Juan Carlos Tafur

La degradación castillista

“No podríamos señalar a Castillo como un defensor del modelo, pero la verdad es que su gobierno, salvo algunas barbaridades legales cometidas en temas laborales, es más una continuidad de la transición post Fujimori que una ruptura estructural con ella”

Si algo ha quedado claro, luego del mensaje presidencial de hace un par de días, es que la opción radical, izquierdista tradicional, estatista, populista o, in extremis, bolivariana, no está en la agenda de este gobierno.

Si algún parteaguas podía haber para que Castillo optase por esa vía eran estas Fiestas Patrias, en las que se encuentra asediado por el cúmulo de errores cometidos, el estancamiento de la economía, la desaprobación popular masiva y el pantano fiscal en el que se halla buena parte de su entorno político y familiar de este su primer año de gestión.

Los rumores previos a su mensaje se inclinaban por señalar que era muy probable que Castillo, con el solo propósito de despejar esa penumbra política que lo envuelve, era capaz de lanzar anuncios populistas o radicales -ya no solo el manido tema de la Asamblea Constituyente- y que, en consecuencia, íbamos a entrar a un círculo de polarización y mayor crisis política que la vigente.

Nada de eso ocurrió. No podríamos señalar a Castillo como un defensor del modelo, pero la verdad es que su gobierno, salvo algunas barbaridades legales cometidas en los temas laborales (y que el Congreso haría bien en dejar sin efecto: el tema de la tercerización y el de los sindicatos y huelgas), está más inclinado a ser una continuidad de la transición post Fujimori que a marcar una ruptura estructural con ella.

Y eso, precisamente, es lo cuestionable. Porque fue esa transición mediocre, que abandonó la reforma del Estado y la construcción de una salud y educación públicas dignas, la que parió a un presunto radical como Castillo. El país está harto del statu quo y Castillo se ha convertido en su sostenedor.

Lo único que lo diferencia de Toledo, García, Humala, Kuczynski, Vizcarra o Sagasti, es que el suyo es un régimen adornado por la más pasmosa mediocridad tecnocrática de las últimas décadas y porque en su seno se han enseñoreado niveles de corrupción precoz inimaginables en quien prometía trastocar el viejo orden y beneficiar, por fin, al pueblo postergado por la República.

Castillo no supone una ruptura con el establishment, pero sí marca la mayor hondura en la degradación política y económica al que ese modelo podía llegar. Su herencia política y social va a ser, por ello, terrible. Va a dejar al país presto a ser capturado por quienes propugnen una revuelta disruptiva del orden establecido, a lo cual va a contribuir, qué duda cabe, una oposición bruta y achorada, huérfana de ideas, inmadura en la división y manca en su efectividad opositora.

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Pedro Castillo, Presidente Castillo

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