[Música Maestro] Bruce Springsteen tiene actualmente 76 años. Como muchos otros rockeros de su generación, el cantante, compositor y guitarrista sigue activo, ofreciendo conciertos que, en los casos más conservadores, superan las dos horas de duración.
Y si bien es cierto existe un sector nada desdeñable del público y la crítica especializada que, muchas veces por puro esnobismo, pretenden decir que esta clase de músicos ya fueron, que por su edad deberían dedicarse a cuidar a sus nietos (si los tienen), a nadie, ni siquiera a los más detractores, se le ocurriría calificarlo de fiasco, destalentado, inconsecuente con sus ideas o fracasado, como si fuera alguien que “nunca hizo nada”.
A nadie menos a Donald Trump quien, públicamente, despotricó hace unos meses contra “El Jefe” -apelativo que identifica a Mr. Springsteen desde hace décadas- después de enterarse que, en sus recitales, el intérprete de clásicos del rock de carreteras estadounidenses como Born to run (ídem, 1975), Badlands (Darkness on the edge of town, 1978), Hungry heart (The river, 1980) o Glory days (Born in the U.S.A., 1984) no perdía ocasión para expresarse políticamente frente a las fieles multitudes que lo siguen.
A través de reels de Instagram lo hemos escuchado y visto, siempre con su Fender Telecaster a la espalda, alzando la voz frente a los ditirambos ejecutivos, las declaraciones mediáticas y las decisiones gubernamentales del segundo periodo trumpista, en pleno ejercicio de sus derechos como cualquier ciudadano, protegidos por la constitución de su país.
La reacción de Bruce Springsteen
Recuerdo que hace unos meses, esa veleta ideológica llamada Jaime Bayly, que suele llenar la Feria del Libro de Lima con sus libros repetitivos y aburridos, mencionó en su canal de YouTube la agresión verbal de Trump hacia Springsteen, criticándola aunque no con mucha firmeza, fiel a su estilo, para no chocar del todo con ese personaje poderoso a quien hoy bate palmas por la invasión a Venezuela, las amenazas a Groenlandia e Irán y el genocidio en Gaza.
Y también resaltó, si la memoria no me falla, que el rockero, demostrando altura, no contestó nunca de manera directa, persistiendo en sus manifestaciones públicas durante sus concurridos conciertos. Después de todo, su prestigio y su llegada a las masas no se empañarán nunca por los dichos en Fox News de un político poderoso, sea quien sea.
Pero lo ocurrido en el último mes con los injustos asesinatos abusivos de Renée Good y Alex Pratti, a balazos disparados por los agentes del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas Enforcement (o como todos conocemos, ICE, por sus siglas en inglés) sí hicieron reaccionar a Bruce Springsteen. Y esa reacción tuvo forma de canción, una potente canción de casi cinco minutos titulada Streets of Minneapolis, ciudad en la que ocurrieron estos crímenes que la oficialidad niega con descaro. “El Jefe” lidera la protesta, es hora de que más estrellas de la música popular norteamericana se unan a esta cruzada política desde el arte.
Si bien es cierto estas canciones -como las marchas, como las páginas de firmas online- no detendrán por sí solas, sin acciones políticas concretas, estos desmanes en Estados Unidos ni en ningún otro lado, en estos tiempos indiferentes tiene mucho valor que un consolidado artista que se acerca a los ochenta años demuestre valentía y se ponga en la línea de fuego, aunque sea simbólicamente, cuando podría estar muy tranquilo, como tantos otros, como si nada irregular estuviera pasando. O peor, apoyando el caos, la vulgaridad, la impunidad.
