: “Si no es tu vocación, aquí lo vas a descubrir y el estudio te va a quedar. Si estudias bien, también podrías ir a Italia”. Incluso después de contarle de la grave situación de mi casa, hizo a un lado su propuesta inicial y me dijo con cierta pena y empatía: “Conozco al embajador… puedes viajar a Italia, trabajar y ayudar a tu familia”. A decir verdad, no le puse atención a esto, pues mi prioridad era saber dónde quería Dios que me quedara. Cuando el Padre me acompañó a mi casa para conversar con mi madre, no la encontramos. Ahora que recuerdo, en el MVC a mí jamás me preguntaron ni siquiera de refilón por mi familia.

De modo que dejé al Padre y seguí en el MVC. No regresé durante casi dos meses con mi chica y en aquel tiempo —antes de regresar con ella— las cosas siguieron igual: esperé a que me dijeran que converse con un sacerdote sodálite o algún consagrado, o que pasara a algún grupo de discernimiento, y nada. Regresé con ella y decidí formarme para el matrimonio. Así que busqué material para estudiarlo y a ella busqué involucrarla en el MVC, pero no se sentía a gusto, de modo que se dedicó a la parroquia. Ella me llevó algunas veces a la casa que las Misioneras de la Caridad de la Madre Teresa de Calcuta tienen en La Parada. Con Óscar Alvarado fui varias veces al Hospital del Niño.

Lo que encontré fueron los folletos que editó VE [Vida y Espiritualidad] con la Conferencia Episcopal Peruana. El de Luis Fernando Figari se agotó. Aún así lo pude leer, al igual que el de Pedro Morandé, y lo que fue para mí como el descubrimiento del fuego por el tema de la fenomenología (que me acompaña hasta el día de hoy pero ésa es otra historia) fue el folleto de Alfredo García Quesada. Por decirlo de alguna manera, consideraban las cosas desde la cúspide de la estructura humana sin considerar la afectividad y sus reacciones, así como la sensualidad y la necesaria y posible reorientación de estas dos esferas de las que también se compone el hombre. A pesar de mi esfuerzo, considerando todo lo que un emevecista normalmente hacía, no pude evitar las reacciones. Más aún cuando lo único que había aprendido o recibido respecto al tema se reducía a “la guerra contra la lujuria la ganan los cobardes, los que huyen”. No me excuso, pero también estaba el desconcierto y el voluntarismo, el no saber qué hacer, pues sí nos queríamos, hubo amor entre nosotros (yo y mi enamorada) en todas sus dimensiones. Rezar más, leer más, más ejercicio…. Después de más de un año, pasó lo que no quería.

Luego de aquella primera experiencia busqué a VP. Su comentario al verme y escucharme sobre lo sucedido fue: “Tranquilo, mis hermanos le dan duro”. Si bien yo le tenía respeto a aquella agrupación mayor, lo que me dijo no redujo para nada mi turbación y sentimiento de culpa. José Pablo del Nogal, cuando se enteró, me dijo: “¡Ah, ya te la cachaste!” Me puso un ultimátum. “Si vuelve a pasar, la dejas”. Miguel Saravia no estaba de acuerdo con esto último, pero me dijo algo aún más perturbador: “Tienes que entender que las relaciones sexuales entre los no casados es una especie de masturbación de a dos”.

Fue en el año 1999 cuando se creó el Instituto Superior Pedagógico Nuestra Señora de la Reconciliación [bajo gestión del Sodalicio de Vida Cristiana]. Allí me encontraba, el mejor año de mi vida en cuánto al estudio, cuando José Pablo me planteó: “O la dejas, o te vas”. Para sorpresa de todos, me fui por primera vez de la agrupación. Pensé: “Otra vez no le voy a hacer caso”, creyendo también que iba a poder solo con un problema que no sabía como resolver. Y de repente ocurrió lo del embarazo.

A aquellos que me trataron con indiferencia o rencor, que me cerraron puertas y me juzgaron, empezando por mis hermanos de agrupación, que luego ante situaciones similares lograron evitar los embarazos, pues la prudencia tuvo forma de condones y pastillas, los seguí estimando y respetando.

Durante varios años pedí apoyo moral para casarme y se me decía que no. Muchas veces se me presentaba el siguiente dialogo con mi enamorada:

Ella: Tú me amas.

Yo: Yo te amo.

Ella: Y si me amas, ¿por qué no te casas conmigo?

Yo: Tú no entiendes….

Y se generaban los conflictos externos e internos.

Por ese entonces, el Centro Apostólico San Juan Apóstol alquiló después del año 2000 por segunda vez una casa en Balconcillo. Yo la cuidaba. Me lo permitió Roberto Gálvez, coordinador del Centro y el último animador de agrupación que tuve. Me instalé allí antes de la inauguración. La casa estaba sucia y ocupada con muebles viejos. En el último piso había un palomar. Aparte del polvo y del olor a excremento de palomas, creía yo que eran éstas las que hacían ruidos en la madrugada. Pero se trataba de una rata, que fue descubierta y matada por Homero Álvarez después de limpiar, pocos minutos después que Iván Torres me preguntara que cómo había pasado las noches y yo le hablara de los ruidos de las palomas en la madrugada. Algunas veces cortaron la luz eléctrica, una vez el agua y por varios días. Lo más incomodo fue cuando cambiaron la cerradura y no me avisaron, y estuve hasta muy tarde tratando de abrir la puerta para entrar a descansar.

En una oportunidad trajeron una botella de ácido muriático y la dejaron en el baño. Llegué en la noche y la vi, la cogí y pensé en matarme de una vez y acabar así con todo. Hacía tiempo que padecía de una depresión. Mi vida en ese tiempo era triste y no le veía salida. Me sentía mal, las culpas me pesaban demasiado, me creía un traidor, traidor al llamado que el Señor me había hecho y un fracasado. Ciro Beltrán, quien conversaba conmigo, me llegó a decir que yo padecía una especie de SIDA espiritual, porque mis defensas estaban bajas. Mis hermanos de agrupación me trataban mal, especialmente uno. El motivo era que yo ya tenía un hijo. Mi enamorada salió embarazada después de dos años de relación.

