Juan Carlos Tafur

Mientras menos viaje, mejor

“Castillo no logra nada importante cuando viaja, se pasea inútilmente derrochando inocuidad y tal vez solo lo hace porque los protocolos diplomáticos lo protegen de los papelones que suele cometer cuando suelta la lengua en plaza”

Parece muy acertado de parte del Congreso negarle al presidente los permisos para viajar al exterior. El último ha sido al Vaticano, y desde Palacio han anunciado que pedirán nueva votación (de repente ya aumentó la guardería creciente con la que cuenta en el Legislativo).

No es un gran logro político, ni enaltece la labor opositora del Parlamento, tan venida a menos en otras decisiones mucho más cruciales, pero al menos es un gesto que cabe resaltar. Castillo no logra nada importante cuando viaja, se pasea inútilmente derrochando inocuidad y tal vez solo lo hace porque los protocolos diplomáticos lo protegen de los papelones que suele cometer cuando suelta la lengua en plaza.

Lo habitual en términos históricos es que los Congresos aprueben los viajes presidenciales, porque es una señal de cortesía entre poderes del Estado, pero el caso de Castillo es particular. Primero, porque ha corrompido esa buena relación al cooptar corruptamente a una banda de congresistas a la que felizmente la Fiscalía de la Nación ya le puso el ojo (se esperan inminentes allanamientos) y eso amerita dureza de parte de la oposición sana que queda en pie.

Segundo, porque la mediocridad personal del primer mandatario es un riesgo geopolítico monumental, más allá del corsé diplomático que suele acompañar a este tipo de viajes. Cualquier entrevista que por la libre nuestro gobernante pueda dar a la prensa local, puede ser un explosivo vergonzoso, de cuyo riesgo es mejor alejarse.

De otro lado, no debería molestar mucho a Palacio que el Congreso le niegue los permisos de viajar a quien quería vender el avión presidencial, justamente para reducir tan onerosos traslados. Al parecer, sin embargo, Castillo utiliza estos viajes para escabullirse de las responsabilidades de gestión que acá no logra desempeñar por incapacidad personal (no es capaz de conducir siquiera los consejos de ministros).

No hay ningún temor de la derecha porque Castillo pueda sellar acuerdos ideológicos adversos a los intereses nacionales. No va por allí la cosa. No está en el empaque leve del presidente hacerlo. Castillo no es, siquiera, Petro o Boric, estadistas capaces de sacarle filo a actos geopolíticos. Castillo es un mediocre sujeto que viaja para huir de lo que debe parecerle una tortura, como es trabajar en el Estado generando políticas públicas o coordinando con ministros que lo superan ampliamente en capacidades políticas y tecnocráticas. Que viaje como desfogue psicológico, es un despropósito que hace bien el Congreso en negarle.

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Boric, Pedro Castillo, Petro

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