[Música Maestro] Desde hace varias semanas me venían apareciendo sus reels en Instagram y Facebook, pero no me animaba a subirles el volumen. La imagen era llamativa, algo absurda, con dos o tres elementos que coincidían con mis búsquedas habituales, entre el metal, el rock progresivo, el jazz y el funk: una guitarra double neck -o sea guitarra y bajo a la vez-, disfraces extravagantes y movimientos que me permitían intuir ritmos no convencionales. Solo dos músicos en un ambiente muy bien iluminado y una escenografía simple que coincidía con sus trajes, interpretando sabe Dios qué. “Otro día…”, pensaba, cada vez que el algoritmo me los sugería.
La semana pasada, navegando por YouTube, me conecté al siempre interesante canal de Rick Beato y, en una de sus últimas miniaturas, aparecía con rostro de desconcierto, flanqueado por las imágenes de aquellos dos extraños personajes y al centro, en grandes caracteres, la pregunta “What is this?” (“¿Qué es esto?”). Debajo de ese texto, una frase en francés que claramente era el nombre del dúo. Mientras, el título del video tenía otra oración sugerente: “Please STOP sending me this” (“Por favor, DEJEN de enviarme esto”). Era momento de darle play.
Beato, experto productor y talentoso músico, una autoridad en todo lo relacionado a la historia y actualidad de la industria discográfica anglosajona, a quien siempre recurro por sus didácticos enfoques y profundas entrevistas a figuras -músicos, compositores, productores- del pop-rock y jazz de distintas épocas, comentó en su video de nueve minutos de duración que sus redes sociales y canales de contacto estaban saturados de mensajes solicitándole -casi rogándole en realidad- su opinión acerca de este nuevo fenómeno que estaba viralizándose por todas partes. Correos electrónicos, superchats, WhatsApps desde diferentes lugares del mundo. Y, bueno, decidió ocuparse del tema. Y yo decidí revisar su video. Lo que vi y escuché me sorprendió tanto como a él.
Un viral diferente
Cuando escuchaba el relato del YouTuber acerca del por qué no atendía el pedido de sus miles de seguidores, me sentí plenamente identificado con esa actitud. Generalmente, no reacciono a los virales porque tengo claro que son golpes de efecto producidos por cuestiones pasajeras, alguna ocurrencia graciosa o extrema pero sin sustancia, un “reto” que nace en un garage o en un jardín y luego es replicado por influencers, estrellas de cine y farándula -local y/o extranjera-, o cualquier otra imagen que, por divertida, grotesca o ridícula, llama la atención de las masas cibernautas.
Sin embargo, esto resultó ser otra cosa. El video matriz, del cual se vienen desprendiendo todos esos reels desde febrero, es una presentación de casi media hora, parte de un festival organizado por la revista musical francesa Les Trans y la escuela de artes ESMA (École Supérieure des Métiers Artistiques), retransmitido por el sintonizado canal de la KEXP, emisora norteamericana asociada a la NPR, la de los Tiny Desk Concerts. La tocada se realizó en un estudio de la ciudad de Rennes, al norte de Francia, sede de uno de los enormes campus de esta institución educativa privada que ofrece programas de lo más atractivos, diversos y tecnológicamente actualizados.
Una digresión coyuntural: una ola de envidia sana recorrió mi organismo al ver esa imponente infraestructura -moderna, sofisticada, funcional- puesta al servicio de la educación creativa, audiovisual y artística de cientos de jóvenes franceses, después de escuchar las “propuestas” balbuceadas por diminutas candidaturas para una educación peruana sumida en el abandono, la mediocridad y la corrupción. El eslogan de ESMA lo dice todo: “El arte es serio”.
Un nuevo capítulo del “shock-rock”
En francés, “angine de poitrine” significa “angina de pecho”, una dolencia que puede ser prólogo de un infarto. Extraño nombre para un grupo musical, sobre todo si tomamos en cuenta que hay muy pocas bandas conocidas con nombres de enfermedades físicas.
Pienso, por ejemplo, en los vascos de Eskorbuto, los peruanos Leusemia -ambos representantes del punk en castellano-, los neoyorquinos indierockers The Strokes o los inclasificables británicos Cardiacs -curiosamente, ambos relacionados a males coronarios- mientras que, en géneros más extremos del metal abundan nombres inspirados en condiciones mentales, referencias bíblicas-satánicas o incluso agentes bacteriológicos y contaminantes.
Angine de Poitrine es el nombre de este dúo de músicos canadienses que, siguiendo una tradición iniciada hace más de cincuenta años por Kiss y Alice Cooper, se presentan al público ocultando sus identidades. Pero, si “la banda más caliente del mundo” o el rey del hard-rock teatral dejaban bastante claro que había seres humanos detrás de sus pinturas faciales, pelucas, disfraces y coreografías, esta pareja opta por crear la ilusión de que son extraterrestres de punta a cabo.
