[Música Maestro] Una voz (des)conocida
Las letras de sus canciones hablan de solidaridad, de gente trabajadora, de héroes nacionales, de niños sin escuela, de resistencia contra el imperialismo. Las grabaciones de su primera década (entre 1969 y 1979), son sencillas, alejadas de los adornos que altos presupuestos de gobiernos cuestionados en otros países les aseguraban a sus cantores -con todo lo que respeto y admiro a Silvio, quizás algo de eso hubo para dotar a sus fantásticos poemas musicalizados de aquellas orquestaciones fastuosas y ese sonido prístino gracias al cual entendimos cada metáfora, cada juego de palabras, cada insinuación a favor de la revolución verdeolivo.
Durante la primera mitad de los ochenta, mientras José Luis Rodríguez “El Puma” endulzaba los oídos y corazones de nuestras abuelas, tías, madres y hermanas entonando con su voz varonil baladas románticas como Dueño de nada (1982), Culpable soy yo (1983) o Perdidos en París (1984); y Óscar D’ León ponía a bailar a toda Hispanoamérica y a los cubanos en Miami al ritmo de Y mi negra está cansá (1980), Calculadora (1983), Se solicita un novio (1981) y tantas otras, la voz grave y profunda de Alí Primera, venezolano como ellos, cantaba desde la oscuridad de su militancia comunista a la conciencia de los pueblos, con discos como Con el sol a medio cielo (1982) o Entre la rabia y la ternura (1984), un poco más pulidos en producción pero igual de directos y rugosos que De una vez (1972) o Adiós en dolor mayor (1974), dos de sus álbumes más (des)conocidos.
En los años noventa, el apellido de Alí Primera volvió a sonar en las radios salseras y canales de televisión del Perú por el éxito que tuvieron sus hijos Servando y Florentino, en ese entonces de 13 y 12 años respectivamente, como vocalistas de Salserín, orquesta infantil que se ganó las preferencias del público masivo con sus tiernas canciones.
Pero ni por eso la larga trayectoria de “El Cantor del Pueblo” fue revisitada como curiosidad o anécdota familiar por los disc-jockeys, comunicadores y periodistas de la época, por pura y dura ignorancia. En Venezuela, entonces un país al que migraban nuestros compatriotas buscando un mejor futuro, los sucesivos gobiernos que lo escucharon cantar vetaron su nombre de todas las radios y compañías discográficas.
3 de enero: Una oportunidad para reescucharlo
A diez días de la operación militar de Donald Trump, casi nadie duda a nivel mundial de que fue un acto de terrorismo geopolítico, el más grave después del genocidio en Gaza en lo que va del siglo XXI. Cada nueva capa de análisis serio y desideologizado sobre este agresivo acto sigue mostrando las oscuras y nada democráticas intenciones de Estados Unidos pues, más allá del carácter dictatorial y corrupto del régimen de Nicolás Maduro, la incursión se reduce a un secuestro internacional para apoderarse de recursos energéticos que no le pertenecen, más allá del vergonzoso reduccionismo de la prensa convencional y sus tentáculos, que aun se refieren a esta bravata neocolonialista como “un acto de liberación”.
En esta coyuntura, tan difícil de entender (¿o de aceptar?) para muchos, un hecho pasó desapercibido: el nombre de Alí Primera fue usado por el Ministerio de Cultura venezolano en un comunicado de rechazo al ataque, mencionando una de las canciones que más caló en el inconsciente colectivo llanero, Humanidad (LP Canción mansa para un pueblo bravo, 1978), un acto de apropiación cultural por parte de un gobierno que traicionó todos los ideales que supuestamente defendía, como prolongación del chavismo.
De hecho, Hugo Chávez también mencionaba todo el tiempo a Alí Primera y sus canciones, pues calzaban a la perfección con el perfil ideológico que representaba “el socialismo del siglo XXI”, aun cuando habían sido escritas mucho antes de su llegada al Palacio de Miraflores. Esta práctica del fallecido líder militar venezolano fue siempre criticada por los conocedores de la obra del artista que, en más de una ocasión, manifestó su desprecio por la posibilidad de que los militares tomaran el poder, como en la canción Cuando las águilas se arrastren (LP De una vez, 1972).
Canciones de protesta
La primera vez que tomé contacto con la música de Alí Primera fue en los años noventa, cuando a mis manos llegó una mala copia de Abril en Managua. Así fue como se tituló el cassette que resumía los siete días del II Festival de la Nueva Canción Latinoamericana, realizado en la capital nicaragüense, en abril de 1983.
En aquel concierto, el venezolano entonó, acompañado únicamente de su cuatro -instrumento tradicional de su folklore- El sombrero azul (LP Al pueblo lo que es del César, 1981), una canción dedicada a El Salvador, que entonces se encontraba sumido en una atroz guerra civil entre los guerrilleros del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional y las fuerzas militares de la dictadura, apoyadas por los Estados Unidos.