Tomé la botella de ácido y la abrí. Hacía poco Ciro Beltrán me había regalado un par de anteojos con lentes de resinas. Me acerqué al wáter y eché el ácido sobre los lentes. Al ver lo que ocurrió, me arrepentí de lo que pretendía hacer.

Por una discusión que tuvimos, Ciro ya percibía que yo estaba mal, y me envío a hablar con Santino Moreno. No sabía cómo contarle las cosas, pues yo mismo no consideraba la pena, la angustia, el dolor de años respecto también al Plan de Dios para mí. Y le conté de mi supuesta homosexualidad, enquistada por el temor de mi madre desde que tengo memoria y de la amenaza de mi novia, porque había salido embarazada otra vez y decía que iba a abortar, ya que no nos casábamos. Aun así, conversar con Santino me alejó de aquella idea del suicidio.

Al poco tiempo me fui, experimentando todo lo que implica haber participado durante años, añorando volver y lamentándome, pero quedarme en mi agrupación era ya insoportable para mí.

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Abusos, Catolicismo, Iglesia católica, movimiento de vida cristiana, sodalicio de vida cristiana, suicidio

[Migrante al paso] De chico, en el colegio, cuando los demás salones eran tan desconocidos como ahora lo son otros países, siempre existía esa rivalidad con los demás. En el fondo, era un tipo de admiración o reconocimiento hacia otra persona que te parecía cool. Después nos volvimos amigos cercanos. Siempre llevaba puesta una casaca por lo menos cuatro tallas más grande y una capucha que le tapaba la mitad de la cara. «Piraña» le pusimos de apodo. Ahora solo yo y unos cuantos le seguimos diciendo así. Nos hicimos amigos en un partidito de fútbol, después de clases. Lo invité a mi casa para jugar PlayStation y el resto son historias legendarias.

De niños, solo basta entretenimiento, buena comida y risas para conseguir un hermano de por vida. Él tenía estilo surfer y yo, pelotero, pero esas diferencias no importaban. Ya más grandes, él, siendo mucho más radical, se tiró de una rampa de skate de mínimo cuatro metros y cayó de codo. Yo no estaba, pero vi el video. Ahora la grabación ya se perdió en alguno de los celulares antiguos de nuestro grupo de amigos.

Se podía escuchar cómo se le reventaba el hueso, y él solo se levantaba y corría del dolor. Raro en él, porque tiene resistencia de camello o algo así. En fin, fue literalmente así: del codo solo quedaron astillas. La radiografía parecía una broma, el hueso había desaparecido. Estuvo en la clínica como tres meses o más. Le hicieron de todo. Tuvo un injerto de mexicano, peruano y un par de países más. Hasta le pegaron el codo al cuerpo. Su doctor parecía Frankenstein. Ahora, viéndolo después de varios años, me doy cuenta de que efectivamente, cuando le decíamos que en algún momento nos íbamos a reír, era verdad. Porque en ese momento no fue algo gracioso. Todos estábamos preocupados y, más que nadie, él mismo.

Hasta en esos momentos de malestar y bajón logramos sacar historias divertidas. Teníamos 22 o 23 años. Desde ese momento ha pasado demasiado y hemos aprendido demasiado. En ese momento no podría haber escrito al respecto con gracia.

Estábamos locos, en nuestras cabezas seguía sonando 19-2000 de Gorillaz mezclado con los Rolling Stones. Era inevitable que no nos sintiéramos como rockstars e intentábamos hacerle honor a nuestro autoproclamado título. Hemos podido terminar presos por lo que hicimos en la clínica. No se imaginen nada tan grave o muy fuerte. Solo travesuras de pequeños adultos que aún se sentían adolescentes. Igual, no me imagino nada más sano en un joven que tener la confianza de sentirse una estrella de rock.

Un par de veces entraron enfermeras porque olía a cigarro. «Nadie ha fumado acá», les decíamos. «Pero sí, cuando entramos también nos pareció oler en el pasillo». Apenas se iban del cuarto, explotábamos de risa. Fumar en una clínica… hay que estar locos. Felizmente había una ventana gigante. Molestaba a mi amigo diciéndole que no se vaya a tirar porque era tan piña que iba a sobrevivir. Siempre hemos tenido ese humor negro. Igual, es una persona incapaz de hacer algo así porque cree demasiado en la vida.

Francisco Tafur

Mi abuela y mi mamá siempre, desde chico, me han molestado con que escojo como amigos a los más locos, pero ellas también les agarraron un cariño tremendo. Aparte, yo también tengo un par de tuercas zafadas. Lo suficiente para mantener la vida divertida.

Lo más irresponsable que hicimos fue cuando me pidió que suba un poco la cantidad de anestesia que entraba y lo hice. No pensé en nada. Solo lo veía adolorido y pensé que no podía pasar nada. No pasó nada, pero manipulé algo que no entendía. Igual, fue un mate de risa. Creo que me pasé y le aumenté la dosis demasiado. Estaba demasiado feliz. Lo más cercano que he tenido fue después de una endoscopía, y no podía ni ponerme las zapatillas. Y lo único que había en mi cabeza era goce.

Todos los pacientes deben haber escuchado las carcajadas. Probablemente los contagiamos. En ese momento aún era aguda y mi risa era bien chistosa. Este tipo de momentos, de temas humanos, pensaría yo, te hacen aprender mucho y unir cabos.

Un gran amigo una vez me dijo: «Cada uno puede decidir cómo se siente». Salíamos del colegio y me dijo eso antes de comernos una Big Crunch de KFC que me estaba invitando. Algo raro también, porque era más mano dura. Pasé mucho tiempo pensando en lo que me dijo y lo aplicaba a todo. Se volvió casi un entrenamiento. Aprendí, en cierto modo, que si sonreía y lo veía todo con un poco de humor, la vida era más viable.

De hecho, esta semana le escribí porque se va a casar. A alguien que le tienes ese cariño, le escribes. Después de las felicitaciones le dije que ya estaba viejo y me respondió, como siempre, con un chiste: «Viejo, pero vigente».

