[Música Maestro] “La música, como la democracia, no es algo rígido sino que se va construyendo, la vamos construyendo todos juntos noche tras noche, nota tras nota, voz tras voz” dijo Nancy Pelosi, reconocida figura de la política estadounidense identificada por toda una carrera pública representando al Partido Demócrata. Pelosi, de 85 años, fue una de las principales personalidades que estuvieron en Homecoming: Celebrating the life of Bob Weir, un evento especial que se desarrolló el mediodía del sábado 17 de enero, en el Civic Center Plaza de San Francisco.
La reunión fue para despedir a Bob Weir, icono de la cultura popular norteamericana fallecido el pasado 10 de enero, a los 78 años. En el amplio jardín de esta emblemática plaza, frente al teatro que lleva el nombre del recordado promotor de conciertos de la Costa Oeste Bill Graham (1931-1991), decenas de miles de Deadheads acompañaron a la familia, amigos y colaboradores cercanos de uno de los fundadores de Grateful Dead, en una jornada que tuvo muy poca música pero sí emotivas palabras para recordar al artista, al padre, al activista, a la leyenda.
Pelosi, una Deadhead declarada desde hace años, era amiga personal de Weir y, en general, de toda la banda. Y lo hizo notar, mostrándose visiblemente afligida pero, a la vez, contenta de estar rodeada de esa multitud de seguidores que, como ella, hacían hasta lo imposible para no perderse un concierto. “Cuando me preguntan -dijo en un momento- cuál es mi canción favorita de Grateful Dead, respondo que es cualquiera que esté cantando Bobby en ese momento”.
Para despedir a su entrañable amigo, la ex senadora y vocera mostró a la colorida feligresía un cuadro que él le había regalado en el backstage de una de sus últimas actuaciones, en el parque Golden Gate de San Francisco. En el afiche, uno de los clásicos logotipos de los Dead, quizás el más conocido, el cráneo blanco mirando hacia abajo con un rayo blanco cortando los colores azul y rojo que fuera diseñado en 1976 por el artista Bob Thomas y Owsley Stanley, ingeniero de sonido del grupo, con cuatro enormes letras en la parte superior: V-O-T-E (“Voten”). Un mensaje que el público entendió y agradeció con aplausos y rugidos.
Un orgullo para San Francisco
Un cuarteto de monjes tibetanos de la orden Gyuto ofreció una oración y cánticos guturales dedicados a Weir, de quien se hicieron amigos desde la primera vez que llegaron a EE.UU. en los ochenta. Luego comenzaron los saludos en video. Dos estrellas del fútbol americano, George Kittle y Nick Bosa, integrantes de los San Francisco 49ers, equipo del cual Weir fue hincha desde su infancia, fueron los primeros en dar sus condolencias.
La ceremonia había comenzado poco antes del mediodía, con la procesión de los restos de Weir desde la calle Market, una de las principales de la ciudad. Los caminantes recibieron una hermosa rosa roja de tallo largo distribuidas por los Wharf Rats -como la canción del mismo nombre del LP en vivo Skulls & bones (1971)-, conocidos por ser el único colectivo de Deadheads sobrio del mundo entero, algo especial si pensamos en el íntimo nexo que siempre hubo entre la banda y el consumo recreativo de drogas como la marihuana y el LSD.
Delante de una inmensa pantalla de alta resolución con un marco de elegantes rosas escarlatas apareció, para dar inicio al homenaje, el alcalde de San Francisco, el demócrata Daniel Lurie (48) quien, con una prestancia que ya quisiéramos ver en nuestras mediocres autoridades, resaltó los logros artísticos de Weir y la trascendencia de esa comunidad que ayudó a construir. Lurie agradeció a la familia “por haberlo compartido con nosotros” y consideró que es un orgullo para esta ciudad, cuna del irreverente grupo de rock psicodélico y country-rock que se convirtió en uno de los fenómenos de masas más grandes durante el siglo XX.
