[Música Maestro] El estreno, a finales de febrero, de Do the impossible (Christine Turner, 2026) para la serie American Masters de la plataforma de streaming PBS trajo de regreso a los medios culturales y especializados en música, a la enigmática e inescrutable figura de Sun Ra, uno de los compositores de jazz vanguardista menos mencionado entre los titanes del género.
Aun cuando los conocedores equiparan su capacidad en el piano a la de Thelonious Monk, su sentido del riesgo y la experimentación a Miles Davis o sus dotes de arreglista y director de ensambles a Duke Ellington, es prácticamente imposible encontrar títulos suyos en el canon de standards -si pertenecen a esa exclusiva minoría que le dedica tiempo a leer esta columna, ya saben perfectamente qué es un “standard” cuando hablamos de jazz-, a pesar de que lanzó más de un centenar de discos entre 1955 y 1993, año en que falleció a los 79 años.
También es verdad que, por momentos, la cacofonía producida por la línea de metales que organizaba, entre saxofones, trombones, clarinetes, trompetas y oboes, es un caos controlado que se hace difícil de escuchar, aun para el oído experto. Es como tener a diez Eric Dolphy (1928-1964) juntos haciendo solos de hard-bop con pitos agudos de Arturo Sandoval de fondo y Pharoah Sanders (1940-2022) soplando tres saxos al mismo tiempo, todo a la vez. Mientras eso pasa, Sun Ra, con los ojos extraviados, hace señas y se recuesta sobre los teclados, a veces lanzando arácnidos arpegios de be-bop y otras, simplemente, aporreando los acordes como su colega Cecil Taylor (1929-2018).
En esos instantes -eventualmente, bastante largos- las fanfarrias de Frank Zappa y The Mothers Of Invention entre 1967-1969, sus arrestos de estrafalaria big-band con The Grand Wazoo/The Petit Wazoo Orchestras (1972) o las oleadas de ruido eléctrico de Miles Davis en su periodo Bitches brew -como las del álbum en vivo Pangaea (1969)- quedan como ejercicios de educación inicial frente a todo este desmadre sonoro. Es que la música de Sun Ra era, literalmente, de otro planeta.
El jazz no tiene límites
La primera vez que leí algo acerca de Sun Ra fue hace un cuarto de siglo, en una entrevista a George Clinton. Hasta ese momento, yo estaba seguro de que el cantante, productor y compositor que llevó al espacio exterior al funk de James Brown y al soul de Sly & The Family Stone era el creador de esa imaginería entre espacial y africanista que, posteriormente, fueron marca registrada de Earth, Wind & Fire y, en algunos momentos -sobre todo en vivo- de Prince.
En la conversa que, si mal no recuerdo, fue publicada por la revista Rolling Stone, el líder de la pandilla Parliament-Funkadelic menciona a Sun Ra pero no como una influencia directa, sino con sorpresa cuando, al escucharlo a mediados de los setenta, descubrió que ambos venían alimentándose de las mismas fuentes de inspiración para levantar el orgullo afroamericano, en una época dura para ese grupo racial, ligándolo a cuestiones extraterrestres y todo lo que eso implica -libertad, estigmatización, prejuicio-. “Íbamos al mismo restaurante y, sin cruzarnos entre nosotros, comíamos lo mismo”, dijo esa vez.
Sun Ra llevó ese concepto, el de la alienación en un mundo hostil y reprimido por distintas fronteras -culturales, sociales, políticas, religiosas, psicológicas- al máximo de su capacidad expresiva. Sus largas y confusas suites no son el resultado de arranques de liberación motivados por una coyuntura, que podría ser una moda o un específico momento de su vida personal. Son la materialización sonora de su ruptura con todo lo convencional, seguro de que algo o alguien le encomendó la misión de dar a conocer ese mensaje diferente a una humanidad que le es ajena, que está incapacitada para comprenderlo porque ese mensaje proviene del espíritu, esa dimensión mística que el ser humano occidental tiene olvidada desde hace décadas.
Ser negro, norteamericano y, como sugieren tímidamente algunos, asexuado -para no decir sin tapujos lo que hasta hoy, treinta años después de su muerte, sigue siendo solo una sospecha- fueron para Sun Ra los motores que dispararon la necesidad de inventarse una vida distinta a la del resto, una elección que en términos de “lo normal” puede verse como cierta especie de locura, una delusión ocasionada por traumas o problemas mentales surgidos de su propia genética humana. De pertenecer a todas las minorías pasó a convertirse en una entidad única, inasible. Por ello la oficialidad del jazz le dio la espalda.