Así es, no hay por qué sufrir. Al menos que sea algo de vida o muerte. No podemos tragedizar nuestras vidas. Al contrario, si es posible, atravesar el infierno con una sonrisa es lo mejor. Por lo menos para mí, quiero llegar a poder hacer eso. Morir sonriendo, tal vez. Es heroico. Lo que se piensa durante los insomnios.

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El congresista Carlos Anderson conversó con respecto a sus intenciones de llegar a la presidencia en 2026, los recientes cambios en el gabinete y los desaciertos cometidos por el Ejecutivo y Legislativo en los últimos años.

Comparó los recientes cambios en el gabinete con los que hacía en el exentrenador de la selección, Jorge Fossati, ¿pero ve posible que un profesional capacitado  esté interesado en formar parte de este gobierno?

Hay profesionales capacitados. No voy a decir que el señor Salardi, el ministro de Economía, no lo es un profesional capacitado u otros más. El problema es que para trabajar por un gobierno, en especial en el cargo de ministro, estás asumiendo pasivos con los que mínimamente tendrías que estar tranquilo de asumir. Por ejemplo, yo jamás me haría parte de un gobierno de esta naturaleza, incompetente y con actitudes autoritarias que persigue intereses particulares. Pero, además, en el Perú existe una fascinación por el fajín. Date cuenta la cantidad de ministros que han estado por una o dos semanas y luego en su currículum ponen exministro. Es un cargo que ha sido desvalorizado.

En ese contexto que describe, ¿podríamos decir que sí sería complicado que uno de esos cambios de ministros lleve a que un personaje idóneo llegue al cargo?

Por eso hice la comparación con Fossati. Ahí fuimos igualmente permisivos. Lo dejamos estar y hacer. Todos decidimos no hablar y al final tuvimos lo que era previsible, un equipo sin alma con jugadores caducos. Lo mismo tendríamos que haber hecho hace rato. La señora Boluarte tuvo la oportunidad histórica de ser la presidenta de la transición y pudo haber anunciado en enero del 2023 que habrían elecciones en 2024 y ahora estaríamos con un nuevo gobierno y un diferente nivel de aceptación y credibilidad. No tenemos nada de eso porque la señora se embelesó con el poder y se sometió a los designios de los intereses de los grupos del Congreso.

Siguiendo con su comparación, en el caso de mantener a Fossati el resultado fue que Perú esté casi sin chances de ir al próximo Mundial, ¿cuál va a ser la consecuencia para el país por haber mantenido a este gobierno en el poder?

Cinco años desperdiciados. La tragedia peruana comienza en 2013 de los fáciles que habían sido de 2002 a 2012 cuando los precios de los minerales estaban volando y todo el mundo era un genio porque la plata venía de todas partes. Habíamos creado la ilusión de un país que crecía y se modernizaba. Empezaron las dudas en 2013 y luego vino la pataleta de la señora Fujimori en 2016 seguido por una serie de gobiernos comprometidos con la corrupción y la ausencia de valores democráticos. Empezamos a ver lo peor de la casta política. En 2026 se  completa una década perdida. 

Ha señalado al ministro Santivañez como uno de los protegidos de Dina Boluarte, ¿qué cree que se esconde detrás de esta protección a un ministro que indudablemente está fallando en su trabajo?

Te digo una adagio muy común en el mundo de la banca de inversión, cuando no entendíamos algo decíamos que si no se podía entender era porque detrás hay razones de sexo o dinero. Aquí no creo que haya sexo, pero con seguridad hay temas de dinero y corrupción. Era evidente que, por ejemplo, el señor Otárola sabía, permitía y ocultaba la afición de la señora Boluarte por las joyas caras. Como la señora es de poca fortaleza emocional se aferra a aquellos que le dicen que está linda y es inteligente. Esos son Quero, Santivañez y, hasta hace pocos, Demartini. 

También se ha visto un Legislativo que, a diferencia de lo que ocurría con Pedro Castillo, ha mostrado una gran tolerancia ante los casos de corrupción que involucran a Dina Boluarte y su gobierno, ¿qué gana este Congreso con la presidenta que los lleva a tener esta actitud?

Primero que no tienen  un Ejecutivo que los enfrente y haga ver sus inconsistencias. El Comercio publicó que treinta y seis congresistas tienen  denuncias constitucionales y hay varios con carpetas fiscales. Hay un entendimiento de partes y no se fiscalizan mutuamente. Ahí están los beneficios mutuos. El Congreso nunca pudo censurar al ministro más censurable de los últimos años, como es el señor Demartini. Este congreso decidió que no, porque era amiguito de la señora Boluarte.

Ha manifestado su intención de ser candidato a la presidencia, ¿por qué emprenderá esta aventura política con el partido Perú Moderno?

En Perú, los partidos no existen desde una perspectiva ideológica. Casi todos son emprendimientos que se van forjando. Casi todos los que entran al poder luego desaparecen. Me uní a Perú Moderno por la conversación que tuve con Carlos Añaños. Vi que valía la pena encaminarse por este rumbo que, además, ha sido formado por una persona con una reputación limpia como Wilson Aragón. Me pareció que era una opción muy potente a la que yo podía agregar mis ideas. Yo no soy una figura nacional, pero tengo cierto reconocimiento y puedo caminar por las calles sin que nadie me insulte. También tengo una trayectoria profesional limpia, he sido banquero internacional y aquí en Perú he sido catedrático. Creo que tengo la experiencia en el sector público y privado. 

¿Va a ser más complicado encarar una candidatura cuando también se ha formado parte de un parlamento tan desprestigiado?

Por el contrario, a pesar de estar en un lugar donde es fácil hacer plata sucia mochando sueldo o gestionando intereses privados, a mí nadie me puede decir que usted está comprometido en tal cosa o ha defendido tal interés. Creo que estoy cumpliendo con el mandato que me dio la ciudadanía.

¿Cómo cree que será la contienda electoral del 2026? ¿Van a primar los extremismos?