Pero no en el estilo de los norteamericanos Gwar y sus clones fineses Lordi, que representan a monstruos amenazantes y lascivos, sino más en la onda misteriosa y cínica de The Residents, llevando un nivel más allá lo que hemos visto en artistas como el guitarrista Buckethead, los numetal de Slipknot o Les Claypool, bajista y líder de Primus y otros proyectos musicales quien, a menudo, sale al escenario usando máscaras antropomórficas o sombreros extraños, una tradición que también tiene sus orígenes en el rock clásico, como son los casos de Genesis o The Crazy World of Arthur Brown. El “shock rock” es todo un subgénero del que Angine de Poitrine viene a conformar un capítulo nuevo y particularmente fascinante por sus intrincados detalles.
Angine de Poitrine: Generales de ley
Khn de Poitrine (guitarras, bajos, pedales secuenciadores) y Klek de Poitrine (batería) son los ¿nombres? de estos músicos que, según indica su web oficial, tocan juntos desde que son adolescentes. Se comunican a través de enigmáticas señas -un triángulo que arman con las manos, los brazos abiertos haciendo ondas- y un ¿idioma? propio basado en sonidos distorsionados y robóticos imposibles de reproducir con voces humanas. Salvo el nombre del grupo, nada de lo que ¿dicen? se entiende.
Esto tampoco es una novedad, estrictamente hablando, si recordamos el idioma “kobaïan”, creado por el baterista francés Christian Vander (78), factótum de Magma, una de las principales bandas de rock progresivo europeo no británico. O las palabras carentes de sentido que Charly García inventó para cifrar los mensajes antidictadura de varias canciones emblemáticas de Serú Girán (1978-1982), quizás inspiradas en el glíglico cortazariano.
Aunque parece claro que son dos hombres jóvenes -por complexión, por movimientos- nadie está en capacidad de saber las edades reales de Khn y Klek de Poitrine. Tampoco conocemos sus verdaderos nombres, por supuesto. El único dato concreto es que llegaron no desde alguna galaxia desconocida sino de Quebec, la colorida región francófona que se extiende por todo el oriente canadiense, pegada al Atlántico.
Como dice la sumilla de la página web oficial del dúo: “Angine de Poitrine es un proyecto artístico anónimo. Cualquier especulación acerca de la identidad de sus integrantes no está verificada, no cuenta con el respaldo del grupo y podría constituir una invasión de la privacidad”. En tiempos en que el exhibicionismo descarnado es la norma, este único hecho ya constituye un acto contracultural que merece atención.
Rock progresivo y música microtonal
Las canciones de Angine de Poitrine son fundamentalmente instrumentales, con esporádicas exclamaciones ininteligibles de ambos músicos en distintos momentos de algunas de ellas. Para el oído experto, las influencias son muy claras. Sus riffs recuerdan principalmente a King Crimson -canciones como Frame by frame (1981) o Larks’ tongues in aspic (1973) me vienen a la mente de inmediato – y la dinámica de cada instrumentista tiene características muy marcadas.
La guitarra/bajo posee el vértigo de los mejores momentos de Rush y Primus, sazonado con disonancias y polirritmos muy complejos, “zappaescos” como declaró recientemente Khn en la revista especializada Noize Magazine. Por su parte, la batería muestra el pulso y la potencia de Neu! y Can, estrellas del krautrock alemán, con arranques de funk y jazz fusión.
En general, la música que hacen viene catalogándose como math-rock (rock matemático), rótulo que la crítica especializada atribuye a este estilo por la precisión que requiere su ejecución, cuyos orígenes podemos ubicar también en la década de los años setenta. Sin embargo, todo este bagaje extraído de otras épocas es enriquecido por la forma en que estos canadienses componen y tocan, haciendo de su interpretación una experiencia realmente innovadora y peculiar.
Khn usa un instrumento de doble diapasón, como en el pasado lo han hecho Mike Rutherford (Genesis), Geddy Lee (Rush) o Chris Squire (Yes), un motivo adicional para asociarlo al prog-rock más tradicional. El detalle está en su configuración microtonal, con mayor cantidad de trastes ubicados a muy corta distancia entre sí, diseñada especialmente para él por el luthier Raphaël Le Breton.
Este trasteado convierte las mínimas variaciones ubicadas en los intervalos que todos conocemos -los semitonos de la teoría musical de Occidente- en notas separadas unas de otras, lo cual permite crear líneas disonantes combinando tensión y fluidez. La música microtonal, por cierto, se practica desde hace siglos en civilizaciones del sudeste asiático como Indonesia y en la India. De hecho, Robert Fripp se inspiró en ese estilo para mucho de lo que compuso en King Crimson, durante el periodo 1981-1983 que analizamos en esta nota.
