[OPINIÓN] Lo advertimos. No como profetas, sino como observadores con memoria. Hace unos meses escribimos sobre el libre tránsito de personajes sin historia, sin peso y sin vergüenza por los pasillos de un partido que alguna vez impuso respeto solo con su nombre. Lo que entonces era una advertencia, hoy es una triste realidad.
El APRA acaba de completar su peor actuación electoral en cien años de historia. No como víctima de una conspiración ni aplastada por una dictadura. Sino derrotada por la mezcla más peligrosa que puede existir en política: irresponsabilidad con ambición. Dos combustibles que, juntos, no generan energía. Generan un desastre.
Hubo quienes intentaron evitarlo. Luis González Posada, Jorge Del Castillo, Nidia Vílchez, Ricardo Pinedo y Javier Velázquez, los que aún conservaban la brújula, lo vieron venir. Hablaron. Advirtieron. No fueron escuchados. Y esa es, quizás, la parte más dolorosa: no es que nadie supiera lo que iba a pasar. Es que los que sabían fueron desplazados por los que no sabían nada, pero querían todo.
Porque eso también fue. Ambición sin sustento. La de quienes tomaron el partido por asalto creyendo que la militancia era un trampolín y no una responsabilidad. Y para justificar ese asalto, construyeron una comunicación que en los últimos meses alcanzó niveles de despropósito difíciles de documentar sin ruborizarse. Declaraciones sin sustento, performances sin dignidad, mensajes redactados con la gramática del oportunismo y la profundidad del absurdo. Todo ello en nombre de un partido que alguna vez produjo doctrina, pensamiento y liderazgo continental.
El contraste es brutal. Víctor Raúl Haya de la Torre fundó un movimiento que sobrevivió exilios y dictaduras. Alan García lo llevó dos veces al gobierno. Armando Villanueva, Luis Alberto Sánchez, Ramiro Prialé construyeron una estructura que fue, durante décadas, columna vertebral de la política peruana. Todo ese capital histórico no pudo resistir lo que sí logró destruirlo: la inocencia perversa de creer que el APRA era una plataforma disponible, una marca heredada que cualquiera podía usar para proyectarse sin haber construido nada.
El resultado está a la vista. El partido que “nunca moría” es hoy, en el mejor de los casos, una nota al pie. En el peor, la prueba de que cien años de historia no bastan si en el momento decisivo mandan los que menos merecen mandar.
Hace unos meses escribimos que si algunos seguían jugando al ridículo, y otros seguían permitiéndolo, quizá lograrían desahuciar al partido después de cien años.
No queríamos tener razón.
La tuvimos.







