[CIUDADANO DE A PIE] Lo advertimos en este medio meses atrás: las encuestas electorales pueden deformar la realidad tanto o más de lo que pretenden reflejarla. https://sudaca.pe/noticia/opinion/jorge-velasquez-terrorismo-de-encuestas/
Las encuestas de IEP para La República y CIT para Expreso ya habían hecho un favor involuntario al debate público peruano: confirmar, con la fuerza de los hechos, lo que hace semanas sostuvimos en esta misma tribuna bajo el nombre de “Terrorismo de encuestas”. No hace falta que una de ellas esté “cocinada” y la otra no. No hace falta descubrir una mano negra, una manipulación conspirativa de cifras y datos o un fraude descarado. Basta algo más simple y, por eso mismo, más inquietante: que dos mediciones presumiblemente honestas, levantadas casi en los mismos días, nos devolvieran “fotografías del momento” tan distintas de las preferencias del electorado que uno ya no termina preguntándose cuál de las dos dice la verdad, sino si alguna de ellas está realmente en condiciones de hacerlo.
El IEP, en su medición telefónica nacional realizada entre el 28 y el 31 de marzo con 1203 entrevistas, puso a Keiko Fujimori en 10%, a Rafael López Aliaga en 8,7%, a Roberto Sánchez en 6,7%, a Alfonso López Chau en 6,3% y a Jorge Nieto en 5,4%, con un dato todavía más elocuente que todos esos nombres: un 30% que no elegía a nadie. La encuesta de CIT, presentada como simulacro presidencial sobre una base de 1500 encuestados, dibuja otra escena: López Aliaga 13%, Keiko 11%, López Chau 8%, Acuña 6,5%, Álvarez 6,1%, Nieto 5,1%, Pérez Tello 4,5%, y un bloque mucho menor de indecisos y blancos. No estamos hablando de diferencias microscópicas ni de simples márgenes de error. Estamos hablando de mapas electorales que, en varios casos, apenas se reconocen entre sí. Candidatos que el IEP hunde, CIT los resucita. Un océano de indecisos que el primero preserva, el segundo lo reduce drásticamente.
Como si esto no fuera suficiente para embrollar la mente de los votantes, la nueva encuesta de Ipsos para Perú21, lejos de corregir el problema, lo agrava. Esta medición coloca a Keiko Fujimori en 13,7%, a Carlos Álvarez en 9,0%, a Rafael López Aliaga en 8,1%, a Roberto Sánchez en 6,7%, a Jorge Nieto en 4,1% y a Alfonso López Chau en apenas 3,3%, con 22% de votos en blanco y 4% de viciados. Una tercera encuesta importante vuelve a movernos el tablero con brusquedad: tres imágenes del mismo tramo de campaña que no solo no se asemejan, sino que directamente se contradicen. La encuesta de Ipsos no hace sino reforzar nuestro argumento porque pone claramente en evidencia que el problema no se reduce a la diferencia entre una encuesta telefónica y otra presencial. Incluso cuando el método se asemeja, los resultados siguen dibujando países electoralmente distintos. En suma, las encuestadoras que pretenden retratar al electorado, delatan al mismo tiempo sus propias serias limitaciones.
Y aquí conviene volver al punto de fondo que desarrollamos en nuestro artículo de diciembre. Las encuestas no son solo instrumentos que registran una realidad; son también procedimientos que la construyen parcialmente, la recortan, la fuerzan y luego la devuelven a la sociedad con “autoridad científica”. Una encuesta telefónica que lee una larga lista de candidatos no mide lo mismo que un simulacro con cédula, donde el elector ve nombres y símbolos y se acerca un poco más al gesto real del voto. La primera deja respirar más la indecisión, la segunda empuja a definirse. La primera registra mejor la vacilación. La segunda fabrica una imagen más compacta del mercado electoral. Y luego vienen los medios, que convierten esos números en una “carrera de caballos” y nos venden como certeza lo que apenas era una aproximación metodológica y provisional.