Hay una narrativa y una circunstancia muy proclive al tema de los extremos. Porque ha quedado demostrado entre comillas que si eres un salvaje a la hora de hablar, como Javier Milei, tienes más impacto. Si hablas cincuenta mil lisuras y dices “zurdo de mierda”, entonces te va bien. Por otro lado, en las izquierdas ocurre con “maldito capitalista”. Yo tengo la esperanza que después de más de treinta años que el Perú ha desperdiciado una y otra vez oportunidades por caer en el juego de los extremos va a empezar a primar la razón y se va a elegir a gente honesta y capaz. Espero que la ciudadanía pueda apreciar eso y alcancemos el grado de madurez, porque ya tenemos doscientos años de ser un país adolescente.

¿El Perú necesita recuperar a los partidos históricos, como el PPC o el Apra, o la crisis actual debe llevar a priorizar una renovación?

Ellos son parte de un capítulo cerrado y fracasado que no debería repetirse. Ahora hay intentos por limpiar el pasado. Pero en el PPC no hay ningún Bedoya Reyes y en el Apra no hay ningún Haya de la Torre. No creo en esos partidos tradicionales. Por eso creo que tenemos que construir partidos que aprendan de esa historia triste de los partidos políticos en el Perú.

¿Debe preocuparnos que haya tanta gente dispuesta a votar por candidatos como Antauro Humala?

Lo que debe preocuparnos es que haya tanta gente que ha llegado a un nivel de hartazgo y desafección con la democracia que está dispuesta a tirarse al vacío, porque votar por alguien que promueve antivalores como Antauro Humala es tirarse al vacío como país. Evidentemente no hay esperanza y es un grupo de gente muy grande que expresa su rabia y frustración de esa manera.

Hoy el Perú vive una crisis de inseguridad y muchos atribuyen a los derechos humanos y distintos tratados las dificultades para combatirlo, ¿comparte estos pensamientos?

Definitivamente no. Me parece la explicación más absurda, populista y facilista que existe. Por eso decía que el cómico que dice que a todos los delincuentes hay que matarlos no te lleva a ninguna parte. La criminalidad es un tema de control e implica tener recursos. Cómo esperas que una policía como la nuestra pueda enfrentarse a una criminalidad que anda super organizada y equipada. Tenemos comisarias que son cementerios de autos y ni están conectadas a internet. Hay un montón de cosas que se hacen en el resto del mundo y aquí no ocurren ni de casualidad. No han escuchado el clamor ciudadano que dice que queremos un bien público llamado seguridad. Además, también hay un quiebre en el circuito de administración de justicia que va desde la policía a los fiscales y jueces. Hemos visto que la corrupción es el punto de conexión de todo esto. 

En una entrevista con El Comercio señaló que el accionar de Donald Trump en la presidencia de Estados Unidos estaba sirviendo de excusa para discursos contra el imperialismo, ¿considera que, más allá de dar lugar a estos discursos, le nuevo gobierno norteamericano puede ser un problema para la región?

Tenemos que mirar el tema Trump en el contexto de la política norteamericana y lo que ha pasado en Estados Unidos en los últimos diez años. Por un lado con lo que se conoce como el wokismo (progresismo) a extremos y la política de inmigración flexible del presidente Biden que ha generado una serie de problemas de carácter social y han hecho que se genere este caldo de cultivo de resentimiento del americano blanco, el cual ha sido muy utilizado por Trump. Hoy en día, él está actuando con un mandado muy firme con mayoría en las cámaras de diputados y senadores y mayoría de jueces conservadores además de gobernadores. Ahora, esa visión nacionalista norteamericana se opone a la política globalista en la que hemos estado envueltos en los últimos cuarenta años que es la más reciente ola de globalismo que ha tenido efecto sobre la estructura económica de Estados Unidos, el desplazamiento de todo lo que significa la industria manufacturera y el debilitamiento de los sindicatos que le han dado bandera a Trump para actuar de forma abiertamente antiglobalista, chauvinista e imperialista.

¿Cómo debe reaccionar Latinoamérica ante esta nueva postura de Estados Unidos?

En primer lugar, se tiene que empezar a entender que la geopolítica es un juego de intereses, no de amistades. Segundo, los cambios de la geopolítica tienen que ser enfrentados con algún tipo de visión. Tenemos que tener una política que permita priorizar los intereses latinoamericanos que deberían ser cerrar la brecha que nos separa del desarrollo. Para eso necesitamos inversión e infraestructura que nos la puede dar el mercado norteamericano y, por otro lado, también responder inteligentemente a los avances chinos de modo que no se vea como una sumisión ante los designios de expansión e influencia china. Es cierto que China está haciendo una serie de trabajos de infraestructura, que hubiera sido fantástico que también contara con inversión norteamericana, pero China lo hace de manera sistemática respondiendo a una visión estratégica que responde a los intereses de China. En América Latina necesitamos desarrollar una política común no de enfrentamiento sino de actuación frente a estas dos potencias que buscan tener la total hegemonía y ven el patio latinoamericano como una extensión de sus divergencias. 

¿Perú ha tenido una postura demasiado confiada ante la inversión de China?

Definitivamente. Aquí actuamos con extrema comodidad y pocas veces actuamos con mentalidad estratégica. No hemos cuestionado ningún tipo de inversión china y no hemos sabido utilizar el tratado de libre comercio Perú – China a diferencia de otros países, como Chile que ha logrado traer inversión extranjera con conocimiento y transferencia de tecnología. Nosotros simplemente hemos abierto la puerta para que los chinos vengan y compren todo. El propio puerto de Chancay es una inversión china que responde a sus intereses de acortar las distancias con respecto a su mercado. Creo que hemos sido un poco comodones y no hemos sabido fortalecer nuestra relación con Estados Unidos. Pensar que ellos iban a abandonar esta área de influencia ha sido un error. 

