[MIGRANTE AL PASO] Recién me había trasladado de la Universidad de Lima a La Católica. Tenía 22 años. Como muchos a esa edad, comencé a leer novelas y ensayos existenciales. Desde Demian de Hermann Hesse hasta Así habló Zaratustra de Nietzsche. La rebeldía pura y sin causa, cuyo único fin era la rebeldía en sí misma, estaba a tope dentro de todo lo que hacía. Creía que volverme adulto era algo contra lo que tenía que luchar o generar resistencia. Pensaba que llenarme de responsabilidades y ocupaciones era excluyente con mi incesante intento de ser un espíritu libre por siempre. Así viví un poco más de una década; de hecho, hasta hace unos meses vivía con ese conflicto interno. Claramente, estaba equivocado y me sentía un poco mal, como si me hubiera demorado en crecer o como si recién hubiera superado el pensamiento adolescente a los 32. Estos fueron años que a simple vista parecen perdidos o malgastados, pero aprendí mucho. Estas lecturas existenciales me llevaron en una aventura en la que romper cascarones era el principal objetivo. Estos cascarones representan sentimientos reprimidos, aspectos de la realidad que no concebía, hasta pequeños conceptos que en muchos casos son necesarios de romper. Se podría decir que con cada ruptura de cascarón viene un aprendizaje nuevo y con ese aprendizaje viene el crecimiento y desarrollo personal para ser el adulto que quiero ser. Con el tiempo, también entendí que no todos los cascarones se rompen con fuerza; algunos se abren solos cuando uno deja de empujarlos.
Hace unas semanas, me enfrenté a un mundo problemático que resultó ser algo ligero y fácil de superar. Entendí muchas cosas, incluso me entró un bajón emocional leve comparado a otros que he tenido, pero no deja de ser un bajón. Felizmente, algo que aprendí en esos diez años, aparentemente desperdiciados, es que en esos momentos tienes que permitirte sentir y nada más que sentir lo que está sucediendo, sin intentar corregirlo de inmediato ni apurarte por salir de ahí. En lugar de taparlo con excesos, caos o solo dejarlo pasar. En mi caso, he estado fumando como un desquiciado, como si el mundo estuviera colapsando, cuando no es más que mi propia ilusión. Me sentía desanimado, intentaba distraerme, pero llegaban malas noticias de todos lados. El estrés acumulado del trabajo, sumado a guerras, masacres, abusos y muertes inocentes en distintas partes del mundo y de nuestro país, generaba una sensación constante de peso. Es fácil quedarse ciego y no encontrar una salida. Ahora que recién estoy recuperando el ímpetu de vivir al máximo, me di cuenta de que el cascarón ya se había roto, pero yo me mantenía ahí acurrucado, como si salir implicara perder algo en lugar de ganar perspectiva.

Soy una persona que está acostumbrada a ganar, pero también a crecer lento y en todo sentido. Cuando terminé el colegio no me había afeitado ni una sola vez, y medía 25 cm menos. Yo no entendía los problemas que mis amigos tenían. Para mí todo seguía siendo una travesura infantil. Y así seguí avanzando, tal vez un poco más lento que los demás, pero avanzando igual, a mi ritmo y con mis propias dudas. Esta última ruptura fue un poco sencilla, pero potente. Me di cuenta de que llega un punto en el que tú y solo tú puedes resolver lo que sea que te está fastidiando. Siempre puedes apoyarte en tus seres queridos y pedir ayuda, pero está mal imponerles expectativas a los demás. Todos somos diferentes; algunos, intentando ayudar, pueden cometer errores; otros pueden no saber cómo reaccionar a lo que te sucede, y eso no quiere decir que no te apoyen. Simplemente, a veces no se sabe cómo ayudar, y solo ver que alguien lo intente hacer ya debería ser algo invaluable. Incluso ese intento torpe puede ser una forma silenciosa de afecto.
Sentía una presión insoportable, pensando que tenía que cargar el mundo completo sobre mis hombros. Me di cuenta de que el mundo que percibo no es más que el reflejo de mi estado mental, que todo lo que me incomodaba realmente era solo yo, y contra todo lo que estaba luchando finalmente era contra mí mismo. Por eso me sentí solo, como si cada esfuerzo al final solo fuera un intento de ser yo, un yo incompleto. Hasta que encontré el lado divertido de no ser un absoluto que no cambia. Le agarré el gusto a la idea de jamás poder completarme, porque de lo contrario todo sería muy aburrido. Y en esa incompletitud también hay una forma de libertad, una que no necesita justificarse ni definirse del todo para seguir avanzando.







