Las primeras reacciones de diversos ministros del gabinete Flores-Aráoz permiten asegurar que el desencuentro entre el país indignado por la trapacería cometida al vacar a Vizcarra y el régimen, crecerá con el transcurso de los días.

Empezando por el Premier, Ántero Flores-Aráoz, quien declara sobre los manifestantes: “quiero comprender que algo les fastidia, pero no sé qué”. Más en detalle, asevera que “las marchas son un desfogue de todo lo que se han estado guardando por meses y por las situaciones internacionales que intentan copiar”. Imaginamos que también hace suyas las expresiones de la mentada Coordinadora Republicana, de la que el Premier es vicepresidente: “Cada hora que pasa crecen los indicios que agitadores foráneos están ingresando al Perú, con el objeto de desestabilizarlo”.

Más brutal, fiel a su estilo, el flamante titular de Educación Fernando D’Alessio acusa al Movadef de ser el promotor de la marcha. La ministra de Justicia, Delia Muñoz, arguye que “no es una protesta espontánea, hay una incentivación”. El normalmente ponderado ministro de Salud, Abel Salinas señala despectivamente que “hay personas que no saben por qué protestan”.

Como se ve, mucho olfato sociopolítico, este gabinete no tiene. Y la abusiva reacción policial desplegada contra los manifestantes es solo un botón de muestra de ello. Es, en verdad, un gabinete mostrenco el que Merino, desesperado, ha optado por convocar: ha terminado por diseñar un gabinete de ultraderecha, no siendo ese, siquiera, el ánimo de la coalición vacadora que lo llevó a Palacio (no es casual que ya algunos de los que votaron por la vacancia señalen que no le darán la confianza a este gabinete).

Por cuestiones de estilo ideológico (un énfasis considerado excesivo en el tema de la reactivación económica), este Congreso censuró al gabinete Cateriano. ¿Se va a tragar el sapo ahora de un gabinete como el de Flores-Aráoz, ya ni siquiera liberal sino abiertamente conservador, absolutamente divorciado, como se aprecia en sus reacciones a la legítima protesta ciudadana, de cualquier atisbo de sensibilidad política?

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Antero Flores-Aráoz, Martín Vizcarra

Las legítimas manifestaciones de protesta convocadas por colectivos estudiantiles y ciudadanos, indignados por la trapacería perpetrada por el Congreso al vacar arbitrariamente al presidente Vizcarra y sentar en Palacio de Gobierno al titular del Congreso Manuel Merino, pueden alterar el tablero político diseñado por los vacadores.

El Perú es desde hace tiempo una olla de presión. Las enormes inequidades sociales, sumadas al desastroso Estado que nos gobierna (es de horror la situación de hospitales, colegios y comisarías en el país), conducen a ello. La gente es tratada como ilegal en su propio país y simplemente ya no aguanta más.

Frente a esa situación explosiva, que ha sido exacerbada por el espectáculo nauseabundo de la corrupción sistémica de autoridades de todo pelaje, Vizcarra fungió de bálsamo, al identificársele como un líder provinciano, austero, decidido a la hora de cortar cabezas cuando fuera necesario, entre ellas la del propio Congreso, al que disolvió por su necia tarea de sabotaje gubernativo. El líder moqueguano mal que bien ayudó a bajar la temperatura.

Cuando al Congreso vacador no se le ocurre mejor idea que sacar de Palacio a Vizcarra, sin razones justificadas, ha destapado el caldero social y éste puede crecer y estallar con imprevisibles consecuencias.

La popularidad del Presidente Vizcarra y la trama de la informalidad eran factores que hacían difícil estimar que en el Perú se repitiese una protesta como la chilena, pero con un gobierno desaprobado como el de Merino y una situación económica en la que la informalidad ya no es el colchón que evita el desempleo, se construye un escenario altamente combustible que los irresponsables vacadores pueden hacer encendido.

La protesta ha empezado focalizada, pero está creciendo. La jornada de hoy es multitudinaria y todo hace prever que seguirá aumentando, atizada también por infelices declaraciones como las del flamante ministro de Educación Fernando D’Alessio acusando a los jóvenes de ser infiltrados del Movadef, revelando una miopía política que parece extensiva al conjunto de este Gabinete.

Si a la precariedad político legal con la que nace el Gabinete Flores Araóz, se le suma una calle crecientemente movilizada, su periodo de vigencia puede ser muy corto.

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La bonhomía de Antero Flores-Aráoz no le alcanza para soslayar que su perfil respecto de temas controversiales en el país puede no ser el más adecuado en estos momentos. Sus cuestionables posturas respecto de la Sunedu (reafirmadas hoy mismo en la mañana), sus vínculos con José Luna Gálvez, su relación con los sectores más recalcitrantes del conservadurismo nacional o su declarada indiferencia, por decirlo elegantemente, respecto del sentir popular o callejero, lo pueden conducir al desmadre.

Porque a estas alturas lo único que cabe esperar y exigir de este nuevo gobierno de transición es que retome las banderas planteadas por Vizcarra: manejar la pandemia, reactivar la economía y asegurar la convocatoria a elecciones generales en abril del próximo año, a lo que habría que agregar contener la explosiva ola delictiva. Y con ese talante tratar de recuperar visos de legitimidad popular.

Cualquier otra agenda es impertinente. No la permite el poco tiempo por delante ni la naturaleza de un régimen que nace en medio de sospechas de ilegitimidad por una vacancia arbitraria y dudosamente constitucional y que, además, adolece de una inmensa impopularidad.