Bob Weir, el eterno “otro”
En el segundo álbum en estudio de Grateful Dead, Anthem of the sun (1968), figura That’s it for the other one, uno de sus primeros himnos psicodélicos. De ese tema salió el sobrenombre con el que se conoció a Weir durante toda la trayectoria del grupo. Le llamaban “The Other One” –“El Otro”, en español- porque estaba siempre al lado de Jerry García, indiscutible líder musical y espiritual de la banda. A pesar de que su rol era casi igual de importante, Weir aceptó siempre de buen grado aquello de ser “el otro”. Después de todo, era su maestro.
Su conexión era cósmica. Tanto en los escenarios, donde ambos cantaban y sostenían -Jerry con sus solos y Bob con sus impredecibles acompañamientos- los alucinantes viajes instrumentales del grupo; como en entrevistas, en las que podían hablar desde las más vacías payasadas hasta comentarios elaborados sobre su vida en comunidad, sus opiniones artísticas, filosóficas o políticas. García consideraba que la forma de tocar de Weir era imposible de catalogar. Weir se esforzaba por conseguir nuevas variaciones y acordes para no dejar de sorprenderlo.
Estar siempre en medio de un viaje alucinógeno les daba apariencia de andar desconectados del mundo real. Sin embargo, esa relación forjada desde las clases de guitarra y banjo que Jerry, de 21 años, le dio a Bob, de 16, en los almacenes de una vieja tienda de discos en la localidad de Palo Alto (San Francisco, California) no era solo musical o metafísica sino también humana, de respeto y cordialidad. Como con el resto del grupo y sus leales seguidores.
Cuando se mudaron a aquella casa comunal del 710 de la calle Haight Ashbury, donde vivieron entre 1966 y 1968 –aquí un reportaje que le hiciera la cadena CBS News como parte del especial The Hippie Temptation de 1967-, esa mancha de freaks jamás imaginó que estaban iniciando un largo y extraño viaje que se extendería hasta 1995, año en que García falleció a los 53 años.
Las siguientes tres décadas de Bob Weir
El guitarrista y cantante, cuya vida y trayectoria fue explorada en el documental The other one: The long strange trip of Bob Weir (Mike Fleiss, Netflix, 2015) siempre fue un músico muy inquieto. En 1972 editó Ace, firmado como solista pero grabado con todos los Dead, del cual salieron tres temas fijos en sus setlists, One more Saturday night, Cassidy y Playing in the band. Luego, en 1976, se unió a Kingfish, con quienes grabó ese mismo año su debut epónimo en el que destacan Lazy lightnin’ y Supplication, que también se integraron al repertorio en vivo de los Dead.
Del mismo modo, en los ochenta alternó su trabajo en Grateful Dead con un par de proyectos personales, The Bob Weir Band y Bobby and The Midnites, con la colaboración de destacados músicos como Alphonso Johnson (bajo) y el panameño Billy Cobham (batería), ex integrantes de los importantes grupos de jazz-rock Weather Report y The Mahavishnu Orchestra, respectivamente. En ambos grupos conoció a Brent Mydland quien, a la postre, sería el tercer tecladista de Grateful Dead.
Tras la muerte de Jerry García, Bob Weir se comprometió a mantener vivo el legado que habían construido juntos, una tarea que cumplió sin descanso hasta pocos meses antes de morir. Acompañado por el espíritu de Jerry -a quien solía ver y escuchar en sueños, como él mismo declaró más de una vez-, Weir siguió tocando con el resto de la banda, el bajista Phil Lesh y los bateristas Bill Kreutzmann y Mickey Hart, primero como The Other Ones y, poco tiempo después, como The Dead, en incontables conciertos que se fueron sumando, poco a poco, a los más de 2,500 recitales registrados entre 1965 y 1995, hasta duplicar esa cantidad.
Bob Weir en el siglo XXI
En paralelo, armó un par de jam-bands, RatDog -con quienes grabó el energético Evening moods (2000)- y Furthur, nombre tomado del legendario bus parrandero del periodista y promotor de la Generación Beat, Ken Kesey y sus Merry Pranksters, donde los Dead animaron con su música los “happenings” y “acid tests” entre 1964 y 1967, cuando aun se hacían llamar The Warlocks. En ambas, se rodeó de otros músicos que, constantemente, iban y venían de sus agrupaciones como Rob Wasserman (bajo), Jimmy Herring (guitarra), Steve Kimock (guitarra), entre otros.