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Carlos Anderson, Congreso, Perú Moderno

[Música Maestro] “… y que conozca las palabras que jamás le voy a decir… y que no le importe mi ropa si total me voy a desvestir… para amarla, para amarla” es una de las líneas de ese ejercicio al piano clásico convertido en balada pop que escribiera Carlos Alberto García, el gran Charly, durante su época más pueril e inocente. Necesito se llama esta canción del álbum debut de Sui Generis, Vida (1972) y ofrece un brochazo de la primigenia genialidad del argentino, aquella libre del cinismo y los vicios de su posterior adultez. En esa viñeta que apenas supera los dos minutos de duración, el compositor se muestra vulnerable y anhelante de cariño, un joven rebelde, idealista, esmirriado y pelilargo capaz de abandonar todo por alguien “que cocine guisos de madre, postres de abuela y torres de caramelo”.

Esa clase de sensibilidad era moneda corriente en los artistas de antaño. En plena era del rock más efervescente, combativo y contracultural, había también jóvenes músicos capaces de escribir cosas como estas: “… todo el día lo paso usando una máscara de falsa valentía… tratando de que una sonrisa oculte mis lágrimas… pero cuando cae el sol tengo ese vacío de nuevo… cómo ruego a Dios que estés aquí…” Esos versos doloridos pertenecen a un exitazo radial de 1977. Es parte de una de las estrofas de Baby come back, primer y único single de otro álbum debut, el del cuarteto angloamericano Player. La canción, que hasta ahora forma parte de las programaciones de radios dedicadas al pop-rock en inglés, fue escrita a cuatro manos por los guitarristas y vocalistas Peter Beckett y J. C. Crowley, ambos de 30 años en ese momento.

Estos dos ejemplos de baladas llegaron a mi mente cuando pensaba en qué canciones deben haberse compartido o regalado entre muchachos y muchachas ayer, 14 de febrero, en el manoseado e hipersexualizado “Día del Amor y la Amistad”. Por supuesto, si no fueron las majaderías de algún reggaetonero o reggaetonera, probablemente hayan sido entonces las banales confesiones de Taylor Swift o afines, acerca de relaciones pasajeras y/o tóxicas. La crisis de la música popular contemporánea -que revisamos a detalle la semana pasada con relación a la fallida edición 67 de los Premios Grammy– también se expresa y de maneras extremadamente groseras, por cierto, en los géneros y subgéneros que usan el amor como insumo principal para sus letras.

Los Beatles -y, en especial, Paul McCartney- fueron excepcionales creadores de canciones de amor. Michelle (Rubber soul, 1965), Two of us (Let it be, 1970), All my loving (With The Beatles, 1963) o Here, there and everywhere (Revolver, 1966) son solo algunos ejemplos -aunque John Lennon y George Harrison también tienen las suyas, como I’ll be back (A hard day’s night, 1964) y Don’t let me down(single de 1969) en el primer caso, o Something (Abbey road, 1969) yI need you (Help!, 1965), en el segundo.

Mientras tanto sus eternos rivales, los Rolling Stones, tuvieron siempre un acercamiento oblicuo al tema del amor, para no perder su fama de “chicos malos”, aun cuando el dúo de Mick Jagger y Keith Richards sí mostró de vez en cuando su vocación sentimental, sin perder el filo, en temas como Memory motel (Black and blue, 1976), She’s a rainbow (Their satanic majesties request, 1967) o la ultra conocida Angie (Goat head soup, 1973).

En cuanto a las baladas en español, cuyo máximo florecimiento se produjo en un periodo de tiempo de casi cuarenta años, desde mediados de los sesenta hasta la primera década del siglo XXI, tuvieron como fuente inmediata de información a los grandes letristas del bolero -César Portillo de la Luz, Agustín Lara, Armando Manzanero y tantos otros- quienes, a su vez, se nutrieron de la poesía del Siglo de Oro español y terminaron extendiendo sus odas al lirismo y el melodrama con versos que hablaban de todas las situaciones románticas posibles.

Así, plumas como las de los españoles Juan Carlos Calderón, Manuel Alejandro o Rafael Pérez Botija impusieron ese estilo que combinaba frases profundas y emotivas con instrumentaciones grandiosas, capaces de conmover hasta al alma más fría e insensible.

El universo de baladistas que se formó en Hispanoamérica es extremadamente amplio, un conglomerado de hombres y mujeres de todas las nacionalidades de la región, quienes dejaron una huella imborrable en el imaginario colectivo de varias generaciones. Desde cantautores como José Luis Perales, Leo Dan, Julio Iglesias o Camilo Sesto hasta intérpretes como José José, Dyango, Nino Bravo, Emmanuel, José Luis Rodríguez “El Puma” o Raphael.

Entre las intérpretes más famosas podemos mencionar, por ejemplo, a las españolas Paloma San Basilio, Rocío Dúrcal, Rocío Jurado e Isabel Pantoja, el trío mexicano Pandora -canciones como Solo él y yo (LP Otra vez, 1986) y Cómo te va mi amor (LP Pandora, 1985) son verdaderos clásicos de los ochenta- o la chilena Myriam Hernández, una de las últimas cultoras serias de la canción romántica.

Pero hay toda una segunda y tercera línea de nombres que, a pesar de ser también muy famosos y haber grabado canciones que ninguna persona que haya crecido en esos años podría no reconocer, solo tienen presente los fieles radioescuchas de programas locales como La Hora del Lonchecito (La Inolvidable) o La música de tu vida (Felicidad): Mari Trini, Yuri, Lorenzo Santamaría, Sergio Faccheli, Lupita D’Alessio, Mirla Castellanos, Jorge Rigó, Carlos Mata, Basilio, Valeria Lynch, Amanda Miguel, Nelson Ned. Son tantos que no acabaríamos nunca.

La última gran generación de baladistas en español la podríamos trazar a partir de los años ochenta, con músicos como Franco de Vita o Ricardo Montaner que aun enarbolaban la bandera de la canción romántica. Todo eso funcionó más o menos bien hasta que la popularidad del rock en español -principalmente desde Argentina y España- y el pop adolescente desde México comenzaron a modificar los gustos de la juventud. Aun así, la aparición de discos de intérpretes nuevos como por ejemplo Luis Miguel, Cristian Castro, Alejandro Sanz, etc., se convirtieron en un vaso comunicante con aquel pasado dorado de la balada romántica en español, aunque ya con una vocación más abierta al cruce de estilos e intenciones para no aburrir ni alejarse de sus públicos objetivos.