Flores-Aráoz puede incendiar aún más la pradera si se empeña en salirse de esos parámetros y busca imprimirle su marca personal a su paso por el Premierato. Tiene flexible juego de cintura, demasiado quizás (por ejemplo, de ser feroz persecutor de Alan García pasó luego, sin rubor, a ser su ministro), pero ojalá lo emplee para torear las múltiples presiones que va a recibir de la coalición vacadora.

En términos de gestión pública, el panorama se alivia, además, si se considera que la administración de Vizcarra fue lamentable. Pésima en el manejo de la pandemia y mediocre en el proceso de reactivación económica. Y si a ello le sumamos la tierra de nadie en la que se ha convertido el país en materia de seguridad ciudadana, reaparece la inquietud de cómo un gobierno tan malo como el de Vizcarra pudo tener tan altos índices de popularidad.

Si Flores-Aráoz se limita a lo que en estricto sentido le corresponde puede ayudar a sobrellevar la crisis. Si se dedica a gestar iniciativas fuera de lugar o, lo que es peor, se allana a la agenda subalterna de los apuntaladores de Merino, la suya puede ser una gestión ya no solo desastrosa sino apocalíptica.

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Antero Flores-Aráoz

El Congreso traspuso la línea y se encargó de engrosar la historia nacional de la infamia, al haber aprobado arbitrariamente la vacancia del presidente Vizcarra.

No había razón alguna, ni legal ni política, que justificase semejante despropósito. Los delitos de los que se le acusa a Vizcarra son graves y verosímiles, pero no han sido probados penalmente y en tanto eso no ocurriese, el primer mandatario era inocente y su proceso judicial debía seguir su curso. Fuera de la incapacidad física o psíquica, la única otra razón por la que debería procederse a una vacancia presidencial es que al mandatario se le pruebe un delito fehacientemente: si hubiese aparecido, por ejemplo, un video de Vizcarra recibiendo una coima, pues no quedaba otro camino decente que no sea sacarlo a empellones del Palacio.

Pero tal como fue planteado el proceso era claramente una jugarreta política liderada por ciertas mafias empresariales y aventureros políticos quienes, aprovechando grises constitucionales, solo han buscado obtener beneficios con la vacancia, sea a través de impunidad judicial o despliegue de poder para su posterior disfrute. Ya lo veremos en los primeros pasos del nuevo gobierno.

El país atraviesa una tormenta perfecta de crisis simultáneas. Económica, por la profunda recesión derivada de la cuarentena obligatoria de la que aún no salimos plenamente; sanitaria, por la persistencia de un virus frente al cual aún no hay vacuna ni tratamiento eficaz; social, por el incremento espantoso de la delincuencia y la conflictividad regional; y política, por el desmadre ocasionado por la corrupción; a todo ello le sumamos ahora una crisis adicional, vacando al Presidente y generando una línea de sucesión mostrenca que llevará a un ambicioso expresidente del Congreso a sentarse en la plaza de Armas dispuesto a armar un gabinete de última hora, signado por una serie de transacciones menudas, y seguramente ansioso de populismo para remontar su ilegitimidad de origen. La pronta celebración del bicentenario debería habernos planteado la exigencia de estabilizar al país, no de arrojarlo a las fauces de la zozobra. Un Congreso surgido precisamente del colapso del establishment debiera haber fungido por ello como dique tranquilizador, no como un elemento incendiario sobre las brasas aun ardientes de la crisis precedente. Nuestra clase política nos demuestra una vez más, fatigando el cansancio, que nunca está a la altura de las circunstancias.

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Congreso, Crísis, Martín Vizcarra

Ojalá que al final del apretado conteo de votos -va a demorar algunos días en saberse el resultado final- pierda Donald Trump, el líder global de la derecha extrema de la que se ha convertido en estandarte el republicanismo norteamericano y que tantos congéneres reproduce en el mundo.

A pesar de que América Latina siempre la ha pasado mejor cuando han gobernado los republicanos y sea verdad que los conflictos bélicos suelen ser estimulados por quienes puertas hacia adentro son más liberales, como los demócratas, en esta coyuntura planetaria es mucho más que eso lo que está en juego.

El capitalismo corporativo, ese sistema en el que el mercado libre es una quimera y está pervertido por grupos de poder, es una amenaza mundial y un obstáculo al advenimiento de una auténtica sociedad liberal, en la que son la libre competencia y la igualdad de oportunidades las que signan el éxito o el fracaso de los agentes económicos.

Trump se ha convertido en el símbolo de ese capitalismo. Sus maneras chambonas, vulgares y denigrantes no son otra cosa que la mejor expresión de esa obscenidad capitalista que representa y a la que hay que combatir en todos los frentes.

La mayoría norteamericana es anti Trump no cabe duda. Si se votase como acá, ya podríamos asegurar que Joe Biden es el próximo presidente de los Estados Unidos, pero la endiablada trama electoral de la primera democracia del mundo, hace que aún se mantengan niveles de incertidumbre respecto del desenlace final.

Los admiradores del trumpismo en el Perú, al igual que su ícono gringo, se amparan en obsesiones antiglobalistas, vocación clasista y enjuagues clericales. No hay que perderlos de vista. Así como ocurrió con Trump, esa derecha prospera y crece cuando la sociedad confía en que su carácter rudimentario y obtuso hará que la ciudadanía se espante. En medio del descuido cívico, anidan y se reproducen. En el libramiento de esta campaña mundial contra la derecha bruta y achorada sería un hito importante una derrota en las urnas de su macho alfa.

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DBA, Donald Trump
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