Un símbolo de la cultura pop norteamericana
En Perú, (casi) todos identifican a Bruce Springsteen como un artista representativo de los años ochenta. La primera canción que muchos peruanos escuchamos de este músico nacido en New Jersey en 1949 fue Dancing in the dark, acompañada de un icónico video de la era MTV en el que veíamos a un joven en jeans y camisa blanca remangada en concierto, en un estadio lleno, haciendo subir al escenario a una adolescente de pelo corto para bailar con ella, que resultó ser la actriz Courteney Cox, entonces de solo 20 años, mundialmente conocida décadas después por interpretar a la compulsiva Monica en la serie Friends.
La canción, hasta ahora vigente en las programaciones de radios locales dedicadas a la música del recuerdo, fue el single principal de su álbum Born in the U.S.A. (1984), con una carátula en que el cantante aparecía de espaldas, con el mismo atuendo del mencionado videoclip y de fondo los colores de la bandera norteamericana, toda una declaración de principios como entenderíamos más adelante. En ese entonces, para el público del Perú -estábamos sin saberlo por ingresar al oscuro periodo de crisis del primer alanato- solo era una manifestación más de la cultura pop gringa, con poca carga política y lejos de ser un fenómeno de masas, pasaba como cualquier otra canción de la radio.
Sin embargo, en los Estados Unidos, para cuando esta canción y LP salieron al mercado estadounidense, Bruce Springsteen era ya una leyenda viva del rock mundial. A sus 36 años, el cantante y guitarrista era todo un veterano de las giras y los discos con mensajes emocionales que transmitía no solo a través de sus letras sencillas y poéticas, dirigidas a las clases trabajadoras y al hombre común, sino por su sonido anclado en esa tradición que inició Bob Dylan con temas como Like a rolling stone (Highway 61 revisited, 1965) o Absolutely Sweet Marie (Blonde on blonde, 1966) -guitarras electroacústicas, órganos Hammond-B3, armónicas- y acrecentado por la potencia escénica e instrumental de The E Street Band, con la que venía lanzando álbumes desde 1972. El exitoso Born in the U.S.A. era el séptimo.
Cincuenta años en la ruta
Con álbumes como Greetings from Asbury Park, N.J. (1972), The wild, the innocent & The E Street shuffle (1973), Born to run (1975) y Darkness on the edge of town (1978), Bruce Springsteen se consolidó como fenómeno de masas, tras varios años de carrera musical subterránea en el circuito de clubes de New Jersey -la famosa escena del “sonido Jersey Shore”- y New York, liderando varias bandas de boogie-rock, soul guitarrero y rock and roll -la más notable fue Southside Johnny and the Asbury Jukes-, junto a su gran amigo y cómplice Steven Van Zandt -más adelante conocido en la escena del rock norteamericano como Little Steven-, guitarrista, productor y compositor que se convertiría en su brazo derecho.
Para ese entonces, ya lo llamaban “The Boss” (“El Jefe”, en castellano), porque al final de cada tocada él se encargaba de repartir lo recibido entre sus compañeros, un colectivo de amigos que en 1974 adoptó el nombre The E Street, la calle donde estaba la casa que les servía de sala de ensayos, propiedad de los padres de David Sancious, uno de los tecladistas originales del grupo.
Para fines de los años setenta, la formación más o menos estable de The E Street Band la integraban Bruce Springsteen (voz, guitarra), Steven Van Zandt (guitarras, coros), Garry Tallent (bajo), Clarence Clemons (saxo, percusiones, coros), David Sancious (teclados), Roy Bittan (piano), Danny Federici (teclados), y Max Weinberg (batería). En la década siguiente se incorporaron su esposa Patty Scialfa (guitarra, voz) y Nils Lofgren, virtuoso guitarrista que había formado parte de The Crazy Horse, la banda de Neil Young.
El megaéxito de algunas de sus producciones ochenteras, como el intimista Nebraska (1982), el mencionado Born in the U.S.A. (1984) o Tunnel of love (1987), convirtieron a Springsteen en una presencia incuestionable en el panorama del pop-rock norteamericano. Su participación en el single benéfico We are the world (1985) del colectivo USA for Africa fue una de las estelares, con un recordado segmento a dúo en la coda final, combinando su rugosa voz con la limpieza vocal de Stevie Wonder, otra de las legendarias figuras que grabaron ese histórico tema.