Ejemplos típicos de ello son los CD de Ricky Martin A medio vivir(1995) y Vuelve (1998) que presentaban una combinación de composiciones sentimentales con esos temas fiesteros y super rentables, una tónica que siguieron otros astros del naciente latin-pop como Chayanne o Shakira. En cuanto a la mezcla de baladas con un sonido ligeramente más afilado o experimental podemos considerar las producciones noventeras del español Miguel Bosé -cuya carrera se había iniciado a mediados de los setenta, cuando la figura del “baladista” ya estaba plenamente consolidada- en las que intercalaba melodías suaves con influencias del pop-rock y la música electrónica.

En paralelo, tres géneros aportaron nuevas ideas de romanticismo, alternativas al bolero y la balada. Por un lado, la trova principalmente de Cuba, Argentina y España -y, en menor medida, en Chile y México, que comenzó a desarrollarse, en algunos casos, en circuitos subterráneos como universidades, clubes de lectura, movimientos políticos y sociales; ajenos a los estilos más difundidos en radio y televisión, se diferenció con versos extremadamente inspirados y poéticos, entrelazando la intensidad apasionada del enamoramiento con la reflexión filosófica y la identificación con luchas reivindicativas. Silvio Rodríguez, Joan Manuel Serrat, Fernando Ubiergo, son los nombres que representan mejor esta arista del romanticismo musical en español.

Por su parte, el rock en español y la salsa también tuvieron una serie de logros artísticos en el terreno amoroso. En el primer caso, los vínculos se daban con la trova –el influjo de rockeros poetas anglosajones como Bob Dylan, Tom Waits o Leonard Cohen tuvo mucho que ver en eso. Por otro lado, canciones como Cada vez que digo adiós (Enanitos Verdes, ídem, 1986), Temblando (Hombres G, Estamos locos… ¿o qué?, 1987), Me cuesta tanto olvidarte (Mecano, Entre el cielo y el suelo, 1986) o Trátame suavemente (Soda Stereo, ídem, 1984) son claras muestras de baladas firmadas por conjuntos pop-rock.

Santa Lucía (Miguel Ríos, Rocanrol bumerang, 1980) es el símbolo máximo de la balada rock en nuestro idioma. “Dame una cita, vamos al parque, entra en mi vida sin anunciarte” debe ser una de las líneas más repetidas por los adolescentes ochenteros.

En nuestro país, aunque los fenómenos de la nueva ola y el bolero cantinero produjeron infinidad de temas románticos, de amor y despecho, de ilusión y venganzas, en comparación hubo un limitado desarrollo de baladistas con cierto alcance nacional y regional, pero en general sin mayores posibilidades de proyectarse internacionalmente. Lo mismo ocurrió con el boom del pop-rock comercial, con canciones como Te necesito (Beto Danelli, LP De lado a lado, 1987), Todo estaba bien (Río, Dónde vamos a parar, 1988) o No sé nada de ti(Dudó, ídem, 1988) que sonaron ampliamente en radios nativas y que, a la distancia, ya no suenan tan mal.

En el caso de la escena afrolatina-caribeña-americana (Luis Delgado Aparicio, “Saravá”, dixít), si bien a mediados de los ochenta se produjo el auge de la “salsa sensual” -Eddie Santiago, Lalo Rodríguez, Hildemaro, Willie González, etc.- que solo volteaba baladas antiguas, ya en los años gloriosos de la salsa dura hubo canciones que lidiaban con la decepción amorosa, la melancolía o el desengaño, con conexiones directas al bolero y, en general, a la música cubana clásica.

Para nuestra generación -me refiero a todas aquellas personas que fuimos niños y adolescentes durante las décadas de los ochenta y noventa-, la conexión entre rock y romance fue una de las principales vías de identificación con este maravilloso y siempre cambiante estilo musical, hoy en crisis. ¿Quién no ha incluido en algún cassette, con intenciones de regalárselo a alguien especial, canciones como Hopelessly devoted to you (Olivia Newton John, banda sonora de Grease, 1978), Hard habit to break (Chicago, Chicago 17, 1984), She’s always a woman (Billy Joel, The stranger, 1977)?

¿Quién no ha escuchado Amanda, baladón del tercer LP de Boston, Third stage (1986) o Love hurts, un cover que los duros escoceses Nazareth incluyeron en su sexto álbum Hair of the dog (1975) -la versión original fue grabada en los sesenta por The Everly Brothers y Roy Orbison- o las baladas guitarreras como I’ll be there for you (Bon Jovi, New Jersey, 1988), I won’t forget you (Poison, Look what the cat dragged In, 1987) o Without you (Mötley Crüe, Dr. Feelgood, 1989), solo tres botones de muestra de ese subgénero denominado “power ballads” -baladas potentes o poderosas- que comenzó, según aseguran algunos estudiosos, con Lady, del quinteto norteamericano Styx, de su segundo álbum de 1973?

Podríamos seguir, por supuesto. Desde los Carpenters y Abba hasta Celine Dion y Bryan Adams, desde Nicola di Bari y Gabriela Ferri hasta Laura Pausini y Eros Ramazzotti. Desde Demis Roussos hasta Norah Jones. Desde Air Supply hasta Phil Collins, desde las tiernas palabras de José Luis Perales en El amor (ídem, 1979) hasta las escenas íntimas de De punta a punta, del cantautor salvadoreño Álvaro Torres (LP Tres, 1985), las antiguas canciones de amor, con sus melodramas corta-venas, sus instrumentaciones preciosistas y esos niveles de musicalidad que recogen y sintetizan -aunque no siempre con buenos resultados- todo lo que el cerebro humano originó, en términos musicales, desde las épocas del barroco, la ópera y el neoclasicismo durante siglos, superan por leguas al cancionero primario, homogéneo y simiesco al que están expuestos los jóvenes de hoy.