Adicionalmente, maneja con los pies una extensa pedalera de secuenciadores –loops– para generar capas y capas de riffs, melodías y solos que va superponiendo unos sobre otros, mientras que su ¿hermano? Klek le da fondo con una batería de golpes secos -la cubre con una tela para conseguir ese efecto- y de pocos elementos, si la comparamos con las de Neil Peart, Phil Collins o Bill Bruford -solo por mencionar a tres bateristas clásicos de prog-rock-, pero que sorprende por la facilidad con la que desarrolla patrones rítmicos irregulares sin perder el paso.
¿Y de qué están disfrazados?
Aunque es difícil de determinar, una cosa es segura. Es imposible que los Angine de Poitrine pasen desapercibidos. En los videos y reels que andan circulando por el ciberespacio, va descubriéndose que, además de verse extraordinariamente bizarros, tienen la intención de generar misterio respecto de sus costumbres, procedencias y personalidades, desarrollando una historia detrás de la música que tiene el potencial de acercarlos a públicos masivos incapaces de entender lo que tocan, más atraídos por el aspecto visual de su propuesta artística.
En líneas generales, sus atuendos poseen el mismo diseño, pero cada uno funciona como el negativo del otro, en modo que nos recuerda a la oposición gráfica y cromática del yin y el yang, principio fundamental del taoísmo chino. Mientras Khn, el guitarrista/bajista, usa máscara blanca con puntos negros -el yang, elemento masculino-; la del baterista Klek es negra con puntos blancos -el yin, elemento femenino.
Esta dicotomía complementaria, también influenciada por el cubismo y el dadaísmo de posguerra, se repite en todo lo que los rodea, desde las vestimentas hasta los instrumentos y las paredes. Otra característica común son las prominentes narices que parecen inspiradas en cierta especie de simio asiático, aunque también podríamos relacionarlas al dualismo taoísta. Mientras la nariz blanca -masculina- es firme y horizontal, la negra -femenina- es flácida y móvil.
Khn lleva sobre la cabeza un enorme ¿casco? blanco en forma de campana o pirámide trunca puesta al revés. En lugar de ojos definidos vemos signos de dólar. El pelo y la barba, de color naranja, son como sogas y su vestimenta negra lo cubre de cuello a tobillos. Las manos y pies, que necesita libres para tocar y manipular la pedalera, están también pintados de blanco.
En el caso de Klek, la cabeza negra es larga y tubular, con una pequeña ventana en la parte baja -una boca falsa- a través de la cual asoman los verdaderos ojos del baterista y termina en una diminuta pirámide dorada. Los falsos ojos, ubicados en la parte alta, también tienen esa forma piramidal. Su ropa es blanca y suelta, para permitir la movilidad de brazos y piernas, indispensables para tocar. Ambos llevan -Khn en el centro del casco, Klek en el centro del pecho- un triángulo dorado sobre el cual colocan sus manos, replicando esa figura geométrica, para saludarse entre sí y al público.
La música de Angine de Poitrine
“Cuando yo era niño pensaba que así iba a sonar la música en el 2026… ¡y aquí estamos!” escribió Mike Portnoy en sus redes sociales, luego de escucharlos. Rick Beato coincidió casi al milímetro con el baterista de Dream Theater, uno de los mejores músicos de su generación, al escribir que “así es como imagino que debe sonar la música en el futuro”. Como ellos, otras personalidades del rock mundial también han reaccionado con admiración ante este grupo cuya agenda de presentaciones en festivales no hace más que crecer.
En total han grabado doce canciones, distribuidas en dos discos de seis temas cada uno. Su primer álbum, Vol. I, apareció en junio del 2024 y el segundo, titulado simplemente Vol. II, acaba de lanzarse los primeros días de abril, con gran expectativa tras el impacto de su presentación en KEXP que, en solo un mes y medio, ya supera los siete millones de visualizaciones. Ambos están disponibles en formato digital y en vinilo a través de su cuenta en BandCamp.
Tienen fechas de conciertos en Estados Unidos, Canadá y Europa programadas hasta noviembre de este año y sus imágenes siguen llenando las redes sociales, captando cada vez más y más seguidores. Ya sea por curiosidad o por genuino apego a la música virtuosamente tocada y difícil de escuchar, el revuelo que ocasiona Angine de Poitrine a nivel mundial está lanzando un mensaje de resistencia contemporánea frente a la homogeneización de contenidos musicales que propone el pop-rock actual, desde Lady Gaga y Coldplay hasta Beyoncé y Shakira. ¿Se puede ser viral sonando como King Crimson y sin recurrir a la IA en el año 2026? Este dúo canadiense está demostrando que sí.