Las siguientes décadas, Bruce Springsteen fue “desapareciendo” de los rankings, a pesar de que su agenda de conciertos con y sin The E Street Band se mantuvo apretada y vigente, con multitudinarias giras por todo el mundo y ocasionales éxitos en las radios convencionales, como el tema Human touch (1992) o la canción central de la película Philadelphia (Johnatan Demme, 1993), protagonizada por Tom Hanks y Denzel Washington que causó más de una controversia pues fue una de las primeras en Hollywood en abordar la problemática del SIDA en contextos profesionales y desde la perspectiva de una enfermedad que aun era asociada únicamente a la homosexualidad.
Su composición, sensible y oscura -en la que se encarga de todos los instrumentos- le valió a Springsteen un Oscar en la categoría Mejor Canción Original y cuatro Premios Grammy. Durante el siglo XXI, siguieron los conciertos y los álbumes, así como su activismo político respaldando las campañas de Barack Obama, Hillary Clinton, Joe Biden y Kamal Harris. Los discos de Springsteen, aun cuando no fueran masivamente conocidos, tenían siempre algo qué decir sobre la situación sociopolítica de su país, convirtiéndose para su público en la voz de la conciencia y orgullo norteamericano, como lo son también Bob Dylan, Tom Petty o Neil Young.
Streets of Minneapolis
Como él mismo anunció, compuso la canción el mismo día que se produjo el asesinato de Alex Fratti (37), el 24 de enero, una reacción a esta noticia que estremeció no solo al estado de Minnesota sino a Estados Unidos y, pocas horas después, a todas las personas de bien del mundo. En la letra, que Springsteen entona con los dientes apretados, se enfrenta con nombre propio a Donald Trump, el ICE y dos de los principales funcionarios de la oficina federal de seguridad de Estados Unidos, Stephen Miller y Kristi Noem, calificándolos de “sucios mentirosos”.
El sonido de Streets of Minneapolis es contundente y emocional, con rotundas líneas de Hammond y voces femeninas en los coros, en clave gospel, a manera de uno de esos himnos libertarios del Springsteen más clásico. La grabó el 27 de enero y se lanzó al día siguiente, con un videoclip grabado íntegramente en blanco y negro, recopilando las principales imágenes en foto y video de la cobertura de ambos asesinatos -el de Renée Good, también de 37 años, se había producido tres semanas antes, el 7 de enero- e incluyendo la letra en subtítulos con tipografía grande, para facilitar la comprensión de sus indignados versos.
En su primera semana al aire, Streets of Minneapolis alcanzó más de seis millones de vistas en el canal de YouTube del artista y dos días después, el 30 de enero, la estrenó en vivo en el concierto Defend Minnesota, un recital benéfico organizado por Tom Morello, guitarrista de Rage Against The Machine y Audioslave. La taquilla del show fue íntegra a las familias de Fratti y Good. En el concierto, donde también tocaron la banda punk Rise Against y el legendario guitarrista de jazz-rock Al di Meola, “El Jefe” apareció como invitado sorpresa e interpretó, además de su nueva canción, el clásico Power to the people (1971) de John Lennon y uno de sus propios temas, The ghost of Tom Joad (1995) que Morello grabara con RATM en dos ocasiones, en 1997 como single y en el 2000 para su álbum de covers, Renegades.
Streets of Minneapolis -título que hace referencia a Streets of Philadelphia de 1994- no es la única canción motivada por los asesinatos de enero. El cantautor británico de folk Billy Bragg también reaccionó con una composición titulada City of heroes; mientras que la reconocida cantautora de country-rock Lucinda Williams hizo lo propio con World’s gone wrong, tema-título de su décimo séptima producción discográfica. Todas estas canciones traen a la memoria el activismo musical del canadiense Neil Young, quien apenas se enteró a través de las noticias de la represión a estudiantes en la universidad de Kent, compuso un tema que se convirtió en clásico de Crosby Stills Nash & Young, Ohio (LP So far, 1974).