En cualquiera de los estilos mencionados o en otros, totalmente distintos –jazz, música criolla, bossa nova, blues, folklore andino, country, más allá de preferencias específicas, modas ocasionales o gustos desarrollados en la adultez –las masas de oyentes convencionales de radio y hasta actuales fans latinoamericanos de Stereolab, Joy Division, King Crimson, Opeth o Extreme Noise Terror escucharon, siendo niños o adolescentes, canciones como Noelia(Nino Bravo, Mi tierra, 1972), Love so right (Bee Gees, Children of the world, 1976), ejemplos de esta forma de mirar el tema del amor a través de canciones populares que contribuyó a nuestra formación emocional.

¿Qué clase de formación emocional se puede esperar de las cagarrutas sexualizadas y materialistas excretadas por Ozuna, Karol G o similares? Antes teníamos compositores cursis y engolados pero, por lo menos, activaban sentimientos humanos. Hoy, son creadores de bandas sonoras para sicarios, prostitutas, extorsionadores y proxenetasque reinan tanto en las calles como en edificios públicos como el Congreso de la República.

Para nadie es un secreto que vivimos una época de despersonalización absoluta -las redes sociales y su gratificante oferta de interacción fría e inmediata, a distancia y sin incómodos involucramientos emocionales; la inteligencia artificial y sus herramientas de hiperrealidades virtuales y metaversos- por lo que el amor y amistad, en la actualidad, solo soningredientes adicionales de odiosas campañas de marketing que, durante todo febrero, vendieron desde arreglos florales y pelucheshasta paquetes de fin de semana en un hotel o saunas/spa con final feliz incluido.

En esa línea, las composiciones que nos legaron artistas del pasado que tuvieron como enfoque central las ilusiones, alegrías y sufrimientos asociados al enamoramiento y sus consecuencias son genuinas y valiosísimas piezas de museo que, a pesar de estar enterradas bajo las toneladas de bosta generadas a diario por el reggaetón, el hip-hop y el latin-pop, difícilmente sucumbirán ante el desprestigio que sobre ellas tratan de imponer los gustos de las masas, cada vez más tolerantes al encanallamiento de las relaciones interpersonales. Parafraseando a Charly García en uno de los mejorestemas de Serú Girán: mientras miran las nuevas olas, esas cancionesya son parte del mar.  

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[Agenda País] Las elecciones presidenciales y parlamentarias del Ecuador que se realizaron el pasado 9 de febrero en su primera vuelta, arrojaron resultados sorpresivos que muy bien podrían aplicarse a las futuras elecciones en el Perú del 2026.

Con una diáspora de 16 candidatos, se esperaba que, en primera vuelta, el elector ecuatoriano dirigiera su voto por aquel candidato con el cual sentía una mayor identificación. Normalmente, el voto en la primera vuelta se caracteriza por su dispersión justamente porque se vota por la auténtica preferencia política y ya en segunda vuelta, la mayoría vota por el mal menor.

En la primera vuelta de las elecciones presidenciales del Perú en el 2021, Pedro Castillo salió victorioso con apenas 15.38% de los votos emitidos, seguido por Keiko Fujimori con 10.9%, Rafael Lopez-Aliaga con 9.55%, Hernando de Soto con 9.45%, Johnny Lescano con 7.37% y varios como Verónica Mendoza, Forsyth, Acuña y Urresti entre 4.6% y 6.4%. Es decir, un voto muy dividido.

En el Ecuador, los ciudadanos cambiaron su forma de votar. En vez de dirigir su voto a aquel candidato de su verdadera preferencia, optó por el voto estratégico dirigiéndose principalmente a dos candidatos : el actual presidente Daniel Noboa ( 44.16%) y la candidata del correísmo, Luisa Gonzales ( 43.99% ) configurando un empate técnico donde ambos candidatos agruparon más del 88% de los votos. Muy lejos quedó Leonidas Iza con poco más de 5% y luego Andrea Gonzales con un escaso 2.69%. 

¿Para qué votar por mi candidato en primera vuelta si no va a salir?, habrá reflexionado el elector ecuatoriano.

Esta característica también se reflejó en el voto parlamentario donde la asamblea está compuesta por 151 asambleístas, dejando al partido de gobierno con 66 escaños y a la oposición correísta con 67. Aunque ninguno obtuvo la mayoría absoluta de 76, ambos tendrán que coquetear con Leandro Iza que obtuvo 9 y/o el Partido Social Cristiano con 5 para obtener una mayoría para gobernar, y hasta probablemente aglutinar también, a las otras 3 agrupaciones que poseen 4 escaños.

El Perú se enfrenta en el 2026 a una elección presidencial con un potencial de 50 candidatos, 3 veces más de los que compitieron en las recientes elecciones ecuatorianas. ¿Se podría dar el mismo efecto del voto útil o voto estratégico?

Recordemos que en el Perú se pueden publicar encuestas hasta una semana antes de las elecciones y es muy posible, que, en el desarrollo de las mismas, veamos una dispersión del voto 3 o 4 meses antes de las elecciones y a medida que nos acerquemos al 12 de abril de 2026, ese mismo voto vaya dirigiéndose al candidato útil. Sí, aquel que puede representar mejor a la derecha conservadora, aquella que se erige como la líder de la izquierda y/o aquel que pueda encarnar el amplio espectro de la derecha liberal.

Aunque no vislumbro un escenario bipartidista como el ecuatoriano, es altamente posible que más del 80% de los votos se concentre en 3 o 4 candidatos y que de esta manera tengamos un parlamento con no más de 6 bancadas. Así, de 50 partidos políticos solo quedarían 6, salvo que hayan tenido la inteligencia y el desprendimiento de ir en alianzas electorales para evitar la defenestración de sus inscripciones como organizaciones políticas.

Esperemos que esta experiencia ecuatoriana haga reflexionar a nuestros dirigentes políticos y precandidatos presidenciales en la necesidad de formar consensos que lleven a alianzas electorales, no solamente para la elección presidencial sino también para la parlamentaria. 

Un escenario sin alianzas o lo que puede ser peor, alianzas para el voto presidencial y cada partido independiente para el voto parlamentario, sería un desastre para el futuro de nuestro país.

