[OPINIÓN] Salvo los científicos e inventores -un grupo poblacional de porcentaje ínfimo con relación a la cantidad total de gente que habita este planeta- que siguen, como siempre, trabajando en silencio y en el anonimato, nos la pasamos sin hacer nada más que lo mismo de siempre, consumir y usar, como autómatas.
Si el proceso de adaptación produjo los avances tecnológicos -para no morir de hambre, de frío o engullido por algún depredador- durante veinte siglos, el proceso de automatización que nos gobierna desde el inicio de la revolución tecnológica del siglo XXI produce conductas repetitivas, rutinarias, robotizadas, todo con erre.
Repetimos hábitos, desde rituales masivos como ir al estadio o a un concierto hasta pequeñas rutinas cotidianas: detener el timbre del despertador en el celular, tomar el micro para ir al trabajo, tocarle el claxon a todo lo que no se mueve como si eso fuera a arregla algo en el tráfico, encender la televisión, maratonear en Netflix, postear fotos en Facebook y chistes en WhatsApp.
Esa automatización se siente también en la campaña hacia la presidencia del Perú. Y supongo que debe ocurrir lo mismo en otros países, pero aquí pareciera ser aun más evidente esa repetición de conductas, como las miniaturas de reels en el Facebook que no avanzan más de tres segundos para volver a empezar. De forma irreflexiva, maquinal, la situación del país da vueltas cada cinco años, sin rumbo.
Y lo paradójico es que no es siempre igual. Cada vez hay más candidatos, cada vez hay más videos en redes sociales, más spots en la mañosa “franja”, cada vez hay más advenedizos jurándonos que tienen la solución, que harán casas de ochenta pisos y que las carreteras correrán solas mientras las corvinas sobre las olas nadarán fritas con su limón (Parlamanías, Los Troveros Criollos, 1954). Pero, lustro tras lustro, como el hámster de la rueda, terminamos siempre haciendo lo mismo.
Lo vemos en las calles que, un poco más tarde de lo habitual, ya están llenas de carteles con sonrisas fingidas y miradas perdidas al cielo. Sean los tradicionales paneles sostenidos por dos estacas astilladas de madera o el video LED en las pantallas de PuntoVisual, el cuadro es el mismo. Los mismos presentadores en los canales de señal abierta diciendo las mismas cosas, las mismas cuñas grandilocuentes con las tituladoras digitales que dan vueltas delante de nuestros ojos y los mismos segmentos de noticias electorales con sus pomposos nombres. Lo mismo. Nada cambia.
Nada cambia y, al mismo tiempo, todo avanza hacia el despeñadero. Avanza de manera cansina, torpe y lerda, en medio de este verano calcinante que, gracias a las grandes inamovilidades del mundo globalizado incapaz de llegar a consensos sobre cómo reducir las emisiones de contaminación industrial, nos hace pensar que estamos en Pucallpa y no en Lima. Aquellas cosas que sí se mueven, a pesar de nuestro cómodo automatismo usuario -los negociados, el lobbismo sin escrúpulos- ha transformado nuestro clima, tropicalizándolo.
Aunque los tres últimos procesos de elecciones generales -2011, 2016 y 2021- fueron bastante lentos y pobres en contenidos políticos, este excede todo límite. Como ocurrió en los comicios pasados, las encuestas son lideradas de manera inapelable por una masa de indecisos e intencionales viciadores a la que se unirán todas las personas que, confundidas por la cantidad de símbolos, recuadros y filas, terminarán invalidando su propio voto. Y la segunda vuelta será una carrera de dos pollos descabezados, el segundo y tercer lugar de un escrutinio que estará, como siempre, cargado de observaciones, dudas y acusaciones mutuas.
De alguna forma, las cosas se resolverán también como siempre, con la misma sensación de que las cosas ocurren en este país casi por inercia -el “casi” es solo para relativizar la frase- y, como siempre, nos acostumbraremos a esa idea de que así se hace política en el Perú, con franjas electorales invasivas, cartelones por todas partes y debates televisados en que cada candidato usará los cuarenta segundos que le correspondan para atacar a quien perciba como su principal obstáculo para hacerse del segundo o tercer puesto. Un déjà vu permanente, un loop de internet, el eterno retorno.
Lo otro que no cambia en este Perú frío y sin rumbo, inmóvil, autómata, de usuarios, es la injusticia. A diario vemos cómo nuestro país es arrollado por la espalda y los perpetradores, en lugar de socorrernos, se la pasan reuniéndose entre sí, armando estrategias y sobornando autoridades para salir bien librados, una situación que deja de ser metáfora cuando pensamos en el caso de la pobre Lizeth y su familia, víctimas de la indolencia y la crueldad, de la caradura de los privilegiados. Rubén Blades canta en Plástico (Siembra, 1978): “estudia, trabaja y sé gente primero, allí está la salvación”.
Nadie en esta campaña fría de parálisis repetitiva, desde los que aparecen en sondeos como primeras opciones hasta los del batallón de los otros, parece estar pensando en eso.







