Sobre Puerto Rico y “lo latino”

Sobre Puerto Rico y “lo latino”

“Pero esto no se trata de criticar “los gustos de los jóvenes”, una visión unidimensional y chata del problema. Se trata de comprender que, así como hoy tenemos 36 candidatos al sillón presidencial y así como una gavilla de pederastas controla las redes sociales del mundo, también los gustos populares están atravesados por esa pobreza apreciativa que le da preeminencia masiva y primeros lugares en los rankings de ventas a opciones que están claramente por debajo, en términos de interpretación musical, de todo lo que se ha hecho en Latinoamérica durante los pasados 80 años...”

[Música Maestro] ¿Por qué Bad Bunny no representa «lo latino»?

Porque «lo latino» es mucho más que eso. Y es mucho más de lo que las dos últimas generaciones de latinos piensan y sienten respecto de sí mismos. Más allá de discusiones sobre opiniones y/o gustos musicales, siempre infructuosas, es necesario entender que actualmente lo que el mundo globalizado e hiper conectado conceptualiza como «latino» es una combinación de un 20% de cuestiones auténticas -idiosincrasias, tradiciones familiares, símbolos artísticos/culturales- y un 80% (acaso más) de manipulación y alteración de esos componentes para facilitar el consumo masivo en latitudes ajenas a las nuestras a través de la masificación de estereotipos. Y eso aplica también, de manera más específica, a los portorriqueños.

Hace algunos años, en familia, participamos de un tour por Tierra Santa, con una de las primeras paradas en Egipto. El paquete incluía una cena informal tras la visita a las fantásticas pirámides de Giza. El grupo tenía alrededor de veinte personas y nosotros éramos los únicos latinoamericanos. Sabedor de ello y sin decírselo a nadie, el guía hizo arreglos con el restaurante para que nos recibieran con una melodía representativa de nuestro continente como detalle especial por haber llegado desde tan lejos. A más de doce mil kilómetros de Lima, al administrador del local no se le ocurrió otra cosa que poner, a todo volumen, el hit del momento: Despacito, del portorriqueño Luis Fonsi.

Todos los integrantes del grupo, en su mayoría angloparlantes de la tercera edad, se emocionaron al escuchar el golpeteo monótono de ese reggaetón de moda y nos miraban, haciéndonos gestos para que bailáramos -porque asumían, seguramente, que lo haríamos perfectamente bien-, mientras que nosotros, los supuestamente agasajados, comentábamos entre risas y en el castellano que nadie más podía entender: “¿hemos hecho este viaje tan largo y agotador para escuchar esta vaina que no soportamos ni en casa?” Por supuesto que el periplo valió la pena por las inolvidables maravillas que conocimos, pero hubiera sido mucho mejor ser recibidos con una salsa de El Gran Combo o una peruanísima marinera norteña. Era mucho pedir.

La percepción de lo latino y sus cambios

La pequeña anécdota familiar que acabo de contar -que aun nos hace reír al recordarla en sobremesas- puede ser leída de dos formas. Una ligera, superficial, que se apura en resaltar el impacto cultural, la fama y lo lejos que ha llegado el reggaetón, asumiéndolo como un valor en sí mismo –“¡manya… Despacito en El Cairo, Luis Fonsi es un crack!”, un signo de los tiempos.

La otra mirada va un poco más allá para comprender que el éxito innegable de esa canción y lo que representa es resultado del reduccionismo de lo latino -hablando solo de la industria cultural y de entretenimiento, sin fijarnos en la amplia problemática de lo que significa la migración latinoamericana en términos de fuerza laboral- digitado a través de los años desde la subcultura pop norteamericana (el cine, la farándula, las músicas de moda) y que, poco a poco, se ha ido degenerando hasta niveles inaceptables para las personas de bien.

De Carmen Miranda y Desi Arnaz, en los cincuenta y sesenta; a Santana y la Fania All-Stars en los setenta; las fiestas de la Calle 8, Miami Sound Machine en los ochenta y el posterior imperio Estefan en la década siguiente. El común denominador fue siempre el mismo, “lo latino” es música para bailar y enamorarse, sinónimo de un ritmo y una sensualidad irresistible e imposible de entender para los públicos norteamericanos y europeos, condenados a caer rendidos ante la seducción, el exotismo, la calentura.

Nada más gracioso, en ese sentido, que ver a un gringo tratando de bailar salsa, a una pareja norteamericana ensayando torpemente el tango para su matrimonio o a un discriminador europeo perdiendo la cabeza por una mujer latina.

La superficialidad sensorial como mercancía

En ese período de casi cinco décadas, la personalidad “hot” de lo latino en EE.UU. y Europa mantuvo siempre, hablando de música popular, unos niveles de calidad óptimos. En géneros como el bolero, la salsa o el latin-jazz, la excelencia iba por delante, sin disociar sensualidad de elegancia. Y en cuestiones más comerciales como los primeros exponentes de latin-pop, en la década de los noventa, si bien ya empezaban a aparecer propuestas musicales y artísticas menos pulidas, con un enfoque meramente exhibicionista, algunos artistas aun respetaban ciertos parámetros para no caer en el mal gusto.