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Todas las encuestas revelan que la ciudadanía está buscando rostros nuevos en la escenografía electoral que se montará para la jornada del 2026.

Hay varios que cumplen ese perfil y otros que salen descalificados por ser ya “tradicionales”. Cartas jugadas son Keiko Fujimori, Rafael López Aliaga, Hernando de Soto, César Acuña, Guido Bellido, Aníbal Torres, Verónika Mendoza, Alfredo Barnechea, Martín Vizcarra, Francisco Sagasti. Será difícil que la ciudadanía que busca novedad recale su atención en ellos.

Rostros nuevos hay muchos. De la izquierda destaca Lucio Castro, actual secretario general del Sutep; también Virgilio Acuña, además de muchos desconocidos; de la centroderecha, Jorge Nieto, Carlos Espá, Carlos Álvarez, Phillip Butters, Rafael Belaunde, Carlos Neuhaus, Javier Gonzáles Olaechea, Pedro Guevara, Carlos Anderson, Wolfang Grozzo, entre muchos otros.

En la actual contienda electoral del Perú, la posibilidad de que un candidato nuevo dé la sorpresa no es una mera fantasía, sino una realidad plausible. El panorama político, marcado por la desilusión de un electorado desencantado con las promesas incumplidas de los tradicionales, abre un espacio fértil para propuestas frescas.

Como en el Perú de antaño, los ciclos de corrupción y desesperanza alimentan el fervor por la irrupción de un rostro nuevo que, con un discurso renovador, se erija como una esperanza en medio de la tormenta.

El nuevo candidato, sin las ataduras de los viejos poderes, puede aprovechar la vulnerabilidad de un sistema desgastado, pero debe hacerlo con agudeza. La lucha no es solo por conquistar el voto, sino por robarle la atención de los medios, ganarse la confianza de una ciudadanía que desconfía, y navegar entre las aguas turbulentas de un país profundamente dividido.

Este tipo de ascenso meteórico ha ocurrido en otras latitudes, y en el Perú, un pueblo que, en su historia, ha mostrado un apetito por lo insólito, no parece ajeno a tal sorpresa. Sin embargo, la travesía será ardua y no estará exenta de desafíos, pues la política, siempre cambiante, es un terreno que se reconfigura constantemente.

El poeta Roger Santivánez continúa, en Camarada bailarina. Memorias de una generación derrotada (2024) el camino iniciado en El sentido de la soledad. Memorias (2022), un camino de reconstrucción autobiográfica individual, pero que no descuida sus implicancias colectivas. Hay que recordar que Santiváñez atraviesa dos generaciones, la del 70, cuya práctica poética está imbricada con el activismo y la participación política y la del 80, en la que el poeta mantiene presencia en el debate social a través del grupo Kloaca, fundado por él y Mariela Dreyfus. Por esos años, los 70, grupos como Hora Zero –-al que Santiváñez perteneció– asumen la tarea poética y creativa como medio expresivo de sus críticas a la sociedad peruana de entonces y lo hacen a través de intervenciones que han dejado clara huella histórica a través de manifiestos y ese vitalismo exultante que impregnaron a la poesía, sacándola de los circuitos académicos para alcanzar otros ámbitos sociales.

Ese contexto es importante. La década del setenta está marcada por un gobierno militar que había iniciado en 1968 con el golpe de Velasco y se prolongaría hasta 1980, año del regreso a la democracia con el segundo gobierno de Fernando Belaunde. Año, también, del inicio de la actividad pública del grupo terrorista Sendero Luminoso y de una espiral de violencia de todos los actores involucrados en el conflicto, ola que azotó al país por más de una década. Sendero Luminoso quebró las reglas de la convivencia democrática y se propuso aniquilar a ese aparato que llamaban “estado burgués”. El Estado, si bien hizo uso de su legítimo derecho a defenderse, no fue ajeno a excesos absolutamente cuestionables, tanto como los cometidos por los propios terroristas.

Santivánez filtra estos años bajo una mirada singular. Desde su actividad como periodista, su rol como poeta y gestor cultural y sus vínculos con muchos protagonistas de estos turbulentos años, Santiváñez teje un relato en el que se imbrican lo privado (la subjetividad individual en una época convulsa, extremadamente tensa de nuestra historia) y lo público (el testimonio acerca de hechos y personas cuyas vidas se vieron envueltas de diversas maneras en el conflicto). Una advertencia del propio autor nos alerta en relación con la fiabilidad del relato, porque a veces la memoria nada en aguas ficticias y puede proyectar más deseos que verdades. Se agradece por supuesto esta aclaración, que invita a los lectores a compulsar libremente los hechos relatados. Dice Santiváñez: “En el proceso de este ejercicio de memoria, iba interrogando al pasado y –por supuesto– modificándolo eventualmente; percatándome de que –-a ratos– eran memorias de un pasado ficticio” (p.11).

De manera que durante la lectura es necesario cribar el relato, cernirlo, dejar en la malla el cascajo y permitir que el tramado más fino y verdadero quede en la retina. No puedo dudar, de ninguna manera, de la importancia testimonial de este libro, porque recordar con honestidad no puede ser nunca un acto banal. Sí puedo, en cambio ofrecer alguna observación. Por ejemplo, noto que el título ofrece más de lo que da, en el sentido de que, puestas en balanza, las apariciones de la “camarada bailarina”, la controvertida Maritza Garrido Lecca, son pocas y acaso eso explique que su carácter revelador se vea un tanto menoscabado. Los mejores momentos de este viaje memorioso se asocian más al testimonio del autor en sí mismo: su furor por la escritura de poesía, su incursión en el laberinto de las drogas y los horrores que le tocó expectar. Dejo para el final el subtítulo del libro, acertado, pero incompleto, porque el derrotado fue un país entero, derrota que hasta hoy nos pesa. Derrota no militar, sino una más profunda, una que hasta hoy pone en jaque nuestra viabilidad como país. Lectura necesaria la de este libro, como necesarios serán los acuerdos o desacuerdos que surjan después de agotar sus páginas.

Roger Santiváñez. Camarada bailarina. Memorias de una generación derrotada. Lima: Random House, 2024.

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