Rafael López Aliaga y la Ley de Murphy: nadar y nadar

Rafael López Aliaga y la Ley de Murphy: nadar y nadar

[OPINIÓN] Si algo podía salir mal, no solo salió mal: lo celebró con mítines de fin de campaña.

Murphy nunca conoció a Rafael López Aliaga, pero de haberlo conocido lo habría convertido en el ejemplo definitivo de su teoría. El hombre elevó la Ley de Murphy a categoría de doctrina de gobierno. Y hoy, mientras el Perú cuenta votos, la teoría se consagra.

Esto no es mala suerte. Esto es un estilo.

Un estilo donde gobernar se confunde con pelear, liderar con imponer, y hacer obra pública con reinaugurar la misma cosa cada seis meses como si fuera otra. La Ramiro Prialé lleva más reaperturas que la Virgen de Chapi en procesión. La Vía Expresa avanzó en el caos hacia ninguna parte. Mucho anuncio, mucha foto, poca ingeniería. Pero el problema de fondo nunca fue de asfalto ni de improvisación. Fue de carácter.

Desde el primer día, López Aliaga eligió la estrategia más eficiente para quedarse solito: pelearse con todo el mundo. Prensa, empresarios, autoridades, ministros, instituciones. Corruptos y gente de mierda le brotaban como saludo cordial, y ojo, soy muy millonario como advertencia. Puerta que se le abría, él la cerraba de un portazo. Alianza que se le ofrecía, él la convertía en guerra santa.

Resultado: aislamiento total. Sin aliados. Sin equipo técnico del que alguien pueda presumir algo.

Ahí están los trenes impuestos a la brava, que probablemente terminen decorando un estacionamiento como monumento a la improvisación populista. Ahí está el circo de Rutas de Lima: un conflicto manejado con la delicadeza de un rinoceronte en cristalería que terminó en tribunales internacionales. La cuenta no la paga el ex alcalde. La paga Lima. Miles de millones que saldrán del bolsillo de todos los que lo aplauden con los pies porque ahora no pagan peaje.

Y con ese currículum, quiso ser presidente.

Pasó meses liderando encuestas. Fue el favorito, el inevitable, el que iba a barrer. Y entonces empezó a hacer lo que mejor sabe hacer: destruirse solo, con una constancia que merece algún tipo de reconocimiento académico.

Los boca de urna de hoy lo ubican entre el 11% y el 12,8% — dependiendo de a quién le creas —, en empate técnico con Jorge Nieto y otros. Si los números de Ipsos se confirman, ni siquiera pasa a segunda vuelta. Si se confirman los de Datum, pasa con lo justo, sin mandato ni momentum. En cualquier caso: un hombre que lideró las encuestas durante meses termina el día de la elección mirando los resultados con lupa para saber si sobrevivió.

Nadar y nadar para morir en la orilla.

Porque esto no es tragedia griega ni épica de resistencia. Esto es consistencia en el desastre. Un hombre que convirtió el error en método, la confrontación en estrategia y la terquedad en religión. Se veía venir. Y ahora que la factura llegó — en forma de votos que no fueron — que no digan que en esta columna no los advertimos.

Murphy debe estar riéndose en su tumba. López Aliaga consagró su teoría sin querer queriendo.

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