Aunque en ese momento estaba más familiarizado con otros participantes de aquel festival trovadoresco, como Chico Buarque, Silvio Rodríguez o Mercedes Sosa, esa única canción me quedó grabada en la mente. Años después, gracias a internet, pude explorar la música de Alí Primera y me topé con más de una sorpresa. A pesar de la precariedad de sus registros sonoros, pues ningún sello comercial venezolano editó sus álbumes con una producción decente, existe en su cuerpo de trabajo una coherencia y vitalidad que lo hace vigente en tiempos modernos.
Entre 1969 y 1984, Alí Primera lanzó al mercado, de manera independiente a través de sellos pequeños, trece discos de larga duración con sus composiciones, en las que luce una potente voz de barítono -parecida a la de otro grande la canción social, el argentino Facundo Cabral- y una poesía inspirada, sensible y directa. A veces tocando la guitarra, a veces el tiple o el cuatro, Alí Primera exhibía una expresividad original y genuina, motivo por el cual es reconocido, a pesar de que no se le mencione por mezquinos sesgos políticos, como un icono de la música venezolana contemporánea.
Músico y militante
Luego de ingresar a la Universidad Central de Venezuela, en Caracas, a mediados de los años sesenta, Alí Primera -su nombre de pila era Ely Rafael, pero los mayores le decían “Alí” por la procedencia árabe de su familia- comenzó a dar rienda suelta a su talento musical, que había descubierto cuando uno de sus tíos le enseñó a tocar el cuatro. La identificación con próceres de la independencia, obreros, comerciantes y desprotegidos lo llevó a inscribirse en el Partido Comunista de Venezuela (PCV), que le gestionó en 1969 una beca para estudiar Ingeniería Petrolera en la Universidad Politécnica de Bucarest (Rumania).
Estando en Alemania grabó su primera selección de composiciones originales, titulada Canciones de protesta (1969) y tres años después llegaría el mencionado De una vez (1972), con el subtítulo Lieder der dritten welt – Für eine einzige welt (Canciones del tercer mundo – Para un solo mundo, en alemán). En ambos discos, Alí Primera dejó clara su intención al componer tonadas de respaldo a Vietnam, odas a sus mujeres, soldados y hasta al mismísimo Ho Chi Mihn. También abundan los versos de apoyo a Cuba y el recuerdo de un profesor y secretario general del PCV, Alberto Lovera, asesinado a los 42 años en 1965 por la policía tras ser arrestado por sus actividades sindicalistas.
Una vez de regreso en su país, el cantautor nacido en 1941 en Coro, localidad del estado noroccidental de Falcón, se asoció con el sello independiente Promus (Productora Musical C.A.) con el cual lanzó tres álbumes más, Lo primero de Alí Primera (1973, que combina algunos cortes de sus primeros dos discos con canciones nuevas), Canción para los valientes y Adiós en dolor mayor (ambos de 1974).
En estas producciones, Primera se muestra como un cantor orgánico, sin mucho más acompañamiento que el de su propia voz y cuerdas, en canciones como Vamos gente de mi tierra, Hacen mil hombres, Ruperto o El cantor de Bolivia, a la memoria del cantante y guerrillero argentino Benjo Cruz, asesinado por el dictador boliviano Alfredo Ovando en 1970. Destacan de este periodo Los pies de mi niña, para su primogénita María Fernanda, Canción panfletaria y José Leonardo, en honor de un prócer de la abolición de la esclavitud de su país en el siglo XVIII, José Leonardo Chirino, cruelmente asesinado por las fuerzas coloniales.
Cigarrón, su propio sello discográfico
Para la segunda mitad de los años setenta, la figura de Alí Primera ya era de culto en sindicatos, universidades y grupos de izquierda, a cuyos eventos asistía siempre con una amplia sonrisa, su melena revuelta y una vestimenta sencilla. Mientras el mundo se acostumbraba a la imagen de una Venezuela alegre y luminosa, exportadora de baladistas, salseros y reinas de belleza -una situación que se incrementó en la década siguiente por el auge de la industria televisiva y sus novelas que rivalizaron muy de cerca con la producción mexicana-, los alegatos panfletarios de Alí Primera seguían inoculándose en la conciencia y el alma de la gente.
Para asegurar la grabación, edición y lanzamiento de sus discos, fundó un sello discográfico, Cigarrón, con el cual produjo siete álbumes más -cuyas carátulas muestran coloridas ilustraciones de la artista plástica Consuelo Méndez, de profundos mensajes alegóricos-, ampliando su paleta de sonidos y géneros, gracias a los arreglos de los músicos Alí Agüero y Emiro Delfín, convirtiéndose en una figura subterránea de la canción latinoamericana. Su aparición estelar en aquel festival de Nicaragua cimentó más su estatus en la escena de la nueva trova. Actualmente, en YouTube puede verse el concierto pero, como la fuente es un antiguo VHS, tiene un audio pésimo.