Sun Ra inventó el afrofuturismo
A pesar de esa postergación -Frank Tirro, por ejemplo, en su célebre libro The history of jazz (1977), no lo menciona ni una sola vez en sus más de 400 páginas- el extravagante pianista contribuyó tanto como el saxofonista Ornette Coleman (1930-2015) o The Art Ensemble of Chicago a la aceptación del free-jazz como subgénero de la vanguardia musical norteamericana, con álbumes como los dos volúmenes de The heliocentric worlds of Sun Ra (1965) que, de alguna manera, pueden servir de puerta de ingreso y resumen para un catálogo mucho más extenso y retador.
Su verdadero nombre fue Herman Poole Blunt, pero decidió cambiarlo por Le Sony’r Ra -en alusión a la divinidad solar egipcia- como un acto de rebeldía ocasionada por la discriminación que padeció durante sus años juveniles. La nueva identidad quedó comprimida, poco tiempo después, a Sun Ra, que se convirtió en su nombre legal a inicios de los años cincuenta, en una movida similar a la que hiciera una década después el boxeador Muhammed Ali, otro icono del “poder negro”, movimiento de reivindicación racial en medio de la lucha por derechos civiles.
Había nacido en 1914 en la ciudad de Birmingham (Alabama, Estados Unidos) y, desde su adolescencia mostró serias aptitudes para la música, tocando en el piano melodías completas de oído. Su carrera en el jazz se inició mucho tiempo antes de reinventar su personalidad, en tríos y conjuntos de Chicago y Nueva York, puliendo su estilo virtuoso como pianista hasta que, en algún lugar entre los años treinta y cuarenta le ocurrió algo extraordinario.
“Todo mi cuerpo se transformó, podía ver a través de mí mismo, no tenía forma humana. Me teletransportaron y estaba en un escenario con ellos. Ellos me hablaron”, cuenta su biógrafo John Szwed en Space is the place: The lives and times of Sun Ra (1997), libro en el que se revelaron, por primera vez, varios aspectos de su infancia, adolescencia e inicios en la música. Como queda claro, Sun Ra describe, en este pasaje, una abducción. Según el músico, fue secuestrado por seres extraterrestres que se lo llevaron nada menos que a Saturno, a mil cuatrocientos millones de kilómetros de distancia de aquí.
A partir de ese extraño y poco comprobable evento, Sun Ra adoptó una personalidad mística y distante, como si todo el tiempo estuviera en un plano diferente. Para sus músicos, era además de director, una especie de gurú espiritual, un maestro. En sus entrevistas, abundaban las divagaciones entre lo metafísico y lo onírico. Y en sus conciertos, él y sus músicos se presentaban con coloridas vestimentas hechas de materiales sencillos que influenciaron a toda una generación, a través de una estética musical y artística que integra elementos de identidad racial con una combinación entre historia de la cultura negra ancestral, tecnología y ciencia ficción que, años más tarde, terminó llamándose “afrofuturismo”.
The Sun Ra Arkestra: sus discípulos
Después de algunos años fuera de todo circuito musical, quizás recuperándose de aquella inverosímil experiencia y ordenando los encargos que recibió “desde el espacio exterior”, Sun Ra reapareció, en la segunda mitad de los años cincuenta, con tres álbumes de jazz más o menos convencional –Jazz by Sun Ra (1957), Super-sonic jazz (1958) y Jazz in silhouette (1959)- con los que presentó en sociedad a su propia orquesta, un conglomerado de colaboradores que lo acompañó de manera casi permanente durante las tres décadas y media siguientes.
Siempre en esa onda entre lo esotérico y lo religioso, Sun Ra bautizó a su grupo como “The Arkestra”. El nombre une los vocablos “Orchestra” y “Ark”. Este último –“arca” en español- hace alusión a dos objetos de fuerte significado para el judaísmo, presentes en el Antiguo Testamento. Por un lado, la mítica embarcación que Noé construyó, por mandato divino, para proteger a las especies del castigo diluviano y, por el otro, el Arca de la Alianza, el contenedor de madera recubierto de oro donde Moisés guardó las tablas de la ley.
Los músicos de The Arkestra se entregaban por completo a la filosofía de Sun Ra, convirtiéndose en constantes aprendices de aquello que aprendió en Saturno. En el documental A joyful noise (Robert Mugge, 1980) pueden verse entrevistas a varios de ellos, describiendo el proceso creativo de Sun Ra y sus cósmicos conceptos que influyeron profundamente en sus carreras. Para entender la relación entre Sun Ra y las múltiples configuraciones de su Arkestra, este largometraje -junto a Space is the place (John Coney, 1974), cuya banda sonora se convirtió en uno de sus álbumes más celebrados- son excelentes muestras de ese liderazgo, entre paternalista e hipnótico, que Sun Ra ejercía en quienes ingresaban a su órbita.