Entre los años 2012 y 2015, Bob Weir inició sus dos proyectos más estables desde la muerte de Jerry García. El primero fue el trío The Wolf Bros, junto con el bajista Don Was y el baterista Jay Lane (ex Primus). Aquí podemos ver la brillante presentación que dieron en los NPR Tiny Music Desk, hace cinco años. Con ellos organizó, en el año 2022, una ronda de diez recitales sinfónicos con orquestas de diversos estados. En junio del año pasado, Bob Weir y los Wolf Bros llevaron su espectacular concierto sinfónico al prestigioso Royal Albert Hall de Londres.
El segundo se llamó Dead & Co., para seguir interpretando el vasto repertorio de Grateful Dead, además de sus propias composiciones, algunas de ellas recogidas en el disco Blue mountain (Columbia Records, 2016). Para esta banda llamó a uno de sus compañeros originales, el baterista Bill Kreutzmann -luego reemplazado por Jay Lane-, el tecladista Jeff Chimenti, con quien había alternado en RatDog y el ex bajista de The Allman Brothers Band y Gov’t Mule, Oteil Burbridge.
Para asumir el rol de Jerry García, Weir escogió a un joven y conocido músico de la Costa Este, John Mayer, que ya tenía seis álbumes en el mercado y un bien ganado prestigio como uno de los mejores guitarristas de blues de la nueva generación. De aparecer en los rankings de Billboard, los Premios Grammy y los programas de farándula por sus escarceos con una tal Taylor Swift, John Mayer, entonces de 38 años, pasó a ser primera guitarra de una de las agrupaciones más alejadas de lo comercial, una comunidad contracultural que lo recibió con los brazos abiertos.
La vuelta a casa de Bob Weir
Desde que se anunció su muerte, el sábado 10 de enero a causa del cáncer que se le había diagnosticado durante el verano del 2025, toda la realeza del rock & roll se manifestó por redes sociales. Paul McCartney, Keith Richards, Steve Vai, Bob Dylan, entre muchísimos otros, publicaron fotos y videos de sus colaboraciones con Weir, quien puso su voz en varios clásicos de Grateful Dead como Truckin’, Sugar magnolia (American beauty, 1970), The music never stopped (Blues for Allah, 1975) o el cover de Good lovin’, tema original de 1966 The Young Rascals, que tocaban en vivo desde sus inicios pero recién grabaron en 1978 en su LP Shakedown street.
Hasta el Empire State Building, el emblemático rascacielos neoyorquino, le rindió homenaje iluminando su punta, ubicada a más de 400 metros de altura, con los característicos colores de la escena psicodélica, algo que también hicieron los años 1995 y 2024, tras las muertes de Jerry García y Phile Lesh. Esto no le debe gustado nada al actual presidente de Estados Unidos, mudo ante este deceso que ha entristecido a una de las comunidades más numerosas en la historia reciente del país, integrada por ciudadanos de todos los estados, géneros, edades y profesiones.
El año pasado, Bob Weir recibió, junto a los otros sobrevivientes de la formación original de Grateful Dead, Mickey Hart y Bill Kreutzmann, el prestigioso premio Kennedy Center Honor, siendo los últimos en obtenerlo -junto con Bonnie Raitt y Arturo Sandoval- antes de que Donald Trump decidiera pisotearlo, en una de sus acostumbradas movidas narcisistas, cambiándole de nombre a la institución que entrega este galardón desde 1978, a The Trump-Kennedy Center.
“Duerme con las estrellas, hermano mío”
Esas fueron las palabras de Bill Kreutzmann (79), en un mensaje que fue visto por las más de 250 mil personas que se unieron, desde la transmisión en vivo hecha por el canal de YouTube del portal nugs.net, a las 25 mil presentes en la explanada del Civic Center Plaza de San Francisco. Mickey Hart (82) subió al escenario para contar algunas simpáticas anécdotas de su largo camino juntos. “Era el bromista del grupo, le encantaba romper las reglas. ¿A quién no?”
