Un adulto con miedos de niño

Un adulto con miedos de niño

Para alguien con esta fobia, tengo la mala suerte de no pasar desapercibido por mi anatomía: soy alto, grande y con voz gruesa. Intento seguir un consejo dado en una serie de fantasía medieval: Si vas a ser alto, actúa como alto.

[MIGRANTE AL PASO] La vida de adulto no es como uno pensaba. No somos como nos percibíamos de niños. No todos somos buenos, responsables y, mucho menos, tenemos las cosas resueltas. Ni qué decir sobre si sabemos qué hacer con nuestras vidas, en mi caso; avanzo, pero por un sendero serpenteante. Dudo que alguna vez sepa qué es lo que quiero realmente. Con las últimas noticias que vienen rondando desde el año pasado, está claro que la adultez está sobrevalorada y ha iniciado una etapa de “matar a tus ídolos”. Nietzsche estará feliz en el más allá. Junto con toda esta nueva etapa, también inicia una para mí y estoy atreviéndome a nuevas cosas. Más allá de mi emprendimiento y escritura.

Un amigo se presentaba en un show de stand up comedy, fue genial, pero, por alguna razón, siempre me agarran de punto. Me sucede desde niño y me di cuenta de que el pánico escénico es algo que mantengo ya grande. Para alguien con esta fobia, tengo la mala suerte de no pasar desapercibido por mi anatomía: soy alto, grande y con voz gruesa. Intento seguir un consejo dado en una serie de fantasía medieval: Si vas a ser alto, actúa como alto. La pasé genial, creo que la risa es cura para todo y no existe un mal momento para ella. Cada vez que me señalaban o me hacían participar me ponía como un tomate, nunca me he visto, pero, siempre que sucede me lo resaltan entre risas. Me parece admirable pararse frente a un público desconocido, expuesto totalmente, y con la duda de si se reirán de tus chistes. Creo que a los pocos minutos me estaría desmayando de la ansiedad. Lo que siento es parecido a las veces que me han tenido que sacar sangre; cierra el puño me dice el enfermero, pero la fuerza de mi cuerpo se desvanece de golpe. También, le tengo miedo a las agujas, soy bastante miedoso al parecer. Por lo menos, eso me da más oportunidades de ser valiente.


Recordé momentos antiguos. Todos los domingos salíamos a comer en familia y al parecer yo tenía 500 cumpleaños. Mis tíos, al conocer mi naturaleza rochosa, avisaban a los restaurantes de que mi santo era ese día. Una mentira para bromear. Me devoraba la comida hasta atragantarme, no tenía control y parecía un troglodita, mi capacidad para comer era infinita. A veces no habían puesto el plato en la mesa y yo ya estaba intentando picar algo con mi tenedor. Luego de cumplir mi mayor placer: alimentarme (algo que tampoco ha cambiado), una pasarela de meseras y meseros se aproximaba a la mesa. Yo ya sabía y aun así me sorprendía. Mientras me cantaban Happy Birthday en coro y me colocaban algún dulce sobrante con una vela yo pensaba: “estos desgraciados”. Ahora ya me doy cuenta de que es mejor celebrar mil inventos que no recibir celebración alguna.

En el colegio, era un problema para evaluarme. En los shows y presentaciones me quedaba paralizado, tanto que siempre hacía de árbol, piedra y hasta de piso. Mi mayor logro fue ser el hombre de hojalata en quinto grado de primaria. Ahí terminó mi carrera actoral. Hay que agradecerles a los padres, soplarte 2 horas de un show infantil debe ser una tortura peor que una ópera de Wagner mal cantada. En ese momento pensaba que lo disfrutaban, encima les cobraban, deberían pagarles. Peor aún mis padres, que tenían que estar horas y su hijo parado, de tronco, sin decir ni una sola palabra. Odiaba esos momentos.

Practicaba piano, mi hermano era mejor que yo, pero debí seguir. Siempre nos presentábamos en el colegio Markham, no sé por qué y nunca lo pregunté. Lo que recuerdo, aparte de su piscina profunda con un trampolín alto, es que era raro. Para empezar que usaban uniforme, para alguien de mi colegio eso era demasiado formal y anticuado; aparte, todos se veían iguales. Su auditorio era chico, por lo menos el de piano, no recuerdo bien el momento en que tocaba, recuerdo la reverencia, sentarme erguido y luego un vacío. Antes de pararme, el sudor de mis manos había dejado empapadas las teclas. Una vez, le tocaba a una chica después que a mí e hizo que lo limpien. Sentía que mi vida iba a terminar. Tal vez, en lo único en que no me afectaba el público era en karate, pero eso es porque me gusta pelear.

Ahora ya no soy tímido, pero si tengo una presentación, todo el tiempo previo se vuelve nefasto. Como si esperara la sentencia de un juicio o algo similar. Así mi adultez no ha sido muy distinta, tengo los mismos miedos que en mi infancia. Pero ahora me toca explorar de nuevo. Comenzaré mis clases de chino en unas semanas para ampliar la mente y perspectiva del mundo. También, haré caída libre con paracaídas para vencer mi miedo supremo, las alturas, y porque a veces es necesario sentir un poco de cercanía a la muerte para seguir avanzando, seguro mi abuela cuando lea el texto me dirá que estoy loco. Mentira, es más fácil morir cayéndote en la ducha que saltando de un avión. En fin, a seguir explorando y hacer locuras evitando que la vergüenza sea impedimento. Igual, a nadie le importa lo que haces.

 

Mas artículos del autor:

"Un adulto con miedos de niño"
"La oscuridad y las palabras"
"Un poco de trabajo"
x