El reggaetón y el trap, en el siglo XXI, quebraron absolutamente todo lo anterior para imponer lo grotesco y vulgar como nuevos sinónimos de la latinidad, hasta convertir las manifestaciones más animalescas de pulsiones superficiales en una mercancía poderosamente comercial, como demuestra plenamente la vigencia y fama global de personajes como Bad Bunny, Shakira, Daddy Yankee, Karol G y sus cientos de clones.

Pero, además de eso, todos estos exponentes de la vulgaridad asolapada en un género musical extremadamente popular y de discutibles valores artísticos, gozan de un inmerecido ascenso social, pues hoy son aceptados de manera transversal por toda clase de público y son considerados, tanto por las masas como por ciertos sectores de la crítica especializada y hasta académica, como líderes de opinión y embajadores de ese orgullo latino que pisotean y usufructúan desde hace veinticinco años.

Estos géneros, nacidos en Puerto Rico -aunque según el productor Rodney S. Clark, más conocido como “El Chombo”, fue en Panamá- poseen una impresionante capacidad para generar millones de dólares con cada insulto a la inteligencia auditiva, con cada video en el que se valida socialmente el soft-porn como elemento constitutivo de la nueva idiosincrasia latina, y su presencia es obligatoria incluso en el sonido de artistas latinos de otros géneros, nuevos o consolidados, que aspiren a algo de notoriedad.

Y ahora, con la presentación políticamente cargada y pertinente de Bad Bunny en el Super Bowl, ciertos sectores de las masas han asumido, sin separar la paja del trigo, que esa supuesta representatividad es contundente e incuestionable.

Puerto Rico, ala que cayó al mar…

El cantautor cubano Pablo Milanés (1943-2022) escribió en 1979 una canción llamada Son de Cuba a Puerto Rico, que sirvió además como título para su séptima producción discográfica oficial. En su letra, el célebre exponente de la nueva trova hace una arenga al pueblo portorriqueño a no retroceder en su búsqueda de independencia y usa una acertada metáfora en la que ambos países “son de un pájaro las dos alas”.

Durante años se creyó que “la voz amada” que dijo eso, mencionada por Milanés, era de José Martí (1853-1895), símbolo cubano de la educación y el patriotismo. Sin embargo, la frase pertenece a un poema titulado A Cuba, escrito por la periodista boricua Dolores “Lola” Rodríguez de Tió (1843-1924). En los años noventa, este profundo canto de hermandad entre dos países caribeños golpeados por los Estados Unidos fue convertido en una elegante salsa por el sonero cubano Isaac Delgado, para su disco Con ganas (1994). Nunca sonó en las radios.

Como sabemos, a finales del siglo XIX Puerto Rico pasó de ser una colonia del imperio español a ser posesión de los Estados Unidos, a través de una invasión y posterior reactivación de un decreto real de la época que le permitió anexar la isla del encanto a sus dominios. Sus habitantes tienen la nacionalidad norteamericana desde 1917. Aun cuando no tiene voto congresal y el poder local es ejercido por un gobernador -actualmente es una mujer, Jenniffer González-Colón- el presidente de Puerto Rico es, sobre el papel, Donald Trump. Los portorriqueños tienen absoluta libertad para entrar y salir del país del Tío Sam y ninguna ley contra migrantes debería afectarles.

El Super Bowl y su sobredimensionamiento

La comentada actuación del reggaetonero en el Super Bowl se hubiera enriquecido mucho si colocaba, en su segmento salsero, esa canción que plantea “volar con el machete en las alas”. Por cierto, esa sección que incluyó una versión alterada de Un verano en Nueva York, salsa clásica de El Gran Combo grabada en 1975 -más de cincuenta años atrás- fue, de lejos, lo mejor de esa tortura auditiva a la que nos sometió y que, a pesar de su cacofonía sonora y mensajes visuales entremezclados -tradiciones familiares con elencos de bailarinas retorciéndose como si estuvieran en un nightclub para camioneros trumpistas- todos nos vimos en la obligación de apoyar.

Pero lo suyo, además de ser una protesta 100% valiosa políticamente -solo pensar en la cara de Trump y sus amigotes al verlo en vivo y en directo, con el bosque de banderas de Centro y Sudamérica detrás suyo, la justifica de principio a fin-, también ha sido un nuevo golpe de efectos publicitarios inmensos para su carrera, para sus ventas y su (ya no tan) nuevo perfil como personaje influyente.

Después de todo, sus ininteligibles canciones fueron oídas y vistas por una gran masa de televidentes alrededor del mundo -más de 140 millones- además de los casi 80 mil espectadores que ese día abarrotaron el estadio Levi’s de California, sazonadas con un par de apariciones invitadas (Lady Gaga y Ricky Martin). Es cierto que alias “conejo malo” llena escenarios por sí solo desde hace ya varios años, pero nunca viene mal una campaña publicitaria gratuita para seguir ganando millones, reciclando simbologías y aprovechando una coyuntura difícil para las masas de migrantes amenazados por las medidas xenófobas y racistas que todos vemos con estupor, para consolidar su posicionamiento como líder de opinión y de la resistencia.

