LLEGAR TARDE

LLEGAR TARDE

Comencé a usar transporte público, específicamente el metropolitano, se que suena ridículo para una persona de 32 años, pero porque aparentar algo que no soy. Así que no oculto mi falta de cultura urbana dentro de mi propia ciudad. Soy un adulto, sin mucha calle, privilegiado, pero con conciencia de clase; muchos me describirían bajo el termino ambiguo e inútil de caviar. Quitándome la máscara social, en realidad, en lo mas profundo de mi ser, soy un anarquista empedernido. Toda mi vida he luchado de manera natural contra lo que sea que crea que corte mi libertad y la de otros. Como comprenderán, la realidad me ha agarrado a puñetes constantemente. No lo digo como víctima, por alguna razón siempre me levante y, si era necesario, me pelee. Caminaba enfuscado, podía sentir las risas de los dioses mientras se burlaban de mí; en mi cabeza mantenía la promesa de victoria.

[CRÓNICA] Emprendí en un negocio con terror y, un poco, de crisis existencial. Mi mente tiende a humanizar todo, y veia a las empresas como necesarias, pero no dejaba de sentir que estábamos rodeados de personas jurídicas, personas con rasgos psicopáticos. Al abrir el negocio, después de mucho tiempo, me atrevo a decir que, desde la infancia, me motive nuevamente. Conlleva estrés y estoy buscando diferenciar mi manera de ser un empresario a la tradicional. Quien hubiera pensado que un negocio despertaría un interés social en mi. Eso me llevo a utilizar el metropolitano. Si he ido en combi varias veces de niño, no mucho pero tampoco nulo. Desde una perspectiva marxiana, solo conocía el mundo visto desde la experiencia de quienes se benefician de él, desde el punto de vista de alguien que ha sido moldeado por un entorno socioeconómico privilegiado.  Para todos los que no hayan leído algo de Marx solo por creer que es de “rojos”, se están perdiendo las ideas de una de las mentes más brillantes que han quedado marcadas en la historia. Igual, no es que haya hecho mucho, solo he ido en metropolitano, por ahora. Al igual que en las incontables aventuras en ciudades extranjeras y lejanas, ahora ando como un perro mirando un bosque de donde provienen aullidos lobeznos. Escuchando el llamado de las tinieblas que me invita a entrar a ciegas donde se encuentran esparcidos pedacitos de mi propia identidad.

Camine unas cuadras con mi chompa, el dia estaba frio, la neblina parecía entrar a mi cuerpo en cada respiro. Las calles barranquinas se veían tétricas. Me cruce unos cuantos borrachos, caminando entre risas después de una larga noche, también con personas abriendo las cortinas metálicas de sus tiendas; una que otra pareja llevaban a pequeños de uniforme azul de la mano. Entre a la estación, al finalizar el boulevard, y pensaba que de todo lo que había visto solo había vivido estar borracho sin dormir. Con una risa insonora entre. Esperaba el bus, a pesar de que mi tramo solo tiene un camino, les pregunte a unas cuantas señoras si estaba esperando al bus correcto. No había mucha gente, y veo a lo lejos un rectángulo gigante gris que se camuflaba con nuestra ciudad. Se abrieron las puertas, no entendía como iba a entrar, caras desconocidas me miraban como diciendo: creo que no entras. Dejé ir a la duda y di un paso, pude acomodarme a un costado de la puerta. Parado, tuve que sostenerme casi del techo porque el apoyo metálico era muy bajo. Miles de colores y gestos. El día tomo vida. Subían y bajaban personas en cada parada. Yo sonreía viendo como dejábamos a los carros atorados en la via expresa. Me tuve que quitar la chompa, comenzaban a caer gotas de sudor desde mi cabeza con poco pelo. Mis pensamientos parecían pasar tan rápido como las imágenes de la ventana.

Gente miraba su celular con mirada cansada, entro un joven bailando sutilmente a un ritmo que solo el estaba escuchando, me dio gracia: buen estilo pensé. Lo imite y subi el volumen de mis audífonos al máximo y comencé a simular que tocaba la bateria de los Rolling stones. No esta tan mal haber llegado tarde para vivir esta parte muy cotidiana y rutinaria del lugar que me vio crecer. Deje salir la locura y a nadie parecía importarle. Javier Prado, bajo y comienzo a subir por las escaleras que soportaban el peso de cientos de personas. Camine en dirección a Lince, dentro de un tumulto muy cerca da la estación, apareció una señora vendiendo ceviche de pota en su carretilla. Sentia que un ángel me estaba dando su bendición. Ahí si no dude ni un segundo. Con cada mordisco regresionaba a antiguos veranos de cerro azul. Con el picante en la boca, segui hasta llegar a mi cocina. Entre y escribir era mucho mas tentador que el Excel pendiente, pero al igual que todos quienes me acompañaron en mi trayecto, tenia que trabajar. No se si mi cabeza esta muy bien o muy mal, pero, por lo menos puedo entretenerme dándole vueltas a algo tan normal como subirse a un bus.

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