Un relajo necesario

Un relajo necesario

Sentado mirando la nada me pareció escuchar unos ruidos extraños y carismáticos con subtítulos en mi cabeza: “¡Es peligroso ir solo! Toma esto”. Es lo que le dicen al personaje que uso cada vez que comenzará su aventura. El ahora mítico Link, de la saga de Zelda. Mi niño interior estaba llamando, pero demasiada estructura me hacía difícil escucharlo

[Migrante al paso] Trabajar. Me había olvidado lo bien que se siente llegar al fin de semana. Que sea viernes, después de un día productivo, comprarte una Coca-Cola helada, sentarte frente al televisor y prender tu PlayStation. Suena infantil, lo sé, pero créeme que ahora los viejos también pasan el rato y más en estas consolas mágicas. Una mezcla de nostalgia, nuevas aventuras y notar cuánto hemos mejorado desde que somos niños. Algo curioso ocurre cuando vuelves a jugar después de varios años: reconoces los mundos, los sonidos, los personajes, pero tú ya no eres exactamente el mismo. Aunque no crean, todos esos personajes, de todo tipo, me sirven como motivación para hacer ejercicio en las mañanas y trabajar. Por no mencionar todos los beneficios. Hay algo en esas historias de héroes que salen a recorrer mundos, enfrentar peligros y seguir avanzando que se queda contigo incluso cuando apagas la consola.

Hoy domingo estaba aburrido. Había pasado todo el fin de semana metido en mi casa. Ya le perdí el gusto a las fiestas y al alcohol, no creo que sea vejez porque apenas tengo 32 años. Va más por el lado del cansancio. Me pone tenso tener que socializar sin significado, no porque me parezca mal. Es por el hecho de que sean desconocidos. El 90% de lo que converso con mis amigos son tonterías, la diferencia es que con ellos me agrada hacerlo. Hay una tranquilidad en ese tipo de conversaciones que no exige nada, que simplemente fluye. A veces basta con sentarse, bromear un rato y dejar que el tiempo pase sin pensar demasiado en lo demás.

“Pancho, sale un súper smash con Jota y Joaco”, me llega un mensaje de WhatsApp. Es un juego especial que ha creado vínculos en casi todos los grupos de amigos que conozco, muchos de los que me leen lo entenderán. Dudé, incluso dije que no iba a poder. No estaba haciendo nada. Sentado mirando la nada me pareció escuchar unos ruidos extraños y carismáticos con subtítulos en mi cabeza: “¡Es peligroso ir solo! Toma esto”. Es lo que le dicen al personaje que uso cada vez que comenzará su aventura. El ahora mítico Link, de la saga de Zelda. Mi niño interior estaba llamando, pero demasiada estructura me hacía difícil escucharlo. A veces uno se llena de horarios, metas y pendientes hasta que ese niño queda enterrado bajo capas de responsabilidad. En este momento de calma dominical lo escuché.

Mientras jugábamos recordaba que por años en primaria regresábamos mis amigos y los de mi hermano, todos a mi casa. Nunca faltaba una pizza o un pollo a la brasa. Terminábamos de almorzar apurados contando travesuras escolares. Subíamos, nos acomodábamos en el cuarto, cada uno un control, alguien insertaba el casete pesado en el Nintendo 64 y el cubo negro se llenaba de colores. Nuestros ojos se iluminaban y jugábamos como si se tratara de un mundial. El mismo juego que estoy jugando hoy con otros amigos. Podíamos pasar todo el día ahí pegados. Solo nos podía desprender algo de comer o jugar fútbol. Es un juego con muchos personajes. En la versión que teníamos de niños solo se podían 8, ahora hay más de 50. En ese entonces cada nuevo personaje desbloqueado era casi una celebración. Es gracioso pensar en la relación de cada persona con su personaje. Es como si escogieran un alter ego. El mío siempre es Link, el héroe del tiempo. Es el clásico héroe que sale en una aventura y vuelve, en algunas de manera trágica, en otras cómicas. Un personaje silencioso que, sin decir mucho, siempre termina avanzando.

Ahorita que todos estamos rodeados de caos, el mundo de cabeza, no se puede entender bien qué pasa ni se puede confiar en nadie. Todos los ídolos cayendo de a pocos y los símbolos o pilares de inspiración se van derrumbando. En mi caso, crecí viendo a Messi, sin embargo, regalé la camiseta que tenía. Simplemente hay cosas que son intolerables. Dentro de toda esta amalgama, darse un espacio para relajarse, tomar perspectiva de que el mundo no se está acabando, espero, y poder respirar. A veces ese espacio aparece en lugares simples: una tarde tranquila, una conversación sin importancia o un videojuego que te devuelve por un rato a una versión más liviana de ti mismo.

Por más que sea un mundo tembloroso e inestable, no deja de ser nuestro mundo y al jugar videojuegos también aprendes que las aventuras se encuentran afuera. Desde a la vuelta de la esquina hasta un país a miles de kilómetros. No importa que el mundo parezca cada vez más pequeño o simplemente dé la apariencia de que hay menos cosas en él. Aún hay mucho que descubrir y que vale la pena explorar. Y, a veces, basta una partida con amigos para recordarlo.

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