Juan Carlos Tafur

Los partidos tradicionales no volverán

“Partidos como el APRA de Haya de la Torre, el PPC de Luis Bedoya, Acción Popular de Belaunde o el Partido Comunista Peruano de Jorge del Prado, ya no volverán nunca más”

Se escucha reiteradamente a políticos o politólogos insistir en que el adelanto de elecciones solo es una buena opción si previamente se hacen las reformas que sienten las bases y auspicien el fortalecimiento de los partidos políticos.

Hay un error grosero de análisis, en esa interpretación. Los partidos políticos, a la antigua, conformados por presidencia, comité ejecutivo, comité político, asambleas recurrentes, congresos nacionales, etc., ya pasaron a la historia. Y no por culpa particular de una crisis de legitimidad que afronten particularmente en el Perú sino que en el mundo entero, las formas de representación política elástica han hecho que los partidos jerárquicos -al estilo leninista- dejen de ser los vehículos únicos para dar curso a la voluntad política de las mayorías.

Bajo esa perspectiva importa poco que se modifiquen normas tendientes a ello y sería absurdo esperar a hacerlo para recién procesar un adelanto de elecciones. Lo que sí cabe es el retorno a la bicameralidad, el levantamiento de la prohibición de la reelección y eventualmente, si el tiempo lo permite, establecer distritos electorales más pequeños que, de esa manera, mejoren la relación entre representante y representados. Y más que suficiente.

Partidos como el APRA de Haya de la Torre, el PPC de Luis Bedoya, Acción Popular de Belaunde o el Partido Comunista Peruano de Jorge del Prado, ya no volverán nunca más y se cometería un craso error si se les quiere imponer como modelo a pie forzado. Desnaturalizaría la democracia en lugar de fortalecerla.

Los modelos caudillistas del presente, su elasticidad (que en algunos casos los lleva a ser vientres de alquiler) no son un síntoma de degradación que haya que enmendar, sino un signo de los nuevos tiempos políticos a los que debemos acostumbrarnos, sin tratar de amoldar la realidad mediante leyes inaparentes.

Las crisis políticas que vivimos los últimos tiempos no son producto de que tengamos esa clase de partidos, sino resultado de mediocres decisiones de los elegidos o inquilinos accidentales en Palacio (la bronca Keiko-PPK, la gestión de Vizcarra, el despropósito de Merino o el incompetente de Castillo).

La precariedad de ese modelo tradicional tiene su mejor botón de muestra en la trayectoria del partido Morado, que se pasó años formando comités, bases, asambleas, inaugurando locales, haciendo elecciones, etc., y hoy está reducido a nada por su desventura electoral. Cumplir con los ritos partidarios tradicionales no asegura un buen porvenir y no debe ser por ello el requisito necesario para proceder a resolver la crisis vigente.

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