Aun así, la vibrante actuación de Ali Primera aparece como testimonio de su impacto en el público. En Managua conoció personalmente a Mercedes Sosa, a quien le dedicó una composición, Canción para Mercedes (Entre la rabia y la ternura, 1984), que emocionó mucho a la recordada intérprete argentina: “Qué hermoso era Alí Primera -dijo “La Negra”-, qué honesto y solidario fue siempre aquel compañero venezolano y batallador… y qué hermosa canción la que me hizo y me dedicó”.
Últimos proyectos y muerte prematura
Mientras que los discos La patria es el hombre (1977), Cuando nombro la poesía (1977) y Canción mansa para un pueblo bravo (1978) mantienen el sonido austero, intimista y personal, con canciones como La guerra del petróleo, Paraguanera, Zapatos de mi conciencia, La piel de mi niña huele a caramelo (para su segunda hija, María Ángela), Humanidad o Los que mueren por la vida; a partir de Abrebrecha (1980) se escuchan instrumentaciones un poco más elaboradas, con percusiones menores y hasta conjunto de cuerdas, lo cual aumentaba las posibilidades de que sus mensajes de unidad y justicia social llegaran a un público más grande.
Los temas seguían siendo los mismos, desde luego, prueba de su consecuencia y sentido humanista. Ahora que el petróleo es nuestro, por ejemplo (Canción mansa para un pueblo bravo, 1978), alegre y rítmica, servía para celebrar los tres años de fundación de la empresa estatal Petróleos de Venezuela, S.A. (PDVSA), hoy bajo administración trumpista.
En medio de los preparativos para un nuevo paso en su camino musical, Alí Primera falleció, a los 43 años, en un accidente de tránsito provocado por un chofer ebrio que embistió a su automóvil, en una carretera caraqueña en febrero de 1985. Por un tiempo se especuló que había sido un atentado, puesto que el artista recibió más de una amenaza de muerte por su postura política. Sin embargo, las investigaciones en su tiempo desestimaron esa posibilidad. En 1986, su medio hermano José Montecano completó las canciones que venían trabajando, para el disco póstumo Por si no lo sabía, editado por el sello Distribuidora Sonográfica S.A. Este LP incluye la canción Palabra de luz, dedicada al educador Luis Beltrán Prieto Figueroa, fundador de escuelas y conocido sindicalista de su país.
El legado de Alí Primera en Venezuela
Recientemente, hay un renacimiento local de la admiración por la obra musical Alí Primera, su trascendencia y compromiso sociopolítico, tanto desde la apropiación cultural de los sucesivos regímenes de Chávez y Maduro como de colectivos artísticos que, si bien es cierto, suscriben claras posturas de izquierda, lo hacen más desde lo cultural y humanista que desde las siempre cenagosas arenas políticas marcadas por el interés económico y las ansias de poder. Lamentablemente, esos caminos se cruzan y confunden permanentemente en una dinámica que impide la universalización de sus canciones.
Si a ello le sumamos la ignorancia de quienes nunca entienden nada, azuzada por los grupos de ultraderecha y, como dice el experto argentino en geopolítica mundial, Ariel Umpiérrez, “las oligarquías locales latinoamericanas que siempre han contribuido a la hegemonía estadounidense traicionando a sus propios países”, el legado de Alí Primera permanece, aunque vigente y fuerte en clásicos de la trova latinoamericana como Techos de cartón, No basta rezar o Yo no sé filosofar, entre sombras para las grandes mayorías.
A diferencia de otros trovadores como Silvio Rodríguez (Cuba), Joan Manuel Serrat (España) o Facundo Cabral (Argentina), de alto perfil incluso para públicos no interesados en este tipo de música, la discografía de Alí Primera está oculta, un nivel más abajo de otros iconos de la canción social como Alfredo Zitarrosa (Uruguay) o Violeta Parra (Chile). Aun así, se producen hechos que resultan curiosos, anecdóticos, en especial en el contexto que estamos viviendo en este 2026, en que la palabra “Venezuela” aparece por todos lados y en todos los idiomas.
Por ejemplo, la banda venezolana de pop-rock y latin -funk Rawayana, duros críticos del régimen de Maduro e incluso acusados de haber recibido financiamiento de instituciones de derecha en su país, en su discurso de agradecimiento tras recibir el Grammy 2025 al Mejor Álbum de Rock Alternativo Latino por su quinto disco ¿Quién trae las cornetas? (Brócoli Records, 2023), rindieron homenaje a varios iconos de la música de su país, incluyendo a Alí Primera.
Del mismo modo, en el año 2024 el periodista e investigador Daniel Yegres estrenó la película Alí Primera, que ha recibido reconocimientos en diversos festivales europeos. En octubre del 2025, medios venezolanos anunciaron que este largometraje representará a Venezuela en la próxima entrega de los Premios Oscar… ¡en Estados Unidos! Esperemos que eso no motive que Donald Trump ordene la eliminación de la categoría Mejor Película Extranjera.







