Descontrol

Descontrol

En Japón, uno que otro señor mayor caminaba tranquilo mientras te miraba de reojo. Podía sentir lo que quizá pensaba: “este maldito extranjero”. Es algo conocido históricamente en Japón y actualmente no es poco común en generaciones mayores pensar mal de los foráneos. Pero no ocurren incidentes ni nada parecido.

[MIGRANTE AL PASO] Un año extraño. Cumplí 32 hace unos días. Pasé la mayoría del tiempo en Lima. Desde la pandemia no estaba tanto tiempo solo en mi ciudad. Siendo honesto, no me gusta tanto estar acá. Cuando venía de visita y vivía fuera, era distinto: todo se sentía mejor porque estaba con mi familia, mis amigos y mis perros. La ciudad se volvía una pausa, no una rutina. Ya sabía que este año no iba a haber muchos viajes y, por lo tanto, me quedé acá. Pude organizarme y crear ciertas rutinas que me ayudaron a mantener el orden y no perderme del todo, pero igual no me sentía a gusto. Todo es demasiado conocido. Hay pocas sorpresas en el día a día y, si es que hay alguna, suele ser negativa. Esa sensación de previsibilidad termina pesando más de lo que uno cree.

No es que los demás lugares sean mejores, sino que por lo menos son nuevos. La novedad cambia la forma en que uno tolera los problemas. Son cosas de las que no te puedes quejar así nomás, porque suenan a privilegio. Y lo son. Estoy privilegiado de poder viajar o de poder mudarme a otros países. La gran mayoría no puede hacerlo, y no porque no quiera, sino porque las cosas simplemente no funcionan como deberían funcionar. Un gran porcentaje de personas solo puede pensar en el día a día, en llegar a fin de mes, en sostener lo básico. Es totalmente injusto que las circunstancias cambien tanto de persona a persona sin que haya mérito o culpa de por medio. Igual todos tienen derecho a quejarse con amigos o a hablar de lo que les molesta, sin importar si son caprichos o problemas reales. Quejarse también es una forma de desahogo y de ordenar lo que uno siente.

Este año fue raro, como lo dije, pero no negativo. Al contrario. Creo que, por lo menos, he logrado poner una base para los años que vienen y para poder viajar más adelante con mayor libertad. Los últimos años, estando en distintos países y continentes, me di cuenta de que muchas cosas negativas se mantienen, vayas donde vayas. Problemas que están tan incrustados en el ser humano que se repiten en todos lados, a veces de forma más explícita y otras más sutil. Cambia el idioma, cambia el paisaje, cambia la comida, pero ciertas tensiones son universales y persistentes.

En Japón, uno que otro señor mayor caminaba tranquilo mientras te miraba de reojo. Podía sentir lo que quizá pensaba: “este maldito extranjero”. Es algo conocido históricamente en Japón y actualmente no es poco común en generaciones mayores pensar mal de los foráneos. Pero no ocurren incidentes ni nada parecido. Ni siquiera sé si realmente lo piensan, pero aun así, si lo hacen, no son agresivos con nadie ni atacan a nadie. Como sociedad, importa más cómo actúas que lo que piensas, así que el sistema funciona. Aparte, ¿quién no ha pensado cosas terribles alguna vez? También hay que decir que estoy hablando de uno de los lugares más civilizados del mundo y, aun así, hay rezagos de cosas negativas.

Actualmente, con la nueva primera ministra, están siendo bastante severos con los inmigrantes y, al igual que en muchas partes del mundo, esto puede volverse un problema serio. Históricamente, nada bueno viene después de una etapa de odio hacia diferentes grupos. Y ahora los discursos políticos más atractivos suelen ser ataques hacia la inmigración, a veces dirigidos a grupos específicos, lo cual es aún peor. Esta forma de pensar es contagiosa porque no hay nada más fácil que alentar el odio y echarle la culpa a otros. En ciertos contextos, las personas parecen marionetas repitiendo ideas ajenas sin cuestionarlas demasiado.

He estado en lugares donde hasta en el aeropuerto se colaban en la fila. En otros me robaron el celular. En otro tuve que pelearme. En varios intentaron estafarme. Algunos eran sucios, otros muy limpios. Y, aun así, en todos encontré historias increíbles, paisajes que parecían pintura y culturas alucinantes. Lo mismo sucede en Lima, pero es tan conocido para mí que dejó de entretenerme. La familiaridad le quita brillo incluso a lo valioso. Acá se puede respirar el odio y sus consecuencias, a veces de manera directa, a veces soterrada.

Desde los discursos políticos hasta las reacciones en la calle, todo parece estar cargado. Me ha pasado varias veces ver a la gente escalar conflictos demasiado rápido y por todos lados. Discusiones pequeñas que se convierten en algo desproporcionado. La gente está molesta y se entiende, pero eso demuestra que perder el control es muy fácil. A mí también me ha pasado, aunque en menor medida.

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