El eterno sabor de la música de Puerto Rico

Todo lo que conocemos como “salsa” proviene, esencialmente, de la lectura que migrantes caribeños asentados en barrios neoyorquinos hicieron de la gran familia de ritmos bailables que llegaron desde la Cuba precastrista. Aunque fue un locutor venezolano, Fidias Danilo Escalona, quien usó por primera vez el término, la virtuosa generación de músicos y cantantes “nuyoricanos” -portorriqueños nacidos en Estados Unidos- encabezada por Ray Barretto, Willie Colón, Richie Ray, Bobby Cruz, Ismael Miranda, entre otros y liderados por el flautista y compositor dominicano Johnny Pacheco, impuso el vocablo para identificar al nuevo género.

De allí para adelante, Puerto Rico es el país que más artistas ha contribuido al desarrollo de la salsa. Las vertientes cubanas, más orientadas al jazz latino, trataron en décadas posteriores de recuperar su espacio con una forma conocida como “timba”, reconocible por sus arreglos para metales, sus poderosas secciones de percusión y sus estentóreos y, muchas veces, desordenados, coros masculinos. Aunque son subgéneros hermanos, el oído entrenado reconoce a leguas la diferencia entre la salsa cubana y la portorriqueña. Y las preferencias del público son claras.

La salsa portorriqueña, representada por pesos pesados como Héctor Lavoe, Willie Colón, La Sonora Ponceña, Raphy Leavitt & La Selecta, Luis Ángel Canales, El Gran Combo, Carlos “Cano” Estremera, Ismael Rivera y un larguísimo etcétera pertenecientes a sus años formativos, es la favorita por su sentido barrial, sus mensajes alegres, positivos y románticos que combinan orgullo, identidad y buen ánimo de cara a la vida, sin importar las dificultades.

La generación de “salseros sensuales” -con Eddie Santiago, Willie González, Lalo Rodríguez, Frankie Ruiz, Gilberto Santa Rosa, como cabezas de serie- recogieron ese legado y lo actualizaron para el público juvenil de las décadas siguientes, conformando un cuerpo sonoro extenso y multiforme. Marc Anthony y Jerry Rivera son, a grandes rasgos, los dos últimos representantes del sonido boricua genuino, con fuertes anclas en los ritmos cubanos que le sirvieron de base, prolongación de lo que se conoció en el pasado como salsa dura.

También hay salseros de otros países, como por ejemplo Rubén Blades (Panamá), José Alberto “El Canario” (República Dominicana), Óscar de León (Venezuela), quienes también han sido fundamentales en el desarrollo del género y alcanzaron fama mundial. El caso de la salsa colombiana, con nombres como Fruko y sus Tesos, Grupo Niche, Joe Arroyo o Los Titanes, es especial pues introducen en el armazón básico de la salsa, elementos muy reconocibles de su propio país, configurando un crisol de influencias afrolatinas, caribeñas y americanas (como diría el recordado locutor y olvidable político Luis Delgado Aparicio Porta, “Saravá”), sin perder de vista la preponderancia del sentir portorriqueño en esta música.

Cuando Bad Bunny usa algunos de estos elementos en sus grabaciones y presentaciones públicas -pienso, por ejemplo, en su Tiny Desk para la NPR estadounidense- se siente el disfuerzo, el uso comercial, como si fuera una autoapropiación cultural, si tal cosa es posible.

Críticas facilistas en las redes

Como siempre ocurre en estas situaciones polarizadoras, las barras bravas defensoras de todo lo actual salieron con la pierna en alto para demoler a quienes no se plegaron al coro monocorde de halagos dirigidos al nuevo líder de la revolución latina. “No se conviertan en aquello que alguna vez criticaron” publicó una vieja gloria del punk peruano. “Bad Bunny no resuelve la controversia pero hace visible lo innegable, que los latinos son parte de la vida estadounidense”, publicó otro líder de opinión online. Por mucho que esta clase de comentarios tengan algo de sentido, no pasan de ser cuestiones menores, casi irrelevantes frente al asunto principal que se configura en esta problemática.

Esto no se trata de criticar “los gustos de los jóvenes”, una visión unidimensional y chata del problema. Se trata de comprender que, así como hoy tenemos 36 candidatos al sillón presidencial y así como una gavilla de pederastas controla las redes sociales del mundo, también los gustos populares están atravesados por esa pobreza apreciativa que le da preeminencia masiva y primeros lugares en los rankings de ventas a opciones que están claramente por debajo, en términos de interpretación musical, de todo lo que se ha hecho en Latinoamérica durante los pasados 80 años.

Estas opciones pueden llegar a ser, hasta cierto punto, divertidas en sí mismas -porque son pegajosas, porque son bailables, porque conectan con esa dimensión sensual que pertenecen al ámbito íntimo de las personas- pero su elevación a la categoría de posturas capaces de influir la forma de pensar, sentir y vivir de las poblaciones en los cinco continentes, es solo una muestra más de la degradación de las actividades humanas, comandadas por la excesiva aceptación del escapismo, el libertinaje y la juerga como símbolos de libertad individual, éxito social y pertenencia a lo moderno.

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