[Migrante al paso] Ya estamos un poco tarde, pero me pasé la semana pensando en resoluciones de año nuevo. Nunca lo he hecho. No sé si sirva. La mayoría de gente lo hace y no los cumplen. Hace unos días me preguntaron mi edad. Me había olvidado. Casi digo 31, luego pensé que tal vez tengo 33. Si ya llegó el momento en que no me acuerdo mi edad es porque estoy viejo. No puede ser. Viejo y sin plata encima. Endeudado y con dolor de rodilla. “Este viejo de mierda” hubiera pensado de niño. Cuando pensaba que a esta edad sería millonario y con una mansión en Kioto. Estaba un poco loco también, mejor dicho; estoy. El año pasado a simple vista no fue uno bueno. Pero alguien que nació con privilegios como yo tiene derecho a quejarse. La verdad es que sí, todos lo tienen.
Fue mi primer año después de mucho sin un psicoanalista y psiquiatra. Una de las mejores personas que he conocido que lamentablemente murió. Si fuera una película de humor negro mis traumas o depresión serían el culpable. De hecho bromeamos con eso en nuestras últimas sesiones y se mataba de risa. También, fue un año sin pastillas, ya nada de antidepresivos ni estabilizadores anímicos. Ya no los necesitaba. Apenas los dejé comencé a tomar riendas en mi vida. Ejercicio, lectura y escritura. He bajado casi 20 kilos, me faltan 10 aproximadamente. Viéndolo así no está tan mal. Igual, vale la pena recalcar que no se habla del peso de nadie, ni de cuánto come. Se pueden generar cosas terribles solo con un pequeño comentario. Pero bueno, en este caso estoy hablando del mío. Me tomaba entre 4 a 6 Red Bull al día, sumado a Coca-Colas, clonazepam y ya no sé qué tantas cosas más. No me gustaba cómo me sentía, ni cómo me veía. Ahora es todo lo contrario. He recuperado mi mentalidad de campeón y héroe infantil. A ese paso no iba a vivir mucho y es justamente eso lo que más quiero.
Quise ahorrar para pagar mis deudas. Este año tengo más. Pero bueno, estoy empezando un negocio y me irá bien. Confío demasiado en mi inteligencia y mi intuición no suele fallar. Como verán mi ego no se ha visto dañado por mis errores. Se malogró el baño de un departamento que tengo y tuve que vender mi carro para pagarlo. Mi inquilino o, mejor dicho, un okupa no me paga hace meses y recién esta semana se va por fin. Eso demuestra que ahora soy más calmado, ganas de ir y pegarle no me faltaron. En mis años viviendo en Buenos Aires me daba pánico todo, era más joven, pero más débil. Ahora los problemas son más grandes, sin embargo ya no me lo tomo tan mal. Así es la vida supongo y la mía no está tan mal. El punto no es compararse, pero como siempre me han dicho podría ser peor y en mi caso muchísimo peor tomando en cuenta lo que se vive en mi país.
Igual no crean que me siento iluminado, ni que soy un buda. Tal vez soy parecido por la panza, o era. Sigo levantándome de mal humor, a veces tengo ganas de insultar a todos y hay cierta gente con las que no puedo ocultar mi repudio; los miro como seres infectos. A los homofóbicos, a los de izquierda o derecha radical, a los que creen saber qué está bien y qué está mal solo por haber leído unos cuantos libros, a los racistas y discriminadores, a los machistas. A esos sí los veo como moscas. Pero como dice Nietzsche en Así habló Zaratustra, no es mi deber ser matamoscas.
Así soy, tengo mi lado bueno y mi lado maldito. La mayoría de gente que conozco me tiene en buena estima, a uno que otro le debo caer mal. Después de todo a veces puedo ser un poco pedante y si algo no me cuadra, probablemente no lo voy a dejar pasar. Y estoy feliz con eso, después de todo no confío en la gente que le cae bien a todo el mundo.
Ahora que lo pongo en palabras, mi año fue bastante bueno. El dinero no lo es todo. No viajé mucho, pero pude ir a ver a Oasis en Manchester y vivir una de las mejores experiencias de mi vida. La mayoría no puede viajar nunca y mucho menos hablar de que se fue a un concierto en una ciudad pequeña de Inglaterra. Soy privilegiado y bastante, por lo tanto, estoy agradecido y planeo usar lo que tengo para ayudar en la medida posible. El pequeño Niño héroe sigue ahí bien alimentado. Mi familia está bien, mi abuela de 92 años es más viva que la mayoría de gente de mi edad que conozco. Así que en verdad no tengo nada de qué quejarme. Si fuera religioso diría que estoy bendecido. Así que este año lo llenaré de aventuras, buenos momentos, más calma y, como siempre, no me callaré la boca cuando tenga algo que decir.







