[OPINIÓN] En el tramo final de este aciago proceso electorero, en el que se han combinado vicios antiguos de la politiquería local -ataques arteros, alianzas oportunistas, cartelones ridículos- con vicios modernos -la incorporación de la IA para generar spots que van de lo abiertamente difamador a lo divertido- llegamos a la conclusión de que, como dijo en uno de sus últimos podcasts César Hildebrandt, debieron ser solo ocho candidatos como máximo porque los demás están demás.
Ya estamos, luego de varios meses de idas y vueltas, de negociaciones y tachas, de terruqueos y especulaciones, a siete días. El panorama es más impredecible que nunca, a pesar de que las tendencias permitan a analistas de datos y expertos en la lectura de encuestas ofrecer pronósticos, los cuales a menudo se sazonan con sus respectivos sesgos y preferencias.
El próximo domingo 12 de abril, aun en estas condiciones tan precarias, será un día en el que se consagrará uno de los ejercicios democráticos fundamentales. Salir a votar sigue siendo una responsabilidad, un deber penoso que, a un tiempo, es un derecho, quizás el más importante de todos, el de expresar una voluntad frente al cambio de gobierno.
Lastimosamente, como se viene demostrando desde hace varios lustros, esa voluntad colectiva no representa ni se acerca al sentir del país en su conjunto. Muchos factores confluyen para ello, desde el tradicional ausentismo que ni siquiera las amenazas de multa logran amainar -es un comentario común en las sobremesas, desde que tengo uso de razón, aquello de que “si no fueran obligatorias nadie iría”- hasta la posibilidad de que, en este caso específico, una cantidad indeterminada pero no menor de electores anularán involuntariamente sus votos por las dificultades que encontrarán al recibir las cédulas, confusas, largas, de letras y símbolos microscópicos.
La cereza del pastel es, por supuesto, la atomización de votos que precisamente impone esta treintena de opciones. Se trata de una dinámica que ya no es desconocida en el Perú pero que, en esta oportunidad, supera toda medida. Ávidos de poder, hinchados de ego, hombres y mujeres que debieron conformar un frente común en contra de lo que hoy (casi) todos consideramos un pacto mafioso se dispararon en candidaturas individuales con símbolos nuevos, muchos de los cuales nadie será capaz de ubicar ni antes ni después del 12 de abril. Esas candidaturas estaban condenadas a pasar desapercibidas.
Es cierto que dos o hasta tres de ellas actualmente se ubican en posición expectante en el tramo final. Pero eso no hace más que confirmar la crítica pues habría sido mucho mejor que esos dos fuesen una sola fuerza, aglutinando en torno de la idea de la decencia versus la corrupción a la suma de aquellos votantes que, este domingo, viven el sueño de ser muy diferentes entre sí, en una infértil discusión que, lejos de expresar una diferenciación político-ideológica, lo que hace es demostrar la presencia de intereses sectarios. Si estaba tan claro que “el enemigo está al frente” ¿por qué no se unieron todos para combatirlo?
Por supuesto que no, a siete días de la votación, ya no hay nada que hacer. Este desmadre es lo que hay y, en ese sentido, el ejercicio de reflexión se convierte en una catarsis igual de inservible que el objeto que la provoca. Hacer cálculos, votos útiles o estratégicos, definir micro posturas por lealtad, terquedad o simple deseo de dar la contra. Y cruzar los dedos.
Porque ya no solo basta pensar en solicitar endoses y apoyos masivos para quien pase a segunda vuelta con Fujimori o con López Aliaga. Porque ese también podría ser un gran problema (¿Álvarez? ¿Sánchez?). O porque la segunda vuelta podría ser entre lo naranja y lo celeste, lo cual equivaldría a decidir si el país va a suicidarse lanzándose desde el balcón o desde la ventana de atrás del edificio. En su última semana, con debates agotados y encuestas prohibidas, el proceso de elecciones generales 2026, el octavo en el que participo como votantes, deja a los verdaderos peruanos de bien sin saber por quién votar.