Entre las estrellas de la música que despidieron a Bob Weir esa clara mañana destacó la cantautora Joan Baez (85), quien describió a su amigo como “la única persona, aparte de mí, que bailaba sin zapatos sobre el escenario”, antes de dedicarle un fragmento de Oh freedom, un himno gospel que se usó mucho durante las luchas ciudadanas por los derechos civiles, hoy nuevamente bajo amenaza, como estamos viendo en estados como Minnesota y La Florida.
También dejaron sus saludos en video el pianista Bruce Horsnby, conocido entre nosotros por su éxito The way it is (1986) quien además fuera integrante de Grateful Dead en su último periodo (1988-1995), el cantante Sammy Hagar, Les Claypool y Larry Lalonde de Primus, el guitarrista Warren Haynes (de los Allman Brothers Band y Gov’t Mule), las nonagenarias leyendas del country Willie Nelson (92) y Ramblin’ Jack Elliott (94), el guitarrista de Phish, Trey Anastasio, entre otros.
John Mayer, en estricto luto, contó a la multitud cómo se habían conocido. “Ambos nacimos el mismo día, 16 de octubre, con treinta años de diferencia”, dijo visiblemente afectado y con lágrimas en los ojos. “Esa diferencia se diluyó gracias a la música, nos hicimos hermanos, él confiaba en mí y yo en él”. Al final del evento, ofreció una sentida versión de uno de los temas favoritos de Grateful Dead, Ripple, del cuarto LP, American beauty (1970).
Un hombre de familia
Bob Weir, el integrante más joven de Grateful Dead, se mantuvo soltero durante años por lo que cabe imaginarse que vivió al máximo aquello del amor libre durante los años del flower-power, el hippismo, Woodstock y todo lo demás. Recién en 1999 se casó, con una mujer 20 años menor, la activista y Deadhead Natascha Münter, a quien había conocido cuando era una adolescente, estando de gira. Bob y Natascha tuvieron dos hijas.
“Mi padre fue un orgulloso demócrata toda su vida”, dijo Monet, la mayor, de 28 años. “Fue un ser único, aventurero, amante de la vida y defensor de los derechos humanos”. Por su parte, su hermana menor Chloe (23) añadió que su papá “fue la persona más sabia que he conocido. Superó la dislexia y la falta de educación formal hasta el punto de ser capaz de saber de todo. Me daba respuestas a nivel Wikipedia sobre cualquier cosa”. Ellas crecieron en la comunidad de Deadheads, en un ambiente lleno de protección, espiritualidad, excelente música y buena onda.
Entre lágrimas y risas, las dos junto a su madre Natascha (58) solicitaron al público guardar 108 segundos de silencio –“era un número que le encantaba a Bob” por sus connotaciones religiosas, astronómicas y espirituales- para estallar luego en palmas, silbidos y gritos, también a pedido de la viuda con una indicación especial: “Háganlo lo más fuerte que puedan porque Bob no escucha muy bien…”. En los instantes finales del evento, un enorme halcón fue visto sobrevolando la plaza, aparición que fue interpretada como un mensaje desde el cielo. Después, todos se unieron en un frenético baile al ritmo rockero de One more Saturday night.
El espíritu rebelde, esperanzador y libre de Bob Weir, ese mismo que compartían Grateful Dead y sus Deadheads en una mística conexión que el guitarrista definía usando la palabra “azimuth”, término de la navegación y la astronomía que sirve para describir líneas de referencia entre un punto -en el mar, en el espacio exterior- y el camino que se recorre para llegar a él, vivirá por siempre en San Francisco y en cada lugar del mundo donde alguien se ponga un polo colorido -un Tie-Dye Shirt- o que se siente, dándole la espalda a todo los demás, a escuchar su envolvente música, una trayectoria de seis décadas representativa de esa idiosincrasia norteamericana que hoy viene siendo aplastada por sus actuales gobernantes.
A ese neofascismo que muchos celebran incomprensiblemente como símbolo de fuerza, decisión y éxito multimillonario habría que cantarles, a todo pulmón, el estribillo de Not fade away, un clásico del auroral rocanrol escrito en 1957 por Buddy Holly que los Grateful Dead transformaron en himno de resistencia y amor universal.







