Perú-Chile, una historia sin fin

Perú-Chile, una historia sin fin

Peruanos y chilenos somos buenos socios comerciales pero no hemos superado los malos recuerdos de la Guerra del Pacífico, que se experimentan como si acabase de suceder

[EL CORAZON DE LAS TINIEBLAS] Recién participé con una conferencia en la IV Jornadas Históricas: Tacna y Arica después de la Guerra del Pacífico, proyecto que encabeza la destacada narradora peruana Giovanna Pollaloro y que auspician el Instituto Riva Agüero de la PUCP, el Departamento Académico de Humanidades de la misma cada de estudios y la Universidad de Tarapacá. El evento abordó diferentes aspectos de la relación binacional con énfasis en la cuestión fronteriza, su historia, los periodos difíciles de asimilar en la memoria histórica, como el de la ocupación chilena, y con la perspectiva de forjar un futuro mejor y compartido. De esta manera, lo que se busca es la integración entre los pobladores de dos ciudades que son hermanas desde tiempos inmemoriales y cuya interdependencia constituye el principal motor de su desarrollo sin por ello renunciar, ni pasar por alto, el pasado doloroso. Se trata de trabajarlo juntos, resignificarlo juntos.

Como ya es habitual, me tocó reflexionar acerca de la posibilidad de llevar a cabo un proceso de reconciliación peruano-chilena, tema al que he dedicado buena parte de mi trayectoria académica y de mi producción intelectual. Al respecto, y tras el tiempo transcurrido, debo partir del escepticismo: el Estado chileno, su clase política, responde a una narrativa oficial muy bien estructurada, nacionalista sin duda, y que no está dispuesta a dar mayores pasos en lo que entiende podría significar un revisionismo histórico y, luego, alguna reivindicación de la contraparte.

Del lado peruano las cosas no pintan mejor. Nosotros no poseemos una narrativa tan estructurada como la chilena, pero sí participamos de un nacionalismo muy primario que, o considera casi una afrenta patriótica cualquier atisbo de reconciliación, o, aún con más énfasis, no tiene ni idea de lo que trata un proceso de este tipo. Es el Estado empírico del que hablaba Jorge Basadre, tan simple como eso.

Aterrizando a la cuestión de la escuela y de la enseñanza de la historia, mi diagnóstico es parecido aunque no igual al que presenté en mis libros Lo que dicen de nosotros (2010) y Lo que decimos de ellos (2019). Para el caso peruano, el otro, es decir Chile, es representado como un enemigo, y lo es más porque la historia escolar no narra otro evento entre nuestros dos países sino la Guerra del Pacífico. En tal sentido, las alusiones a la participación chilena en el proceso de la Independencia del Perú o en la guerra de la cuádruple alianza contra España, 1864-1866, son tan periféricas en la narrativa que no desplazan de su posición central a la gran conflagración que nos desangró entre 1879-1883. Y si de allí indagamos la narrativa del maestro en el aula, solo podremos colegir que seguimos formando generaciones en una rivalidad secular, debido al abandono y a la poca importancia asignada a una historia que pide a gritos ser resignificada porque sí cumple una función en el presente, sí forja las conciencias colectiva y nacional.

En Chile es y siempre fue el silencio, no el olvido, el silencio. Y sus manuales escolares más recientes (Santillana 2023) sencillamente omiten a peruanos y bolivianos de la Guerra del Pacífico. Esta es presentada prácticamente como el proceso natural de expansión del Estado que, en el camino, se topó con pueblos originarios aimaras que fueron integrados exitosamente al proyecto nacional chileno: Perú y Bolivia no están, nunca estuvieron.

De suerte que la deriva se mueve entre la enemistad y la invisibilidad, y ninguna de ambas parece ofrecer un camino para que la historia, integrada a nuestra conciencia, no le duela tanto al presente al punto de interferir en el relacionamiento entre peruanos y chilenos, menos aún en la zona de frontera.

Luego vendrán las réplicas modernizantes. ¿De qué habla este historiador? Las relaciones peruano-chilenas están en su mejor momento, sino veamos la balanza comercial, las inversiones bilaterales, el número de visitas de un país al otro, la magnífica posición de la migración peruana en Santiago. Y todo es verdad. Lo que pasa es que tendemos a comprender la realidad dicotómicamente, más aún en tiempos de tanta polarización ideológica.

Yo no, yo veo a la realidad llena de dimensiones: al mismo tiempo peruanos y chilenos somos buenos socios comerciales -¿o en realidad competimos?- y en simultáneo queda ese magma espeso de malos recuerdos de la Guerra del Pacífico que se experimentan como si acabase de suceder -Cornelius Castoriadis dixit- y desde luego que podemos vivir eternamente inmersos en una tóxica bipolaridad. La pregunta es si no sería mejor resignificar el pasado para madurar con él, y, sobre él, construir un mejor presente, más ciudadano, integrador y solidario.

 

 

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