[OPINIÓN] Aunque jamás fue tan popular en las radios como otras canciones de ese mismo disco -La Universidad (Cosa de locos) o Televidente- Un viaje en un micro, tema compuesto por Pocho Prieto y Chachi Galarza, describía con precisión y sorna la realidad diaria de millones de personas en la capital. Por cierto, la canción de marras tampoco tuvo videoclip, soporte promocional muy de moda en ese entonces, a pesar del potencial que tenía por las frases entre sarcásticas y realistas que tenía, dentro de su simpleza.
Por eso, dos décadas después, cuando a través de unos amigos de mi esposa conocí a una institución vecinal que decidió quijotescamente enfrentarse a la maquinaria del fallecido ex alcalde de Lima Luis Castañeda Lossio (1945-2022) que iniciaba la construcción, durante su segundo periodo como burgomaestre, del corredor vial El Metropolitano, me uní a esa causa sin pensarlo dos veces.
Los principales integrantes de aquel colectivo eran, en su totalidad, hombres y mujeres bordeando los sesenta años, vecinos de Barranco, distrito que conocían de cabo a rabo pues allí habían transitado sus adolescencias en los maravillosos años sesenta. Algunos de ellos, incluso, tenían cierta experiencia en política, como regidores o candidatos a la alcaldía barranquina, o como jóvenes militantes de la fenecida Izquierda Unida durante sus años universitarios. Sin embargo, nada los preparó para el bulldozer que Castañeda Lossio y su banda abusiva les pasaría por encima a ellos, al distrito, a la ciudad.
Supuestamente, el “Corredor Segregado de Alta Capacidad-COSAC” -pomposo nombre completo de lo que todos hoy conocen y padecen como simplemente “El Metropolitano”- era una obra que solucionaría el caos vehicular, uniendo el cono norte -Carabayllo- con el inicio del cono sur -Chorrillos-, suprimiendo la vetusta Vía Expresa, por la cual circulaban todo tipo de transportes públicos y privados, para convertirla en el paso exclusivo de una masiva cantidad de buses espaciosos, modernos, seguros y con una frecuencia suficiente como para trasladar a las enormes masas de trabajadores que, de extremo a extremo, se movilizaban a diario sufriendo toda clase de vejámenes en el sistema anterior.
Actualmente, a pesar de que la población ya se acostumbró al Metropolitano y sus múltiples problemas -flota insuficiente, estaciones mal diseñadas, buses que chocan entre sí, mafias que trafican con el recargado de tarjetas y exponen a los usuarios a las repentinas balaceras y ajustes de cuentas que generan- hay un importante sector de ciudadanos para quienes está clarísimo que no representó ninguna mejora para el transporte público.
Los buses “segregados” se unieron al caos de siempre con unidades que, sin aire acondicionado, acaban repletas hasta el máximo de su capacidad pues no pasan muy seguido y, sobre todo, con tramos antitécnicos que le destruyeron la vida y el tránsito a los habitantes de Barranco y el Centro de Lima, dos zonas urbanas, históricas y minúsculas por las cuales nunca debió circular.
Hoy resulta fácil decirlo, si vemos el tránsito infernal que sufren todos los que ingresan y salen del conocido distrito al sur de Lima, admirado por su historia, su bohemia y sus lugares emblemáticos. En su momento, los vecinos organizados regalaron su experiencia y su trabajo, desgastaron sus gargantas en marchas y plantones frente a la municipalidad, perdieron su tiempo en “mesas de trabajo” con la GTU -hoy ATU– y los “expertos” de las empresas que apoyaban la construcción del Metropolitano los paseaban olímpicamente, escuchándolos para al final decirles, “sí, entendemos su preocupación. Pero El Metropolitano va como está”.
Los vecinos organizados explicaron las razones por las cuales cerrar la Av. Bolognesi era más un problema que una solución, por qué era más pertinente hacer que la vía exclusiva del Metropolitano acabara en inconcluso “patio” de República de Panamá -hoy más conocido como “el terral”- a la espera de la conexión con el tramo que va hacia el sur y que actualmente es el más novedoso problema del caos vehicular limeño, con fallecidos incluidos, por qué “los alimentadores” deberían ser los que reemplazaran a las 34 líneas de micros que se enredaban en las avenidas principales barranquinas para evitar el cierre de una de sus avenidas principales. Nadie escuchó.
Recuerdo que uno de los líderes de esta asociación vecinal, llamada convenientemente Salvemos Barranco -aun existe, a pesar de que tras los caballazos de las huestes de Castañeda y de quienes lo sucedieron ya prácticamente no haya nada que salvar- incluso logró, tras un serio y esforzado trabajo de quienes lo apoyábamos, reunirse con connotados personajes entonces ligados a la alcaldía de Susana Villarán, uno de ellos considerado el experto más experto en ordenamiento vehicular urbano y demás, en su casa/oficina.
Después de escuchar, con cara de aburrido como si estuviera pensando “a qué hora terminas, oe”, los argumentos sólidos sobre la inconveniencia del tramo barranquino del Metropolitano, respaldados por opiniones autorizadas de diversas instituciones y personalidades dedicadas a estudiar el tema, el funcionario lo miró con ínfulas de superioridad y le dijo: “Ya hermanito, pero realmente ¿ustedes qué quieren?”
Estamos en el 2026 y El Metropolitano ya está mayoritariamente internalizado en la mentalidad de los siempre maltratados usuarios del transporte público. En algunos casos, hay quienes aseguran que, con todos sus problemas, “antes estábamos peor” y eso ya deberíamos considerarlo una ganancia. Sin embargo, como usuario de transporte público libre de la cómoda ceguera que dan las lunas polarizadas, el taxi por aplicativo o el chofer privado, siento los olores, las apreturas, los empujones y la vida en riesgo todos los días. Y recuerdo esa canción de Río, que me suena tan vigente ahora como hace cuarenta años.








