El error es creer que con eso se extinguió el valor de una señal abierta.
En América Latina, la televisión abierta ya no vale por el entretenimiento. Vale por el poder. Por la noticia. Por la opinión. Por la política. Ese es hoy el verdadero negocio. Las señales VHF y UHF, amplificadas por el cable, siguen siendo el espacio donde se construye agenda, se destruyen reputaciones y, en época electoral, se empujan candidaturas.
En el Perú, América TV, Latina, ATV y, en UHF, Willax, lo han entendido y lo ejercen con notable éxito.
Panamericana Televisión, que durante décadas fue la columna vertebral de la televisión peruana, evidentemente no.
Hoy, salvo por Panorama —programa que sobrevive más por inercia histórica que por contenido—, el canal lleva casi veinte años navegando plácidamente entre el cuarto y quinto lugar en credibilidad y sintonía.
Hace unos meses, el canal fue adquirido por Jimmy Pflucker, empresario exitoso y minero polémico, con el doble propósito de reflotar la señal y, de paso, reforzar su posición, sus ideas y defender su imagen frente a sus injustos detractores. Pero a tres meses de iniciada la aventura, el balance es cristalino: el proyecto avanza con admirable determinación… hacia el fracaso.
Sin dirección ni propósito evidente, Pantel no solo no mejora: retrocede. Sin estrategia para recuperar credibilidad, sin lectura del activo más valioso del canal —su memoria emocional— y sin comprensión real del juego político-mediático, Panamericana pretende disputar un poder de opinión que no sabe ni siquiera dónde lo guardó.
Y lo hace incluso contando con figuras como Phillip Butters, una víctima contratada para el bloque estelar de opinión.
El contraste es brutal. Allí está Willax, una señal UHF infinitamente más pequeña, que en los horarios nocturnos donde 24 Horas y Butters compiten con Beto Ortiz y Christian Hudtwalker, los humilla en rating con la elegancia de quien pisa un charco.
No es casualidad. Es dirección.
Porque hoy, Panamericana está, además, sin director periodístico. La renuncia de Renato Canales —el único que sabía cómo encender la luz y hacer funcionar el ascensor— dejó al canal irrevocablemente sin timón. Y ese no es un puesto que se cubra con entusiasmo ni con improvisación. Es un cargo que exige experiencia, espalda política y visión estratégica.
Todos lo saben. Todos, menos el trío de avezados entusiastas hoy a cargo, por encargo del minero, de la conducción del canal.
Pretender que ese vacío pueda ser llenado por ejecutivos sin trayectoria real en dirección editorial ni manejo político de una señal abierta es desconocer cómo funciona la televisión. Productores, vendedores o administradores no reemplazan conducción periodística. No al menos en este universo tercermundista.
Más aún: en la coyuntura actual, bajo estas condiciones y con estas expectativas, difícilmente aparecerá en el mercado alguien del nivel de Renato dispuesto a asumir la responsabilidad de un proceso de reconstrucción serio, largo y costoso de la mano de “Los 3 Chiflados” Y aunque existiera ese valiente, sus resultados no serían inmediatos. Y la paciencia, al parecer, no figura entre las virtudes del buen señor Pflucker.
En resumen, hoy Panamericana no está en transición… está en desarme.
El canal sin conducción sigue cayendo.
Y esta vez, sin paracaídas.







