EL PAÍS DE LAS SONRISAS FALSAS

El país de las sonrisas falsas

Comienza una nueva “campaña electoral” con casi cuarenta candidatos a la presidencia, un cargo que nuestro país viene devaluando desde hace décadas pero que hoy pisotea más que nunca llamando “Presidente” a un personaje cuya vida pública ha trasuntado de lo intrascendente a lo criminal a lo ridículo en su camino involuntario hacia Palacio de Gobierno.

[OPINIÓN] Y, haciendo una matemática simple e inexacta, la payasienta campaña de este 2026 nos aguarda con más de seis mil individuos peleándose a codazos un lugar en el congreso que, tres décadas después, vuelve a una bicameralidad que nadie quería de regreso, en una movida que tiene menos de política y más de angurria por detentar poderes omnímodos para hacer lo que les dé la gana. Más o menos lo que vienen haciendo ahora pero aun peor, si tal cosa es posible.

En ese contexto, los pueblos y ciudades del Perú esperan, resignados, para quedar empapelados de punta a punta por los rostros photoshopeados y tratados con IA de esos aspirantes a saqueadores del Estado, a través del tradicional sembrado de carteles, esas estructuras de madera que sostienen gigantografías odiosas de gente que sonríe, como el Gato de Cheshire, para así -ellos creen- convencer a sus votantes.

Dentro de algunas semanas los veremos por toda Lima Metropolitana. Ya hay algunos. De Barranco a Jesús María, de La Punta a Miraflores, de San Isidro a La Perla, de San Miguel a Surquillo, estarán por todos lados. Lima y las demás ciudades del Perú se convertirán en un museo al aire libre dedicado a la hipocresía, la impostura y el engaño.

El frenesí electorero provoca, desde hace lustros, un aluvión incontinente de gestos fingidos, labios entornados y dientes brillantes bien iluminados por los flashes fríos y aparentemente incapaces de captar lo que se esconde detrás de esas muecas unidimensionales, inexpresivas, impersonales y que, en casos específicos, hasta sórdidas son. ¿Quién les ha dicho a los equipos de marketing político que todavía sirve gastar tanto en esos paneles invasivos y antipáticos?

¿Alguien puede creer que esos personajes nos sonríen a nosotros, masas anónimas de ciudadanos que asistiremos a votar el próximo abril con la única consigna de no llegar tarde para evitar una multa que afecte más nuestros atribulados bolsillos? ¿Pueden estos hombres y mujeres, jóvenes, adultos y ancianos, realmente engañar al mil veces mencionado «pueblo» colgando sus retorcidas muecas en las principales avenidas y hasta en casas familiares que ceden sus espacios con la esperanza cortoplacista de una prebenda, un trabajito, un negocio con el Estado si gana “su” candidato?

Todos estos personajes solo se acuerdan de las masas cuando deciden lanzarse a la búsqueda de un cargo público que les asegure cinco años de privilegios -si acaso consiguen quedarse, habida cuenta de que hoy los cargos son más endebles que nunca, especialmente el de Presidente-, poco trabajo y sendos sueldos, sin contar con los suculentos dividendos -la “santa comisión”, Luis Eduardo Aute dixít- que dejan las obras sobrevaloradas, las dietas incalculables y las corruptelas cotidianas?

Desde las patéticamente cínicas imágenes sonrientes de los líderes de las principales agrupaciones en contienda, como Fuerza Popular, Renovación Popular, Alianza para el Progreso, Podemos, Somos Perú y unas cuantas más que son inmediatamente reconocibles, hasta las incontables risitas y miraditas de miles de advenedizos y advenedizas que pretenden hacerse de una curul, todas son testimonio fotográfico de esa vocación por el descaro. Una vez que ganen, los que sean, guardarán en el cajón las sonrisas y se entregarán a recorrer los oscuros caminos de la cutra y la desvergonzada cuchipanda del poder.

Esas sonrisas macilentas y falsas que van a malograr nuestros paisajes urbanos, ya afeados por el abandono bicentenario que padecen y por el caótico boom inmobiliario, son además una expresión burlesca. Los candidatos no nos están sonriendo. Se están riendo de nosotros, que es totalmente diferente. Y me atrevo a generalizar porque francamente, no necesito de CPI o de Apoyo para comprender que el porcentaje de sinceridad debe estar por debajo del margen de error de cualquier encuestadora.

Por alguien habremos de votar, tanto para Presidente como para Senadores/Diputados -hasta Parlamentarios Andinos hay, aunque no sepamos qué hacen- pero definitivamente mi decisión no tendrá absolutamente nada que ver con quienes me hayan pelado más los dientes en esas impresiones de alta resolución y baja confiabilidad.

Nuestro país no necesita payasos que rían a mandíbula batiente ante sus problemas. Nuestro país no necesita sonrientes profesionales que después son un fiasco en la gestión o que terminen llevándose hasta el último engrapador de las dependencias ejecutivas y legislativas que vayan a ocupar. Lo que necesita nuestro país es una persona honesta, con vocación de servicio y sentido común, cuyos valores cívicos estén por encima del protagonismo mediático y que no haya participado en ningún acto delictivo o corrupto durante su carrera política, si es que la tiene. Una persona que, en el momento actual, no existe.

Lo que tendremos será una colección de conocidos y desconocidos que contaminarán el paisaje urbano y, si es posible, talarán árboles con tal de que se vean sus carteles. Ya están contaminando las redes con bailecitos ridículos que logran difusión gracias a esa trampa de la franja electoral. Alguien debería decirles que sus sonrisas ensayadas y recomendadas por sus asesores, genios del marketing político y del Photoshop, no sirven para nada más que para seguir ensuciando el país con esas muecas duras y disforzadas que ni la más sofisticada cámara digital puede hacer lucir sincera.

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