TODOS MERECEN LLORAR

TODOS MERECEN LLORAR

Me desperté sentenciado a muerte. Solo tenía 15 días de vida. Meses de rutina, estrés y problemas. Sobre todo, sonreír como si tuviera la intención de hacerlo. Apenas abrí los ojos, la realidad se vino abajo. “Dile adiós al mundo como lo conocías”, respondía mi mente a las malas noticias. Colapsado. No pude ir al gimnasio, mi cuerpo pesaba toneladas. No pude trabajar bien, mi cerebro estaba nublado. No pude comer con placer, mis sentidos estaban adormecidos. La confusión me engullía y estaba triste; después de todo, era una persona que no podía. Solo tenía eso, como único absoluto y dios. A pesar de todo, ahí seguía dibujada mi sonrisa, con la que finjo estar bien y utilizo para cubrir a un animal herido que busca refugio. Tal vez esta sea la crónica más difícil de escribir, quizá la más sincera. Es la historia de un humano grande y fuerte. Uno que ya olvidó lo que es un abrazo. Está cansado de pelear, pero no deja de hacerlo. Cree que es lo único que sabe hacer. Cambio entre personas semánticas, porque a veces ya no sé si soy el mismo que fui ayer, de niño, adolescente e incluso hoy. Cuando termine este texto, no seré el que empezó este pequeño fragmento.

[MIGRANTE AL PASO]  El calor ya no era sofocante y la luz era naranja. El anochecer se aproximaba. Puse mi cronómetro, quince minutos, cerré la reja y comencé a caminar. Con un tiempo, sin un rumbo. “Al colegio”, escuché una voz. Mis ojos semiabiertos solo veían una bandeja. El olor a huevo frito y leche chocolatada me despabiló al segundo. El vaso caliente se veía enorme en mis pequeñas manos. Una cara cuyo rostro ya olvidé me miraba. Mientras entraba al pequeño malecón de la esquina, las personas que estaban reunidas para ver el sunset tenían el semblante borroso, como un apunte tachado. Me bañaba y nos llevaban al colegio para recogernos horas más tarde. Tenía 50 soles para comer, pero me lo gastaba todo invitando y a mitad de semana ya no tenía. Esos caminos de regreso me dolían la cabeza y esperaba con ansias llegar y sentarme a embutirme lo que fuera que estuviera en la mesa. Muchas veces veía por la ventana preocupado. Algo había hecho mal, pensaba, pero solo era culpa injustificada. Después de la mitad del camino podía separarme de ese pensamiento. Me daba cuenta de que me esperaba mi hogar.

Mis padres trabajaban y estoy orgulloso de ello. Nos recibía otra familia. Una que vivía dentro de nuestra casa. Una mamá, un papá, dos hijos y una abuela. De ellos solo recuerdo los nombres; el tiempo funciona también como borrador. Pero las tragedias que presencié me temo que serán eternas. Tragedias ajenas. Un hijo queriéndole pegar a su padre, una niña y una madre llorando, un padre confrontativo. En medio, una persona de metro veinte tenía que poner orden a gritos agudos mientras se percataba de que la propia existencia no había sido creada igual para todos. Sucedían estas cosas entre paredes llenas de cuadros que emanaban privilegio. No hablo solo de lo material: tener unos padres que te crían con amor y jamás fueron abusivos es, probablemente, la mayor fortuna que puede recibir un pequeño. Esa presencia constante y externa se desvaneció. De un día para otro, luego de varios años, se esfumó como un cigarro amargo.

Seguí dando pasos salteándome el sol. Ni lo miré y solo sentí el calor en uno de mis cachetes. Crucé la puerta verde de madera, apolillada y abollada. Las cadenas que cerraban ese acceso, colgadas de un palo, chocaban contra el piso, chirriando al moverse por el viento. Llegué al túnel de árboles que ensombrece Pedro de Osma. Me imaginaba espantapájaros colgando de sus ramas; volteaban a verme, y una presencia seguía mis pasos tan de cerca que podía sentir sus respiros jadeantes en la nuca. No me atreví a voltear.

Despertaba en mi cama. Al abrir los ojos, de uno de los rincones superiores, pegado al techo, una figura oscura y deforme emergía de cabeza. Sonidos demenciales y siniestros emanaban de esta silueta, pinceladas tan oscuras como la tinta china que dibujaban cientos de manos en el aire y se dirigían hacia mí como si fueran disparos. Corría hacia el cuarto donde crecí, cruzando toda la casa, pero las extensiones sombrías lograban envolverme y me teletransportaban nuevamente a mi cama. Se repetía, cada vez más intenso; cada vez llegaba más lejos. Logré llegar a esa habitación, con dos camas y un televisor, exactamente igual a cuando solo era un niño. Adentro encontré a mi familia cercana y se dio una conversación opacada por el temor de la bestia. Esta vez sí desperté de verdad. El polo empapado y el pánico fue lo que sentí. Pasé muchas semanas intentando hallarle significado, pero a veces encontrar el deseo oprimido en esta parte etérea de nuestra conciencia es imposible.