Aunque la mayoría de sus álbumes oficiales estuvieron firmados como Sun Ra and His Arkestra, el colectivo recibió a lo largo del tiempo distintos añadidos que aumentaban su conexión con lo galáctico. Así, el álbum When sun comes out (1963), uno de los primeros que lanzó con su propio sello, convenientemente llamado El Saturn Records, tiene en sus créditos a la Myth Science Arkestra; mientras que lanzamientos setenteros como Atlantis (1970) o Pathways to unknown worlds (1975), bajo el nombre de Astro-Infinity Arkestra o variaciones que incluían frases como “universo azul”, “intergaláctica astral” y otras marcianadas de ese estilo.
The Arkestra sin Sun Ra: Un legado vivo
Para la década de los noventa, Sun Ra and His Arkestra tenían un amplio y muy bien ganado prestigio, como pioneros del afrofuturismo, una corriente musical que, de forma equivalente a la blaxpoitation del cine setentero, generó fuertes dosis de orgullo en la comunidad afroamericana en épocas de intensas luchas sociales y como portadores de una idiosincrasia sonora arriesgada y experimental, al punto que una banda en apariencia tan distinta como Sonic Youth los tuvo de teloneros durante varios conciertos promocionales de su noveno álbum oficial, el influyente Dirty (1992), un evento que Lee Ranaldo, guitarrista de los iconos del indie-rock calificó de “memorable”.
Un año después de aquella insospechada colaboración, Sun Ra falleció a los 79 años, de múltiples dolencias orgánicas, tras una larga convalecencia, rodeado de su familia en Alabama. El saxofonista John Gilmore asumió la dirección de The Arkestra hasta su propia muerte en 1995, a los 63, de un enfisema pulmonar. Su lugar fue ocupado por otro de los más cercanos colaboradores de Sun Ra, Marshall Allen, también saxofonista. Ambos, junto a la vocalista June Tyson (1936-1992), el saxofonista Danny Ray Thompson (1947-2020), el bajista Ronnie Boykis (1935-1980) o el percusionista Stanley Morgan, conocido como Atakatune (1953-2018), fueron de los más identificados con la filosofía artística de Sun Ra.
El caso de Marshall Allen es verdaderamente notable. A sus 102 años, sigue haciendo sonar su saxo alto a impresionantes volúmenes, manteniendo intacta su vocación por la experimentación sonora y el catálogo de Sun Ra, que enriquece con sus propias composiciones. Bajo su dirección, The Arkestra ha seguido adelante como uno de los actos en vivo más coloridos, desafiantes e innovadores en una escena de jazz que también padece los rigores de la homogeneización que prima en la industria musical. Junto con trompetista Ray Anthony (104), el único sobreviviente de la big-band de Glenn Miller (1904-1944), Marshall Allen -que el año 2024 lanzó un disco nuevo, titulado New dawn– debe ser el músico de jazz más longevo y activo.
Un ruido agradable
Hubo épocas en que los músicos tenían de pop-rock cosas qué decir, relevantes, trascendentes. Podía ser con melodías accesibles y simples, como en el caso de los Beatles y los Rolling Stones o de arcanas armonías intrincadas y complejas, como pasaba con Genesis o Frank Zappa. En el mundo del jazz, se podía ser convencional como Frank Sinatra y sus orquestas melódicas o contracultural como Miles Davis, espiritual como John Coltrane, social como Charles Mingus. Pero el patrón se repetí, con simplicidad o en medio de complicaciones, la música decía cosas que iban más allá del mensaje superficial o políticamente correcto.
Con el correr de los años, una crisis de contenidos que comenzó en la década de los ochenta fue haciendo retroceder a aquellos artistas conscientes de su rol social, convirtiéndolos en placer para minorías. Donde antes el mensaje marcaba la tendencia, hoy reina la ligereza, el reduccionismo de fórmulas vendedoras. No hay discursos, solo eslóganes.
Por eso, la presencia del legado artístico y sonoro de Sun Ra, imperceptible y a la vez perenne, como el aire que respiramos, es un hecho que debe conocerse y, en la medida de lo posible, difundirse. Y su trabajo sostenido junto a reconocidas bandas de indie-rock como Clap Your Hand And Say Yeah o Yo La Tengo -con quienes estuvieron de gira el año pasado-, una muestra del valor que tiene para quienes siguen aferrados a hacer música no solo para estimular los sentidos sino también para ponerlos a prueba y expandirlos.
Escuchar álbumes clásicos como el alucinante Live at Montreaux (1976) o los sonidos menos enredados de títulos como Lanquidity (1978), Visits planet earth (1966) o Some blues but not the kind that’s blue (1977), o ver la tocada que hizo, en el año 2014, The Sun Ra Arkestra en los Tiny Desk Concerts de la NPR, permite entrar en contacto con una propuesta difícil pero fresca a la vez, un rotundo manifiesto de personalidad musical ante la ausencia de riesgos que toman muchos músicos modernos, más preocupados en hacerse famosos rápidamente que en construir un legado que resista la prueba del tiempo, como en su momento lo hizo Sun Ra.







