Bucaneros “🎶… y una botella de ron”

Bucaneros “🎶… y una botella de ron”

[OPINIÓN] En la taberna del Admiral Benbow, Billy Bones aporrea la mesa, levanta la jarra y entona a voz en cuello lo único que parece saber con certeza: ”🎶…¡y una botella de ron!” No importa el rumbo. No importa el naufragio. No importa nada que no sea el momento, el canto y el trago. Es pirata: vive del botín, celebra sin consecuencias y navega sin puerto fijo.

Uno lo mira y piensa: qué familiar.

Porque a pocas semanas de las Elecciones Generales del 2026, el Perú presenta cerca de diez mil candidatos; bucaneros disputando protagonismo y la mayoría con el mismo argumento. Diez mil voces ofreciendo lo mismo: seguridad, educación y lucha contra la corrupción. Un coro monocorde que, de tan repetido, ya ni molesta. La palabra “seguridad”, o “educación”, dejaron de ser promesas. Hoy son más bien un monumento al fracaso colectivo. Y ni qué decir de “lucha contra la corrupción”.

Desde hace ya buen tiempo los partidos dejaron de ser partidos. Ya no forman, no seleccionan, no representan. Son plataformas de ocasión: estructuras vacías donde el requisito no es la trayectoria ni las ideas sino la audacia —y, si alcanza, algo de dinero. Barcos Piratas. Eso es lo que son. Barcos sin bandera, con tripulación improvisada, que no navegan hacia ningún puerto sino que saquean lo que encuentran al paso. Y no es que hayan llegado los peores; es que el sistema dejó de distinguir entre mejor y peor.

De líderes con formación y peso político —Belaundes, Prialés, Bedoyas, Garcías o Barrantes— hemos pasado a Acuñas, Porkys, Forsyths, Álvarez o Vizcarras: una oferta donde abundan los audaces de caricatura, la improvisación, la mediocridad y el marketing. Y, como si fuera poco, la vara sigue bajando.

Llevamos más de quince años en una secuencia que, vista desde afuera, provoca esa sonrisa diplomática reservada para lo incomprensible: presidentes que entran y salen, partidos que nacen y mueren, candidatos que hoy prometen redención y mañana rinden cuentas —cuando pueden. Un carrusel sin aprendizaje, donde lo único estable es la falta de consecuencias. Y aun así, el país sigue en pie.

No por mérito de la política, sino a pesar de ella. La economía peruana ha funcionado como ese motor que sigue andando aunque nadie lo mire, sostenida por lo que se construyó entre los noventa y el 2011. Desde entonces, más que avanzar, hemos vivido del impulso acumulado. Gastando ahorros con una serenidad casi irresponsable. Como si el saldo fuera infinito. No lo es.

Pero aquí, lo  más inquietante no es el desorden. Es la reacción frente a él.

Hoy la campaña electoral no indigna. Aburre. Y ese aburrimiento es más peligroso que la indignación. Porque cuando la gente deja de molestarse, también deja de esperar. Se vota como quien cumple un trámite: sin real conocimiento, sin expectativa, sin convicción, sin ilusión. Una democracia ejercida por inercia, por resignación… o por temor.

El Perú ha logrado esa rareza: convivir con el exceso y el vacío al mismo tiempo en un sistema que produce más postulantes que soluciones. Millones de votantes, miles de candidatos y una oferta que, en términos reales, es escasa. Una democracia sobrepoblada de desconocidos y desierta de ideas.

Mientras tanto, en la cantina, la fiesta sigue. La jarra va y viene, la canción se repite, y nadie pregunta hacia dónde va el barco. Total, para eso están los votantes.

” 🎶… y una botella de ron”

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