Se activó el cronómetro. Quince minutos. Ya había salido del corredor arbóreo. Era hora de enfrentar el regreso y el temor a descubrir que estaba detrás de mí.

Ya no tenía un tiempo parametrado. Giré y no encontré nada. A lo lejos, las figuras colgantes habían desaparecido y los árboles eran verdes nuevamente. En mis oídos se escuchaban las óperas que mi madre nos enseñó al crecer; no estaba de humor para la música estridente que suelo oír. Vi a una señora muy delgada sentada en las escaleras de una casa; un maletín viejo se apoyaba en sus piernas. La reconocí. Hace mucho, por las calles de Barranco deambulaba esta mujer, con mirada intensa que denotaba locura. Te ofrecía productos extraños de reventa e insistía hasta el punto de incomodar. Eventualmente se iba como un fantasma, dejando atrás un rastro melancólico. Con mis amigos le llamábamos la bruja; era una presencia recurrente. Nos vimos a los ojos, décadas después, y me intimidé. Siempre me dio pena verla. Había algo en sus apariciones que me hacían pensar: la vida guarda fuerzas misteriosas que empujan a cada quien por caminos distintos. Fue en ese momento que entendí, otra vez, que no todos los mundos son iguales.

Una flauta traversa dejó caer su melodía dentro de mis oídos, deslizándose como una ardilla entrando a su nido. Después de mucho tiempo, mi sonrisa comenzó a entrecortarse por movimientos trémulos. Mis ojos se mojaban y yo luchaba torpemente contra el sentimiento.
“¿Quieres escucharme tocar por última vez?”, me dijo un cuerpo débil y huesudo. Elegantemente y con paciencia sacó este instrumento plateado lleno de teclas y lo colocó verticalmente sobre su rostro consumido, pero alegre. Fue una tonada esperanzadora, viniendo de alguien que ya podía ver los ojos de la muerte. Salí de esta última terapia; mi psicoanalista se volvió mi amigo en sus últimos meses. Me subí al carro. Solo pude manejar unos minutos antes de orillarme a un lado de la pista y estacionarme. Mi cabeza apoyada sobre el timón, mirando mis pies. Cuando estaba en una ciudad lejana y desconocida, él dio todo para sacarme de esa soledad. Gracias a él pude dormir de nuevo y en ese momento sabía que él lo iba a hacer para siempre.

Levanté la cabeza y estaba nuevamente en la calle. La vereda parecía ceder bajo mis pies. Seguí entre tambaleos hasta llegar a la avenida para alcanzar ese malecón escondido en el que comencé mi trayecto. Frené de golpe y me quedé parado. Apagué la música y recordé unos brazos pequeños que pudieron sostener mi enorme tamaño. En tiempos de pandemia aún no podía manejar la incesante laceración de la incertidumbre. Dormía en una cama sin sábanas, rodeado de cigarros y Red Bull; me sentía miserable. Subí al cuarto de mis padres y, por primera vez, descubrí lo que era quebrarse. Mi madre, que estaba leyendo, no dudó ni un segundo en levantarse y acercarse rápidamente. Extendió sus brazos y los cerró fuertemente sobre mí. Sentí que pasó una eternidad que me gustaría no hubiera terminado. Bastó eso y unos susurros de consuelo para rearmarme.

Escuchaba mi respiración agitada, cómo mi corazón bombeaba sangre. Estoy vivo, me repetía. Llegué al mirador con lágrimas que caían adheridas a mi piel. Con cada una de ellas encontraba una nueva razón para seguir adelante.

Me apoyé en la baranda llena de grafitis para mirar el horizonte iluminado por un sol que ya no se veía. Podía sentir cómo la gente me miraba, en mi momento más vulnerable. Cuando los miraba de vuelta, los tachones en sus caras desaparecían y notaba expresiones. Todos los que me rodeaban recuperaron sus rostros y yo imaginaba el mío reflejado en esos últimos destellos de luz. El efecto lacrimógeno había llegado a su fin y cumplió su cometido. Cedí a ser visto llorando, y con eso entendí que dejarse llevar y dejar ir las cosas requiere fortaleza. Esa sentencia de muerte y mis quince días de vida se reducían a deudas y límites de pago, nimiedades comparadas con lo que descubrí en esa media hora. En realidad, se trataba de una sentencia de vida y un aviso entrañable de mis deseos de seguir descubriéndome junto al mundo. No importa cómo seas, todos merecen llorar, y efectivamente no soy la misma persona que comenzó este relato íntimo.

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