Eso confirma, además, otro de los argumentos centrales que ya habíamos planteado: el famoso “margen de error” puede convertirse en una magnífica coartada cuando el verdadero problema está en otro lado. El problema no es solo cuánto puede moverse un candidato arriba o abajo dentro de una misma muestra. El problema es qué sectores del país quedan mal capturados, qué tipo de elector responde o no responde, qué modalidad de encuesta presiona más o menos a tomar posición, y qué ocurre en un país fragmentado, desconfiado y emocionalmente herido, donde un gran número de electores decide su voto casi al final. Allí el error ya no es una coma estadística. Allí mandan más el error de cobertura, la volatilidad y el formato de medición que el número llamativo del titular periodístico. En estas condiciones, como lo advertimos antes, las encuestas se asemejan menos a un procedimiento científico sólido y más a una tinka electoral presentada con pretensiones de exactitud.
El propio IEP lo reconoce de manera indirecta cuando admite que “nada está dicho aún” y recuerda que la mitad de los electores decide en la última semana. Ese solo dato debería bastar para bajarles varias revoluciones a los titulares histéricos, a las mesas de análisis que reparten pasajes a segunda vuelta y a los operadores mediáticos que ya andan fabricando “subidas”, “caídas”, “empates técnicos” y “momentos decisivos” como si estuviéramos narrando una etapa del Tour de Francia. Pero no. Lejos de llamar a la prudencia, buena parte del ecosistema mediático hace exactamente lo contrario: convierte una información frágil y movediza en un dispositivo de presión sobre el voto. El ciudadano deja entonces de preguntarse quién propone algo mejor y empieza a preguntarse quién “tiene opción”, quién “se cayó” y a quién “hay que apoyar para que no se desperdicie el voto”. La deliberación cede ante el arrastre. Ese es, precisamente, el mecanismo que convierte las encuestas en instrumentos de condicionamiento subliminal del electorado.
Eso es, precisamente, lo más tóxico del terrorismo de encuestas. No que una encuesta falle ni que otra acierte por casualidad. Ni siquiera que algunas puedan ser manipuladas, cosa que en el Perú no sería ninguna novedad histórica: los Vladivideos de Montesinos son prueba irrefutable de ello. Lo más tóxico es que la repetición incesante de estos números termina sustituyendo una evaluación sopesada de las propuestas (por paupérrimas que sean) por el consumo ansioso de posiciones en el tablero. Los candidatos dejan de ser valorados tanto como portadores de programas como por sus limitaciones, y pasan a ser acciones que suben o bajan. El elector no actúa más como ciudadano políticamente responsable de nuestro futuro colectivo, sino como un apostador nervioso que vota por cálculo, miedo, moda o resignación.
Lo ocurrido ahora entre IEP, CIT e Ipsos debería servirnos como la última advertencia. No para ignorar todas las encuestas, pero sí para devolverlas a su sitio: el de instrumentos precarios, limitados, útiles a veces para detectar tendencias generales, pero incapaces de merecer la obediencia mental que hoy se les rinde. Que una encuesta ponga a Roberto Sánchez tercero y otra lo hunda; que una muestre a Acuña casi irrelevante y otra lo reviva; que una mantenga un océano de indecisos y otra lo reduzca drásticamente, no demuestra solo que el electorado es volátil. Demuestra también que las encuestas describen tanto o más sus propios métodos que la voluntad popular que pretenden retratar. Y cuando eso ocurre, la prudencia no está de más.
Aparecerán aún en los próximos días —incluso más allá del límite legal establecido— nuevas mediciones, nuevos porcentajes, nuevas “sorpresas” y, con ellos, una dosis suplementaria de confusión. Cada comando partidario buscará usar el número que más le conviene para inflar entusiasmo o sembrar desaliento. Y mientras tanto, lo verdaderamente importante —qué propone cada candidato para enfrentar la delincuencia, el crimen organizado, la corrupción, la economía ilegal y la degradación democrática del país— seguirá siendo ignorado.
La conclusión de todo esto puede sonar simple: las encuestas pueden informar algo, sí, pero también pueden deformar mucho. Pueden orientar, pero también pueden intimidar. Pueden sugerir tendencias, pero también pueden secuestrar el juicio ciudadano si les entregamos más autoridad de la que merecen. Mejor haríamos en tomarnos un tiempo para leer propuestas, comparar planes, examinar trayectorias, distinguir entre demagogia y seriedad. Votemos con la única consigna patriótica de rescatar nuestro país de la corrupción y el crimen en los que está sumido. Votemos todos el próximo 12 de abril con responsabilidad y amor por el Perú.