¿Una canción puede cambiar al mundo?
La verdad duele, pero no ofende. Y la respuesta es no. Lamentablemente, el efecto de una canción con millones de vistas en el YouTube tiene, como el de las marchas pacíficas y los banderazos en plazas y avenidas, para hacer retroceder a los corruptos con poder, es nulo. Su valor reside en que son testimonio voluntario de personas cuya ética les impide quedarse callados ante lo que viene ocurriendo, más allá de que los reaccionarios de siempre traten de desmerecer ello con su indiferencia o con críticas vacías, carentes de fundamento.
Bruce Springsteen ha decidido tomar posición frente a una situación que afecta directamente a su país. No será un acto heroico, pero sí implica un riesgo directo para su figura pública e inclusive su integridad personal. Eso queda claro cuando vemos la reacción de Mr. Trump tras los valientes comentarios del comediante Trevor Noah, de origen sudafricano y poseedor de una historia personal muy triste e inspiradora, durante la última ceremonia de entrega de los Premios Grammy, marcada por esta clase de expresiones.
Hasta Bad Bunny, representante máximo de la degradación de la industria musical, se ha puesto del lado correcto de la historia. Lamentablemente, el discurso que dio el portorriqueño en esa misma ceremonia no tuvo ni el peso ni la convicción que sí tuvieron las palabras del presentador. Sin embargo, alias “Conejo Malo” siguió haciendo lo correcto el último domingo, en su participación en el tradicional concierto de medio tiempo del Super Bowl.
Aunque el ruido y la actitud de Benito Antonio Martínez Ocasio no representan la vasta riqueza musical que, desde Desi Arnaz hasta Gloria Estefan, desde Ernesto Lecuona hasta Rubén Blades, la cultura latina ha aportado no solo a los Estados Unidos sino al mundo entero, el despliegue simbólico realizado por el reggaetonero ante más de 70,000 espectadores en el Levi’s Stadium de California -tradiciones, salsa de El Gran Combo, el apoyo de otras figuras masivas como Ricky Maretin o Lady Gaga-, y visto por una audiencia global televisiva superior a los 140 millones de espectadores va a ser difícil de ser pasado por alto en los días que vienen.
Sería genial, como me comentó esta semana una persona de mi entorno más cercano, que a partir de estos pequeños atisbos de reacción desde ámbitos artísticos se generara una cruzada de la magnitud que tuvo We are the world en 1985 y seamos capaces de ver, dentro de poco, a medio centenar de los músicos más famosos, desde figuras legendarias como Bruce Springsteen hasta los nombres más mentados del pop-rock actual cantando a pulmón partido Streets of Minneapolis o cualquier otra canción que sea escrita especialmente para la ocasión.
Desafortunadamente, vivimos en un mundo mucho más degradado que el de hace cuarenta años y, como podemos comprobar diariamente, hay cada vez menos personajes públicos en quienes confiar. No sería extraño que, así como pasó con Mick Jagger o Aretha Franklin, entusiastas participantes de las fiestecitas viciosas de Jeffrey Epstein o Puff Daddy, nos enteremos de que respetados artistas frecuentaban también esos sórdidos círculos cuando nadie los veía.
Por otro lado, como también pasa en las discusiones menores que tenemos en sobremesas y grupos de WhatsApp, hay enormes masas de gente común y corriente dispuesta a defender a los criminales que hoy gobiernan nuestros países y es más difícil lograr consensos y causas comunes incluso sobre temas que, en una situación normal, solo podrían generar indignación como los tráficos de influencias, los negociados con dineros públicos, la explotación sexual, entre otros.







